martes, 12 de febrero de 2013

El reto de la Iglesia tras el adiós del Papa

Que un Papa diga adiós para quedarse en este mundo todavía nos sorprende muchísimo a la primera porque la Iglesia, a lo largo de dos milenios, nos tenía acostumbrados a despedidas más solemnes con la muerte de por medio. Y el último Papa, el anterior a este Benedicto XVI que dimite en el fragor de un mundo donde nadie parece conocer el significado de ese verbo, Juan Pablo II, era un experto en el uso actoral de la dramaturgia, un especialista de la puesta en escena y del control lacrimógeno de las masas hasta para morir con las botas puestas, cinematográficamente. De modo que el contraste entre estos dos pontífices posteriores al Concilio Vaticano II, uno absolutamente pasional y el otro absolutamente racional, nos descoloca a quienes, tal vez ingenuamente, pensábamos que todos los trajes de papa se cortaban con las mismas tijeras. No es así exactamente, como nos demuestra la noticia del día. Aunque sólo haya un lejano precedente en el Medioevo, un Papa puede irse. Basta con que lo diga y se dé la vuelta, que es lo que ha hecho Josep Ratzinger con sus 85 años a cuestas; confesar que no puede más y dejarle el sillón a otro. Lo trascendente no es que los motivos puedan ser los casos de pederastia, el conflicto con el maryordomo o el fracaso de una limpieza de la curia, sino su confesión de impotencia -física, mental, etc.- para cumplir con sus obligaciones. Esa confesión le imprime al inminente expapa un aura de sinceridad y honestidad difícilmente criticable. Porque la opción más fácil, la que hubiera elegido cualquier otro en su lugar, hubiera sido dejarse consumir por la edad devoradora y morir con los hábitos de sucesor de Pedro, como hacían todos. Pues bien, este Papa intelectual, racionalista y tímido ha optado por la vía más lógica y aunque, al contrario de su predecesor, huyera del espectáculo mediático, lo está dando precisamente con su retirada, el que no hubiera dado -al menos en la dimensión que está consiguiendo- si llega a esperar la muerte, pasiva y despersonalizadamente.

Su dimisión abre dos interesantes derivadas que a un servidor, conocedor desde pequeño de estos mundos púrpuras, lo tiene intrigado desde esta mañana. Una se refiere a la pura teología y la otra, al puro pragmatismo de una institución divina inserta en este prosaico mundo. Me explico por partes, y empezando por las alturas.

Un compañero se sorprendía hoy de que el Papa renunciara y me argumentaba, medio en broma medio en serio, que no podía dimitir porque era una decisión divina. Yo, medio en broma medio en serio, le recordé que si la decisión de hacerlo Papa, en 2005, había sido divina, también la de dejar de serlo había podido provenir de Dios, y que él tenía exactamente las mismas pruebas de uno como de lo otro. Son dictados o llamadas a las que no tenemos acceso. Por lo tanto, la misma sorpresa debería haberle causado su renuncia de hoy como su nombramiento hace ocho años. Mi compañero se limitó a sonreír, pero la conversación me empujó a mí hacia este artículo que necesito para explicarme misterios a mí mismo. 

Cuando yo no era más que un crío y hacía de monaguillo en la misma parroquia de mi pueblo de donde ha salido disparado hacia Roma el último párroco por motivos que nunca hubieran ensombrecido al párroco de entonces, Paco el Cura -qué diferencia, por Dios-, la gente se empeñó en que yo me hiciese sacerdote. Yo siempre sentí aquella premonición o aquel deseo colectivo como una amenaza o como un peso insoportable frente a mi deseo personal y lógico de ser otra cosa en la vida que no me privara de mujeres. Era casi un adolescente, lo digo para que me entiendan. El caso es que se me quedó grabada, porque la repetían mucho las viejas feligresas, la consigna de que yo tenía que recibir una llamada, la llamada de la vocación. Por mi parte, más que esperar la llamada, esperaba no recibirla, de modo que cuando mi conciencia bullía sola y se hacía y deshacía preguntas a sí misma, una parte de mí se hacía el despistado a propósito, como para no escuchar a Dios si se dignaba llamarme para lo que yo me temía. Así que durante un tiempo la gente me preguntaba si había sentido la llamada, y yo, además de contestar que no y de temer defraudarla, me ponía nervioso por si aquella llamada llegaba inesperadamente y al final resultaba que tenía que ir al seminario. Todavía no sé con certeza si la llamada no llegó o si yo me hice a mí mismo el suficiente ruido para no escucharla. Pero sí recuerdo con perfecta lucidez mi miedo a la llamada de aquella época y el asombro que me produjo el que el propio cura, don Francisco, como yo lo llamaba, me hablara en efecto de su llamada e incluso de su deseo más íntimo de hacerse misionero en el África profunda y abandonar aquella parroquia pueblerina. Nunca lo hizo, sin embargo, por motivos de salud quebradiza. Primero le dieron dos infartos que lo convencieron para dejar el tabaco y luego enfermó gravemente cuando yo tomé otro camino, seguramente tan inescrutable como todos los del Señor. Pero aquellas experiencias religiosas me abrieron la curiosidad por asuntos teológicos de más calado, empezando por mi miedo a la llamada y por el miedo de Paco el Cura a morirse de verdad. 

Tantos años después, cuando un Papa se va por voluntad propia, a un servidor, que ya no es un niño, se le ocurre que esta decisión pone en solfa muchos dogmas, quizás demasiados. Y, por lo tanto, supone un gesto contemporaneizador y humanizante que puede llevar a la Iglesia a despojarse de magias que no le convienen, lo cual puede ser positivo. Si todos dábamos por supuesto que un Papa tenía que serlo hasta morir porque así lo había establecido el Espíritu Santo, aunque no lo comprendiéramos, y ahora resulta que el Papa es un hombre, un viejecito que confiesa no tener ánimos para seguir ejerciendo tan distinguida función y que, en el uso de su inteligencia humana, decide dejar vacante su plaza para que un compañero con más ímpetu lo sustituya, estamos ante una práctica absolutamente lógica desde el punto de vista humano, ante una práctica natural del mundo empresarial, del mundo de aquí abajo en definitiva; una práctica que desconfía del poder de ultratumba o de los poderes del Cielo, y que se basa en el sentido común, a saber, que un viejo de 85 años no es la persona más óptima para liderar una organización tan global e importante. De este lógico reconocimiento al reconocimiento de que la Virgen María no pudo o no tuvo por qué ser concebida sin pecado original o no tuvo por qué ser virgen toda su vida o no tuvo por qué subir al Cielo en alma y también en cuerpo, hay solo un paso. Y no quiere continuar con otros dogmas porque podrían ser ejemplos demasiado molestos o insoportables. Pero está claro que la renuncia del Papa abre la veda hacia una apuesta desdogmatizadora de la Iglesia en el contexto de nuestro mundo.

Y, al hilo de todo esto, viene la segunda derivada que también me parece interesante desde un punto de vista meramente mundano, y que es el encaje o reencaje de una Iglesia anacrónica en el mundo actual. Si con este reconocimiento de debilidad humana y, por ende, de debilidad para el cargo -que ahora se antoja también un cargo mundano-, el Papado y el Vaticano y la Iglesia se acercan más al mundo y a sus lógicas, es posible que la distancia entre Iglesia y mundo se acorte. Y que, por lo tanto, la Iglesia tenga ahora más posibilidades de ser sal de la tierra o luz del mundo, que era lo que Cristo quería. Pero para ello no es suficiente, ni mucho menos, un gesto papal, sino un quiebro total de la Iglesia con todos sus mandamases. Aquí ya hablamos de cosas muchísimo más difíciles, y no porque nos atengamos a asuntos inciertos del Otro Mundo, sino precisamente porque necesitamos cambios estructurales en los asuntos eclesiásticos de este mundo, donde la Iglesia es, de facto, una poderosísima y acomodada institución que tiene en Jesús de Nazaret su preciosa teoría y en los mecanismos mundanos su tangible práctica, con lo cual se hace difícil vislumbrar un cambio verdadero. Pero lo necesitan; la Iglesia y el propio mundo. Se necesitan mutuamente porque ambos sufren una crisis descomunal que amenza con destruirlos tal y como han sido hasta ahora. A la Iglesia le conviene el mundo porque es su único campo de batalla. Y al mundo le conviene la Iglesia porque guarda un mensaje de esperanza y amor que heredó de un indiscutible revolucionario como fue Jesús de Nazaret, aunque su voz haya estado crecientemente silenciada en estos años de creciente locura que nos han conducido a esta situación de obligatorio cambio de paradigma, tanto dentro como fuera de la Iglesia. 

Como el mundo no necesita más predicadores -con los que ha tenido en el último siglo le sobran-, sino líderes de acción, esta Iglesia mundana absolutamente necesaria debería aprovechar la oportunidad sobrevenida de elegir un nuevo líder para reflexionar seriamente sobre el líder que necesita, que es un revolucionario capaz de talar dogmas en el gran árbol de la Iglesia mistificada y sembrar acciones de esperanza para un nuevo mundo en la sencillez de que todos los hombres son hermanos y han de comportarse como tales. Nada más y nada menos. Eso que dicen todos los políticos aunque no se lo crean está en el ADN de una Iglesia que, con sus prácticas, ha demostrado no creérselo tampoco. Quién sabe si ante la siguiente fumata blanca estamos ante la posibilidad de mejorar la Iglesia y de mejorar el mundo. Es posible que siga siendo un ingenuo, pero ni la Iglesia ni el mundo actuales, tan perversos, me van a privar de ser un hombre esperanzado. Amén.

martes, 5 de febrero de 2013

Malpensados

Nos obligan a ser malpensados, a no considerar una exageración aquel axioma de "piensa mal y acertarás", a ceder ante la leve conclusión callejera de que "todos son iguales", y punto; a entender ahora aquel "ellos" que utilizaba mi madre, hace ya tantos años, cuando ensartaba la aguja y en esa tercera del plural englobaba a los mandamases, a los líderes, a los poderosos de todos los ámbitos, sin utilizar la palabra "élites" porque no la conocía, y yo me quedaba entre perplejo y sarcástico, desconfiando de aquella sabiduría doméstica que no podía ser tan sabia. Ahora, tantos años después, con una bonanza y una burbuja y una crisis de por medio, salen los bárcenas y los urdangarines y los sabiondos de los eres y los bigotes y hasta los reyes y sus secretillos y una lista inacabable de listillos que crecieron como la espuma mientras millones de trabajadores en este país no salieron de la tarde de domingo sabinera y a uno se le queda cara de lelo, de bobo, de memo, de gilipollas o mamaostia al cuadrado, que dirían en mi pueblo para entendernos del todo. 

Lo más triste y preocupante de todos estos listados y todas estas negaciones compulsivas que se están publicando es la dificultad para cercar tanta mierda. Por dónde ponemos la valla; hasta dónde llegar con el largo dedo acusador... Porque han salido unos papeles que algún traidor nos ha facilitado a todos, una documentación chapucera que ha abierto una espita por el lugar menos pensado, pero no sabemos lo que nos encontraremos si hurgásemos a conciencia con el dedo. Al menos no lo sabemos aún los ciudadanos que cada mañana nos desayunamos con lo que quieren contarnos. Y es que llevo dos días siendo malpensado. Me sale solo.

Veo una lista con los empresarios más importantes de este país donando dinero a espuertas al PP, como para el domund pero distinto. Todos se rasgan las vestiduras. Los presuntos donantes y los presuntos beneficiados. Pero los papeles están ahí, y datan de los años 90, de cuando yo no era más que un crío, de cuando aún no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo y me contaban mentiras, como a todo el mundo. Supongo que eran mentiras piadosas. Las mismas que yo tendré que contarles a mis hijos. Es duro empezar con un puñado de verdades malolientes. La vida es muy hermosa, al fin y al cabo. 

En la lista están todos los peces gordos de esta España nuestra, como buceando ocultos por las corrientes calientes del poder verdadero, de ese poder del que nada nos contaron porque siempre nos hablaron de la teoría y jamás de la práctica. Y, de momento, la película es que estos donantes quisieron, presuntamente, donar dinero al PP. Pero hay detalles y silencios que me inquietan mucho más, verbigracia:

En los años 2004 y 2008, años de elecciones generales que ganó Zapatero, se acumulan las donaciones. La primera vez puede jugar a favor de lo que El País parece querer vender, porque casi nadie esperaba una victoria socialista. Pero en 2008 el presidente socialista terminaba una legislatura en alza, y no era para nada descabellado apostar a que volvería a ganar. De hecho, ganó.

Los susodichos empresarios no son tontos. Ni lo eran entonces. Pero sí muy generosos, al parecer y a la luz de los papeles que se han filtrado. Sólo se han filtrado esos papeles. 

En esos cuatro años, los susodichos empresarios, presuntamente, obtuvieron beneficios 6.000 veces mayores que su solidaridad con el PP. Por la obra pública. Pero la obra pública la adjudicaba un gobierno del PSOE. Si fueron tan solidarios, presuntamente, con el PP, ¿por qué no lo iban a ser también, presuntamente, con el partido que venía gobernando? No estoy afirmando nada, sino interrogándome sin querer perder el norte de la lógica.

Desde hace unos días, pese al teatro general, me sorprende la prudencia de los socialistas y de algunos más. Es admirable la templanza y la preocupación por la democracia que están demostrando muchos, sin lanzarse a la yugular de los populares. 

Si el goteo de papeles no cesa, y si surgen más traidores, no sólo puede acabar explotándonos a todos en plena cara el mayor escándalo de la democracia, sino que pueden caérsenos de los ojos unas extrañas escamas, para empezar a ver. 

Si ello llega a ocurrir, tendremos que explicarles a nuestros hijos todo, absolutamente todo, de otra manera. Ardua tarea para, encima, seguir conservando la esperanza.

sábado, 2 de febrero de 2013

Pacotilla

Hoy me he acordado de esa palabra en desuso en mi vocabulario habitual. Que algo o alguien sea de pacotilla me escuece bastante, porque con la edad voy soportando peor las falsedades, las poses y las vulgares hipocresías. No sé qué me ha evocado esa palabra, si la época de los carnavales o este carnaval perpetuo en que se ha convertido la política nacional con un presidente al frente que, estando como están los medios de comunicación de medio mundo pendientes de su comparecencia para decir a las claras si lo que publican sobre el dinero negro y los sinvergüenzas satélites de Bárcenas es cierto, tiene visos de veracidad o, por el contrario, es todo un montaje, se niega a salir en persona, como un hombre, dando la cara y mirando a los ojos a quien se atreva. Seguramente la palabrita me ha sobrevenido un poco por todo, incluso por esas decenas de periodistas en torno a la pantalla del presidente escondido, convertido en frame, licuado en LCD, agazapado tras la caja tonta con que nos entontecen a diario, protegido en la memez del monitor, como un ridículo malo del inspector Gadget o similar. Lo honesto, lo coherente, lo correcto hubiera sido que todos los informadores, al no poder preguntar -que es a lo que deben dedicarse-, se hubieran marchado por donde entraron y hubieran dejado al de la pantalla hablando solo, regustándose a sí mismo en la fácil negación sin más de todo lo que se le acusa. Pero no. Allí estaban todos, a lo que le echen, autómatas impertérritos ante el escándalo de que esto se llame democracia y aquí no pase nada. 

Personajes de pacotilla nos parecían los muñecotes del guiñol. Pero ya desaparecieron por estos lares. La cosa se ha puesto tan seria, tan fea, tan dramática, grave y sonrojante que no hay espacio para la parodia. 

La gran parodia de la realidad lo inunda todo. Para qué más. 


jueves, 31 de enero de 2013

Sinvergüenzas

La prueba de que hemos ingresado, para mal de casi todos, en la fase más perversa de esta crisis omnipotente y omnívora es que la desesperanza se ha derramado como un aceite viscoso, inevitablemente, por los entresijos de toda la sociedad, sobre todo de esta sociedad que trabajaba, que soñaba, que creía como un axioma que la tendencia natural de todas las sociedades era ir a más, como íbamos a más con yoplait hasta que desapareció. ¿Dónde queda ya de aquel yogur y aquellos cuerpos danones y aquella belle epoque que construyó subterráneamente la conciencia hedonista del más todavía en las producciones falsas, en los deportes falsos, en los préstamos falsos y en los demócratas falsos? 

Hoy he percibido dolorosamente que muy poco en un hospital público, después de oír por la radio el enésimo escándalo de estas élites -ya va dando lo mismo el color y la música de fondo de sus campañas- que siempre visten pulcramente, comen bueno y barato, se suben a los cochazos por la puerta de atrás y nunca hacen cuentas de cuánto les queda para llegar a fin de mes. Hoy lo he percibido en uno de esos hospitales públicos de los que antes presumían como exponentes de la mejor sanidad del mundo y ahora hacen esfuerzos sobrehumanos para seguir siéndolo con mucho menos presupuesto y mucho menos personal, mientras abundan a diestro y siniestro las señoras con chándal o pijama que se esconden para llorar, las camillas hacinadas, las bolsas de basura con ropa apretujada, los calcetines de colores, las bolsas de propaganda del súper más barato, la resignación de la gente, de todos, en esta nueva condición de pobres con demasiada paciencia y demasiado cansancio para protestar por nada.

Al volver del hospital, me ha seguido martilleando la radio, con esas cantidades sonrojantes que, presuntamente, venían cobrando quienes más tenían en el partido que ahora nos gobierna, es decir, quienes más tenían. Y he pensado, mientras oía peticiones de dimisión, que se trata de otra guinda más -ya van tantas- a esa tarta empalagosa de la avaricia consumada entre quienes tienen mucho y quieren más, es decir, esta clase política engordada irracionalmente que tiene muchas residencias pero nunca rechaza un plus para vivir, aunque se lo paguemos los de abajo, los que no tienen ni para un techo; que tienen las neveras repletas, hasta para tirarlo todo porque todo se les pudre de no comer jamás en casa, sino a gañote pagado, y no rechazan jamás la dieta que les pertenece, aunque luego presuman de comer yogures caducados, como para reírse de nosotros, con ese tono gutural y salivoso de quien no cesa en todo el día de saborear jamón del bueno; que cotizan unos años, apenas dos legislaturas, y ya tienen la vida resuelta; que se meten en política para servir a su país pero se hacen ricos, como sin querer queriendo. 

El panorama está como para salir de casa y escupir. Lamentable. Mientras al duque quieren quitarle el título de duque pero no pasará mucho más -qué quieren que pase-; mientras a una muchacha que encontró una tarjeta de crédito y gastó 191 euros en leche y pañales para sus churumbules hace ya un lustro y ahora quieren enchironarla; mientras los indultos -esa gracia tan torera en este país nuestro del que ya es tan fácil no sentirse orgulloso- llueven para los malvados; mientras se inventan argucias y amnistías para los defraudadores, para los listillos, para los espabilados y los forrados y los amigos de los forrados pero no hay pasta para las becas de quienes un día, quién sabe, podrían sacarnos de este agujero, precisamente para que no nos saquen, para que los hijos de nuestros hijos vivan mucho peor que nosotros... y volver así a algún régimen de los que tanto les gusta a quienes se ahogan ahora en la nostalgia de los colegios segregados, para machotes y señoritas... Mientras ocurren todas estas barbaridades mientras tomamos café y miramos a la tele de reojo, como si no fuera con nosotros, las oportunidades de respirar esparanza se van agotando...

Debe de ser verdad que es lo último que se pierde, al igual que aquel otro refrán de la liebre, que salta donde menos se le espera. Ojalá todo fuera tan fácil. El caso es que hoy, al entrar en el hospital, me ha traspasado un rayito de esperanza. Lo he advertido de refilón. Y, por un instante, he confiado en nosotros, los seres humanos. Ha sido al salir del coche, harto de tanta basura. Se me ha acercado el gorrilla, diligente, con mucho frío. Le he dado sesenta cochinos céntimos. Me ha indicado el camino más corto, muy amable. Cuando ya me iba, he podido oír cómo le decía a otro colega, compañero en el sentido etimológico y verdadero: "Tú cuánto llevas". Y el otro le ha sacado tres dedos congelados. "Toma para ti, que yo ya llevo algo más", le ha dicho y le ha dado mis cochinos sesenta céntimos. 

He seguido pensativo, pero me han asaltado los urdangarines y los pantojos, los bárcenas y los eufemianos, los reyes y los malayos. Y me han entrado arcadas, naturalmente. En un recoveco he pensado que no es delito ser pobre, aunque en este país lo vuelva a parecer. Y he vomitado, para seguir viviendo.



viernes, 4 de enero de 2013

Inocentadas del paro

Tal vez no haya documento de trabajo que a los periodistas nos guste más para un descosido de fin de semana que eso que se llama estudio estadístico o sus derivados. Pero más aún les gusta a los políticos de esta España nuestra acostumbrada al descosido perpetuo. La Estadística, con todas sus virtudes, es una ciencia social que sólo unas cuantas empresas serias saben o quieren aplicar. Muchas otras, muchísimas, se han especializado en la aplicación al gusto del cliente. Y si quien hace el estudio estadístico es el cliente mismo, o sea, si yo soy como Juan Palomo, que me lo guiso y también me lo como, entonces no quiero ni contarles... Por eso, como no hablamos del caserío, cada día me fío menos de las estadísticas, las consultoras, las auditoras y toda esa parentela de milagreros o profesionales de la tostada al derecho o al revés. El truco del vaso medio lleno o medio vacío lo impulsó la Estadística, cuyo intríngulis no está en el ajuste sino en la lectura. En este sentido, ningún partido político pierde tras unas elecciones; con unos mismos datos se construye un titular demoledor en un periódico o agasajador en otro; y -a esto es a lo que iba- se puede anunciar en Año Nuevo que "el paro baja en España en 59.094 personas" y quedarse tan panchos. Hay dos factores de esta posmodernidad esterilizante que contribuyen a este nulo sentido crítico: primero, que las redacciones funcionan cada vez más con funcionarios explotados sin tiempo para cuestionarse nada; y segundo, que la clase política se ha acomodado al pimpampún del hoy por ti y mañana por mí, de modo que si el PP es el que anuncia la buena nueva, el PSOE ejerce su rol de no celebrarla y decir, como mucho, que puede ser "un espejismo", pero nada más.

No he parado de darle vueltas a ese sorprendente descenso del paro desde que lo anunciaron, hace un par de días, los Servicios Públicos de Empleo. Me chocó porque unos días antes nos enteramos de que más de 400 asesores de empleo, precisamente, se habían ido a la calle, es decir, al otro lado del mostrador del SAE, porque los nuevos Presupuestos del Estado no contemplaban la partida que les pagaba hasta ahora; y porque, en la misma jornada, la mitad de otros 400 empleados de las fábricas de Roca repetían encierro en la Catedral de Sevilla porque la empresa planea una deslocalización que les abaratará la mano de obra en la Conchinchina o más allá; y porque, hacía tan solo unos días, un amigo periodista que lleva más de un año entregando su curriculum a quien quiera recogérselo, me anunciaba que había encontrado trabajo en Antena3, pero con un contrato para 72 horas, otro colega se había marchado a Argentina, y otro amigo ingeniero que jura matar por ser mileurista me contaba que todos sus amigos sobrevivían en Alemania haciendo las camas de un hotel. Y, en fin, porque cada día se levanta uno con la noticia de un ERE o un ERTE... y sin ninguna luz al principio ni al final de este claustrofóbico túnel...

Con este panorama a mi alrededor, no podía sino extrañarme que el paro hubiera bajado, pero la concreción de las cifras siempre nos connota objetividad, de modo que no he vislumbrado dónde estaba el truco hasta que hoy, en la triste soledad de un bareto de mi barrio, el dueño me ha contado que tiene otro bar en el campo, estratégicamente situado entre los chalés diseminados que durante el boom eran recreo de nuevos ricos y ahora son refugio de éstos bajo el fiambrero amparo de las mamas o las suegras. El otro bar sí que se llena, me ha dicho el hombre. Y entonces no sólo he entendido mejor por qué mi pueblo se ensombrece durante el fin de semana, sino que, como sabemos todos, las apariencias engañan. Y entonces me he vuelto a acordar de las 59.094 personas que ya no están paradas. Que ya no estén paradas no significa que estén trabajando. ¿Entonces? Porque supongo que, cualquiera de mis conocidos desempleados, al enterarse del descenso del paro pensarán que son gilipollas...

Entonces significa que ya no engrosan las listas del paro. Nada más. O sea, que están en otro sitio, pero no en el paro oficial de España. Hace un rato anunciaba la web de El País que "50.000 españoles encontraron trabajo en Alemania durante 2012". Y he empezado, como usted ahora, a atar cabos, acordándome de la Laponia, del espíritu aventurero de los jóvenes españoles, de mis amigos emigrantes... de los políticos que no admiten preguntas y de los periodistas que perdieron las ganas de preguntar. 2013 ha echado a rodar...

-Este artículo se publica también en el nº 2.136 del semanario Cambio16.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Tuiteando por cumplir

Hay en los pueblos de la tierra mía una acepción del verbo cumplir que no se utiliza para las velitas de la tarta ni para referir las obligaciones, sino una especie de comportamiento tan hipócrita como socialmente aceptado por el que uno hace las cosas -ciertas visitas, ciertos regalos, ciertos pésames en los funerales- no porque esté convencido de que sea lo mejor o porque el corazón lo pida desde su convencimiento racional o moral, sino simplemente "por cumplir", es decir, por quedar bien, o sea, por ir donde va Vicente, como la gente, o, dicho de otro modo, por camastrón aborregamiento de la inmensa mayoría, dominada por esa espiral del silencio con la que nadie se mete. Y me he acordado de ella, de la acepción, digo, a propósito de ese primer tuit del Papa, Benedicto XVI, ahora @Pontifex para sus amigos (del twitter), que él ni siquiera ha escrito pero que ha lanzado al mundo desde una salita del Vaticano presionando el botón del intro. Aunque Su Santidad ha seguido después a lo suyo, su gente de comunicación no ha tenido empacho en explicar que el mensaje en cuestión ("Queridos amigos, me uno a vosotros con alegría por medio de Twitter. Gracias por vuestra respuesta generosa. Os bendigo a todos de corazón") no lo ha escrito él, sino que se ha limitado a darle al bontoncito, e incluso que los demás tampoco los escribirá él en persona, sino algunos colaboradores. Ni siquiera contestará personalmente a tres preguntitas sobre la fe que se seleccionarán entre las miles que le formularán, sino que también serán sus colaboradores. En fin, he pensado, que el Papa se ha sacado esto del Twitter más o menos por cumplir, por estar en la pomada, por hacer el paripé de que se acerca mucho a los jóvenes y a la calle a través de estas golosinas de la redes sociales y demás. Y se lo ha sacado o se lo han sacado de la manga porque necesita cumplir en ese sentido que ya me imagino que va usted comprendiendo.

El cumpli-miento no tendría la menor importancia si no se tratase de quien se trata. Yo mismo me he sacado una cuenta de esas, pero yo no tengo importancia, y lo mío no ha sido por cumplir con nadie, sino por pasar el rato. El caso es que del Papa, representante de Cristo en la Tierra, no se espera uno que haga nada por cumplir, tal vez porque a uno se le olvida demasiado ligeramente que el Papa era antes un hombre cualquiera, que se llamaba Josep y comía ciruelas o escribía libros sobre la fe y otras cuestiones resbaladizas. Pero precisamente porque, además de un teórico espejo de Dios aquí abajo, era y es también un intelectual, @Pontifex deberá haber reparado, estoy seguro, en el hecho de que también Jesucristo era un tuitero. De los buenos, además, ya que este sistema de comunicación con limitación de caracteres no sólo se parece mucho a esa creación por intensión de la poesía, sino a esa manía luminosa de los grandes de la Historia de dejar tuits lapidarios para facilitar su memoria y, a veces, su digestión. Los mensajes de Jesucristo fueron desde el principio algunos de los mejores tuits de la Historia de la Humanidad y, particularmente, de esa Historia que en la Iglesia gusta tanto llamar "de la Salvación". Algunos son los siguientes: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado"; "Amad a vuestros enemigos"; "El que no tenga pecados, que tire la primera piedra"; "Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico en el Reino de los Cielos"; "Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos"; o "Perdónalos porque no saben lo que hacen"... Y no sigo, pero podría, hasta tuitear el Evangelio entero. Tal vez porque las cosas importantes necesitan pocas palabras, es más, precisan de una depuración de buen gusto que las ponga a disposición de todo el que quiera oír. A propósito, otro tuiter de Cristo: "El que tenga oídos para oír, que oiga".

Haría bien Su Santidad en aparcar para este tiempo de recortes y austeridad esas largas encíclicas que nadie lee y esos largos convenios con los poderosos del mundo que a nadie interesa salvo a los poderosos de la Iglesia y esas largas disquisiciones teológicas que nadie entiende y ajustarse más al hic et nunc de los pobres de este mundo, más necesitados de tuits que sean como las verdades del barquero, concisas, claras, de un amor palmario. Tal y como hacía Cristo, y tal y como hacen todavía hoy tantos cristianos de vocación que predican menos y hacen más, que se institucionalizan menos y ayudan más, que se revisten menos y se mojan más, que alaban menos al Padre y lavan más a los hijos desperdigados por esos mundos de Dios, que no dogmatizan nada pero lo dudan todo porque lo nuestro es dudar. Dudar sobre cualquier afirmación tan larga tan larga que no quepa en el twitter. 


-Este artículo se publica también en el nº 2.133 del semanario Cambio16. 

sábado, 1 de diciembre de 2012

Amor desandado

El amor, ese efecto multifuncional que sentimos las personas como un relámpago desde cualquier rincón del cerebro hasta el espinazo pasando por el corazón, no es un sentimiento momentáneo ni estático, sino agrandable y en constante evolución, cuando evoluciona, y no es el mismo el amor del primer flechazo que el amor de las manos juntas o de las complicidades juntas muchos años después. El amor del principio, el instantáneo, el que provoca el inexplicable y descontrolado bumbún en el pecho, tiene la magia del arrastre, la fuerza que te lleva a desenfocar absolutamente todo lo demás. El amor de luego, de tantos años luego, tiene la magia de la fe, de la perdurabilidad, de la confianza ciega en que no te has de caer jamás porque siempre estará allí la otra mano que nunca falla. Yo tengo la suerte impagable de haber experimentado ya estos dos tipos de amores, con la misma persona, en una relación potente que guarda para cada amanecer un sinfín de sorpresas. Pero esta mañana se me han conmocionado las entrañas cuando he leído la noticia de que un matrimonio de una aldea de Pinos Puente (Granada), de 75 años los dos, se ha suicidado para "no seguir siendo una carga" para los hijos. Al parecer de quienes investigan el caso, el hombre le disparó a su esposa antes de que amaneciera. Y luego se suicidó. Pero todo había sido pactado, o sea, una especie  de suicidio asistido. Los hijos,dos varones y dos mujeres, han declarado ahora que a los padres "se les había metido en la cabeza que no querían ser un incordio". Pero nadie se lo tomó en serio, por supuesto.

El matrimonio ya está en el otro mundo. Pero los demás seguimos en este. En cuanto me he enterado del caso he pensado en qué hubiera hecho Lorca por poetizarlo. Federico, que era de un pueblo de al lado, Fuente Vaqueros, encontró inspiraciones preñadas de verdad en los jóvenes adúlteros que se fugaron tras la boda que convirtieron en sangre en Níjar (Almería), y hasta en la casa de la viuda con sus hijas represaliadas de cuyo drama profundo supo a través del pozo medianero. Estos dos disparos constituyen hoy dos aldabonazos de la vida real en plena Vega de Granada. Y otra vez la vida superando a la ficción, o adelantándose a ella. 

En cualquier caso, esta tragedia granadina me ha despertado la curiosidad por los avances del amor y también por sus retrocesos. Un amor como el de estos viejos que ahora se han quitado de en medio en la oscuridad de su vejez, de su casa, de su pueblecico perdido debió germinar como casi todos, con una mirada de más, con algunas palabras de menos... por la vergüenza pequeña de dos adolescentes que, de súbito, comienzan a callarse para oír mejor el latido entusiasta de sus corazones. Ese amor que ahora, más de medio siglo después, los llevó a morir juntos de dos disparos, como una pareja de Romeo y Julieta pasados de edad y de realismo sucio y sufriente, ha tenido la suficiente reversibilidad como para desandar todo lo andado en común. Amor y muerte tocándose por los polos.

Lo que me entristece, y me enfurece en silencio, es que estas muertes en el cenit de la desesperación de una vida que no se colma con el sueño dulce de la vejez conquistada, coinciden con esta época maldita de desesperanza que nos está tocando en mala suerte conocer; con esta época de desahucios, de recortes, de supresiones de la dependencia, de los servicios sociales, del amparo a los más pobres, incluso a los más pobres de espíritu... Ojalá sean absolutamente ciertas las Bienaventuranzas de Cristo, porque alguna esperanza tendrá que quedarnos para reconstruir este mal de escombros y de corazones partidos en que se está convirtiendo nuestro mundo, este mundo que comenzó con la semilla remota del amor y que, en algunos de sus fragmentos más desgraciados, termina también, por un confuso y presunto bien común, con la semilla del amor desandado, vuelto al origen, sacrificado en sí mismo para darle alas al nuevo día, para que la vida siga, fluya, ya para otros...

domingo, 11 de noviembre de 2012

Los colmos

Cuando se cabreaba de veras, cuando la poníamos negra, como ella decía, mi madre siempre salía con que aquello era el colmo de los colmos. A mí la frasecita nunca se me ha ido de la cabeza, aunque no la utilizo nunca, seguramente porque se trata de una de esas fórmulas del enfado profundo que uno reserva en las profundidades de la intimidad histórica. Pero ya digo que aunque no la verbalizo me resuena a menudo por las interioridades del corazón. En estos días me ha vuelto a resonar su eco al hilo de estos colmos sociales que vemos más o menos desde la barrera; quiero decir que unos los ven a aquel lado poque le han quitado ya la casa, otros a este porque aún la conservamos y otros tantos tienen una pierna a cada lado, de modo que sienten la clásica incomodidad de los genitales desorientados sobre la baranda, lo cual suele ser lo peor de lo peor, o sea, el colmo de los colmos también. 

Además de los dramas concatenados con que nos desayunamos a diario -lo del desayuno depende, claro, si es literal o metáfora-, lo dramático sigue siendo la falta de luz al final del túnel, como les gusta decir a ese tipo de políticos -casi todos- que a falta de ideas preclaras para salir de la crisis acostumbra a concatenar frases estúpidas de este tipo, metáforas desgastadas, como diría Ortega y Gasset, verbigracia: la que está cayendo, los brotes verdes, atisbar el final de la recesión, los primeros síntomas de la recuperación económica, los primeros frutos de la necesaria política de austeridad o el esfuerzo de todos para remar en la misma dirección, por citar tan sólo algunas de las gilipolleces más habituales que uno escucha a diario. Bueno, pues para no caer en ellas, insisto, lo más dramático es tomar conciencia de que esto tiene difícil arreglo mientras que la sociedad enferma a pasos agigantados, falsamente liderada por una clase política que cada día demuestra más su ineptitud y su anacronismo sinvergüenza, en otra dimensión distinta del resto de los ciudadanos.

La muerte de dos mujeres en Astorga (León), una madre de 82 años que cuidaba de su  hija, ciega y discapacitada, de 40, en el más decimonónico de los desamparos, no deja de ser un símbolo cruel de este retroceso a pasos agigantados que estamos sufriendo. La madre murió primero. Y cuatro días después, en una oscuridad doble de casa húmeda y familia en el limbo, lo hizo la hija, ahogada en el abandono. Y todo ello mientras el intermitente presidente del Gobierno que tenemos, al que vemos mucho menos que a Mourinho, venía asegurando desde que entró por Moncloa que el servicio de Dependencia "no es viable". Tampoco lo son la educación o la sanidad públicas, meros mimos de pobres acostumbrados a lo bueno. Sí lo son, en cambio, este sistema de asesores y arrimados bien pagados que tiene cualquiera de los cientos de miles de políticos que en España han sido y siguen siendo, los cuales tienen derecho a una pensión vitalicia a los siete años de ejercer; la barbaridad de la tauromaquia que sigue subvencionándose a cuerno partido; o el verdadero y gran fraude fiscal que afecta a las empresas que en nuestro país merece la pena llamar empresas. Todo esto sí es viable. A la vista está. 

Después de casi cinco años de crisis creciente y atolondrada, ya muy poca gente culpa a los curritos del montón por haber gastado más de lo que ganaban, porque aquellos inconscientes consumidores abducidos pagaron su penitencia antes de 2010, y ahora resulta que la lista del paro y de los desahucios y de la miseria más absoluta la están engrosando también quienes no ganaron ni gastaron tanto, sino quienes sencillamente dejaron de trabajar y de salir y de comer tres veces al día, paulatinamente. Gente como usted y como yo, que un mal día se levantaron con el pie derecho y la vida se lo torció, porque sí, sin saber cómo. Algunos de ellos han terminado ahorcándose o arrojándose al vacío cuando la policía se ha presentado en su casa para echarlos como a perros. Y cuando esto se ha convertido en el mendrugo nuestro de cada día, después de que miles de ciudadanos se hayan movilizado durante los últimos años para defender a criaturas inocentes y de haber reclamado la dación en pago como quien clama en el desierto, ahora los principales partidos se sienten tocados por un clamor popular al que se ha sumado el clamor de los jueces y el clamor de los policías y hasta el clamor de los muertos, que se revuelven porque no terminaron de pagar la hipoteca antes de abandonar este mundo, frente a unos bancos que, falsamente victimizados por no querer más ladrillo sino el dinero que malévolamente prestaron en su maquiavélico día, han recibido ya el ciento por uno pero no se sacian, más del 90% del dinero público que los últimos Gobiernos han soltado por el incosciente grifo de los parches contra una crisis contumaz. Dentro de un rato se reúnen Rajoy y Rubalcaba para construir entre ambos otro parche contra la sangría de votantes que se apuntan ya a ese mal tan temido de la desafectación política. Esto sí que es grave, y por eso tienen que solucionarlo. Pues a ver si así, en el colmo de los colmos.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Colonizados por nuestro Parnaso

Anoche acabamos a las tantas la VII edición de nuestro Patio del Parnaso, ese movimiento cultural independiente que hemos iniciado en mi pueblo, Los Palacios y Villafranca, no sólo con vocación de continuidad sino de aperturismo y aglutinación de todas las manifestaciones culturales que se tercien y quieran ser compartidas. Por eso nos reunimos: porque nos da la gana poner en común los hallazgos, las investigaciones, las preocupaciones o las inquietudes culturales de muchos amigos o conocidos que se convierten en amigos y que, más allá de la parálisis local que afecta a muchos rincones de esta España nuestra, y más ahora con la bicha que mejor no mentar pero que está en la boca de todos, tenemos la voluntad de pensarnos y repensarnos a través del prisma multidisciplinar que ofrece el humanismo, con la esperanza de conocernos mejor y mejorar. Nos reunimos bajo el lema "Colonizadores y colonizados. Luces y sombras", y una vez más el personal apareció por la Casa de la Cultura con sus deberes y devociones muy bien hechos, con el firme propósito de contribuir desde su parcela de conocimiento y entusiasmo a arrojar un rayito de luz sobre tan general temática. Lo de las luces y las sombras se entendió muy bien, e incluso se expresó más bien aún, como demostró Juan José, el carpintero y belenista amigo de todos que no perdona una cita, y eso que anoche hicimos del Patio una metáfora pura y nos reunimos, para protegernos de la luvia que caía sobre la fuente, en el salón de actos. Juan José insistió en que la colonización hay que entenderla siempre como invasión, sin disimular este término, porque es el indispensable en todas las conquistas que terminan masacrando al colonizado. Lo matizó el historiador Carlos Font, que intervino con una brillante ponencia sobre nuestra última colonia en pleno siglo XX, la Guinea Ecuatorial, recordándole que hubo colonizaciones más o menos por las buenas y que incluso el vocablo "colonización" no se empieza a utilizar hasta el siglo XIX. Cuento esto porque, además de intervenciones interesantísimas desde el atril, también hubo debate entre el respetable, que al menos durante la primera mitad era muy numeroso. Otra cosa fue ya cuatro horas después, porque el Patio de anoche nos arrastró a los que quedábamos, desde las ocho de la tarde, hasta la madrugada. Mi querido Victoriano Rosal relativiza la exageración de la quedada en que son dos veces al año. Tiene razón. Aunque es cierto que estamos barajando otras fórmulas para que las próximas citas no duren cuatro horas, sobre todo porque el personal municipal no está para que le den allí las uvas por culpa de unos locos a los que nos apasiona tanto el Parnaso y las musas que parió. No es que quieran cobrar horas extras, es que quieren cobrar su nómina, sin más, y todos sabemos cómo está el patio. 


Tras el saludo que se ha convertido en institucional de Victoriano, que glosó y leyó a Bartolomé de las Casas, el defensor de los indios, nuestro pianista de cabecera, Paco Benítez Acosta, le sacó a su piano toda la emoción y la solemnidad de la banda sonora "1492. La conquista del Paraíso", de Vangelis; y un servidor hizo una introducción de las que le gusta hilvanar al hilo de lo que sea. Los presentes dijeron que les gustó. A mí me gustaron mucho más las intervenciones que vinieron después, como por ejemplo la de Antonio Romero Agüero, basada en el hechizo que los bosques desempeñaron sobre el hombre primitivo y el hombre romano en su ansia expansionista e incluso en las lecturas ecológicas que se desprenden de ahí. A continuación tomó la palabra Cristina Gámez, que nos ilustró sabiamente sobre los espartanos y sus diferencias con otras culturas paralelas, como la griega. Cristina entendió muy bien lo del binomio luces y sombras y, aunque mostró su admiración por una cultura que no arrinconaba a la mujer, que era lo habitual en la época, tampoco dejó de reconocer que eran unos asesinos, entrenados para matar.
Carlos Fierro -hermano de la flamante Joven del Año nombrada por el Ayuntamiento palaciego, Inma Fierro-, que ya otras veces nos ha deleitado con versos de su propia cosecha, se subió ayer al atril para hablarnos de la visión que determinados cronistas de las Indias, como el Inca Garcilaso, tenían del proceso conquistador y del relato que otros cronistas, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca, habían construido. Carlos es un enamorado de la literatura y sus relaciones con otros ámbitos de la cultura, como yo. Y como mi compañero y amigo José Manuel Begines, que nos dio una lección magistral de los estudios de literaturas coloniales a nive internacional, con nombres como el de Edward Said, el crítico literario nacido en Jerusalén y fallecido en New York en 2003 que no sólo nos legó gestos admirables de integración como la fundación, junto al músico judío Daniel Baremboim, de la West-East Divan Orchestra, sino que, según nos contó Begines, ha sido una de las voces que nos ha llamado a situarnos "en medio" en esos extremos del colonizador y el colonizado.
Mi amigo Marco Amuedo Valderas reflexionó sobre un antiguo artículo de Fernando Savater, El puñal del gurka, de 1983, que leyó, sobre la visión políticamente incorrecta hacia los hermanos menores de la colonización española o yanki. A continuación, el cantautor Manuel Núñez Amador nos habló de México, de algunas escritoras de allá e hizo una excelente introducción a una canción que llevaba por estribillo "Yo soy revolucionaria". Con el soniquete de su guitarra nos quedamos todos encantados, y algunos pensando que revolucionaria era también una noche como aquella, porque, tarde o temprano, terminaremos pensando en que qué noche la de aquel día, un 8 de noviembre de 2012 en el que atravesamos la frontera del día siguiente no porque hubiera fútbol o toros o borracheras sino porque hablábamos de cómo las colonizaciones eran el germen de nosotros mismos, para bien y para mal. 

El archivero municipal Julio Mayo nos habló de las expediciones al Nuevo Mundo y su paso por nuestro pueblo y Utrera. Es uno de sus temas preferidos, y lo domina y le apasiona, y así lo demostró en una exposición larga en que nos sacó grabados, mapas, datos y vírgenes a partes iguales, para desmotrarnos la importancia del Bajo Guadalquivir y de los pueblos de la margen izquiera del río en aquella época de los siglos XVI y XVII en que la América de nuestro Imperio era una provincia más regida desde Sevilla. Antes de intervenir él, presentó a nuestro amigo común Antonio Cabrera, una bellísima persona y un utrerano que se interesa absolutamente por todo, incluso por nuestro Patio del Parnaso, adonde no dudó en acudir, a pesar de la carretera, la noche y la lluvia, para regalarnos una de las ponencias más originales de la noche, sobre la preeminencia que tienen las cofradías y el arte suntuario sevillano no sólo en España, sino en toda América. Fue curioso ver tantas Macarenas y tantos Nazarenos y tanta pasión lo mismo en Miami que en Quito.

Federico Ponce, al que se le nota su mente de arquitecto, nos enseñó muchas cosas sobre la manera de edificar en Lationamérica y otros rincones del mundo y de la historia, y Fran Amador, otro joven palaciego con mente de periodista, demostró que este oficio que tanto amamos lo que amamos escribir y contar el mundo también tiene sus buenos o malos negocios, sus buenas o malas artes en eso que llamamos globalmente la colonización, incluso informativa, con ejemplos cercanos u orientales. 

El concejal del PA Pedro Amalio Moguer fue quien atravesó ya la madrugada exponiendo la tesis del catedrático González Ferrín sobre las dudas en torno a que los árabes trajeran el Islam a España en el año 711. González Ferrín y otros estudiosos del tema niegan la fecha tan temprana y que fueran musulmanes quienes llegaran tan raudamente a una península que, según ellos, siguió en manos visigodas algún siglo más. Con las doce en el reloj, nos volvimos a emocionar con el piano de Paco Benítez con su último mohicano.

Cuando salí a la llovizna agradable de la calle Real, me acordé de esa bronca absurda a propósito de cierto programa de la tele, de esos de usar y tirar. Y entonces pensé: "Este es mi pueblo. También".

sábado, 27 de octubre de 2012

Javier Marías, héroe nacional


Creo que Javier Marías (Madrid, 1951) es hoy por hoy el novelista español más prestigioso con vida, y no lo creo porque yo sea un asiduo lector suyo, pues sólo me he leído un par de novelas y algún relato corto firmados por él, sino porque en esas pocas lecturas he comprobado que, como dice la crítica especializada, ha logrado fusionar, con un poder hipnótico sin precedentes, las gracias de la narrativa literaria y del ensayo profundo como ningún literato al uso ha conseguido que yo sepa. Me parece algo así como el intocable Cervantes, que también tiene mucho de ensayista en sus a veces deshilachadas digresiones, pero con más rigor y antipatía que el autor del Quijote. Además, por los artículos periodísticos que le he leído, es uno de esos pocos autores a los que no les duelen prendas en decir, literalmente y sin ambages, lo que piensa, cueste lo que le cueste. Y el mundo intelectual no ha tenido más remedio que reconocerle todo esto, aunque a veces le pese. Tal vez que no sólo sea novelista sino también traductor y editor y hasta tenga mucho de filósofo pese sobremanera en esta condición de escritor prestigiado a la que me refiero. Insisto, porque creo que una cosa es la fama o la popularidad o el reconocimiento y el aplauso y otra, más allá, el prestigio. 
Javier Marías, hijo del filósofo más próximo a Ortega y Gasset, el exiliado durante el franquismo Julián Marías por su condición de republicano con principios, criado en EEUU, educado en los preceptos de la Institución Libre de Enseñanza y rodeado desde siempre de algunos de los mejores intelectuales españoles y extranjeros, reúne en su vida todo lo que un envidioso consciente como yo hubiera deseado para bañar su cotidianidad de un mínimo de interés. Y es posible que sea algo así como el antónimo más claro del español medio del pelotazo que por aquí hemos conocido en las últimas décadas, es decir, del presumido con dinero de plástico al que le importa más que nada en el mundo la vanidad y el corto plazo y se hipoteca su vida para conseguir nunca se entera muy bien el qué.

Por eso cuando he conocido la extraña noticia de que Marías rechaza el Premio Nacional de Narrativa por su última novela, Los enamoramientos, se me ha conmovido el cuerpo y el alma como quien oye un comentario surrealista en un velatorio o una broma de mal gusto, un disparate increíble en medio de este drama mortuorio que es esta crisis que me niego a escribir en mayúsculas pero tal vez debería. Más me he estremecido aún cuando he sabido que el premio eran 20.000 euros, que hace meses rechazó otro de 15.000 y he oído las razones de su rechazo, en primerísimo lugar porque no me imagino a mí mismo -y eso que hace días que lo admiro mucho más- haciendo eso en su lugar. Por lo visto, al menos desde 1998 viene declarando Marías que no estaría dispuesto a recibir un premio en metálico procedente del erario público, pero hasta ahora, en la cresta de esta desgracia nacional que no acaba, no se le había presentado la ocasión, y ha dicho que estaría feo, que sería incoherente o impresentable, tragarse sus declaraciones y recoger el premio, por mucho que le tiente y mucho que le agradezca al jurado su decisión. Además de esto, ha recordado que el Gobierno actual del PP, al que ha comparado con el franquismo en materia cultural, ha destinado cero euros en el presupuesto de 2013 para bibliotecas públicas. Y, por último, ha señalado que podría haber recibido el dinero y donarlo a continuación pero que le parecería demagógico porque no es él el encargado de decidir a qué destinar el dinero, sino más bien el libre responsable de dejarle el dinero al gobierno para que el gobierno decida qué hace con él. Ha sido como pasarle la patata caliente al gobierno, que para eso gobierna, o como decirle al gobierno que se meta el premio por donde le quepa y lo saque en forma de dinero por donde más falta le haga a la sociedad. O sea, una faena propia de un intelectual de altura. Y quizás por eso algunos le han reprochado con la boquita pequeña que lo ha hecho por vanidad o afán de notoriedad o, más peregrinamente aún, que la novela por la que ha sido premiado era malísima.

Yo no la he leído, pero he leído críticas maravillosas. En cualquier caso, conociendo a Marías tampoco debe ser ningún bodrio y el fondo del asunto es que el premio era suyo y él se lo ha devuelto al Estado sin tocarlo siquiera. Eso, en esta España nuestra tan dada al aplauso fácil, al éxito llovido del cielo y a la oportunidad aprovechada incluso en el despropósito, digan lo que digan, es dificilísimo. Vivimos en un país, conviene recordarlo, que históricamente -y hoy, que es lo más triste- le sonríe al listillo de turno, al aprovechado, al espabilado, al granuja, al pícaro, al que defrauda al fisco, al gracioso zoquete, torerete, al que se las sabe todas, al que viene de vuelta de ser engañado y engañar, al que te guiña el ojo, al que no hace nada, al bromista de la pereza y el bostezo sin rezo, al que se escaquea, al que se burla de las causas nobles, al que hace chistes de la generalizada desfachatez, al que infla su beneficio y siempre desinfla el del prójimo con mucho arte, y sin fe... 

Vivimos en un país donde es esperable el demérito generalizado de una acción como la de Marías, porque siempre habrá quien le reproche rechazar el dinero porque no le hace falta o por afán de protagonismo, sin reparar en que poderoso caballero siempre es bienvenido, que le pregunten a los anacrónicos chupatintas de la corte, y que a quien trabaja bien, como es el caso, no le hacen falta este tipo de protagonismos, que más bien desearían para sí quienes, criticando desde la barrera, tienen la convicción de que nunca se verán en esas y por eso especulan con sus propios sentimientos, jugándose, traicionándose su propia indubitable identidad. Por eso un servidor, en un esfuerzo identitario, reconoce: yo no lo haría. 

Me apena vivir en un país que aplaude a los peloteros millonarios, a los toreros sanguinarios y a los ricos medievales que donan un 0,05 de sus inmensas fortunas a Cáritas, después de haberse enriquecido a costa de destruir a los más pequeños con su afán de capitalismo acaparador, para que el pueblo paupérrimo les siga comiendo en la mano. Me apena vivir en un país con profesionales de la política que ven cómo el mundo se derrumba pero son incapaces de renunciar a ninguna prebenda y privilegio, mientras se les llena la boca de palabras vanas que ya nadie cree, porque la gente quiere simplemente pan y cuando la gente comienza a tener hambre es cada vez más hambre de pan y menos de justicia, paz y libertad, sino pan a secas, para no ahorcarse antes de que lleguen los usureros y otros cuervos del montón. 

Cuando he conocido los hechos y las razones de Javier Marías no he podido sino pensar: si todos los españoles fuéramos así, España no sería así.