viernes, 28 de agosto de 2009

política con minúsculas

Alejadísimos del concepto Política que emana de aquella polis griega en la que este ejercicio público se emparentaba con la res de todos, la res-pública, ahora vemos a los políticos de andar por casa como profesionales de lo que son, como otros señores valen para cirujanos, mecánicos o peluqueros. El antiguo concepto se nos antoja no ya como el resabío nostálgico de aquella carga de responsabilidad de lo común, sino como el retrato carca de algo imposible de recuperar, acostumbrados como estamos a esta pérdida de valores en cuya cúspide asoma la reflexión de que quien anda con miel y no se chupa los dedos es rematadamente tonto. De este estadío del político como profesional que tanto chirría con el noble principio que impulsa el oficio hemos llegado incluso al de profesional incompetente, pues al menos un profesional en condiciones resolvería problemas y no marearía la perdiz a diario con el exclusivo propósito de mantenerse firme en el sillón de mando. Y esta crítica a los políticos es general, pues no podemos focalizar sólo a los irresponsables que ostentan el poder, sino también a los que aspiran a ostentarlo, es decir, a la oposición, tan sólo preocupada por conseguir la vara de mando.

Cualquier sociedad mínimamente responsable y preocupada seriamente por la galopante crisis que nos acecha tendría en sus políticos (tanto los que gobiernan como los que aspiran a hacerlo) a unos creativos de riqueza para la imprescindible recuperación, y no a un grupo de madamases sin preparación que se obstinan cada día en inventar ayudas sine die para las personas que han tenido la desgracia de caer en paro. Si ahora damos 420 euros a los que perdieron su paro y dentro de seis meses volvemos a hacerlo, como ya se hizo, por cierto, hace un año, la rueda de la fortuna del Estado se convertirá en un bucle sin sentido capaz de arruinar al Arca de Noé. Eso que nos enseñaban con respecto a los negritos de África de que era mejor enseñarles a pescar que darles un pez podríamos aplicárnoslo ahora a nosotros mismos, en nuestro país y con nuestros parados. Un gobierno responsable (y una oposición que aspire a gobernar) no pueden limitarse a discutir sobre la cantidad que se va a dar a quienes hayan perdido su prestación por desempleo, sino a idear fórmulas productivas para que la maquinaria del capitalismo (la única que conocemos con capacidad generativa) no se atasque. Tantos técnicos que pululan por las administraciones... ¿a ninguno se les ha ocurrido otro plan que el de las obras pueblo por pueblo? Todos hemos visto obras innecesarias, cuyo objetivo es sólo el de dar trabajo durante diez, veinte días al parado de turno, que lo agradecerá evidentemente como agua de mayo pero que se preguntará con la misma evidencia: ¿y luego qué? Pan para hoy y hambre para mañana.

La Política con mayúsculas debería delegar muchísimo más en la aristocracia profesional, es decir, en los expertos de veras para que éstos buscasen salidas alternativas, fórmulas distintas que no sean otra vez la del ladrillo, para sacarnos de esta crisis en espiral. Como siempre, habrá que bucear en la demanda del mercado para encontrar qué podemos ofrecer. Si no hay demandas, habrá que inventarlas. El mercado publicitario hace tiempo que lo aprendió.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Soflama de tanto cuerno a estas alturas


Cada verano, tan cíclico como los cuarenta grados de los que siempre nos sorprendemos, aparece el rojo sangre que derraman los cuernos de toros y cabestros por toda esta geografía que a algunos nos duele de diferente manera. La España roja ha de ser entendida bajo distintos prismas de ideología, y hay daltónicos incluso del alma que ni eso. Esta sangre derramada, hasta por menores de edad, sacrificados para mayor gloria de estas fiestas rancias de la España más granate, exasperan a cualquiera que aspire a una España que no embista. Pero es lo que hay, lo que muge o lo que nos echan por la tele. Tal vez porque la imagen manda y no la palabra.

Desde las carreras bárbaras de San Fermín que TVE se ha encargado de vender tan modernamente con sus cuchifletas publicitarias hasta los últimos astados negros del veranillo de San Miguel, nuestro tórrido verano se encharca de sangre de despistados, resbalados, deslizados, caídos y atolondrados a los que la masa embiste antes que la fiera. La reacción de cada tragedia de usar y tirar es de chiste macabro: consternación momentánea, pena penita pena y otra vez a las faenas. Que cada muerto aguante su entierro. Como mucho, algún político curándose en salud al declarar a los cuatro vientos que todos los dispositivos de seguridad funcionaban como dios mandaba. Los toros pinchan, desgarran y matan pero aquí no pasa nada. El negocio es el negocio y la tradición, la tradición. Abajo la cultura y la evolución.

¿Quién puede explicarse que en un país de los más desarrollados del mundo mundial, en pleno siglo XXI, siga existiendo un vacío legal en cuanto a la asistencia de menores a estos espectáculos que Goya volvería a pintar como caprichos de la negritud y Belmonte contemplaría con bobalicona sonrisa de sorprendido por el permanente apego a la cornamenta de sus paisanos? Al parecer, cualquiera de nuestros gobernantes, que no dicen nunca esta boca es mía, temerosos de molestar a esa masa que corre sobre la barbarie porque es la misma masa que vota. La clase política no sabe aún que nuestra masa es ya una masa fragmentada y que hay gente pa tó, como dijo el torero. Y si lo sabe, hace como que no, para no perder un voto por el camino, ahora que la abstención hace tanto de las suyas y el modelo pide a gritos un cambio sustancial.

Sólo en una sociedad que continúa equiparando al matador con el héroe se entienden estos usos de muertes inútiles sin que ocurra nada ni nadie salga con una pancarta. El arte de pasarse al toro por el forro de la chaqueta, o de la muleta, es un arte de gran prestigio entre quienes entienden todavía el concepto de arte no sólo como creación, sino también como destrucción; entre quienes viven de tal cuento falsamente romántico; y entre quienes, sin entender nada de nada, se disfrazan de torerillos silvestres con ropa de marca para subir por su estrecha escala social lo que no pueden subir de otros modos arribistas. El humanismo queda tan lejos...

Más allá de que la ley de protección de animales debería abandonar sus hipócritas excepciones, incluidos los tratos que todo bicho cornudo recibe en lo más oscuro de los pueblos y ciudades a los que, a su pesar, hace tiempo que llega el wifi, el escándalo de estas muertes sucesivas sin consecuencia penal necesita de una revolución educativa sin paliativos, que doblegue a tanto resentido envalentonado contra el toro lo que no puede contra el jefe. Sólo una mirada ecológica en el más amplio sentido podrá liberarnos de estos charcos de sangre veraniegos.

  • Este artículo lo publico también en el nº 1.970 del semanario Cambio16.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Morenatti


Me enteré de la noticia esta mañana en la SER y me quedé frío, congelado con el pijama aún y la tostada en la mano. Emilio Morenatti ha sido alcanzado por una bomba en Afganistán junto a otro colega indonesio mientras trabajaba empotrado con un contingente de soldados estadounidenses. Morenatti trabaja para la agencia AP desde que pidió en 2003 una excedencia en EFE de Sevilla para ampliar el panorama que recoge tan certera y artísticamente el objetivo de su cámara. Maño de nacimiento, hijo de un policía, se ha criado de toda la vida en Jerez de la Frontera (Cádiz), ha trabajado primero en medios más modestos y luego en grandes agencias de fotografía, oficio en el que se volcó apasionadamente desde que se iniciara en él de forma autodidacta a los 19 años. Llegó a Sevilla para la Expo'92 y ya se quedó durante muchos años. Yo lo conocí en una rueda de prensa de no recuerdo qué. Me llamaron la atención sus movimientos imposibles delante del gachó que daba la charla. Como yo era un novato total (estoy hablando del año 2000 o 1999 como mucho), me quedaba parapetado en mi silla escuchando y me parecía de una valentía inimaginable moverme como pez en el agua en aquella sala mientras hablaba el presidente de no sé qué o cualquier político de turno. Todavía no me había sentenciado Nicolás García Becerra con aquella fórmula que no se me ha olvidado ya: "Acuérdate de que cuando pase cierto tiempo, tú ya no estarás ahí, pero yo seguiré haciendo mi trabajo". Era la frase-bala que Nico tenía preparada para cuando los politiquillos daban mucho la vara.

El caso es que relaciono a Morenatti con esas primeras imágenes que guardo en mi memoria de ruedas de prensa de aquella época. El tipo era simpático y guapo, y hablaba con todo el mundo. Se notaba que ya era popular entre la canallesca. Cuando me enteré en 2006 de que había sido secuestrado en Gaza me dio un salto el corazón. Como esta mañana.

Luego me ha dado una rabia enorme saber que ha perdido un pie, según dicen los medios de comunicación. Hay una foto de cuando fue liberado de aquel secuestro y llegó a Jerez en la que su madre (que es la Morenatti; su padre es Fernández y él ha asumido el apellido materno como apelativo artístico) le da un beso bajo un paraguas. La instantánea se me repite ahora imaginando el futuro inmediato de este héroe del periodismo actual, que se juega el pellejo cada minuto para que nosotros nos asombremos con fotos como éstas, que me permito enseñar aquí como prueba de su grandeza. Viva Morenatti.



sábado, 8 de agosto de 2009

Autónomo y peregrino


Se llama Manolo Romero, tiene 49 años, una mujer, una hija y un negocio de la construcción muerto pero insepulto desde hace más de un año. Debe 73.000 euros pero a él le deben 88.000. Esta última cifra da igual. La importante es la primera, que se reproduce sin piedad cada día que pasa, fertilizada por los recargos que, como a todo autónomo, no dejan que la criatura (ni Manolo ni su empresa) tengan un rato de desahogo.

El caso sería uno más de entre los miles que asolan este país desde que esta crisis galopante empezara a dar sus terribles coletazos. Pero ha saltado a los medios de comunicación, y yo lo saco dentro de unas horas en El Correo de Andalucía por la inusitada hazaña que Manolo ha emprendido: ir andando desde Chiclana de la Frontera (Cádiz) hasta el palacio de La Moncloa, en Madrid, para hablar cara a cara con Zapatero y pedirle soluciones para el sector. El de los autónomos es un sector especialmente maltratado, más aún en los tiempos que corren: no tienen derecho a paro, apenas reciben subvenciones y, lo peor, no están en la preocupada retina del Gobierno para alcanzar el afamado diálogo social, que es cosa exclusiva de empresarios fuertes y sindicatos, fuertes también.

Esta tarde entrevisté a Manolo en la venta El Paisano, a medio camino entre El Cuervo y Los Palacios (Sevilla). Concertamos la cita en un kilómetro concreto de la Nacional IV, por cuyo arcén me lo encontré luego como un peregrino antiguo o como un maleante de la actualidad: barba, sombrero, mochila, bastón. Creo que no hubiera frenado si me llega a hacer auto-stop en otras circunstancias. Después, en la conversación, descubrí a un tipo valiente, que de perdido al río, con gran dosis de sentido común. Le quedan casi 600 kilómetros para llegar a la capital del reino, pero tiene la esperanza intacta. Lo que más me sorprende es que los tres millones de autónomos que hay en nuestro país no salgan a acompañarlo, contrariados contra el Gobierno por un sistema que los condena a un laberinto sin solución en crisis como ésta.

Manolo quiere hablar con José Luis de hombre a hombre. Y con Mariano. A ver con qué cara lo reciben.

viernes, 31 de julio de 2009

Cometas contra bombas



La iniciativa tiene tal carga metafórica que a uno se le inundan los ojos de lágrimas. Los niños de la Franja de Gaza, en Palestina, han intentado un récord maravilloso: el de llenar su cielo de cometas de colores. Testigos presenciales afirman que lo han conseguido, pero no hay juez del Libro Guinness de los Récords que lo confirme, dadas las restricciones para entrar en la Franja, de modo que el récord no es oficial. Los observadores dan la cifra de 3.000 cometas volando en el aire simultáneamente, lo cual deja muy lejos el récord oficial de esta índole, conseguido al parecer en Alemania el año pasado.

Tres mil cometas como tres mil esperanzas. Seguramente habría más, porque eran casi 6.000 los niños palestinos que lanzaron sus esperanzas caseras al firmamento para que volasen libres. Las echaron a volar en la playa de Beit Lahiya. Las habían fabricado ellos mismos, con toda la ilusión que jamás podrá tener uno de nuestros niños frente a su play. Y, sin embargo, no había juez que verificase la hazaña. Por fortuna hay una foto de la agencia Reuters (esa que ven) que puede aproximarse a la imagen que han grabado en sus corazones estos chiquillos testigos de una matanza de 1.500 compatriotas sólo entre enero y febrero de este año tras una ofensiva israelí.

Yo siempre quise volar cometas en la playa. Pero nunca me puse. Ahora prometo hacerlo cuando tenga a mi hijo.

sábado, 25 de julio de 2009

El novelista David Trueba


David Trueba, director de cine y guionista, ha ganado este año el Premio de la Crítica con su tercera y última novela, Saber perder, de la que ya apunté por aquí hace unos días que la leía con el interés de un libro poblado de perdedores reales, es decir, de antihéroes de la actualidad. Ya la he terminado y se me ha quedado un sabor agridulce en la retina y en el pecho, después de transitar por ese paréntesis vital que Trueba ofrece de cuatro o cinco personajes ajustados al molde intransigente del mundo de hoy, con todas sus miserias cruelmente expuestas. Como su cine, también su novelística está nutrida de personajes paradigmáticos en cuyo vaciado cabrían muchas personas que pululan por tu barrio o por tu televisión. Creo que ése es el mayor mérito de Saber perder, que constantemente tiene uno la sensación de reconocer en ciertos personajes secundarios y anécdotas varias realidades concretas de la semana pasada.

La novela pivota sobre cuatro personajes principales relacionados de la siguiente manera: Sylvia es una adolescente prematuramente decepcionada con su estrecho círculo vital y es hija de Lorenzo, fracasado cuarentón al que su mujer abandona por un ejecutivo de éxito y al que persigue la conciencia fatal de un asesinato irresoluto. El abuelo de Sylvia y padre de Lorenzo, a su vez, es Leandro, un viejo encerrado en el último torbellino de la enfermedad terminal de su esposa y la llamarada autodestructiva del sexo viciado. Al margen de esta familia, está Ariel Burano, argentino recién llegado y estrella del fútbol que juega en un equipo de Madrid y que, por accidente, conoce a Sylvia para hacerla saltar de invitada a un mundo paralelo y vacío, lleno de excentricidades al lado mismo de la afición aborregada que todos conocemos.

Estos cuatro personajes activan a otros cuantos en una novela que, como el cine, va ofreciéndonos alternativamente secuencias en la vida de todos ellos, sin pretensiones redentoras ni finales alucinantes, sino como notaria literaria de un fragmento al azar, representativo de la incomunicación que sufre el ser humano postmoderno en el que, más o menos, cualquiera de nosotros se ha convertido ya.

Saber perder nos ofrece lecciones sin moralina acerca del amor, la amistad, el matrimonio, la televisión, el fútbol, la publicidad, la inmigración, el mercado laboral, la educación, el sexo, el arte, la vejez, la culpa, la religión, el periodismo y la trascendencia a corto plazo que toda persona busca incansablemente, a pesar de tantos pesares, en este mundo ramplón pero irrepetible para cada cual. Recomiendo la novela, que se lee bien a pesar de su más de 500 páginas, pero con un purgante o cáscara sobre nuestras sensibilidades. Absténganse, pues, quienes pasen por una mala racha.

miércoles, 22 de julio de 2009

Juan Peña, profeta en Lebrija


De El Lebrijano, cantaor flamenco abierto donde los haya, guardo un difuso recuerdo de mi infancia entre la magia de las casetes que guardaba mi padre en el mueble-bar y la coincidencia de que toda su ascendencia, la de mi abuelo paterno, provenía del histórico pueblo en el que también naciera Elio Antonio, el padre de nuestra gramática española: Nebrixa, en el remoto castellano. Tal vez fueron las galeras, ese palo de remo castigado que inventó romanceado para su disco más célebre y vehemente, Persecución (1976), lo primero que oí de su voz redonda y febril. Luego, no recuerdo cuándo, me familiaricé con el disco completo, con las letras de Félix Grande, con el drama histórico del pueblo gitano desde el comienzo de su eterna condición errante allá por la Baja Edad Media, con esos sonidos mezclados y espíritu andalusí... y continué degustando su obra con Reencuentro (1983), Casablanca (1998) o los más recientes Yo me llamo Juan (2003) o el garciamarquiano Cuando Lebrijano canta, se moja el agua (2008). Opiné en los últimos años que Juan Peña Fernández, como cantaor, estaba prácticamente acabado, y no sé si debería mantener el juicio, porque la emoción le hace a uno perder objetividad. Y ya se sabe que esa furcia periodística ni siquiera existe.

Ayer me volví a emocionar al encontrarme con él en el Ayuntamiento de su pueblo. Más viejo, más delgado, pero con la dignidad intacta de un gitano rubio que puede mirar de frente a quien se le ponga por delante. Le concedían, por unanimidad, el título de Hijo Predilecto de la ciudad de Lebrija, seguramente la distinción más difícil de conseguir para quien ha llevado su cante y el nombre de su pueblo por los cinco continentes a lo largo y ancho de medio siglo. Volver a que te reconozcan por fin tiene un valor de desmedida proeza.

Mientras lo miraba y lo fotografiaba para la crónica que hoy publico en
El Correo de Andalucía (http://www.correoandalucia.com/cultura.htm), me acordaba de la primera vez que hablé con él: correría el verano del año 2001. Yo trabajaba en el Chipiona Información y, aunque aquel quincenal estaba acostumbrado a rellenarse a base de teletipos maltrechos, yo aterricé en su redacción con la firme ilusión de convertirlo en un periódico local interesante. De modo que buscaba siempre la forma de incluir en él entrevistas con todas las personalidades del folklore que veraneaban medio anónimas en aquella playa multitudinaria. Y ocurrió así: cuando salía yo mismo de la playa en un día de descanso, oí que alguien decía a la altura de las duchas de enjuague: 'Mira, ése es El Lebrijano'. Era cierto. Al mirarlo, me percaté de sus profundísimos ojos azules bajo su cetrina piel dorada, empapadísimo como un pollito. Entonces, sin soltar la hamaca ni la sombrilla me acerqué a él y, ni corto ni perezoso, le propuse allí mismo la entrevista para mi periódico local. Él me contestó que sí mientras se echaba agua fresca en los pies, con una cola de domingueros esperándolo. Y yo me marché contento de tener ya a un personaje para la próxima edición. Creo recordar que lo entrevisté en un hotel de Chipiona. Casi dos años después, lo volví a entrevistar en la Plaza del Cabildo de Sanlúcar de Barrameda, cuando yo era ya redactor jefe de aquel otro periódico que era un semanario sabatino y él acababa de grabar un disco titulado Sueños en el aire que se presentó en La Merced. De aquella segunda entrevista recuerdo más pericia por mi parte y más sinceridad por la suya. Hablamos de lo humano y lo divino, de cante antiguo y cante moderno, de la literatura, de la vida y hasta de su coqueteo con las drogas, hasta que su mujer, Pilar, vino a recogerlo. Recuerdo que ella tenía el pelo negro, y no rubio como anoche, cuando se acercó a la presidencia del salón de plenos lebrijano a recoger un ramo de rosas bajo el tópico de que detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer.

Anoche me alegré de volver a escribir de
El Lebrijano porque me sentía testigo directo de una justicia histórica. No era justo que este artista nada endogámico no fuera Hijo Predilecto de su pueblo, sobre todo cuando jovencísimos artistas de nuevo cuño, como el cineasta Benito Zambrano, ya lo son. No es que me parezca mal lo de Zambrano, pero todo debería tener un orden y el puesto de Juan Peña en la Historia, también en la de su pueblo, hacía décadas que palpitaba por ser señalado.

lunes, 20 de julio de 2009

La violinista de Valencia

En Valencia capital, patria chica del petardeo musical, de las fallas melódicas y las tracas armónicas, el Ayuntamiento que preside Rita Barberá ha multado con 700 euros a una mujer que hacía ruido en la calle con un violín. Lo tocaba; interpretaba partituras sin autorización en mitad de la rúa, pero está visto que las interpretaciones sonoras cambian en el reino mimado de la trama Gürtel, pues entre ruido y música hay una relación nada clara que algunos, como es obvio, confunden dramáticamente. No se puede tocar el violín así como así, sin licencia comprada o sacada, sin caja B, sin contratos o amistades. Qué se creía esta mujer.

El asunto tendría su gracia en otras circunstancias, pero hablamos de Valencia, de multas y de arte callejero, que son cosas demasiado serias. Por la capital mediterránea y buena parte de su comunidad se han filtrado las dádivas más sonoras –pues suenan mucho aunque no bien– del llamado 'caso Gürtel', que traducido del alemán significaría 'caso Correa'. No sabe uno si el interés de los investigadores de Garzón por la fonética alemana se debe a la necesidad de tapar el apellido sin culpa del empresario Francisco o a una asociación inconsciente entre la dureza de las acusaciones y el acento germano. El caso es que el caso Correa o Gürtel, sostenido sobre muchos miles de euros sin destino limpio, sigue sin resolver después de que la investigación se abriera en febrero de 2009, el mismo mes en que la violinista de Valencia fue pillada haciendo ruido en plena calle. Es natural la rapidez de la multa contra la violinista si se tiene en cuenta, en cambio, la silenciosa tarea de los gürtelianos, que han actuado siempre sin banda sonora y de puertas para adentro.

Está claro que Valencia vive un segundo Renacimiento. La multa a esa violinista sin licencia, que sería calderilla para los gürtelianos, lo confirma a la luz de la historia de nuestro Mediterráneo sinfónico. Cuando en el primer Renacimiento había trovadores italianos que tocaban el violín, la exquisita créme de la créme se revolvía contra el instrumento y su sonido. El benjamín de la familia de las cuerdas no contaba con el más mínimo prestigio. Y hubo que esperar al Barroco para que algún iluminado como Claudio Monteverdi descubriera en el violín todas las posibilidades de sus calidades sonoras. Tantas encuentra, que lo usa para complementar las voces corales en su célebre ópera Orfeo, en 1607. A partir de entonces, el prestigio del violín empezó a crecer, paralelo y simultáneo a las oscuridades del Barroco. Quattrocentos años después, y con la pátina de luz que Sorolla regaló a su tierra, el Ayuntamiento valenciano se muestra alérgico a esas oscuridades violinísticas y entusiasta, en cambio, con las claridades sonoras de sus petardos; de sus explosivos, quiere uno decir. Así que la multa de 700 euros corta me parece. Por aquí las multas a quienes incordian la melodía feliz del bienestar siempre suman más ceros.

  • Este artículo aparece asimismo en el nº 1.967 del semanario Cambio16.

lunes, 13 de julio de 2009

Panegírico de la talega y la papa


Ha empezado la cuenta atrás contra la bolsa de plástico. En 2006 se habló del tema, de la nube plástica que cada ciudadano forma en su cocina cuando llega de hacer la compra mensual, del coste ecológico de cada plástico y de la factura mediambiental que les espera a las futuras generaciones, pero la bronca se la llevó el viento, zizagueando por los basureros morales de las empresas que se dedican en nuestro país a hacer bolsas de plástico. Un negocio al que cuesta 12 euros cada millar de bolsas, de media. España es precisamente el primer productor europeo de estas bolsas que tan alegremente nos ofrecen en el súper, con autopubli pintada. Si uno llena el carro hasta arriba, necesita más de una docena de bolsas para traer la compra en el coche. Y he dicho uno, no el centenar de clientes que puede acompañarlo a uno cada vez que hace su tourné por las calles de esa ciudadela de la alimentación, el consumismo y el caprichito. Ya han ajustado las cifras: España genera 10.500 millones de estas bolsas volanderas al año; y cada español usa una media de 238. La inmensa mayoría de ellas terminan asfixiando tortugas marinas o contaminando el campo durante un siglo. No sirven para otra cosa, pues ni siquiera se ajustan al cubo de la basura.

Irlanda experimentó la reducción de su consumo hace unos años cobrando 15 céntimos de euro por cada una, cinco veces más de lo que cobra hoy la cadena Dia. La medida hizo que descendiera su uso hasta en un 90%, lo cual pareció un logro radical. Sin embargo, la utilización de las bolsitas volvió a aumentar en cuanto se acostumbraron los bolsillos, que a todo se acostumbran. Así que las voces ecologistas, cada vez más atronadoras, han conseguido que por fin se conciencien gobiernos, ciudadanos y hasta empresas. Una de ellas, viéndolas venir, ha dado con lo que parece ser la tecla: bolsas de almidón de patata. Ya las utilizan, por ejemplo, en Alcampo. Al parecer, una vez en la basura se degradan por completo en tres meses. Nuestro gobierno tiene ya en su poder el borrador de un plan que pretende aniquilar la bolsa de plástico de la faz de España antes de 2011. O sea, ya.

Como parece que el odio a la bolsita no tiene marcha atrás, a uno se le ocurre proponer, para las compras no masivas, reivindicar la memoria de la histórica talega que no sólo sirve para el pan. La talega. El vocablo procede del árabe y tanto su significante como su significado han sido aprehendidos por nuestros abuelos con toda la gracia del buen yantar, hasta el punto de que la talega ha conseguido la digna metonimización de provisión de víveres. Era fundamental para los antiguos jornaleros del sol a sol llevar la talega, aunque algunos la trajesen intacta para el regocijo de sus churumbeles al atardecer. Cosas del hambre.

Las abuelas de antes, incluida la mía, tenían por lo general un par de talegas: una pasiva, para el pan de retén en casa y otra activa, más decentita para la compra. Yo vi a la mía remendarlas en su máquina Singer. Ahora que asistimos a otro relumbrón estético del Cuéntame no estaría de más que nos hiciésemos con una talega para la compra diaria. Para la del mes, ya vendrá en nuestro auxilio el almidón de patata. Ya revolucionó la alimentación en los Siglos de Oro como contenido, cuando desembarcó de allende el Atlántico. Ahora la volverá a revolucionar como continente. Dios bendiga a la papa.

  • Este artículo aparece asimismo en el nº 1.964 del semanario Cambio16

domingo, 12 de julio de 2009

Poemas del tiempo

Aunque todavía no me lo creo, me he refrenado el ritmo de trabajo y ando viviendo desde hace días un verano como el de la gente con vacaciones, aburguesada y lenta, con desayunos sin prisas y largas horas con pijama. Esto me está permitiendo leer, en el sofá de casa o frente al mar, dependiendo de donde me arrastre el oleaje suave de este estado sabatino. Tras haber terminado la biografía novelada de Juan Belmonte que comenté aquí hará un mes –el resto no me ha defraudado, todo lo contrario– he seguido con novelas de autores más o menos actuales, como Saber perder, del cineasta reconvertido en escritor David Trueba, que publica Anagrama. Me está gustando, tal vez porque es una de esas novelas de personajes entrelazados en las que uno puede recrearse también en el lenguaje y no sólo en las mil hazañas que se cuentan en una página como acostumbran algunos best sellers insufribles. Pero lo que más me ha sorprendido ha sido el descubrimiento de un autor que conocía como columnista de periódicos pero no como maestro de la poesía: el malagueño Manuel Alcántara (1928). Este malagueño de toda la vida ha escrito, y no exagero, casi 20.000 artículos y columnas periodísticos y desde hace años lo sigo de vez en cuando en el grupo Joly (Diario de Sevilla y sus derivados). Lo que nunca imaginé es que fuera al mismo tiempo un poeta machadiano de los que se entiende a sí mismo en el verso conciso y sabio que escribe para sí y para los demás, para que todos nos entendamos mejor. Tengo una antología suya que recoge lo mejor de su producción poética de entre los años 1955 y 2004. De lo que he leído, me apetece compartir con los lectores de este blog este "Soneto para pedir tiempo al tiempo":

El tiempo es un camino para andarme.
(No te engañes. Morir, ay, para ver. Te
quedarás solo, a solas con tu suerte).
Yo me he echado a morir para vengarme.

Porque sé que no debo entusiasmarme
con cosas que se acaban en la muerte,
estoy soñando. Cuando me despierte,
no sé si habré hecho bien en despartarme.

El tiempo, con su escaso presupuesto,
se nos va a cada paso, mientras arde
como una rama seca todo esto.

Siempre un reloj aprieta, nos ahoga,
nos coge por el cuello un día y tarde
o temprano nos cuelga de una soga.


Este poema, de sorprendente madurez, está incluido en su segundo poemario, El embarcadero, de 1958. Tenía entonces Alcántara sólo 30 años. Curiosamente, los que voy a cumplir yo a la vuelta del estío. A mí, sin embargo, no me parecen pocos.