jueves, 16 de octubre de 2008

El barco de la muerte

Cuando un servidor contaba tres añitos y pululaba por la primera guardería del barrio, lloraba como un condenado por nostalgia inmediata de su mamá. Más de una vez, una niña algo mayor que yo y sobre todo mucho más espabilada llegó a abrirme la cancela de aquel garaje más apañado para la industria que para la puericultura, pero yo no me atreví nunca a salir corriendo de allí, tal vez porque ya entonces tenía la madurez suficiente para calibrar las consecuencias de mi fuga. La niña me veía llorar, me miraba con cara de pícara justina y abría de un cerrojazo, esperando morbosamente a que yo saliera. Pero entonces yo dejaba de llorar.

El episodio no se me ha olvidado en la vida. Y me acuerdo de él cada vez que contemplo un esquema psicosocial parecido por el que alguien invita a un infeliz a escapar abrupta e incluso ilegalmente de su infelicidad, como si la fuga de este páramo existencial condujera irremisiblemente al paraíso garantizado. Ya sabemos que no, pero la historia se repite a menudo. La he percibido claramente al entararme de que un barco abortista ha atracado, con polémica, en Valencia. Se trata de un barquito de 15 metros de eslora que pertenece a una ONG (?), según se autocalifican sus patrones, llamada Women on waves, que significa "Mujeres sobre las olas" y que se dedica a facilitar abortos farmacológicos (mediante pastillas) de puerto en puerto, como el marinero novelesco del Tatuaje de doña Concha Piquer, que vino en un barco de nombre extranjero... Este barquito holandés llega con sus píldoras abortivas para matar a quien ofrezca su premamá. Si ésta no puede quitarse al feto de encima porque las leyes se lo impiden, se esperanza en la llegada del barquito, un héroe sobre las olas que arriba a la costa y hace posibles los sueños carniceros de algunas mujeres que demandan poca sangre y mucha elegancia farmacéutica. Una pastillita y a mirar el ocaso.

Después de haber hecho un crucero mortífero por los litorales de varios países, algunos colectivos españoles le han dado la bienvenida, como los aldeanos decimonónicos celebraban la llegada de ciertos bandoleros cuando el poder establecido era tan adverso. Otros colectivos, llamados provida y etiquetados de fachas y derechones, quieren echarlo. Y a uno, que no se considera exactamente de ningún bando político pese a las habladurías que oye por ahí, le provoca náuseas toda esta historia.

Nunca me han gustado las pastillas. Hasta hace poco, las machacaba y me las tomaba con azúcar. Un capricho que mamá me permitía. A otros, por desgracia, no les permitirán ninguno. Ni el caprichito de nacer.

lunes, 13 de octubre de 2008

Definición de la dignidad


Lo ha dicho Manuel Ángel Vázquez Medel, uno de los profesores -catedrático de Literatura y Comunicación- que más entusiasmo por la literatura inyectó en mi persona durante los años de la Facultad, en Sevilla.

"Dignidad es calidad (humana, profesional, etc.), es responsabilidad y decencia, es fidelidad a valores e ideales nobles pero concretos y, para mí, es servicio a los demás. Sobre todo, es mantenerse íntegros e insobornables ante nuestras convicciones más profundas".

La definición, inmejorable, deberíamos llevarla siempre en el bolsillo.

viernes, 10 de octubre de 2008

Jean-Marie Gustave Le Clézio


No lo había oído en mi vida, pero las informaciones que me llegan me invitan a leerlo. El Premio Nobel de Literatura 2008, Jean-Marie Gustave Le Clézio, que al parecer firma siempre con la forma abreviada J.M.G. Le Clézio, es un escritor que se confiesa a secas, sin ligazones a corrientes literarias o clubes artísticos, si bien es una tendencia bastante generalizada entre los profesionales de la pluma considerarse seres al margen de la vida, que pasa lenta ante sus miradas. Tal vez sea un defecto profesional derivado de la condición de dioses creadores de mundos posibles y personajes, pero es así. Lo mismo le ocurría a todos los que hoy incluimos en la llamada Generación del 98, excepto a Azorín, que se inventó la etiqueta. Pío Baroja, que escribía a ratos largos en la panadería que había heredado, renegaba de las generaciones; y don Miguel de Unamuno, que era considerado el maestro de todos, se quedaba un poco perplejo mientras pensaba en la trascendencia del ser humano y quizá en su abundante prole. El caso es que las tendencias, las etiquetas y los cuadros sinópticos les sirven más a los profesores y a los estudiantes que a los que tienen la pasión y el vicio de escribir. Casi toda la palabrería etiquetadora es póstuma.

De Le Clézio, en cualquier caso, como de otros autores galardonados por la Academia sueca en los últimos años, me llama la atención su capacidad de despuntar de la noche a la mañana en nuestro ridículo círculo vital y el etnocentrismo que genera en las gentes, donde me incluyo, claro, al decir de viva voz que a este o a aquel autor no lo conocían en su casa a la hora de comer. Cuando oigo tal cosa (y yo mismo la he dicho alguna vez, que conste), me da una risa empachosa de cansado del catetismo ombliguista. ¡Claro que no lo conocíamos! Cómo pretendemos conocer a los autores de máxima calidad si este mundo saturadísimo nos presenta en primera línea a tanto inútil televisivo y a tanta lagarta mediática. Simplemente, no hay espacios para los otros, que son muchísimos e interesantísimos. Siempre están los mismos dando la lata, incluido el mundo cultural, por supuesto.

Y nosotros, que todavía vivimos anclados en el anacrónico siglo XX, conocemos una nómina de escritores de andar por casa, no la agenda variada que nos sería propia como seres digitalizantes y digitalizados. No culpemos a esos autores y ni siquiera a los suecos que dan el premio, sino a nuestra propia incapacidad de observación y conocimiento en un mundo que cada día se nos escapa más.

El francés Le Clézio, nacido en Niza en 1940, se considera de la isla Mauricio, en pleno Índico, desde donde emigraron su madre y su abuela a una Europa destruida por el odio bélico. Luego, ha viajado por el mundo entero y ha construido un concepto de la extranjería que roza la quintaesencia de la propia humanidad como tal. "La condición de extranjero hoy nos define como humanos, pese a que vivimos en sociedades en las que el hogar, las fronteras y las leyes sociales son importantes", señalaba en una reciente entrevista. "Lo que se llama mundialización", continuaba, "es el invento de un ser humano nuevo que supera las fronteras y se comunica de diversas maneras nuevas. Un extranjero es alguien que puede imaginar los otros mundos y puede trasladarse a otras civilizaciones".

Ya ven, bonita forma de hacer del extranjero un atractivo cosmopolita. Qué diría Albert Camus.

Le Clézio es un extranjero que ha escrito casi 50 novelas porque se desvive por los mundos ajenos. Nosotros, que no lo conocíamos a pesar de estrenarse en 1963 con El atestado y de continuar escribiendo hasta su Ballaciner de hace sólo unos meses, deberíamos hacernos un poco extranjeros también. Soy consciente de que los premios literarios, incluido el Nobel, guardan en sus recámaras intenciones y criterios distintos de los puramente literarios. Y qué. La propia literatura se mueve por más intereses que el de la palabra sola. En nuestro globalizado mundo, que convoca extranjeros a base de tambores mediáticos, un premio de este calibre es una divina excusa para seguir aprendiendo.

jueves, 9 de octubre de 2008

Responsabilidad: de los mandamases a los matasanos

Responsabilidad viene de responsable y éste, a su vez, de responsum, supino de respondere, que en latín significaba responder y en sentido común, dar la cara. Es decir, que quien tiene responsabilidad ha de responder ante sus actos y no esconderse como un cobarde. Cuanta más sea la responsabilidad pública (de la res pública), mayor ha de ser la valentía. Esto, que a ustedes puede producirles un galimatías, no es más que pura teoría, porque los usos y costumbres van por la otra orilla.

Es posible que alguno piense en políticos en general o en particular. Y hace bien, porque en esta tropa puede hacerse una tesis bien ejemplificada de lo que digo, pero hay más tropas. Está también el bando sanitario y las noticias últimas sobre el comercio de enfermedades; laboratorios que crean males y soluciones para que el negocio no decaiga, como de toda la vida el que ha hecho la ley ha hecho también la trampa, o eso decían. Las industrias farmacéuticas se gastan algo más del 25% de sus presupuestos en la promoción de genéricos con nombres que, a veces, incluso se vinculan a determinadas universidades. Esto de la promoción, de la promoción positiva, puede ser ya la peste del nuevo siglo; también el cine se gasta más en promoción de sus películas que en la factura de las mismas y hasta determinadas administraciones (politizadas al máximo, claro) se gastan más en imagen de lo que invierten en la ciudadanía.

Llegará el momento en que la saturación de tanta promoción positiva genere el efecto que los promocionados no hubieran deseado nunca: el rechazo o la sospecha. Ya mi padre decía que lo que anuncian tanto en la tele es lo más malo del género, pues el que pregona mucho vende poco y perro ladrador, poco mordedor. Ya sé que exagero y que mi padre es un bruto, pero no crean que todo el monte es orégano. Llegará el día en que si un alcalde, y es un poné, predica sus virtudes y sus proyectos con una matraca que no admite críticas y sin que nadie le pregunte, uno tenderá a pensar que algo raro le mueve. O que si un laboratorio anuncia a bombo y platillo que tal pastillita es buenísima para algún mal cifrado en deslumbrante tecnicismo, también sospechemos. De momento, parece que el truco funciona, pero hay más días que olla.

A un amigo le duele un pie y un médico de la concertada se empeña, a la primera, en que entre en quirófano, del tirón. Otro lo envía rápidamente a que se haga cinco radiografías. Luego, me entero de que en una conversación telefónica, el primero le dice al segundo: "A finales de mes, quedamos para darnos una fiestecita, que tengo ya concertadas varias operaciones". El segundo le responde: "Acabo de enviar a un chico a tu mujer, para que le haga cinco nada menos. No os quejaréis". Esto no es ciencia ficción. Lo que sí parece mentira es que los mendicamentos cuesten su peso en oro y que haya un mundo (el tercero o el cuarto) al que se le niega sistemáticamente. O pagan o mueren. Y mueren como moscas, por supuesto.


sábado, 4 de octubre de 2008

Chivos, borregos y cabronazos



El caso Mari Luz no sólo ha dado para rellenar informativos, magazines y páginas de periódicos durante años, sino macabras inspiraciones para películas de toda calaña y guión. Tiene gustosos condimentos: una familia gitana, un barrio andaluz y decadente, un pederasta con carita televisiva, una niña muy guapa, un abuelo en su papel, una madre desmayada, un padre guerrillero y un sistema judicial como el de las novelas de corruptela cutre. Por encima de todo, está la tragedia -hay una niña que baila en un vídeo y que sonríe en una foto, pero que no volverá jamás, aunque cueste escribirlo. Y más por encima aún, está el público.


El público, la gente, nosotros, los que vemos pasar el noticiario y nos emocionamos o cabreamos más o menos, necesitamos un culpable de todo esto, un chivo (o chiva) expiatorio que nos sirva en nuestra conciencia colectiva como cremita suavizante. Por eso nuestro sistema de tres poderes ilegalmente interconectados llevan meses intentado satisfacernos. Pero cada vez que van a dar con la tecla meten la pata bien metida.


En el fondo del asunto, el juez Rafael Tirado que debió haber encarcelado al presunto pederasta y asesino Santiago del Valle por abusos a su propia hija, se rebela ahora contra la multa impuesta por el Consejo General del Poder Judicial de 1.502 euros. Tiene gracia el pico de dos euritos. Tirado fue negligente en el incumplimiento de su propia sentencia (dos años y nueve meses de cárcel) y Del Valle se paseó por media España como Pedro por su casa. Pero el juez se defiende como gato panza arriba y dice no tener la culpa de nada. Sus colegas, que sienten la furia popular en sus cogotes con toga y sin ella, han impuesto una cantidad de risa hasta para los mileuristas, pero el juez no puede aceptarla porque sería reconocer su mala diligencia y su miseria al soltar la pasta y correr. Así que tiene que seguir sosteniendo su carita (durita) de no haber roto un plato.


El Gobierno, por otro lado, que no debe inmiscuirse en asuntos judiciales pero estaba deseando poner una vela en el entierro para que el pueblo viera su campechanería de políticos sufridores a pie de calle, ha pedido penas contundentes para el juez Tirado, pero ha sido como tirar chinitas en el lago. De modo que cuando ha tenido la oportunidad de castigar a alguien de su obra, de su Ministerio de Justicia, donde sí pone velas (aunque no dinero ni soluciones), ha ido a por todas. Me refiero, claro está, a la secretaria de Justicia, una funcionaria, para la que el fiscal pedía en todo caso seis meses de suspensión de empleo y sueldo. Al Gobierno, patrón feroz, le ha parecido poco y le ha echado dos años. Con el juez no podremos, porque depende del Poder Judicial, pero con esta secretaria nos vamos a hartar. Para que la gente vea.


Y lo que la gente ve es que la división de poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) está vigente en casos de dar el pego como éste, para aplacar la sed de sangre de tanto borrego suelto, pero no en los casos fundamentales de trascendentes nombramientos. Ahí está el cándido Carlos Dívar presidiendo el Consejo General del Poder Judicial -que ha sido tan benévolo con Tirado- y el Tribunal Supremo, por consenso entre los principales partidos políticos -o más bien entre sus principales líderes. Ahí sí se pacta bajo cuerda y en sumarísimo y sacrosanto secreto.


Comprendemos que a la secretaria le hayan caído dos años de suspensión de empleo y sueldo y al juez tan sólo un pellizquito de su monumental salario porque tienen patrones distintos, y en el segundo caso valen todavía las bulas. Y ya se sabe que hay jefes muy cabrones. Pero es que en este caso el juego del jefe se ha convertido en el juego de Wally, de dónde está Wally, ¿se acuerdan?
  • Con distinto título, este artículo lo publico también en el número 1.925 del semanario Cambio16.



jueves, 2 de octubre de 2008

Qué risa, maría luisa

Un portal de anuncios clasificados en Internet que se llama LoQUo.com ha organizado por los madriles una sesión de risoterapia en la calle, una técnica de relajación y felicidad forzada que venden como antídoto a la generalizada crisis que sufre el ciudadano de a pie y que va in crescendo, según los entendidos más pesimistas o mejor informados. Uno ve las imágenes de la gente riéndose de la hipoteca, de la subida de los precios y de los políticos y siente pena. No la pena negra que poetizó Lorca, sino una pena grisácea de día ramplón y sin festejos a la vista.

Si no puedes con tus problemas, ríete. Tiene gracia, pero una gracia tristona de borracho incompetente. La risoterapia, de la que hacen cursos en mi pueblo y he oído hablar en los últimos tiempos, tiene nombre de ciencia cachonda para tiempos revueltos. Tal vez hemos llegado a la resignación precisa para la rendición. Pese a lo divertido de la medida, uno piensa todavía que la risa no arregla los problemas, y menos estos problemas concretos y monetarios. En todo caso, los amortigua. Pero me imagino la risa desacelerada de los participantes carcajeantes cuando vuelven a casa y se agachan en el zaguán o en el rellano para recoger cartas del banco, de Telefónica, de Endesa, de su queridísima Diputación provincial... ninguna de ellas para regalar un viaje al Caribe, claro. Vivimos tiempos difíciles, tal vez no como los de Dickens, pero que precisan medidas más activas que la risa floja.
Reír por no llorar.

domingo, 28 de septiembre de 2008

El crónico gran hermano


Ni Orson Welles ni George Orwell (cuya combinación nominal parece un trabalenguas o una onomatopeya literaria) imaginaron nunca que el big brother de sus utópicos pensamientos llegaría a infestar la programación televisiva del siglo XXI hasta el punto que ya estamos viendo y sufriendo. Hoy, no existe cadena que se precie que no haga gala de su particular gran hermano. No sólo Telecinco, que se atrevió primero con el título y el formato más descarado y literal, sino todas las demás, especialmente la cadena de Prisa que salió al mercado con todo su boato de letra infantiloide y parrilla intelectualoide. Me refiero a Cuatro, la cadena par (simpar) que va de guay y reproduce, sin embargo, lo peor de las otras. No hay más que sintonizarla para darse uno de bruces con mentecatos mensajes de listillos que predican constantemente las rarezas de nuestra época como paradigmas de estilo de vida. Yo estoy harto, y eso que no veo nada, de los "coach" que teledirigen a un montón de gente, dentro y fuera de la pantalla, sobre la educación de sus hijos o el deporte que han de practicar. Es un coñazo insufrible. Pero la cosa parece que funciona desde el punto de vista de las audiencias, que hoy es lo que importa en este negocio de las pantallas.

Lo último, después de tanto callejero falsamente intrépido y tanto baile de academia donde lo de menos es el baile y lo de más es el moquerío en primer plano, es el programa que se anuncia con el título impactantemente ridículo de "Madres adolescentes". Otro puchero con los mismos ingredientes pero en distinta olla. Lo de siempre. Encerramos a cuatro (o seis) desgraciadas durante unas semanas (o meses), previa selección explosiva de personalidades chispeantemente chocantes, y a grabar, que seguro que surge el drama. Se trata, sibilinamente, de jugar con los más bajos instintos del ser humano para hacer televisión. La receta es la misma del Gran Hermano (T5), el Operación Triunfo (TVE) o el A bailar (Cuatro), por citar algunos ejemplos. Salvo en el primer caso, donde la receta es simple como el agua clara puesta a hervir, en el resto de los programas (?) se parte de un leit motiv que deja de serlo para dar paso al lagrimeo fácil, al enamoramiento barato y a la pose de cartón.

Ahora la cadena de Prisa ha descubierto el filón de la supuesta vida en vivo y lo va a desgastar hasta el final. Por eso apuesta por estas madres que deberían estar en el instituto, por los granjeros tristes que buscan hembra y por otros especímenes humanos que no encuentran su lugar en el mundo y lo buscan frente a la cámara. Es doloroso comprobar que hay cerebritos de la tele que aprovechan estas circunstancias sociales para sacar rendimiento económico. Y lo más triste es que no se paren a reflexionar sobre las consecuencias psicosociales que producen en los más débiles: jovenzuelos y gentes sin formación. Seguramente pensarán, con frío criterio capitalista, que si no se aprovechan ellos, lo harán otros.

Es la malvada excusa de toda la vida para hacer el mal. La excusa de los narcos y de los chuloputas. La histórica excusa del ser humano para salvar su conciencia.

La única salida es la constante educación, la machacona insistencia en el juicio crítico. Pero tampoco los currículos educativos, saturados de chucherías, ayudan a conseguirlo. Por eso uno encuentra difícil convencer a los alumnos de que las tías con tetas de plástico, los condes con cerebro de mosquito y los líderes de esas casas donde se bosteza en la cama frente a la cámara del rincón son escoria de esta sociedad transitoria. Pero, ¿qué cuenta le van a echar uno si cuando salen van derechitos a la lechuga mustia del McDonald?

A lo mejor la crisis del ladrillo termina por purificarlo todo. Quién sabe.

domingo, 21 de septiembre de 2008

El futuro


Yo sueño con un futuro en el que vayan desapareciendo las tradiciones bárbaras y el arte de los trogloditas; los chistes sin gracia de los cuernos y los héroes sin razón de la ridícula muleta y el disfraz de matarife. Yo sueño con un mañana en el que se respeten las joyas arquitectónicas y se erradique la cornuda peste de la carnicería con ínfulas de artesanía.

Pocas imágenes como ésta sirven en la España del siglo XXI para tocar el futuro con las puntas de los dedos.

¿Desde cuándo no se llenaba así Las Ventas? No comment. Pero comenten lo que quieran.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Lorca y su tumba comunitaria


La familia de Federico García Lorca, o su sobrina Laura, que es la que pincha y corta, ha accedido finalmente a que se abra la fosa común en la que presuntamente descansan los restos del poeta granadino. La familia del autor de Romancero gitano se ha negado históricamente a la exhumación, de modo que por su negativa han permanecido en la incertidumbre histórica otras víctimas que corrieron la misma mala suerte que él. Los más famosos, el maestro y el banderillero al que pasearon junto a Lorca. Ahora, tras el revuelo armado por el intento investigador del juez Garzón y las presiones de la prensa y otras presiones, Laura va a permitir que se remueva la fosa y se investigue lo que sea.

Parecía egoísmo (o caciquismo, habían llegado a decir) que la familia Lorca se negara a reabrir la fosa del barranco de Víznar, pero después de leer la entrevista que le hace Jesús Ruiz Mantilla en El País a la sobrina del poeta yo mismo me he sorprendido por la salida torera con la que se deja caer: no quieren reabrir la fosa porque si se descubrieran los huesos de Lorca los otros miles de cadáveres podrían caer verdaderamente en el olvido dada la trascendencia del gran poeta. No lo creo, pero admiro la tesis. Y admiro también la determinación de, en cualquier caso, dejar a Federico allí mismo. Me parece bien que se quede allí, donde lo enterraron como a un perro aquellos fascistas granadinos, no sea que un ejercicio de memoria histórica termine, después de muchos años, confundiendo a nuestros hijos. No sea que alguno en el futuro dude de Víznar y de la brisa triste por los olivos. No sea que finalmente olvidemos, pasados muchos años, la barbarie del golpe de estado franquista y sus pavorosas consecuencias.

Otra cosa son los demás, los que no son célebres cadáveres, los restos anónimos a los que no pudieron velar siquiera tantas familias injustamente avergonzadas. Para ellos podría haber, aunque tarde, una sepultura más digna. La de Federico, en cambio, está bien como está -como defiende la familia-, en el barranco de Víznar y cerca de la Fuente Grande, acompañado por otros muchos de la otra mitad, toda esa gente indefensa que acabó, contemporáneamente a él y después, frustrada contra el muro del escarnio. Está bien que su sepultura sea comunitaria, porque constituye una metáfora de ultratumba de aquel Lorca sonriente y jovial que iba con su Barraca y otras parrandas por las sonoras sendas de esta vida cuando él vivía, cuando él respiraba versos. Está bien que ahora siga viviendo en ellos con su cuerpo sin mortaja entre una inmensa mayoría.

Así olvidaremos menos.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Triscaidecafobia



Ni siquiera conocía la palabra. Pero hoy la he aprendido gracias a mi incipiente afición al ciclismo. Se trata del horror al número 13, impar tan temido por los clásicos de la superstición. Como los griegos tienen o inventan palabras para todo, pues ahí brilla el vocablo con fonética propia: triscaidecafobia.

Mis supersticiones siempre han sido muy personales y nada han tenido que ver con los gatos negros, los números malditos o las escaleras abiertas o cerradas, sino más bien con decir cosas en un determinado instante o callármelas para siempre o con pisar ciertas hendiduras de las baldosas de este o del otro color. En cualquier caso, cada día les he ido perdiendo más el respeto hasta que prácticamente las ignoro. Dicen que Nadal, el tenista número uno del mundo, tiene unas cuantas. Pero imagino que ni él mismo les atribuirá sus continuados éxitos deportivos.

Alberto Contador, por su parte, un ciclista aparentemente endeblito -desde que lo vi me recordó a un primo de Marina, también ciclista- no tiene superstición relacionada con el número 13, sino tal vez una suerte portentosa. Hoy, 13-S, en la 13º etapa de la Vuelta a España, ha conseguido colocarse en el número uno. El ascenso en la tabla no ha sido fácil. Ha necesitado 13 etapas para ser el líder precisamente en la etapa reina, la del alto de Angliru, un puerto de montaña asturiano que antes del ciclismo mediático sólo era conocido por ganaderos locales y excursionistas locos y rumbosos. Con 1.570 metros de altitud, es uno de los puertos más difíciles del ciclismo mundial. De modo que la proeza del ciclista de Pinto (Madrid) tiene un significado muy especial. Después de ganar el Tour de Francia, ha vencido en el Giro de Italia. Y ahora viene a llevarse la vuelta ciclista en su país. Sin tonterías ni poses, sino dándole a los pedales con una voluntad inquietante.

Tiene Contador algo de David frente a los pelotones imposibles que en su multicolor envergadura se asemejan a un inabarcable Goliat. Empezó el número 55 y avanzó por el 41, el 37 y el 24 antes de colocarse en los primeros puestos. Se mantuvo durante seis o siete etapas consecutivas entre los tres o cuatro primeros puestos. Y al final ha vencido en la etapa más difícil -el mito Induráin corría más cuanto más calor hacía-, dejando en la cuneta a muchos de los grandes y favoritos. Ahora es mi favorito.

Ojalá nos dé una lección a todos de cómo pedalear con esperanzas en esta vida.