jueves, 10 de junio de 2010

Una ballena gris


Últimamente, porque me leí no hace mucho Moby Dick y porque me intereso por la literatura bíblica, la ballena como concepto, como forma, como tema literario me está apasionando mucho. Y heme aquí que encuentro por la prensa la noticia fascinante de una ballena gris avistada en las costas de Barcelona, después de que hace 20 días fuera vista en el litoral israelí. Las dos costas en las que han visto a esta ballena solitaria del Mediterráneo no pueden ser más míticas. Barcelona como espigón occidental e Israel como extremo simbólico de Oriente Medio. Entre ambos puntos, un cetáceo, tan mitológico desde Jonás, aparantemente perdido en aguas cálidas. Los expertos dicen que es probable que la ballena entrara por el Norte, por mor del deshielo del Ártico, al Atlántico, y de aquí, por el Estrecho, a los confines del Mediterráneo. Y que ahora esté haciendo el viaje inverso. Sobrecoge imaginar cómo un ser vivo tan impresionante recorre el globo en cuestión de días o meses, submarina y silenciosamente, mientras nosotros, en superficie, hablamos de la crisis y la reforma laboral. También dicen que este tipo de ballena se extinguió a comienzos del siglo XVIII. ¿Y si la ballena no fuera atlántica, sino pacífica (del Pacífico, quiero decir) y estuviera pasando revista por las antípodas?

jueves, 27 de mayo de 2010

Mimar a la banca

Cuentan los viejos, de cuando eran churumbeles de familias numerosas, numerosas de las de antes, o sea, de las de verdad, que siempre había uno en casa más débil, más delgadito, con carnes más flacas y peores pelos al que no sólo la mamá le tenía reservado el mejor bocado. "Esto, para mi José, que es el más endeblito". Y aquel crío al que la naturaleza había marginado, de momento -porque luego daba el estirón y al chiquillo ya no lo conocía ni la madre que lo parió-, se llevaba el trocito más magro de carne, la fruta más en su punto y hasta la onza de chocolate que no había para los demás. Y todo eso porque las mamás y los papás del mundo están para contravenir la ley natural, o sea, la ley del más fuerte, que dijo Darwin.

Los gobiernos en Democracia, especialmente los socialdemócratas, adquirieron gustosos el sobrenombre metafórico de Papá Estado, tal vez porque su proceder se aproximaba al de los papás que mimaban especialmente al que más lo necesitaba. Pero está claro que eso ha sido en tiempos de bonanza, que es cuando es más fácil ser solidario, comprensivo y generoso. Ahora que la crisis sigue deparándonos latigazos insospechados; ahora que la lista del paro tiende a más infinito; ahora que hay millones de parados sin esperanza y de empresarios con la cabeza bajo el ala; ahora, digo, se mima a la banca. ¡El mundo al revés! Tal vez porque la dichosa crisis lo ha puesto todo boca abajo, en vez de primar más que nunca la lógica de la protección, priman aquellas enigmáticas palabras evangélicas que rezaban: "Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene...".

El gobierno da palos de ciego, decíamos hace semanas, pero es que esto clama al cielo de los ciegos que no quieren ver. ¿Cómo es posible que el Gobierno -el nuestro, y no ha sido el único- inyectara a la banca hace poco más de un año casi 100.000 millones de euros con la ingenua intención -sin compromiso por escrito- de que el dinero pudiera volver a fluir en una sociedad aletargada y ahora prohíba a los ayuntamientos pedir crédito a esa banca que el Ejecutivo rescató? Hace tan sólo unos meses se criticaba a los bancos porque no daban crédito -para hipotecas, para que miles de empresas pudieran funcionar- a pesar del rescate público del que habían gozado después de que ellos habían iniciado precisamente esta crisis galopante. Esa crítica pululaba no sólo por los bares sino por el Congreso de los Diputados.

Pues bien, en medio de la tormenta deficitaria a la que el Gobierno no sabe ya cómo hacer frente sino cargándose toda su política socialista de la A a la Z, aprovechando incluso el dinero de los viejecitos que lo cotizaron con el sudor de su frente tanto tiempo ha, se deja caer ahora con un decretazo que puso en jaque a los consistorios de todo el país: la prohibición de pedir crédito a los bancos hasta 2012, es decir, durante el período que se sigue previendo más angustioso de la crisis que no nos quitamos de encima. Los ayuntamientos se pusieron de urgencia a pedir crédito antes de que el decreto entrara en vigor. Al amanecer, este Gobierno del donde dije digo digo diego rectificó para empeorarlo todo aún ḿas y sentenció que su decreto no entraría en vigor al día siguiente, como la bajada del sueldo de los funcionarios -por ejemplo-, sino el año que viene, o sea, que tienen los ayuntamientos todavía siete meses para endeudarse hasta las cejas, para prevenir la época de las vacas flacas del crédito.

¿Qué sentido tiene todo esto? Ninguno. Es el laberinto sintomático de la desesperación. Hay ayuntamientos, muchos ayuntamientos, que dependen del crédito no ya para sus escasas inversiones u obras y servicios, sino para pagar las nóminas de sus trabajadores. Si se les prohíbe por decreto depender de tales créditos se les condenará a condenar a su vez a la desidia a sus municipios. Si ahora se retira la medida para anunciar que entrará en vigor el primero de enero, se está incitando claramente a que pidan ahora todo lo que puedan, con cuyo exagerado alegato y cuya exagerada necesidad se estará ahondando en una de las claves de la crisis actual: el ansia financiera por encima de las posibilidades reales.

Y, por encima de todo, se les está haciendo un gran favor a los bancos, pues, después de haberles ayudado a salir de la crisis -son los únicos que ya están recuperados-, se les está barriendo gratuitamente a quienes sus responsables consideran limosneros de crédito. Es como si el Gobierno dijera: "Hemos salvado a los bancos; pues a partir de ahora, que ningún ayuntamiento vaya a molestarlos". ¿Quién puede entender esto?

  • Este artículo lo publica también el semanario Cambio16 en su nº 2.009

miércoles, 19 de mayo de 2010

Robot casamentero


Siempre me apenaron profundamente aquellas películas americanas en las que una pareja se casaba en Las Vegas por quince pavos, con cirios eléctricos y flores de plástico. Me pareció siempre el colmo de la fragilidad sentimental, el culmen del compromiso de usar y tirar. La tristeza tiene una versión en esa estampa parodiada de una pareja saliendo del garito con bombillas de colores... Peor aún me sabe el casamiento que ahora sale en la prensa presidido por un robot. Un cura robot, o un ministro de la ceremonia robotizada. Ha ocurrido en Japón, el extremo oriente de la tecnocracia para seguir desorientándonos.

Decir sí a un robot es como decir sí frente al microodas, frente a la plancha, en la soledad doméstica que a veces nos insufla la inspiración precisa para nuestros sueños más allá del umbral de casa. Más valdría un espejo, para sernos testigos de lo que decimos. Pero en este terraplén hacia el cyborg la huella digital tiene más mérito que el churrete de un niño.

viernes, 14 de mayo de 2010

Se acabó el talante

Quienes me conocen de sobra saben que terminé totalmente mi casa en la primavera de 2007, es decir, aproximadamente cuando surgieron los primeros indicios de que la borrachera del último pelotazo en la rumbosa economía española empezaba a pasarse, a diluirse al son de los primeros parados que caían como gotas aquí y allá, mientras los no afectados miraban aún de reojo. La obra me costó un sacrificio bárbaro de casi un lustro y me dejó extenuado pero feliz, pues veía el magnífico resultado y la perspectiva halagüeña de mi boda con Marina. Así que tampoco me escocieron demasiado determinados abusos que me cobraron insultantemente por los últimos detalles... remates, decían ellos. Era la burbuja en estado puro y había que tragar.

Tan sólo unos meses después, cuando el verano de 2007 iba languideciendo, coincidí en un bar con algunos de los trabajadores que habían paseado su permanente alegría hotelera de weekend por mi trabajosa vivienda. Los noté apagados. Y enseguida hablaron del tema. Del cambio que había dado la cosa, de lo floja que estaba la cosa, de lo mal que estaba el patio. Enseguida tuve la certidumbre de que la crisis de la que todavía se hablaba con indulgencia había llegado para quedarse una gran temporada. Mis conocidos se empeñaban en apelar al nuevo año, es decir, a enero de 2008, como si el cambio anual no fuera una fiesta y un orden convencionales que nada tienen que ver con los mercados, más hechos al salvajismo natural, al darwinismo de que el grande se come al chico y punto. Pero en fin, las Navidades tampoco son para aguarle la fiesta a nadie. Por aquella época creé este blog. La gente me preguntaba por qué le había puesto ese título, y muchos interpretaron que captaba mi indolencia, que no mi anticipación.

El año 2008 fue el de la crecida bestial del desempleo, mientras el Gobierno se negaba a aceptar que crisis definiera lo que estaba ocurriendo. Desaceleración económica gustaba más.

Pasó el año y llegó 2009, después de unas Navidades más esperanzadas aún, mucho más, pues ya no había familia que no contara en sus filas con un desempleado. Muchísimas no contaban ni siquiera con un empleado. Entonces aparecieron reportajes, análisis, crónicas de mesa camilla en las que estas familias con todos sus miembros parados ganaban protagonismo. Yo mismo hice uno para El Correo de Andalucía. El año fue avanzando conforme avanzaba la lista del paro. Pero existía la prestación por desempleo. Luego vinieron los 420 euros. Y luego el replay de los 420 euros... Yo escribí entonces un artículo en este mismo blog, y que publicó Cambio16, titulado "política con minúsculas", en el que criticaba las medidas del Ejecutivo (420 euros, PlanE consistente en romper bordillos y hacerlos de nuevo, insistencia en una política social más de escaparate que eficaz...) porque me parecían pan manido para entonces y hambre para más tarde.

Ahora se ha acabado el pan, y los hambrientos tienen hecho el estómago al hambre, a esa hambre minúscula que comienza por restar caprichos y continúa, cuesta abajo, por el taperware de la suegra.

Hemos llegado al ecuador de 2010 –¡quién lo hubiera dicho en 2007!– y estamos peor que nunca. Ya sé lo de la teórica salida de la recesión y todo eso, pero atiendan al título de este blog, cuya interpretación ni siquiera usted duda, a estas alturas. Y a estas alturas nos bajan un 5% el sueldo a los funcionarios, a los trabajadores que un país tiene para que funcione, como nos ha definidio Griñán, el presidente andaluz. Escuece, claro.

Pero escuece más ver a los representantes de los sindicatos, de luna de miel hasta ahora con Zapatero, sobre el oleaje insoportable de más de 4,5 millones de parados, más parias que nunca, con las ayudas agotadas o agotándose... Estos sindicatos de los que se esparaba una protesta contundente para hacerles ver al Gobierno que la ruta era incorrecta no se han quitado la sonrisita hasta ayer. Se han puesto serios por un 5% de menos en la nómina de los funcionarios. Y que conste que yo soy uno. Y ahora sí, ahora sí vamos a la huelga porque esto es lo verdaderamente grave. Es tan grave que no vamos a una huelga general, sino a una huelga de la función pública, porque nosotros los funcionarios públicos somos los verdaderamente afectados.

El problema es tan gordo que al Gobierno no le queda más remedio que recortar por donde sabe que la tijera no yerra. El corte es más exacto que nunca; ya no valen ni los decimales, tan típicos en las míseras subidas. Un 5 es un 5.

Ya no queda talante ni en el Gobierno ni en los sindicatos. Y de la oposición mejor no hablamos, por supuesto. Esto es para tragar saliva.


sábado, 8 de mayo de 2010

Gracias, Paco


Felicidades, Paco:

Yo también fui uno de los millones de aficionados al flamenco que asomó la cabeza a esa cueva deslumbrante del ritmo y el duende a través de tu guitarra.

También yo me apasioné con el flamenco gracias a tu manera eléctrica de entender la bulería, la rumba y el tango; a tu forma candenciosa y aplastantemente humana de realizar la soleá, el taranto y el fandango.

Un servidor, como muchos, se deslizó por ti hacia la maravillosa y melodiosa senda de la música española y descubrí a don Manuel de Falla, al Niño Ricardo, a doña Marifé de Triana y a tantos genios que no lo hubieran sido para mí sin tu mano milagrosa.

Contigo descubrí a Camarón, y luego, con el tiempo, me seguí quedando contigo, escondido contigo tantas veces detrás de tu corazón malherido por seis espadas, en los días lluviosos, en las noches con música de fondo, en lo hondo.

Ahora te hacen Doctor Honoris Causa de la Música en el Berklee College of Music de Boston al considerar aquellos maestros allende el océano que tu música y tu visión artística "han influido a varias generaciones de músicos y han contribuido a difundir el flamenco entre un público internacional". Evidentemente, se quedan cortos. Cortísimos para tu toque tan largo... Qué hubieran dicho tu padre, Antonio Sánchez, y tu madre, Lucía Gomes 'la Portuguesa'...

Tu toque encierra el flamenco como arte trino y mucho más. Tu toque es la música española, concentrada como en un frasco de perfume carísimo, de valor incalculable. Tal vez porque lo que has hecho no se puede pagar, tu corazón rezuma humildad, que es la única forma de afrontar tanta grandeza, y así sueltas perlas como ésta: "Nunca hubiera venido hasta aquí para mi orgullo personal, pero es que detrás de todo esto se abre una nueva puerta al flamenco. Que una Universidad como ésta reconozca así nuestra música es una maravilla, porque llevo muchos años luchando para que cosas así ocurran”.

Tu sueño se ha cumplido, y el de muchos de los que amamos profundamente el flamenco, aunque ya hemos visto cuál ha sido tu mejor premio. Natural: “El mejor premio que me ha concedido la vida es darme una guitarra y un padre que me la pusiera en las manos, porque me ha ofrecido la capacidad de poder expresarme con el resto del mundo sin utilizar la palabra”.

¡Ole!

miércoles, 5 de mayo de 2010

32 órganos inútiles o demasiado útiles

Nuestro Gobierno lleva dos años dando palos de ciego. Decir esto no es una crítica, sino una objetiva descripción de la situación institucional del Ejecutivo de Zapatero a la luz de sus actuaciones estériles en este campo de minas creciente que es la lista del paro, a la sazón la lista que más interesa en la España de hoy, más que la de los 40 principales o la de la Liga del Fútbol, que ya es decir. Cuando escasean los bocados que echarse a la boca, después de agotadas las ayudas y las limosnas, no hay gol ni canción que cantar, porque la boca se agria y el corazón enmudece.

Ahora mismo andarán despidiéndose Zapatero y Rajoy en una reunión que debió producirse mucho antes y que, a estas alturas, resultará inservible. Ojalá me equivoque. La cita es un intento a la desesperada no de sacarnos a todos de la crisis sino de aparentar cierta preocupación institucional por el pozo profundo en que España se está metiendo conforme se acerca a esa barrera psicológica que son los cinco millones de gente sin nada que traer a casa, salvo su tristeza por no poder dar un palo al agua. No hay palos ni agua.

Como la crisis aprieta y la opinión pública se forma su propia opinión, que es siempre un poco secreta aunque las encuestas la adivinen y los políticos la intuyan, el Gobierno tomó la pasada semana la determinación de cargarse 32 órganos oficiales que en primera instancia eran imprescindibles. Los cargos, junto a 29 empresas públicas que también han desaparecido, costaban 16 millones de euros. Pero había que tenerlos. Desde hace una semana, sobran. Y todo por la crisis.

Este episodio del recorte de cargos cuando la olla económica está a puntito de reventar ejemplifica muy bien la falta de rigor de unas instituciones públicas (y no me refiero sólo a este Gobierno nuestro) que no piensan en su estructura y funcionamiento con criterios inteligentes, sino con el criterio chulesco de quien tira con pólvora ajena. De 14 ministerios y de la Presidencia gubernamental se han suprimido direcciones generales, secretarías y departamentos que uno hubiera considerado en tiempos de vacas gordas fundamentales para garantizar no sé qué en el Estado de Derecho. Ya me entienden. Menos mal que el recorte ha sido masivo y así cada institución suprimida no ha acaparado un titular escandaloso por sí sola. Imaginen el siguiente titular, a secas: "El Gobierno destruye de un plumazo la Dirección General para el Desarrollo de la Sociedad de la Información". El titular es cierto, o sea, que no hay que imaginarlo, pero adquiere dimensiones más escandalosas por sí solo que acompañado de 31 titulares similares.

La pregunta trascendente es: ¿eran tan importantes estas direcciones como para pagar 16 millones de euros por ellas o es que realmente son perfectamente suprimibles para ahorrar 16 millones de euros? Cuando uno anda mal de dinero, suprime las comidas en los restaurantes, los caprichos en el supermercado y las salidas de casa en general. Cuando nuestro Gobierno anda mal, es decir, fatal, suprime la Dirección General de Cooperación Jurídica Internacional, del Ministerio de Justicia; la Dirección General del Instituto para la Vivienda de las Fuerzas Armadas, del Ministerio de Defensa; o la Dirección General de la Biblioteca Nacional, del Ministerio de Cultura, por poner sólo tres ejemplos. Precisamente este último ha hecho que su directora, Milagros del Corral, haya amenazado con irse a su casa por vergüenza torera, es decir, por avergonzarse de ocupar una de las decenas de cargos que el Gobierno considera hoy inútiles.

Tal vez ninguno de los órganos era inútil, y más bien los inútiles hayan sido los gestores incapaces de rentabilizarlos cuando la cosa iba bien, empezando por aplicar una colocación lógica por ministerios y terminando por agrupar con sapiencia sinérgica los que mejor hubieran funcionado juntos. Ejemplifico lo que digo. ¿Qué hacían en Presidencia del Gobierno direcciones generales como la de Política Económica, que hubiera quedado mejor en el Ministerio de Economía y Hacienda, o la de Educación y Cultura, que huelga decir donde hubiera encajado perfectamente? ¿Cómo es posible que ahora exista una Dirección General por la Igualdad y el Empleo y contra la Discriminación y hasta hace una semana existiera una Dirección General para la Igualdad en el Empleo y, por otro lado, una Dirección General contra la Discriminación?

¿Quiénes son los inútiles: los órganos suprimidos o los gestores que los organizaron? Ahora pagan la irresponsabilidad supina quienes seguramente han trabajado algo en el lugar que les encomendaron.

  • Este artículo aparece asimismo en el nº 2.007 del semanario Cambio16

miércoles, 28 de abril de 2010

Garzón

El mediático juez Baltasar Garzón se ha convertido en los últimos meses en el gran perseguido por el rigor jurídico en España, por el superviviente fascismo y por la envidia insana de muchos de sus colegas. Por haber accedido a las peticiones de las víctimas del Franquismo, ha sido acusado, interesadamente, de prevaricación. Prevaricar es, según el diccionario, "dictar a sabiendas una resolución injusta". La definición debería hacernos caer en la cuenta de que, en este caso, Garzón no ha podido prevaricar porque no ha dictado resolución alguna, ni justa ni injusta. Lo único que ha hecho es admitir a trámite una denuncia por parte de las víctimas del Franquismo que, en última instancia, no busca sino el reconocimiento de tales víctimas. De modo que acusar de prevaricación a quien no ha dictado resolución alguna; hacerlo porque se presupone la resolución que dictará, en arriesgado futurible, se parece más al verbo prevaricar que las acciones que, hasta el momento, ha emprendido Garzón.

En cualquier caso, si se considera que la presunta prevaricación no responde a la ausencia de resolución sino al mero hecho de tocar el tema del Franquismo se estará dando por sentado que el Franquismo es intocable. Así parece deducirse de quienes esgrimen ahora contra este juez la Ley de Amnistía que nos dimos (se dieron quienes vivían y decidían entonces) en la Transición. De este razonamiento se desprende fácilmente no sólo que el Franquismo, gracias a la Ley de Amnistía que empezaron por impulsar los comunistas, es intocable, sino que la única persona que le ha hecho frente desde la Justicia, y desde la distancia de casi cuatro décadas después, lo puede pagar carísimo. Tanto, como ser expulsado de la carrera judicial. Y eso, de cara a la imagen internacional de la Justicia Española, donde se integra como magistrado el único juez por el que ésta es conocida y admirada en el mundo entero, el único juez que ha perseguido con el aplauso global a dictadores como el chileno Pinochet, es inadmisible.

Si continuamos reflexionando en clave internacional, que en el mundo global de hoy es lo más razonable, podríamos calificar de auténtica chapuza nuestra Ley de Amnistía, que no fue sino un lavado de cara urgente para salir del atolladero del Franquismo muerto una vez que nos vimos en la tesitura de alargar su sombra o empezar un régimen nuevo, democrático e innovador. Aquella prisa por mirar para otro lado, por hacer borrón y cuenta nueva, pudo estar muy bien en el Congreso, pero ni los millones de víctimas reales pudieron olvidar tan fácilmente, pues eran seres humanos y no máquinas, ni los múltiples tratados internacionales referidos a genocidios varios pudieron admitirla, de modo que desde entonces hay víctimas -cada vez menos porque van muriendo- y juristas internacionales con tales tratados en la mano que reclaman una revisión de dicha Ley de Aministía y una corrección ahora que los franquistas ya no están de cuerpo presente, ahora que sobreviven víctimas y herederos esperanzados en la democracia y ahora que, consolidada y madura ésta, podemos calibrar más fríamente lo que supuso aquel golpe de estado de 1936 y sus funestas consecuencias. En denitiva, ahora que ya somos mayores de edad.

Contra este criterio, de perspectiva internacional, pues, y no de miope españolismo interesado, se han rebelado dos minorías que deberían avergonzarnos a la mayoría de demócratas en este país: el partido Falange Española (con unos 14.000 votos en las últimas elecciones) y el sindicato Manos Limpias (supuesto sindicato de funcionarios que a nadie le suena si no es por estas querellas surrealistas que enarbola su único dirigente conocido, Miguel Bernard, militante ultraderechista y responsable de la organización Frente Nacional). Estos dos colectivos son los que han interpuesto una denuncia contra el juez Baltasar Garzón no porque éste haya admitido a trámite la demanda de las víctimas del Franquismo, dicen (lo cual no se lo cree casi nadie), sino por puro delito de prevaricación. ¿Y qué es lo que ha hecho el juez Luciano Varela, del Tribunal Supremo? La respuesta que nos hubiera dictado el sentido común hubiera sido, en román paladino: no echarles cuenta, pasar olímpicamente. Pero no. No sólo las ha tenido en consideración para mirar inquisitivamente a Garzón sino que, y ahora se descubre para sorpresa más insoportable, les ayudó a rehacer la denuncia para que tuviera fundamento jurídico y no pecara de panfleto político y rastrero. O sea, que el juez Varela no ha actuado de objetivo instructor, sino de subjetivo asesor de estos fascistas redomados. ¿Quién es, entonces, el prevaricador?


domingo, 11 de abril de 2010

Manuel Bernal: exilio y versos de hace ya tanto...

Es el último, pero tal vez sea el primero. El poemario que ha salido ahora de la imprenta para que los lectores saboreen los versos de este Manuel Bernal (Los Palacios y Villafranca, Sevilla) que con el tiempo se hizo profesor, periodista y escritor de sarcásticas maneras fue concebido y grabado en papel entre 1980 y 1987, la época en que la República, Machado y sus propios abuelos sostenían la nostalgia fresca e imposible de unos años que a él no le hubiera importado vivir. Su título: El exilio de las alas.

La línea imaginaria que une al poeta sevillano por nacimiento y castellano por devoción Antonio Machado, a los años esperanzadores y convulsos de la II República y a los abuelos pueblerinos y visionarios de Manuel Bernal fue la misma que aprovechó éste durante su juventud veinteañera para trazar a mano unos versos que le sirvieron de ventana al mundo y que ahora han sido rescatados por la editorial granadina La Compañía de Versos con toda la fuerza ineluctable de la reinterpretación reciclada. Lo que entonces quiso decir, ahora sirve para decir aquello mismo y tal vez otras muchas cosas, porque el drama del exilio, el de la guerra o el de cada cual por los caminos inescrutables de su destino, es siempre un drama profundamente poético, profundamente humano.

El exilio de las alas, compuesto por 30 poemas y uno más titulado ‘Punto y seguido’, está pintado con el trazo azul de Rubén, el azul marino, el azul de aquellos días que hallaron escritos para la eternidad en el bolsillo zarrapastroso de don Antonio allende los Pirineos un día triste de 1939. Ese azul conecta directamente con el poeta que fue entonces Manuel Bernal, allá por los días azulados, grisáceos, de su juventud, cuando todo era un laberinto de la soledad descubridora. Y ese mismo azul sigue conectando con el mismo poeta que hoy es, más maduro y más consciente de que la palabra exilio es tan polisémica.

Entonces, cuando se estrenaba inmáculo como poeta, era capaz de reconocer dramas íntimos como éste: “Me duelen las alas: / quiero entre-abrir los brazos y sentir / el ansia del vuelo entre las venas”. Y de aprovechar la creación de tantos maestros de un siglo atrás que, de perdedores y solitarios, habían terminado por insuflar tantas palabras exactas a la memoria colectiva de una España que sentía con tantos corazones al unísono. Cuando Bernal escribe “Una mujer ha golpeado los cristales esta tarde”, las golondrinas de Bécquer vuelven a batir sus alas pardas. Cuando escribe “Y una mañana me encontrarás con las manos / abiertas / los ojos / y el pecho hendidos por el rayo”, el rayo incesante de Miguel Hernández continúa haciendo de la suyas, como la fatalidad surrealista lorquiana cuando dice que “los niños heridos del aire ya casi no cantan. / En sus ojos las lagartijas se hunden y alguna alondra / se escapa”. Su ansia de vuelo automático se revela poderosa cuando asegura y pregunta: “Una mirada y una palabra sostienen mis alas. / ¿Quién pudiera abrazar como entonces los muros / y deshojar entre los dientes una rosa ensangrentada?”. Y su nerviosa voluntad de enamorado adolescente parece clara cuando pide: “No me mandes nunca sensaciones grises, / como si fueran una carta de amor, / margaritas de papel por deshojar, / plegarias inútiles, / alabanzas estériles”.

El joven poeta que entonces era capaz de adivinar el exilio del surrealismo en imágenes adaptadas a su marisma natal con observaciones tan metafóricas como que “se ha roto la luna sobre la noche de los ánsares”, es capaz más de 20 años después de calibrar el valor humano del recuerdo de su abuelo, que se llamaba como él, al que “laureles de plata abruman su cara de luna” y en cuya casa ya vacía “los geranios se van a la deriva”, aunque “huéspedes azules” ya “nunca podrán abandonarla”. Como él, que recuerda todavía cuando su abuelo, que no era precisamente un político, le contaba que los años de la República habían sido los mejor vividos, los más felices. No es casual entonces que la obra se cierre con un “punto y seguido” de homenaje permanente al que se fue “ligero de equipaje / en Colliure”, al que dejó “los versos a punto / siempre. / Como estos días azules y este sol de la infancia”.

lunes, 22 de marzo de 2010

'De los primeros años' de José Luis Rodríguez Ojeda


José Luis Rodríguez Ojeda, ganador de premios tan prestigiosos como el accésit del Luis Cernuda, tal vez más conocido por sus letras para el cante flamenco, ha vivido casi toda su vida en Sevilla, pero no olvida sus primeros pasos en la capital de Los Alcores, no por la condición monumental de la villa sino porque en sus calles creció y aprendió el niño que hoy es machadiano caminante que dice su canción. La editorial jerezana AE le publica su última obra.

Con el octosílabo del pueblo o el endecasílabo que aprendió por ser poeta, Rodríguez Ojeda no confunde la sacralidad de la palabra con la que se siente útil: “Clara es la dicotomía: / tener voz o ser vocero / (qué difícil lo primero). / Una u otra poesía: / Palabra o palabrería, / son del alma o sonajero”. Está claro, y mucho más después de empaparse uno en estos últimos versos que regala bajo el título de De los primeros años, que este poeta sevillano criado en Carmona no es de la escuela herreriana del caracol barroco y la musa inesperada, sino que se confirma cada vez más su voz como heredera del senequismo cordobés que sopla por Los Alcores. Precisamente allí tiene que volver en esta última entrega de versos para volver en sí, para entender al hacedor de poemas en que se ha convertido tras un buen número de libros y de premios.

El libro, publicado por la editorial jerezana AE (Agendas Escolares; no en vano comenzó esta casa con este material para luego lanzarse valientemente a sus colecciones de clásicos adaptados y de Rapsoda, donde aparece el trabajo de Rodríguez Ojeda con el número tres), es un ejercicio de nostalgia reflexiva por la que el poeta transita por sus primeros pasos en las calles de Carmona para descubrir que en ese fundamento vital y en esa memoria del aprendizaje de ser hombre se basa su condición irreversible de poeta, de obrero de las palabras a las que siempre tiene que volver, para entenderse a sí mismo, para entender el mundo.

En esa rememoración de los temas universales aprehendidos por su persona, aparecen el amor, la inspiración, el tiempo, los pasados artificiales, sus padres, la madurez que también llega… Del primero sentenciará en un soneto: “Tanta vulgaridad o engolamiento. / Tanto verso de beso que embelesa / y canción de mirada que atraviesa… / Tanto morir de amor… Qué aburrimiento”. Del tiempo, sustraído de las engoladas aproximaciones y vuelto ya al coloquial conocimiento, dirá en endecasílabos seguros: “El tiempo… ¿Qué es el tiempo? Para un niño, / nada. No existe porque nunca llega. / El tiempo es la pregunta: ¿queda mucho? / ‘Eso es mucho’, respuesta a la respuesta”. Del eterno tema de la guerra y sus victoriosos arlequines, el poeta se siente nieto de la Guerra: “Yo fui niño de un niño de la Guerra”, que recuerda con distancia y distanciamiento “la negra Cruz de los Caídos”, “los muertos por la patria”, “las filas y desfiles”, la insoportable levedad de tantos seres que olvidaron la sencilla esencia de la fraternidad tan solo, que se pelearon, a derechas o a izquierdas, por “el apellido” o por “venir de obreros por línea directa” hasta desembocar en esa “Imagen del 68” que titula otro poema que remata, desengañado: “Y las composiciones de un par de cantautores / en los que se mantuvo como fuente / de inspiración, fuente de ingresos”.

El niño que experimenta el primer fraude de su vida en la canción de “Por el monte la sardina”, recuerda su casa en la cuesta de una calle, solar en el que hoy se levanta otra casa en una esquina “doblada de escaparates / con luces, letras y cifras”, pero a la que ve “en la memoria. Al final / casi de la cuesta arriba”. Este niño, ya padre, recuerda y comprende al suyo, ahora que su adolescente se queja de que no lo entienda y él no use “Ni libro de bolsillo, manual de psicólogo / discursos o consejos. No sirve lo teórico” y “en el mismo momento que a mi hijo perdono / el perdón de mi padre recupero de pronto”. La vida misma. La vida más allá del “50 cumpleaños” como atalaya para “Volver en sí”, ese título que enmarca una pareja de sonetos conclusivos, para concluir que su “empeño de vivir en la quimera” es compatible con echar otro trago. El penúltimo.

martes, 16 de marzo de 2010

Miguel Delibes, inolvidable


Cuando oí que los telediarios se hacían eco el pasado jueves por la noche de que Miguel Delibes estaba muy grave, tal vez por defecto profesional, pensé en el revuelo de las redacciones de los periódicos para estar atentos al final de este escritor de Castilla que ha sido mucho más que un novelista y mucho más que un epígono de aquella generación también marcada por Castilla pero mucho menos elegante: la del 98, pues Delibes estaba empapado de Castilla como su lugar en el mundo que era, como metáfora terrena del mundo que él conocía, y nunca como metáfora resentida de un mundo (un imperio) perdido. En las redacciones deben estar acumulando información y recurriendo a expertos, colegas, etc. para montar páginas y suplementos especiales, pensé. También me acordé de que, en estos casos, se suele tener recursos preparados, máxime cuando en éste tenemos funestos avisos desde hace al menos una década. Como abandonó esta vida ya en la mañana del viernes, cuando yo me enteré por la radio, mucho antes de tomar café, los rotativos tuvieron tiempo de pensar cómo presentar al difunto Delibes, al vivísimo escritor que fue. Y el sábado, desde Córdoba, me desayuné con los periódicos de derechas (eran los únicos que había en el hotel) con portadas casi monotemáticas y decenas de páginas dedicadas a este vallisoletano que también es universal. Delibes, Castilla, su integridad moral y algunos títulos memorables de su obra eran los mimbres que hacían cada página, junto a los recuerdos en forma de artículo de un puñado de escritores que lo conocieron bien.

Desde aquella noche del jueves en que presentí que la pérdida de Delibes estaba al caer, se me hizo un nudo en la garganta como si de un familiar muy cercano se tratase, como si no fuera yo un lector más suyo y punto, de esos que nunca lo han visto en persona ni le han pedido un autógrafo. El nudo se agudizó cuando por la mañana me anunció la radio su fallecimiento. Y en una clase de Bachillerato, hablando de él apasionadamente, me emocioné. Los alumnos lo notaron, y guardaron un respetuoso silencio, un silencio que agradecí al provenir de una juventud como la de hoy, y ya saben ustedes cómo está el patio.

La literatura ha hecho posible milagros como éste: que por la muerte de un escritor uno sienta que algo de uno mismo se ha ido para siempre. Después de leer un puñado de sus novelas, uno se da cuenta –en trances como éste– que algo de Daniel El Mochuelo, de Paco el Bajo o de su hijo permanece aquí, muy dentro, eternamente. Que nos influyen más estas criaturas que muchas de las que vemos pasar a diario por delante de nuestras narices, sin pena ni gloria. Y Delibes tenía la virtud de crear personajes de una pieza, completísimos de matices humanos, verosímiles. No eran sus criaturas metáforas de nada, constructos simbólicos de ninguna teoría de su autor, sino personajes de verdad, de esos que ya hubiera querido Unamuno para sí mismo. Y digo Unamuno como ejemplo, o tal vez por su empecinamiento de convertir a los personajes en personas. Delibes lo ha conseguido.

"Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad invevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba...". Así comienza El camino (1950), una de las joyas de Delibes sobre los sueños de un chaval con el que nos identificamos enseguida; al menos los chavales que una vez soñamos también, entonces... Después de una noche que da para una novela completa, se concluye: "Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin". Y es fácil que nosotros, lectores asombrados, lo acompañemos con el libro en el regazo y la mirada perdida en el regusto de haber leído tan de corrido tanto.

De Delibes me leí al principio, en un tórrido verano de aquellos en que el mundo era infinito y yo iba y volvía al poli como mucho, Los santos inocentes. Lo tomé prestado de una amiga de mi prima, con la sospecha inexperta de con aquel título la cosa no prometía. Luego ha sido un libro inolvidable. Lo fue incluso desde antes de acabármelo. Luego leí aquel cuento largo titulado La mortaja. Y a continuación vinieron muchos títulos más. El otro día le leí a Jiménez Lozano que el título más representativo de Delibes es Viejas historias de Castilla la Vieja. Y estoy totalmente de acuerdo. Yo lo leí en la biblioteca de mi pueblo, en varias jugosas sentadas de ésas de las que te cuesta luego levantarte porque un puñado de personajes te llevan por sus mundos: por la caza, por el pueblo, por la miseria y la grandeza de unos personajes que hubieran sido anónimos, inexistentes de no ser por la mano de su escritor. Por eso Delibes es un creador, es decir, lo más parecido a Dios. Que pueda decirse esto de Delibes es su mayor grandeza. No le dieron el Nobel. Ni falta que le ha hecho.