domingo, 7 de marzo de 2010

Crisis, periodistas y viceversa

Crisis significa cambio, aunque a bocajarro nos suene siempre a cambio para peor. Es lo que tiene de universalizable lo traumático y repentino de los cambios que, para la sociedad, siempre tienen relación con la economía (en lo colectivo) y con lo existencial (en lo individual). Pero estas crisis producen otras réplicas o sucedáneos de sí mismas en todos los ámbitos que importan más aún, en el fondo: la educación, las relaciones socioculturales y el Periodismo como ciencia inexacta y experta en contarle a la gente lo que le pasa a la gente. Por eso tengo tendencia a reflexionar sobre los cambios de esta profesión que, al decir de García Márquez, es “el mejor oficio del mundo”.

Lo he dicho en otras ocasiones: el Periodismo está saturado hoy de charlatanes, comunicadores, comunicólogos, tertulianos todoterreno y presentadores estrella que nada tienen que ver con el reportero ante el presente y ante la historia, que es la esencia de nuestro propio devenir. A todos ellos, se suman ahora la magia y el relumbrón de la web 2.0, por la que cualquiera puede disfrazarse de periodista como si todos los días fuera Halloween o Carnaval en este gran teatro del mundo.

La participación del hombre-masa que profetizó Ortega y Gasset hace ahora casi un siglo se erige en valor principal en el seno y el funcionamiento de los medios de comunicación de masas, por encima del rigor informativo, la opinión de expertos y la pluralidad, y eso puede llegar a convertirse en un cáncer de nuestra situación como profesionales. Está bien que el feed-back de los medios calientes se extienda a toda la comunidad de mass media como foros de cierta intelectualidad para la que son competentes todos los polos de la comunicación, desde los emisores hasta el último receptor. Al fin cabo, sólo si todos somos entusiastas partícipes del contenido de nuestros medios alcanzarán verdadero sentido los mensajes mediáticos. El problema, a mi juicio, radica en la confusión de roles entre profesionales de los medios y consumidores de los mismos, entre responsables y clientes. En ningún negocio (y el Periodismo también es negocio, además de ocio) se permite que la configuración del producto que se vende sea tarea exclusiva del propio comprador. Y en el nuestro percibo cierta tendencia vertiginosa a esta locura que ha permitido, por ejemplo, que un impresentable se burle del respetable en una cadena pública como Televisión Española cuando ésta pretendía convertir en espectáculo saludable la competencia de artistas aficionados en su carrera hacia Eurovisión.

El bochornoso episodio del malhadado malandrín que enarbolaba desde la pantalla pública el esperpento de sus genitales ha sido posible gracias a esa nueva obsesión por la participación del público hasta límites insospechados, hasta la frontera de irresponsabilidad del propio medio, que delega decisiones estratégicas en los miles de espectadores televisivos que optan desde el sofá pícaro del hogar por lo más sórdido, lo más mezquino, lo más friki, ese reino de la extravagancia por el que las cadenas privadas han buceado en busca de alguna fórmula que les garantice sus emolumentos a costa del gusto que ya no es ni bueno ni malo, sino rentable o no. Que este insano deporte sea practicado por las televisiones privadas tiene cierto pase, pero que también lo hagan las públicas merece una reflexión profundísima por parte de los que trabajamos en el ancho mundo de la comunicación, sobre todo cuando la propia cadena se avergüenza y escandaliza de que le haya explotado la bombita en las manos después de haber permitido que se fabricara en su casa de puertas abiertas, es decir, en el hogar virtual de su acogedora página web. Si el escándalo fue inesperado, la situación es grave porque arroja dudas sobre el control del producto que ofrece; si fue deliberado, es aún peor.

Esta ultraparticipación que permiten la web 2.0 y los medios profanos de la Red que temen, en todo caso, ser tachados de apocalípticos en esta inauguración del futuro tecnológico que nos contaron se sitúa en la base de esta crisis global a la que nos referíamos al principio: desde los trapicheos cibernéticos de Madoff sin que ningún experto financiero sospechara nada raro hasta el uso y abuso del ordenador portátil que nuestros infantes han de cargar diariamente en su ida y venida de la escuela sin que nadie ose decirle alto y claro a nuestro cool Gobierno que la crisis educativa no se soluciona con un PC por niño, pues los problemas de la lectura comprensiva, el juicio crítico, la ortografía y las matemáticas básicas no sólo persisten sino que se acentúan, mientras los chiquillos pierden la cabeza cada tarde enfrascados como autómatas en los dimes y diretes de las redes sociales, tan estériles y tan de moda.

Ni se garantiza la igualdad en la educación porque todos los niños tengan un portátil en su mochila ni se es más democrático porque se permita la decisión (además de la participación) a las audiencias –o a una minoría especialmente activa de éstas– en la selección que termina configurando un producto mediático para todos. Esta explosión de las jerarquías no conduce automáticamente a un estado democrático, sino a un caótico libertinaje que es un callejón sin salida, el resultado inútil de una deliberada irresponsabilidad acomodaticia bajo la excusa multiforme de los tecnócratas. Es muy cómodo (y muy barato, en el fondo) abandonar a los niños con sus ordenadores; tan cómodo como abandonar a la audiencia con sus disparatados criterios de selección de lo más visto, lo más comentado, lo más valorado, máxime cuando en ambos casos se erigen las selecciones como currículo oculto y autoconfigurado del alumnado, en un caso; y agenda expresa y a la carta de lo que la gente quiere, en el otro, sin intervención de editores, programadores, guionistas, periodistas.

La prensa escrita se contamina irremediablemente de estos dubitativos usos de la Red que llevan a cabo los medios audiovisuales, y en sus versiones digitales, tan regidas por palos de ciego a cada rato, propician a menudo la selección popular antes que la selección profesional. Después de esta transición deslumbrada por este invento de Internet, medio de medios, las aguas de la información y la opinión contrastadas tendrán que volver a su cauce. Y por eso creo que determinadas cabeceras ilustres, aun apostando por las nuevas tecnologías y por la retroalimentación de sus públicos, persistirán en su lugar de faros alumbradores del Periodismo de siempre, el que se encarga de estar atento a la realidad y de configurar un discurso ilustrado y útil para entenderla.

domingo, 21 de febrero de 2010

El Flamenco: un tesoro universal

La candidatura de este arte trino (cante, toque, baile) a Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad arranca con una campaña de promoción global dirigida por la Junta de Andalucía. El lema de adhesión, ‘Flamenco soy’.

Entre italiano
y flamenco,
¿cómo cantaría
aquel Silverio?
La densa miel de Italia
con el limón nuestro,
Iba en el hondo llanto
del siguiriyero.
Su grito fue terrible.
Los viejos
dicen que se erizaban
los cabellos,
y se abría el azogue
de los espejos.


F. García Lorca.


Ni Silverio Franconetti ni Juan Breva, bien retratados en verso por el mismísimo Lorca, hubieran imaginado nunca que sus gritos aterciopelados de música almibarada y salvaje serían algún día dignos del aplauso universal. Cantaban, como Manuel Torre, porque un duende vivo les recorría las entrañas y no tenían otra manera de calmar su incomprendida sed de comunicación que abriendo el azogue de los espejos, como hacía desde su Alameda natal la Niña de los Peines. Desde el siglo XIX, principalmente, el artista flamenco se recorta en la negritud de los sentimientos universales desde sus orígenes concretísimos, y es local y universal al mismo tiempo, y ésta y no otra es la medida exacta del verdadero arte global, capaz de emocionar a un ser humano en un tabanco de Lebrija, en un escenario japonés o en una sala neoyorquina.

Que hasta ahora no haya surgido una iniciativa política para reconocer este arte de profunda raigambre humana, alquimia sacra del compás gitano y de la sabiduría jonda del mestizo pueblo andaluz, nos muestra a las claras qué nivel de observación y sapiencia han tenido los hombres de mando de esta tierra nuestra, arrastrada históricamente por la iniciativa surgida en otras latitudes de la Península y arrastradora de un inmerecido tópico de indolencia.

El flamenco que ahora pretende reconocerse como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco ha cumplido en su fatigado éxodo desde la noche de los tiempos hasta hoy todos los requisitos que tan alta instancia recoge en su articulado para bucear en estas muestras a lo largo y ancho del mundo: tradiciones y expresiones orales; artes del espectáculo (como la música tradicional, la danza y el teatro); usos sociales, rituales y actos festivos; y técnicas artesanales tradicionales. Parece que tales epígrafes fueron inventados para colocar al flamenco en el primer número de esa larga lista que empezó a elaborarse en 2001 y que de España ha rescatado tan sólo El Misterio de Elche (Alicante), el silbo gomero (isla canaria de La Gomera) y la fiesta de La Patum de Berga (Barcelona). Con el debido respeto a estos otros tesoros también nuestros, el flamenco reúne méritos mayores para integrar la preciada lista de la Unesco, y sorprende que a estas alturas de 2010 se encuentre en su segunda intentona para ser reconocido universalmente, previa campaña gubernamental basada tal vez en el merchandising que siempre le faltó. La grandeza flamenca, grandiosidad humana, de tantos artistas que cerraron el círculo de su desamparo natal después de haber dado la vuelta al mundo o de no haber salido de su barrio, indistintamente, se ha visto lastrada siempre por su poco valor en el mercado, y para la historia quedan las estampas indelebles de una Carmen Amaya haciendo una fogata en la mejor suite de New York; de un Camarón acordándose de su omaíta en la agonía de un amanecer; o de un Enrique el Mellizo carcomido por la tuberculosis en la pena negra de sus últimas horas. La indolencia no caracterizó a ninguno de ellos, a ninguno de los que se fundieron con la tierra que los había visto trabajar como agricultores, mineros, marineros, matarifes, fragüeros… en esas vidas suyas en las que encontraban en la expresión flamenca la precisa rendija por la que aspirar a la libertad, a una libertad hipotecada desde hacía siglos y que tan sólo la musa vaporosa del instante genial les regalaba durante unos segundos. De esa conciencia surgen coplas máximas como ésta: “Qué desgraciaíto aquél / que come el pan por manita ajena / siempre mirando a la cara, / si la pone mala o buena”. La trilla, la taranta, la alegría, el martinete y tantos otros palos de labor dan fe flamenca del origen laboral que tuvieron, como toda literatura enraizada en la comunidad que labora y canta, que trabaja con el sudor de su frente y se lo enjuga con el quejido doliente y hermoso en los ratos de solaz.


Los cantes flamencos, desde mucho antes de que los descubriera y los pasase a limpio el gran Demófilo, ya ofrecían un catálogo temático que abarcaba la vida misma, con sus penas, alegrías, amores, soledades, traiciones y nostalgias. A ellos se suman la atracción, a veces fatal, por lo religioso, las relaciones con el patrón o el mundo de la delincuencia. Lo dicho: la vida misma, y no en un lugar de la Tierra, sino en cualquiera de ellos. No en vano, la pasión por el flamenco, y no sólo por sus letras (que son las letras del pueblo) ha germinado, cuando las comunicaciones lo han permitido, en cualquier latitud del planeta, pues la pena punzante por un amor contrariado le escuece lo mismo a un gitano de Triana que a un negro de Chicago.

“Cuando canto a gusto me sabe la boca a sangre”, sentenció Tía Anica La Piriñaca, emperatriz jerezana de la seguiriya, formulando con ello una metáfora ajustadísima de la verdad que rezuma el cante flamenco, la verdad vital, auténtica que palpita en cada verso, en cada grito, en cada ay sonoro y repleto de humanidad que brota del cantaor de carne y hueso, semejante y hermano del respetable, pero tan auténtico en el tablao, en el escenario o entre los cabales de la peña como en su soledad cerrada y en carne viva. El flamenco se ha hecho espectáculo modernamente, pero antes atravesó la transición comunal de su socialización, la sacralización de su arte convertido en rito y su ejecución sólo para minorías. Sin entrar en la banalización que ha sufrido en las dos últimas décadas y que sólo afecta a un subproducto que no merece ser llamado con tal nombre, el flamenco ha llenado teatros, plazas de toros y grandes aforos antes reservados a otras músicas incluso menos populares. Lo que han hecho por él en el siglo XX cantaores ortodoxos como Antonio Mairena o José Menese o heterodoxos como Camarón o Enrique Morente; bailaores como Antonio Gades, Sara Baras o María Pagés; y tocaores como Enrique de Melchor, Pepe Habichuela, Manolo Franco, Manolo Sanlúcar o el todopoderoso Paco de Lucía es impagable a estas alturas de la historia. En el camino quedaron sembradas para siempre las contribuciones de los grandes que nacían en cualquier punto de nuestra geografía: desde Aurelio Sellés a El Rojo el Alpargatero; desde Manuel Vallejo a Porrina de Badajoz; desde Juan el Camas hasta las hermanas de Utrera (Fernanda y Bernarda), pasando por un siempre inacabado etcétera que incluye nombres tan valiosos como don Antonio Chacón, La Perla de Cádiz, El Niño de Gloria, La Paquera de Jerez, Manolo Caracol, Agujetas Viejo, Lola Flores, El Lebrijano, El Cabrero, Chocolate o Terremoto. De las últimas hornadas, y a partir del fenómeno de la Isla, no sólo se ha enriquecido el flamenco con nombres de la Baja y la Alta Andalucía como pudieran ser José Mercé, Esperanza Fernández, La Macanita o Carmen Linares, sino también de lugares apartados del Sur como Duquende o Miguel Poveda.

Todos ellos han paseado por el mundo entero su compás, el compás flamenco que es tradición y expresión oral, como pide la Unesco; que es arte y espectáculo, como pide la Unesco, en todas sus variedades de música tradicional, danza, teatro –interpretación–; que trasciende la música para convertirse en uso social y ritual en la fiesta (y más allá de ella), como pide la Unesco; y que genera una industria artesanal, como también pide la Unesco, en torno al vestuario, los complementos y los instrumentos de una rica tradición musical y dancística. Reúne el flamenco, por tanto, todos los requisitos, y con creces, que exige la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Desde los zíngaros errantes que surcaron la Antigüedad hasta los gitanos que arribaron a España en pleno siglo XV para, después de centurias de injusto desamparo, fusionarse con el ya mestizo pueblo andaluz y darnos así este crisol de expresiones artísticas en forma de cante, toque y baile, han existido infinitas oportunidades de comprobar que el flamenco es, en efecto, universal. El flamenco se ha universalizado al madurar como un fruto, irremediablemente. Que esta gestión postrera de los políticos de turno sea capaz o no de darle título en la ONU será en todo caso secundario. El flamenco ya tiene abiertas sus alas y surca todos los cielos de este mundo nuestro, sin licencia, como era de esperar.

  • Este trabajo aparece también en el nº 49 de la revista Cuadernos para el diálogo (marzo de 2010).

jueves, 11 de febrero de 2010

El abuelo de Marta y Miguel Hernández


Marta del Castillo Casanueva, una niña sevillana de 17 años, desapareció de la faz de la Tierra el pasado 24 de enero de 2009. Tras la incesante búsqueda por tierra, mar y aire por parte de las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado, y luego de un circo mediático que ha durado un año, con episodios más rojos, verdes o amarillos como si de una telenovela se tratase, nadie sabe dónde está el cuerpo de Marta, porque a sus asesinos no les da la gana confesarlo y porque la Ley no puede obligarlos si los niñatos dicen que no, que no les da la gana y ya está. Así que después de tanto todo para nada, el abuelo de la criatura ha tomado pico y pala y ha empezado por la localidad aljarafeña de Camas a cavar al son endecasílabo que hace tres cuartos de siglo enjaretó en tercetos encadendos el poeta de Orihuela para su amigo Ramón Sijé –seudónimo de José Marín–, que había muerto el 24 de diciembre de 1935. Las coincidencias entre la gran Elegía de Miguel Hernández y la que escribe sin pluma el abuelo de Marta son asombrosas, y la constatación de que la poesía grande es poesía universal asombra todavía más:

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
...

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

...

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

...

domingo, 7 de febrero de 2010

Las sagradas escrituras de ZP

El surrealismo tiene presente. Rezando en USA y con el mazo dando en Spain, la atracción ridícula de nuestros gobernantes por el mandamás yanqui de turno acaba de demostrar otra perla para la antología del despropósito. Cuando nos querían hacer creer que la oración era políticamente incorrecta, resulta que es políticamente rentable. El cinismo tiene futuro.


ZP ha corrido a postrarse ante Obama y la secta de ultracatólicos que maneja por allí el cotarro. No importa que por aquí progresemos hacia el laicismo y la sociedad plural y la democracia del estado aconfesional y el estado de derecho de un país moderno que intenta sacudirse los lodos del nacionalcatolicismo, luchando por que las clases no tengan que estar presididas por un crucifijo. Eso no importa demasiado en Central Park ni en la Casa Blanca, donde ZP debe de imbuirse de valores patrióticos ajenos salpimentados por los versículos de la Biblia de pasta dura del tío Sam.

Ante la cara beatífica de Michelle Obama, a ZP se le deben de olvidar sus broncas con Rouco, los manifestantes contra el aborto y las familias que rezan unidas y se le oponen tras la pancarta por Madrid o Valencia. Qué lejos queda la Cibeles cuando uno se codea por Washington con los principales congresistas made in America. Una cosa es luchar por derogar los privilegios del altar (que no del trono) en esta España nuestra y otra muy distinta asistir a un desayuno de oración nada más y nada menos que con el presidente Obama, que es una marca en sí mismo para luchar contra las encuestas funestas del CSIC. Si a ZP lo va a recibir Obama (aunque éste no devuelva la visita o tache de su agenda su paso por nuestro país por irrelevante, como hizo el señor Marshall) ZP reza lo que sea, no lo que sabe, que no es mucho, sino lo que le escriban sus asesores, que han perdido las pestañas buscando un fragmento del Antiguo Testamento que le cuadrara al talante de José Luis y se han tropezado con uno que versaba sobre trabajadores y asalariados del Deuteronomio, ese polvoriento colofón del Pentateuco del que nuestro presidente a lo peor ni siquiera había oído hablar jamás, y que en su jornada traslántica le sirvió de antesala mítica para engrasar la maquinaria diplomática frente a unos sindicatos lights que le preparaban una huelga general pero que se arrepintieron antes de que el gallo cantara una vez tan sólo, pues se chocaron ante la irresistible oferta diseñada por los asesores de siempre de reducir los días de pago de los empresarios a los currantes en caso de despido de 45 a 33 con el eslogan inquebrantable de que "los trabajadores no van a perder derechos", no, y tiene razón quien lo repite, sólo van a perder 12 días o el equivalente a esa docena de jornales cuando los pongan de patitas en la calle. Al fin y al cabo, cada día hay menos probabilidad de despido si se tiene en cuenta que los despedidos ganan en número cada día un poquito más, conforme nos acercamos sin escándalo a la cifra de cinco millones de cesantes, como se decía antes.

Ante la repentina vocación bíblica de nuestro presidente, no se entiende qué escrituras ni qué sagrados compromisos firmó con aquella multitud simbólica de jóvenes que le gritaban "no nos falles"; no se entiende qué impulso social se tiene guardado en la manga si el pulso sindical está tan apagado y a la sociedad le va quedando tan sólo el fuelle imprescindible para esperar el maná de esos 420 euros que son como la chatarrilla manoseada del fondo del baúl de los fondos estatales. Ante tanto presidente contrito y humillado, no se entiende nada de nada, con perdón.

  • Con otro título (El surrealismo tiene presente), este mismo artículo se publica también en el nº 1.994 del semanario Cambio16.

jueves, 21 de enero de 2010

Chuletas en la Hispalense


Chuletas en la Universidad de Sevilla o el enésimo capítulo de cómo minar la autoridad del profesorado. En rigor, este descrédito de la autoritas es transversal a cualquier institución, no sólo la universitaria, desde la leyenda nebulosa del mayo francés de 1968. La justificación de aquellas barricadas parece amparar cualquier barrilada de hoy. Si entonces hubo motivos para la rebelión, cualquier jovencito actual cree tener la razón de su parte para disfrazarse de rebelde, aunque sea sin causa. Y como en el catálogo falaz de lo políticamente correcto no se encuentran los conceptos de jerarquía ni de deberes, sino –por sobredosis– los de igualdad y derechos, cualquier disparate contra el sentido común cree ser bien recibido por la sociedad. A veces, estos disparates llevan inoculada una dosis tan potente de surrealismo que no cuelan. Y eso es lo que ha ocurrido con la sorprendente Normativa Reguladora de la Evaluación y Calificación de las Asignaturas de la Universidad de Sevilla al anunciarse la "iniciativa pionera" de que a los alumnos que copien en los exámenes hay que garantizarles su derecho a terminar la prueba. Al igual que "derecho", también "pionero/a" se encuentra en el catálogo antes referido.

La aparente intención de quienes han pensado en este magnífico progreso hacia la democratización de las aulas es evitar sospechas infundadas de los profesores que acusen a alumnos de copiar sin que éstos hayan roto un plato, los pobrecitos. De todos es sabido que una manía profesoral muy extendida es ver copiones donde sólo hay aplicados estudiantes que miran hacia los cuatro puntos cardinales por sana curiosidad. De modo que, en lo sucesivo, si un profesor cree haber pillado a un alumno copiando deberá demostrarlo por activa y por pasiva, frente a una comisión de docencia en la que tendrá que vérselas con colegas expertos en
copieteo y con responsables compañeros del alumno acusado que testificarán objetivamente. De esta manera, el profesor se lo pensará dos veces, o tres, antes de levantar falso testimonio.

Al margen de ironías, la propuesta de la Universidad hispalense es peligrosa por varios motivos: porque parte de un falso concepto de democracia que no reconoce jerarquía alguna, como si en el sistema político que así se denomina y que nos rige hoy por fortuna no existieran escalafones y representaciones de los ciudadanos en los órganos pertinentes, y termina equiparando el estatus del profesor (autoridad magistral y académica) con el estatus del alumno (aspirante al conocimiento impartido); porque pone en entredicho, por sistema, la palabra del profesor frente al alumno que no reconocerá, también por sistema, su trampa; porque solamente el profesor, y no el alumno, encuentra trabas en este mecanismo de resolución del conflicto, por lo que el estudiante que no haya estudiado nada podrá presentarse al examen con nada que perder y posiblemente algo que ganar; y porque, en última instancia, se empuja al profesor, trabajador al fin y al cabo, a hacerse el sordo y el ciego ante situaciones de este calado dado que su sueldo seguirá siendo el mismo mientras se ahorra incomodidades. De ahí a la catástrofe definitiva del sistema educativo hay solo un paso.


Al menos el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, ha dado en la clave con dos frases ajustadas: "El que copia no es un ciudadano respetable" y "hemos mandado un mensaje equivocado". Es decir, el que hace trampa no es respetable y, por tanto, tampoco podrá esperar ninguna garantía de sus derechos en el proceso que ha trampeado. Es, salvando las distancias, como si alguien con un cuchillo para cortar jamón acaba matando a quien tiene a su lado y hubiera que garantizar su derecho a terminar de cortar las lonchas antes de detenerlo inmediatamente.

El problema de fondo es que la Universidad de Sevilla demuestra no confiar en la palabra de su profesorado, por lo que prefiere garantizar a toda costa los derechos del presunto copión y dilucidar luego si tenía más razón el profesor o el alumno. Esta ultragarantía de los derechos nos está llevando a la imbecilidad de acabar derrotados por los burócratas incluso cuando pillamos a los sinvergüenzas
in fraganti. Víctimas de esta imbecilidad generalizada, seremos –o somos ya– en última instancia los padres, esos padres blandiblú de los que hablan por ahí con más resignación que soluciones.

  • Este artículo se publica asimismo en el nº 1.992 del semanario Cambio16.

martes, 19 de enero de 2010

La múltiple injusticia haitiana

Desde los tiempos en que esa gran isla caribeña era La Española, no había ocupado tanto segmento de interés público hasta ahora que un terremoto feroz la ha convertido en plato seguro de todo telediario. Haití, junto a República Dominicana, conforma la misma isla que los conquistadores españoles encontraron asombrados a finales del siglo XV, en destartaladas carabelas para la aventura descubridora. La verdadera aventura de los hatianos, no obstante, comenzó el 1 de enero de 1804, cuando el país proclamó su independencia de los franceses, después de 13 años de lucha encarnizada contra el país europeo que los tenía esclavizados desde el siglo XVII. Haití se convirtió así en el primer país de toda América Latina que consiguió emanciparse. Para más inri, el 95% de su población era negra y esclava, con lo que el hito desesclavizante de los haitianos se hizo merecedor desde el primer instante de figurar en las hazañas humanas de la Historia Universal. Tal arrojo, sin embargo, tal hazaña pionera, le ha costado a este país pobrísimo abundar en su pobreza durante los dos últimos siglos, hasta el punto de que muchos de nosotros estamos aprendiendo su singular historia a costa de sus muertos, sepultados bajo los escombros. De ahí la magistral viñeta de El Roto hoy en El País.


La otra injusticia no es histórica, sino actual. ¿Cree alguien que si los montones de cadáveres poblaran las calles de Londres o de Madrid o de Berlín los sacarían con la impunidad y la desvergüenza con que lo hacen en Puerto Príncipe? ¿Son éticos esos primeros planos de los genitales de cientos de seres humanos en nuestras televisiones con TDT? ¿Alguien se imagina a una niña europea sin ropa interior y sin que se le tape la cara frente a la cámara que nos suministra en nuestras opulentas mesas el horror que tanto rédito político les va a dar a algunos y tantas comisiones les está dando a los bancos?

jueves, 31 de diciembre de 2009

No me gustan los balances

Los balances me suenan a despedida, a cerrojazo, a crueles adioses. Ya sé que me deberían sonar a una puerta que se cierra para que otra se abra, a poner en claro, a saludo del año que llega. Pero uno es como es. El balance me connota siempre algo económico, de remota balancita con pesas jerarquizadas, como la que tenía mi abuela Modesta en aquella cocina hiperbólica que incluía pozo profundísimo y una pila que parecía un pesebre... Con aquella balanza jugaba yo cuando no era más que un renacuajo. Ya sé que una cosa es una balanza y otra un balance, pero éste puede hacerse poniendo todo en los dos platillos de aquella para ver el resultado entre el debe y el haber... ¿ven ustedes como me pierde el sentido económico? Tal vez por ello no me guste hacer balances, porque la vida y los años van mucho más allá del dinero y porque 2009 no ha sido un año -ejercicio, dirían los economistas, con un lenguaje paradójicamente escolar- para hablar de parné.

Los balances personales son para interiorizarlos, en mi opinión; y los balances públicos resultan inútiles porque cada uno siente el año según le ha ido. De modo que quién necesita un balance. Sin embargo, todos los medios de comunicación de masas se empeñan en hacerlos, aunque ya sé, por experiencia, que detrás del mismo se esconde más una necesidad de rellenar en este páramo informativo que son las fiestas que un verdadero interés de balancear el año para aprender de cara al próximo. Nadie aprende de un año porque empiece otro nuevo, y ni siquiera el año es frontera, en la práctica, de nada. Ni del curso académico, ni del político, ni del litúrgico siquiera. Lo del ejercicio administrativo, fiscal, contable, etc. ya sabemos todos que es, en buena medida, un paripé para llevarse bien con Hacienda. Así que los balances podrían hacerse en cualquier momento, o no hacerse jamás.

En este final de 2009, por ejemplo, año de crisis para muchos y de bonanza a costa de la crisis para otros, qué balance hará el padre de Marta del Castillo, la niña desaparecida el pasado 24 de enero en un barrio de Sevilla. Y qué tendrá que ver ese balance con el que pueda hacer Chaves, que se fue a Madrid, u Obama, que se instaló en la Casa Blanca. El año comenzó con el chiste sin gracia de la malhadada Montserrat Nebrera, ex pepera que ya no encuentra su lugar en el mundo después de despotricar contra nuestro acento andaluz. Luego el año estuvo para menos chistes con noticias deslumbrantes como el fin del gobierno nacionalista en Euskadi o aciagas como el interés repentino de los socialistas por reformar la ley del aborto, con hipócritas escándalos por parte del PP includios. La tragedia del aborto no es para tomársela a coña partidista por parte de los de siempre, pero este es el balance que uno puede sacar de esta clase política profesionalizada que soportamos.

De este sitio web que iniciamos en noviembre de 2007 para escribir pensando o pensar escribiendo no es 2009 el mejor año para hacer balance, pues ya ven las entradas que dio de sí 2008 y las que ha dado este año: la mitad. Tal vez en mi haber interno me queda la satisfacción de que si he producido menos reflexiones en estos doce meses será porque la balanza se inclina de otro lado. Quienes me quieren saben de dónde.

lunes, 28 de diciembre de 2009

John Donne y la DGT

John Donne fue en Inglaterra algo así como nuestro Quevedo por Madrid, el polémico metafísico que gusta y cuesta escuchar simultáneamente. Uno de sus fragmentos poéticos más célebres, extraídos de su libro Devociones para ocasiones emergentes, de 1624, es el siguiente:

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.


El escritor Ernest Hemingway se sirvió de esta cita no sólo para colocarla en una de sus novelas más famosas, sino incluso para ponerle título: Por quién doblan las campanas (1940), en la que narra la experiencia de un dinametero norteamericano en la Guerra Civil española.

Ya en el siglo XXI, y de nuevo en España, la Dirección General de Tráfico (DGT), consciente de que la sangre y el gore automovilístico no tienen demasiado efecto en las conciencias de los conductores, ha elaborado este invierno una campaña más inteligente, en la que pide a los ciudadanos un minuto de silencio no por los 500 muertos en carretera que se nos van cada año sino por los que están por caer en 2010. En el spot televisivo aparece gente diversa en situaciones diversas, guardando silencio. Al final, una voz en off sentencia: "Si vas a conducir después de haber bebido, este minuto de silencio es por ti".

Y que luego nos pregunten para qué sirven los clásicos.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Mi 'Lazarillo' emprende el vuelo


Apenas hace tres semanas que está en la calle y ya va sola. Mi edición de El Lazarillo de Tormes, con unas magníficas y atrevidas ilustraciones de Miguel Parra, se vende en librerías, institutos y rincones dispares donde este clásico imperecedero sabe encontrar su hueco de pícaro siempre actualizado. Lo terminé en febrero, pero no ha sido hasta noviembre cuando el libro estuvo listo para salir de la imprenta de la editorial AE, que se ha aventurado en el terreno de los clásicos con dos títulos más: La Celestina, de Fernando de Rojas, y las Rimas de Bécquer. La vida de Lázaro González Pérez, con sus fortunas y adversidades, se ha asomado al mundo con unos colores envidiables, un aparato crítico claro y riguroso a la vez y un precio innegociable y sin competencia. Observaremos su evolución.

Pistas para interesados:

Editorial AE
Av. Tomás García Figueras, 1 local 20
Jerez de la Frontera - Cádiz
Tel 902 50 71 50
info@editorialae.com

sábado, 5 de diciembre de 2009

La cultura nuestra de cada web, dánosle hoy


Los libros son caros. Pero se puede también decir que los libros no son caros. Se puede decir que lo único caro del mundo son los libros. Todo lo demás es baratísimo. Los zapatos son baratos; la vivienda es barata; la barra de labios es muy barata. Todo barato. Sólo son caros los libros. Quienes critican son normalmente los que no leen. Y además encuentran en esa supuesta razón el argumento para decir que no leen. Sí, los libros son caros. Pero es que todo es caro. Y ¿por qué tienen los pobres libros que sufrir todos los días la monserga de que son caros? La verdad es que los libros no nacen, no caen del cielo como la lluvia. Se hacen. Se componen de papel, tinta, la sensibilidad del autor, la competencia técnica del tipógrafo -si es que aún se llama así-, necesitan de un distribuidor, una librería. Y cualquiera de ellos ha de ganarse su salario. En este proceso sucesivo parece que todos tiene que estar bien pagados menos el que en primer lugar hacen los libros, o sea, los autores. Esos no. Los autores deben vivir como misioneros del libro: sin comer, sin casa, sin caprichos, así los libros serán baratos. Pues bien, si los libros han de ser baratos y no lo son, ¿qué haremos?

José SARAMAGO: "Nuestro libro de cada día", Pregón de la Feria del Libro de Granada, 1999.


Esta reflexión del Premio Nobel portugués es extensible a cualquier producto de la cultura que ahora se debate entre la vida y la muerte por la moda digital de que todo lo cultural debería estar al alcance de la mano para todo el mundo, como las estrellas del cielo. ¿A que el papel que Saramago reserva al autor en este irónico pregón se parece demasiado al que los pobres agricultores desempeñan cada vez más en este mercado nuestro de los tomates por las nubes?