sábado, 5 de mayo de 2012

Paradojas y gritos

Esta crisis de nunca acabar acentúa, sobre todo, la certidumbre de que el mundo - sin entrar en ese limbo mayúsculo que es el Tercer Mundo- no es uno, sino dos, dispuestos en dos hemisferios que nada tienen que ver con el norte y el sur, sino con la dimensión estratosférica de quienes ganan en un minuto lo que el resto en muchas generaciones de su propia estirpe y esa dimensión chapucera y cotidiana de quienes nos peleamos por si el sueldo mínimo interprofesional debería quedarse en los 641 euros mensuales de ahora o bajar a los 633 de hace un par de años. Miserias.  

    En la miserable espiral de estos días, con decenas de miles de aficionados del Real Madrid echándose a la calle para intentar tocar siquiera con las puntas de los dedos a sus ídolos -esos niños que les sonríen y se abren paso entre los antidisturbios y dicen monosílabos y se suben al avión para irse a su mundo y olvidarse de éste-, y mientras el desempleo hace estragos en millones de familias de toda Europa, descubrimos que en Nueva York se subasta el estremecedor y más famoso cuadro expresionista de Edvand Munch por 91 millones de euros. Para entendernos mejor y redondeando en la divisa de nuestra nostalgia imperecedera, 15.000 millones de pesetas. No sabemos quién lo ha comprado ni hacia dónde voló, pero sí quién se ha embolsicado la cifra: el millonario noruego Petter Olsen, que era su propietario hasta hace unos días y que ahora lo ha descolgado de la pared para hacer un gran negocio. 

    Los negocios del arte se perfilan como las aguas perfectas donde se entienden los tiburones financieros, que compran o venden objetos artísticos pensando en otras cosas. Evidentemente, quien se gasta millones de euros en un cuadro -sólo en un cuadro, ¡que se cuelga o se descuelga del cáncamo en la pared!- debe de tener otros muchísimos quebraderos de cabeza, desde el blanqueo de sus incomprensibles fondos en metálico hasta el futuro de los intereses que van escupiendo los turbios negocios que los pudieron generar. 

    Todo resulta desasosegante en esta impúdica historia del arte en manos de gentes que nada tienen que ver con este mundo nuestro ni con los sentimientos que dieron lugar a esas creaciones. El Grito de Munch -pintado en París en 1893- como paradigma del Expresionismo -otro de los ismos que las primeras Vanguardias arrojaron sobre el absurdo que iba tiñendo el mundo en la posmodernidad-, es la expresión de la desesperación no sólo de un individuo que grita junto a la baranda de un puente mientras el cielo estalla de colores y líneas imposibles, sino también el grito de un conjunto de millones de individuos solos que se ven abandonados frente a las injusticias sociales y a las desigualdades económicas propias de la génesis de la Revolución Industrial. Munch, con acusados problemas familiares -su hermana esquizofrénica en el manicomio, su madre muerta...- y estresado por esa convulsión ética y estética que le bulle a los artistas verdaderos dentro del pecho, dejó escrita la sensación empírica que lo empujó años más tarde a pintar El Grito: "Iba caminando con dos amigos por el paseo; el sol se ponía; el cielo se volvió de pronto rojo. Yo me paré, cansado me apoyé en una baranda. Sobre la ciudad y el fiordo oscuro azul no veía sino sangre y lenguas de fuego. Mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo, y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza". 

    El paisaje real referido y pintado es Oslo visto desde la colina de Ekeberg. Por supuesto, Munch no imaginó nunca que aquel cuadro -del que haría cuatro versiones y una litografía- se convertiría, con los años y la reinterpretación que la historia y otros horrores globales como la II Guerra Mundial obligan a hacer de todas las expresiones artísticas cargadas de poética ambigüedad, en un icono absolutamente universal. Sorprende aún más esta paradoja si uno lee sus propias declaraciones sobre el impacto que le produce la gestión del arte al llegar desde su Noruega natal hasta el París de la bohemia y el desenfreno: "Lo que está arruinando el arte moderno es el comercio, al exigir que los cuadros se vean bien una vez que se los cuelga en la pared. No se pinta por el deseo de pintar... o con la intención de pintar una historia. Yo, que fui a París hace siete años lleno de curiosidad por ver el salón y que estaba dispuesto a dejarme llevar por el entusiasmo, lo que sentí fue sólo repugnancia” [recogido en Bischoff, Ulrich: Edvand Munch: 1863-1944]. 

    ¿Qué reacción habría tenido Edvand si hubiera asistido a la subasta de Sotheby's en Nueva York por la que el cuadro que él pintó más de un siglo antes se convertía en la obra de arte subastada por más dinero de la historia, unos 120 millones de dólares -incluidos los 13 que se llevaba la comisión? Probablemente, hubiera vuelto a gritar, pero en el desierto de su soledad, porque su parecer hubiera vuelto a importar muy poco. Está claro que los artistas son ya los que pintan menos en el mundo del arte. 

    El grito del protagonista de El Grito parece seguir gritando en balde ante las prácticas paradójicamente carentes de toda ética que suponen estas transacciones económicas gracias a obras de artes que precisamente buscaban denunciar la falta de escrúpulos en un mundo injusto. Al margen de quien compró el cuadro por 91 millones de euros, había al menos otros siete marchantes con 80 millones cada uno, dispuestos a soltarlos. Ingenuo de mí, pensé que asistía, en este espectáculo del poderoso caballero don dinero en New York, al récord histórico en la venta de un cuadro. Sin embargo, en relaciones privadas, que es donde se cuecen cantidades más sustanciosas, el récord lo tiene -que sepamos- el cuadro de Cézanne titulado Los jugadores de cartas, comprado por la familia real de Catar el año pasado al módico precio de 191 millones de euros. 

    Está claro que, pasada la burbuja del ladrillo, ya está aquí la burbuja del pincel. Si la pompa se forma gorda, la materia prima es lo de menos. Al menos nos queda el consuelo de que, si alguna vez estallara, salpicaría a menos gente. 


*Este artículo se publica asimismo en la sección de Cultura del nº 2.016 del semanario Cambio16

sábado, 21 de abril de 2012

Una historia Real sobre los tiros

El Rey dio la cara el 23-F, tras los tiros al techo en el Congreso. Y aquella cara le ha valido 30 años de sostén de una institución tan anacrónica como la suya. Ahora, el 14-M (qué irónicas son las fechas) de 30 años después, es él quien da los tiros (y no al aire ni contra el techo, sino para no fallar dada la envergadura de esos animales) y con estos tiros se carga del tirón su cheque en blanco social. Por eso ha vuelto a dar la cara, para recargar el cheque para otros 30 años en los que el Príncipe habrá de tomar el testigo. Que un monarca pida perdón en un pasillo es un cambio, sin duda. Un cambio gordo para que nada cambie.

lunes, 16 de abril de 2012

Los cuernos de la Monarquía

No crean, por el título que le he colocado a este constructivo artículo, que mi intención sea la de menospreciar a tan distinguida institución, tan valorada históricamente entre los españoles, quienes, al contrario de sus vecinos franceses, verbigracia, que acabaron cortándoles el cuello a sus majestades -las suyas, digo-, siempre reservaron grandilocuentes apelativos para esta casta de la sangre azul como el Católico o el Deseado. Los cuernos en los que pienso, por tanto, no pueden ser sino de venerable osamenta y de distinguida raigambre en los muy nobles ejemplares de la caza mayor; piénsese en ciervos, búfalos o elefantes, pues aunque estos últimos enseñan más bien sus colmillos, la largueza de cada uno lo asemeja -a cada lado de tan majestuosa trompa- a dos palaciegos cuernos de marfil. Y sabido es que reyes y principitos -especialmente los nuestros, tan ibéricos- pierden pie por soltar tiritos, bien en Soria bien en Botsuana, por citar dos puntos geográficos tan bellos como peregrinos.

De dominio público es también la acepción que la cornamenta presenta, semánticamente hablando, en esa metáfora popular que ha dado en significar 'infidelidad'. E igualmente será de dominio público que esta acepción no se ajusta para nada a nuestra felicísima Familia Real, cuyos miembros en matrimonio inconforme han optado por el divorcio, como dicta su moderna condición de realeza ajustada a los tiempos en que vive. Hasta aquí, que sepamos a ciencia cierta, todo bien, pues, en cualquier caso, quien sintió sobre su cabeza la sombra de ciertos cuernos, con no mirar hacia arriba ni mirarse en el espejo, tuvo bastante. Pero -y aquí viene el fondo de mi hipótesis-, pero... ¿qué ocurre ahora que la propia monarquía como tal, ella solita y sin ayuda de nadie, parece ponerse los cuernos a sí misma? Y entiéndaseme: ¿qué ocurre ahora que la propia monarquía se traiciona a sí misma?

Pues lo primero que se me ocurre es que los partidos republicanos van a tomarse más días de descanso porque van a descubrir que tampoco hace falta trabajar tanto, fundamentalmente porque contra una institución de tal calibre como esta de la que hablamos nadie como ella sola para aniquilarse, desde dentro, desde el interior de sus hijos, nietos y yernazos. A la vista está -según vemos fotos que parecen de safaris de los 40, de la caza en La Mancha de los 50 o de los gansters de los 60- que esta familia sustentada en La Zarzuela por el gesto oportuno del patriarca un 23 de febrero de hace 30 años está, sin embargo, haciendo todo lo que está en sus manos -y en sus pies- para convertirse en los últimos mohicanos de una era en la que el rey había dejado de ser precisamente el mejor guerrero, el más inteligente y el más dotado, y que simplemente era monarca no ya por la gracia de Dios o por la gracia de la herencia y la costumbre, sino por el artificio de las carambolas históricas diseñadas por un dictador cualquiera, francamente.

En la historia social de esta monarquía nuestra ya tan longeva, hubo décadas -los 80 y los 90- en que la monotonía y la rumorología blanca en torno a los reyes los dejó sobrevivir cómodamente para cumplir con su sesión estival de fotos en el yate y el discurso de Nochebuena. Ni siquiera la soltería del Príncipe primero ni su boda con una plebeya guapa después hicieron tambalear nada. Ni la persistencia de la mayoría de la Casa en traer niñas antes que niños a una nación donde el rumor de la ley sálica nos sigue poniendo nerviosos, sobre todo a una Constitución como la nuestra, rauda para modificarse en asuntos monetarios pero no de género real. Pero fue cumplir Su Majestad una edad, y precipitarse todo. De su mutismo de cuadro empolvado salió preguntándole a Hugo Chávez que por qué no se callaba en una cumbre iberoamericana en 2007. A partir de ahí, su mujer la Reina publica un libro en que censura la homosexualidad, su hija Elena se divorcia, su yerno Iñaki se convierte en el gran Presunto de España, su nieto se pega un tiro en el pie y él ahora, para no ser menos, se parte una cadera en la Conchinchina, revelando no tanto que mate animalitos en peligro de extinción o que despiertan simpatía en esta parte del mundo tiernamente civilizado, sino que nos hemos enterado de que lo hace sólo porque hubo un accidente, y accidentalmente descubrimos lo que con total seguridad es bastante habitual. Nos enteramos el 14 de abril, el día señalaíto de la II República Española. Y ese mismo día tenemos la certidumbre irrevocable de que ni su yerno irá a la cárcel ni su nieto será interrogado sobre qué hacía con una pistolita con 13 años ni él ha tenido que esperar 12 horas para ser intervenido por un equipo médico de lujo mientras el resto de españoles no sólo tiene que esperar muchos años para lo mismo, sino que jamás aspiran siquiera a ser intervenidos porque nuestro inteligente sistema sanitario -ese al que ahora le quitan 7.000 millones de euros porque la cosa está muy mal- se encarga de esperar hasta que el enfermo está para el arrastre y ya no merecen la pena las prótesis.

Los cuernos de la Monarquía no son suyos, como se ve, sino de los bichos que caza por diversión mientras nuestra sociedad descubre que, como pasa siempre en asuntos de cornamenta seria, en toda Europa y hasta en Botsuana lo saben todo y el cabrón, en cambio, es el último que se entera. Los últimos que nos enteramos.


Este artículo se publica asimismo en las ediciones digital e impresa de Cambio16.

lunes, 9 de abril de 2012

Mientras yo sea Lord, ¡vivan los toros!

Cuando una cooperativa de mi pueblo logró zafarse hace unos años del montón de pimientos sucios y papas con arena para dar el salto al envasado y los operarios uniformados, una maestrita pija, amiga mía, me reveló su disgusto con el cambio y su decisión de no ir más a comprar, porque a ella le gustaba entrar con sus tacones y su bolso a juego entre el rudimento de los agricultores descargando y la algarabía terrosa de la clientela manoseándolo todo. Existe cierto encanto -entre la lujuria, la soberbia y la paradoja convexa- en la vanidad de disfrutar las miserias mundanas desde la barrera. Del mismo modo que al turista del Occidente gordinflón le agrada pasear y exigir y mojar por las calles coloridas y exóticas del Caribe subdesarrollado, de sus hoteles baratos y sus niños descalzos; o a la buena moza de todos los barrios, liderar la pandilla de mocosuelas poquita cosa bajo sus pechos en flor. Siempre ha habido un interés desmedido en que haya de todo en la viña del Señor. Quienes se gustan a sí mismos demasiado son precisamente los que luchan por que el mundo no sea homogéneo, porque siempre es una chulada marcar la diferencia.

La gente del toreo sevillano, que le ve las orejas al lobo -las mismas que ellos les cortan a sus bichos medio muertos para mostrárselas a un tendido cada vez más vacío-, se trae todos los años a una personalidad global para hacer el pregón taurino el domingo de resurrección, que es un día muy propicio para una Fiesta -como los taurinos llaman a su espectáculo macabro- esperanzada con este nuevo gobierno. Este año se han traído a Lord Tristan Garel-Jones, ex ministro de Inglaterra, ex tesorero de la Reina y aficionadísimo al críquet y a la cultura latina. El Lord amante de los toros se subió al atril con su elegancia anglosajona, según relantan las crónicas, para hacer una encedida defensa de la tauromaquia, atacada por el pensamiento anglo-americano que sólo busca, maliciosamente, un mundo homogéneo. Como él debe de ser un gran intelectual partidario de la globalización en los negocios pero no en la cultura, aboga con ardor por que en España luchemos a brazo partido para defender este espectáculo de cuernos, vísceras y oles, que es tan nuestro, y así nos distingamos del resto del mundo, atacado por la fiebre del ternurismo, que es el sinónimo que un lord utiliza cuando quiere decir mariconadas. "Estamos caminando hacia una cultura unitaria, de valores angloamericanos que rechaza la Fiesta de los toros", advirtió preocupado el hombre. Y la gente del toreo sevillano aplaudió a rabiar porque descubrió enseguida al sabio que habían tenido el gusto de invitar.

Gracias a Lord Garel-Jones sabemos ahora que toda la panda de antitaurinos que puebla España es probablemente una comisión infiltrada del mundo anglosajón para aniquilar esta gracia y esta suerte que aquí practicamos en el redondel. La globalización, por tanto, es mala no porque aproveche los recursos humanos y materiales de cualquier zona planetaria para la máxima rentabilidad de otra. Esto no es un asunto económico, sino cultural. La globalización es mala porque estamos a esto de perder manifestaciones culturales tan brillantes como el toreo por culpa de la hipersensibilidad que también afecta a los españoles, que en vez de dedicarse a dar capotazos con tanto arte como Jesulín de Ubrique, por ejemplo, se afanan en reflexionar acerca del sufrimiento de los seres vivos, de la barbarie que puede suponer un espectáculo que ritualiza y ensalza la muerte para unas generaciones que deberían regenerarse y del debate legítimo acerca de si nos interesa convertirnos en un parque temático del alicaído Occidente rico. La globalización es mala, sobre todo, porque, si no ponemos remedio, este Occidente rico dejará de tener una reserva espiritual -donde desquitarse de tanta hipocresía y tanta civilización- como tiene ahora en España, donde gracias al toreo se mira a la muerte cara a cara, como hacen los valientes. Por todo ello, Lord Garel-Jones, que insistió en no renegar de su cultura anglosajona -tan distinguida ella- nos animó a tener la valentía de seguir dando capotazos. En esta pérdida radicaría el maleficio de la globalización, pero por lo demás podemos seguir consumiendo productos angloamericanos sin efectos secundarios.

En Los santos inocentes, uno de los monumentos literarios que nos legó Miguel Delibes, asistimos a un cambio generacional que es también regeneracional cuando el señorito Iván descubre que el Quirce -el hijo de Paco el Bajo, que es su perro de caza particular pero al que se le ha partido una pierna y ya no le vale como perro-, no le sirve para lo mismo que el padre porque el chico tiene una dignidad y un futuro distintos. Entonces el señorito Iván se dirige a su antiguo perro: "¿Puedes decirme, Paco, qué quiere la juventud actual que no está a gusto en ninguna parte?". Algo así ha venido a preguntar Lord Garel-Jones para regalarles el oído a los valientes.

martes, 3 de abril de 2012

Mingote no morirá


Acaba de abandonar este mundo Antonio Mingote Barranchina. Tenía 93 años. Pintó este mundo. Y ahora pintará el otro.

jueves, 29 de marzo de 2012

Qué ganitas de trabajar

Respeto absolutamente que cualquiera decida mañana -o hoy, que ya son horas- hacer huelga o no hacerla. Pero en este ecosistema de políticos mediocres que generalmente nos está tocando soportar, y de pelotas que la hacen sin que nadie se lo pida, me cuesta aguantar afirmaciones sorpresivas como ese afán repentino de algunos de trabajar mañana, sobre todo porque generalmente se trata de gente que no ha trabajado en su vida, o que se ha pasado la vida trabajándose cómo pasarse la vida sin doblarla. Quienes sí han trabajado me entienden perfectamente.

De los 366 días de este año, que es bisiesto y regala uno como si nada, hay uno precisamente, el 29 de marzo, y no el 29 febrero -¿hubiera sido muy descarado o demasiado poético?-, en el que los sindicatos, que no están precisamente en sus mejores horas después de tanta condescendencia con el PSOE, han convocado una huelga general. Se puede secundar o no, y aunque a mí -a pesar de tantos pesares y tantas críticas que podría hacerles a los sindicatos- me parece justa, considero necesario asimismo que la haya, porque motivos haylos, y también que haya gente que no vaya. Pero de ahí a demonizar a los sindicatos, que son parte indispensable de la Democracia, me parece que va un mundo. El mismo mundo que se abre, peligrosamente, entre la izquierda y la derecha de este país, entre las dos Españas que nos siguen helando el corazón a cada rato, no una u otra como vaticinaba Machado, sino las dos.

Entre los que la derecha española llaman progres despectivamente, entre otras razones porque le asusta la progresía, hay un grupo de obsesionados por la laicidad que pretenden hacer una manifestación contra la subvenciones a la Iglesia precisamente el Jueves Santo. A una mayoría de la gente le parece la iniciativa faltar al sentido común. Pero es que una mayoría de esa mayoría, obviamente, es gente muy escorada a la derecha, la misma gente que habrá secundado la denuncia gubernamental por que la manifestación de mañana -o de hoy, que el día se acerca- no entorpeciera el tráfico del centro de Madrid. El Tribunal Superior de allí, con una lógica aplastante, les ha tenido que recordar a los denunciadores que el derecho a la manifestación está muy por encima del derecho a no sufrir atascos. El mismo tribunal podría recordarles a algunos de ellos que el derecho a trabajar existe todos los días del año, no solamente mañana (o hoy, que en un rato amanece y lo mismo hay que trabajar).

domingo, 25 de marzo de 2012

El pueblo y su sabiduría

El pueblo es sabio, todo el mundo lo dice y yo no lo dudo. Pero no deja de hacerme gracia que su sabiduría dependa del suelo donde viva, tal vez porque hay pueblos y pueblos. Después de tanto ERE y tanta coca espolvoreada por los periódicos, la derecha mediática, que todo lo analiza tan ecuánimemente, pone en duda la sabiduría de los andaluces porque el Niño Arenas no será presidente. O al menos eso parece, a la vista de que su mayoría absoluta se la ha llevado el pánico que se ha apoderado de miles de andaluces que iban a votarlo pero al final les dio cosa, un no sé qué en el momento de coger la papeleta. Sin embargo, el pueblo valenciano, que después de la Gürtel y otros escándalos apoyó masivamente a Camps, sí es un pueblo sapientísimo, seguramente porque allí todo el mundo sabe que tres trajes no llegan a ningún sitio. El PP andaluz tendrá que concluir ahora que su pueblo es sabio pero le ha faltado valentía para serlo del todo. En el PP del Norte, no obstante, pensarán otra cosa.

Al margen de la sabiduría popular, en política democrática siempre se dan paradojas dignas de estudio. Tras el escrutinio del 25-M resulta que el candidato ganador (Arenas) es el que tiene más motivos para estar triste; el candidato con menos votos -dentro de lo comentable, porque el andalucista y otros aventureros constituyen caso aparte- (Valderas) es el que tiene la llave del gobierno; y el candidato del batacazo (Griñán) es el que sonríe aliviado. Está claro que este último sí ha demostrado sabiduría desde que decidió que a pesar de la costumbre, no se sometería a unas elecciones coincidentes con España. Sabía que el barco de Zapatero -el de Rubalcaba- hacía aguas y se llevaría por delante al suyo. De hecho, si Griñán se llega a examinar el 20-N hoy no sería presidente. Ahora sí tiene muchas posibilidades de seguir siéndolo. Esta noche se irá a la cama pensando cómo convencer a Sánchez Gordillo de que Andalucía podría aprender de Marinaleda.

No queremos pensar en cómo se irá Arenas, pero ya que hablamos de sabiduría nos podemos acordar de su excompañero Álvarez Cascos, que después de echar pestes de su expartido en su Asturias querida, ahora ya sabe que la derecha no tiene más socios que a sí misma. Y que no importa reconocer que de ese agua sí beberé. La fuente de la sabiduría está ahí para todos.



viernes, 23 de marzo de 2012

Simientes

Cuando mi padre se subía a los tejados para pintar cualquier hastial, arrancaba malas hierbas y a veces incluso flores tiernas o plantas curiosas y aromáticas que habían nacido incomprensiblemente entre las uralitas o los pegotones de cemento contra los muros. Yo de pequeño le preguntaba cómo era posible la vida a esas alturas, y él me daba una clase acelerada de fecundación vegetal y airosa. "Cualquier pájaro come simiente en el campo y luego caga por aquí". Creo recordar que me lo dijo en el corral de mi abuela Modesta cuando yo apenas tenía cinco años, pero jamás se me ha olvidado su manera acelerada y sencilla a la vez de explicar el ciclo de la vida.

Esta mañana me he tenido que acordar de aquella lección gracias a un paralelismo mucho más burdo. Cuando me he acercado al coche, he visto propaganda electoral en el limpiaparabrisas. No me ha dado tiempo quitar el papel y he arrancado el motor. Por la carretera de la marisma, el viento me ha descubierto que no era un papelito, sino tres o cuatro, alboratados con la velocidad. A muchos kilómetros de casa, he leído al trasluz que el papelito anunciaba catástrofes si votabas al adversario. Pero conforme el coche avanzaba, no han resistido el agarre del limpiaparabrisas y se han ido escapando violentamente hasta las cunetas y los trigales. Entonces he pensado, acordándome de mi padre subido al tejado, que cualquier político caga en mi coche y sus heces acaban por el campo. Vaya simientes.

lunes, 27 de febrero de 2012

No nos conviene un mártir

El juez Garzón, que de estrella global en su persecución a Pinochet pasó a perseguido local por la derecha de casa, ha sido absuelto ahora por el Tribunal Supremo de prevaricación en el caso del Franquismo, es decir, de investigación de los crímenes del Franquismo. Los jueces han dictaminado que sí, que se equivocó, que la Ley de Amnistía que el pueblo sapientísimo se dio a sí mismo en la Transición no hay juez que la toque, por mucho Garzón que se llame y por mucha Ley de la Memoria Histórica que hayan sacado los sociatas, tal vez porque aquella Ley de los setenta era una cosa sacrosanta y en blanco y negro y esta ley de hace dos días es un texto perverso que sólo busca la revancha de los rojos. No hay comparación, por mucho Parlamento español que aprobara ambas. Las cosas como son.

Sin embargo, en el procedimiento mediático por el que hemos conocido la agonía justiciera del juez del que tanto se ríe ahora la derecha de España -mientras la izquierda lo ignora- hay algunas paradojas que incluso cualquier españolito al que el Generalísimo le tire del corazón tendrá que reconocer. Me refiero al raro delito de la prevaricación, que consiste -en el caso de un magistrado- en emprender acciones o dictar sentencias injustas a sabiendas de que lo son. De eso han acusado a Garzón en el caso de las escuchas de la Gürtel, pues sus señorías han creído probado en el caso valenciano que este juez tocapelotas sabía perfectamente que actuaba contra la ley cuando mandó pinchar los teléfonos de los abogados de la trama, que podía traumatizarlos, y aún así puso el oído. No entran los magistrados en ese caso Correa en que tales escuchas quizás fueran el único procedimiento para que la red delictiva no fuera a más, tan campante, sino que se empeñan en focalizar la evidente prevaricación de Garzón, que no miró por el derecho a defensa que tenían los encarcelados, sino por colgarse otro galón contra la corrupción.

Ahora que ya se lo han cargado con 11 añitos de retiro bien medidos hasta la edad de retirada, mientras otros jueces internacionales no digan lo contrario, vienen con que en la causa del Franquismo -internacionalmente más mediático y delicado- no ha habido prevaricación. Sólo ha habido errores, con lo cual lo absuelven. Dejémoslo a medias, que ya le hemos dado hierro y bien con lo de Valencia, dan la sensación de haber pensado, dicho sea con todo el respeto a la independiente Justicia española. Sólo digo que es una sensación. Pero es extraño pensar -y creer- que alguien haya pensado que hay prevaricación por parte de un juez al perseguir una trama a la que le iba tan bien después de no haber tenido objeciones de la Fiscalía, por ejemplo, y que no la hay al intentar encargarse del peliaguado Franquismo cuando ningún compañero se ha atrevido y hay una Ley de Aministía al que todos temen -y ahora más- como a una vara verde. A mí, por lo menos, que no he estudiado Derecho, me da todo esto sensaciones. Sensaciones escalofriantes.

Y me evoca imágenes no sé si del Western, de los circos romanos o de la mafia napolitana, cuando a un torturado lo van a seguir aporreando o cortándole dedos y el mandamás de la cosa levanta la mano para interrumpir la sevicia de los cachorros: "Ya vale", me imagino que dice. "No nos conviene que muera" o "No nos conviene regalarle al enemigo un mártir". Son sólo imaginaciones.

Pero la imaginación es libre. Por ahora.

domingo, 19 de febrero de 2012

El proyecto de Infoagenda.es

Unos cuantos autodenominados imprudentes paisanos míos se han arriesgado a crear un medio de comunicación a la altura de las circunstancias actuales, es decir, comprometido con el reflejo de una actualidad turbulenta y con sus picas bien clavadas en Internet. Por lo visto, tienen vocación de convertirse en una plataforma comarcal o regional, pero empezarán por nuestro pueblo, Los Palacios y Villafranca. Me han fichado como columnista dominical, lo cual me enorgullece no sólo por la altura en que la vanidad me radiografíe, sino porque tengo el gusto de conocer casi bien a los tres empresarios y un puñado de recuerdos o anécdotas que me los retrata en su punto justo de finura, aventura e inteligencia.

A Antonio Luis García lo conocí hace muchísimos años, antes de que él me conociera a mí. Presentaba entonces el informativo de la tele municipal de mi pueblo. Creo que era subdirector. Y tenía una cara tan seria y una forma tan perfeccionista de hacer su trabajo que enseguida tuvo que abandonar aquella casa y buscarse la vida dándole vueltas al coco. Poco después montó la empresa de trabajos audiovisuales Digital3, con la cual colaboré a veces como locutor. Desde que lo conozco he pensado que tiene talento para emprender cualquier locura y la suficiente carga de sinceridad políticamente incorrecta como para que se la frenen los demás. Afortunadamente, en Infoagenda.es no está solo.

También anda con él Sergio Román, con el que trabajé un día entero hace ahora ocho años en un recorrido por la Carretera de Práctico, paralela al Guadalquivir, para hacer un documental al que luego no le terminamos de encontrar la salida. Salida mercantil, quiero decir. Porque salidas y entradas por los vericuetos de nuestra amistad generó muchas. De hecho, desde aquel día hemos avanzado sinuosamente en una profunda amistad para la que no necesitamos vernos a menudo ni emborracharnos de vez en cuando. Pero ambos sabemos que estamos aquí. Recuerdo de aquel día maratoniano los planos cinematográficos que Sergio consiguió arrancarle al gran río de Andalucía a la altura de La Señuela, con sólo una cámara y un derroche de imaginación. Después de entrevistar a unos cuantos personajes de aquel paraje fluvial, acabamos en Bonanza comiendo unos bocadillos enormes en un bar de marineros. Luego, él se inventó un festival de cortos que consiguió un seguimiento alucinante a nivel nacional. Yo le saqué un reportaje en El Correo de Andalucía, y nunca hemos terminado de encontrar oportunidades de colaboración mutua. Desde el primer día que lo conocí me alegré de encontrar un ejemplo de individuo emprendedor sin carrera universitaria. Porque así puedo argumentar empíricamente por qué nuestra educación, con los sistemas que la atosigan, da tantas veces pena penita pena.

A José Arahal, el tercer caballero andante de este proyecto periodístico en la red, también lo conocí mucho antes de que él me conociera a mí. Fue vestido de no sé qué personaje en no recuerdo qué obra de teatro. Era el protagonista, eso sí. Algunos años después me llamó para que le hiciera de locutor en un audiovisual institucional, y entonces supe que había estudiado en mi misma Facultad y que ya se buscaba la vida intentado innovar por donde otros ni siquiera habían pasado. Hace tan sólo unos meses, me interesé por su actividad de coach, una modalidad intrigante de entrenador o brujo para tantas mentes estresadas como propicia este mundo loco, y le hice un repor para mi periódico. Quedó contento. Y se animó a acompañarnos en las noches sin luna de nuestro Patio del Parnaso. En la última cita nos contó su oficio desde la perspectiva que más nos puede interesar a los seres humanos, la de ser felices o no ser.

Con este trío de ases tan capaces, tengo la certidumbre de que el proyecto saldrá adelante. Y el deseo íntimo de que así sea, porque la web tiene toda la pinta de afanarse en la responsabilidad, el buen gusto y la profesionalidad, ingredientes que uno echa de menos, escandalosamente, en otras apuestas periodísticas que, en rigor, no son sino una ventana chusca al morbo, a la polémica barata y a la falta de respeto por principio y sin escrúpulo. Todo eso cuando no nos encontramos con una plataforma ineficaz de contar viciadamente cosas que no le interesan a nadie, sino a los que salen viciadamente en la pantalla.

Brindo por Infoagenda.es. Y porque el entusiasmo que le ponen hoy diversifique las oportunidades de mañana.