viernes, 29 de marzo de 2013

Un Papa nuevo

Mi última reflexión sobre el Papa Francisco, la más esperanzadora, en tribuna de El Correo de Andalucía:

http://blogs.elcorreoweb.es/tribunas/2013/03/26/francisco-una-esperanza-para-el-mundo/


miércoles, 13 de marzo de 2013

Intriga internacional en latín

Hasta los ateos más recalcitrantes tendrán que reconocer que ningún gobierno del mundo, ni siquiera el de EEUU, crea tantas expectativas a base de intriga como el del Vaticano, con toda esa liturgia de la que es experta la Iglesia de señorones lentos entrando por una puerta y desapareciendo por la otra, campanadas significantes y fumatas negras al cielo de Roma. Hasta el Habemus Papam definitivo -cuya deliberación previa ha tardado históricamente entre tres horas y tres años-, los telediarios del mundo entero tienen sus focos puestos en la Plaza de San Pedro y en la Capilla Sixtina, donde siguen reunidos los 115 hombres más poderosos de la Iglesia Católica Universal, dilucidando no sólo quién de ellos sería el hombre más oportuno para portar en su dedo el anillo del Pescador que ha devuelto Benedicto XVI para volver a llamarse Ratzinger, sino tal vez consultando con el Espíritu Santo qué han de hacer para revigorizar a una institución que podrá presumir de dos milenios de historia pero que no puede hacerlo de un presente abúlico en el que las nuevas generaciones -a menos que sean rebaño pastoreado por el Opus Dei o similares- no se interesan en absoluto por ella. 

Por estos lares, las iglesias están llenas de viejas, y donde acaso se oye algo el jolgorio de cierta juventud es porque resuena también la golosina de un paso semanasantero que cuenta con su propio circo, ajeno a los designios de Cristo y el compromiso con los más pobres y volcadísimo con su propio repertorio de florecillas, trabajaderas y cornetas. Pero la Iglesia en sí, que tampoco se ocupó en su momento de reconvertir a aquellos capillitas en cristianos de fe sino que se conformó con que hicieran bulto en sus templos, como los papás en las primeras comuniones o el gentío en los pésames de los entierros, está de capa caída, con escaso ímpetu y nula capacidad conmovedora si no es allí donde los cristianos representan el 75% del total y donde sus pastores tienen, precisa y paradójicamente, menos cuota de poder. Cuántos cristianos de base, a ras de calle, hay en Latinoamérica y en África y, sin embargo, qué pocos cardenales con posibilidades por allí... He oído por la Iglesia que el mundo no está preparado para un Papa negro. Y me ha irritado la hipocresía insufrible de la afirmación. Después de un presidente norteamericano negro que ya va por su segunda legislatura, ¿quién no está preparado para un Papa negro: el mundo o la propia Iglesia? ¡Qué le importó a la Iglesia nunca la preparación del mundo!

Desde los preparativos del cónclave, se están escuchando nombres continuistas que no arreglarían en absoluto el caos de esta Iglesia que, en palabras del propio ex Papa, ahora emérito, es una "barca que hace aguas por todas partes". Y en este proceso desdogmatizador que inicia justamente el Papa más severo con el relativismo moderno sale nuestro cardenal sevillano, Amigo Vallejo, también emérito, y dice que él ya ha acordado con el Espíritu Santo no salir de Papa. Y por aquí se le ríe la gracia.

Toda la potencia intrigante del proceso elector del nuevo Papa es directamente proporcional a la potencia defraudadora si el nuevo Papa sale con más de lo mismo, más incienso y más enroque sobre sí mismo y nulo aperturismo hacia un mundo que, profundamente defraudado con todos los predicadores, está pidiendo a gritos gestos de buena voluntad, amagos directos para la Salvación de los Pobres que prometió Jesucristo. Sólo si lo consiguiera, y empezaran a recuperar la voz tantos intelectuales lúcidos reprimidos por la Santa Madre, la Iglesia empezaría a tener posbilidades de resucitarse a sí misma. Si no, el desgaste o la reconversión en otra cosa es cuestión de tiempo. Al latín le pasó. Que le pregunten al español, o al italiano.

lunes, 4 de marzo de 2013

Rey de baja

Hay noticias que uno asume de refilón, sin querer leer a fondo para no cabrearse más. Y una de ellas, entrevista en la baraja hiriente de esta actualidad sangrante que nos atosiga cada día, es que el Rey, mientras millones de españolitos a los que una de las dos Españas siempre tienen que helarles el corazón no se dan de baja por miedo a perder el curro, se da de baja no sé exactamente por qué; qué más da, por alguna avería de su real cuerpazo al que ya le hemos pagado tantas operaciones... Se habrá caído cazando o se le habrá corrido la cadera hacia acá o hacia allá. Realmente, el trabajo es el trabajo. Y a los 75 tacos se jubilan ya hasta los obispos. En el Vaticano todo se andará, como se está viendo. Pero nuestro monarca, como se ve, tiene bien puesta su corina, quiero decir su corona... que a estas horas puede uno permitirse un traspiés, como él allá donde lo pongan. Desde que vino de Botswana, sus asesores le pidieron la agenda y se sentaron frente a él, carraspeando, sopesando lo difícil que sería recolocarlo en ese limbo lindo por el que todos, incluso los republicanos convencidos, éramos juancarlistas sin ser monárquicos, que es en este país como nadar y guardar la ropa, como ser progre y hacer la pelota, o mejor, la corte al establishment que nunca falla. No fallaba, hasta que llegó el yernazo, demasiado confiado. La confianza ya se sabe. Los asesores, como iba diciendo, lo tenían difícil. Y encima se complicó lo de Urdangarín, se supo el enfado crónico de la Reina, lo de la amante y el alba del alhelí... en fin. Pero como los asesores son pertinaces, insisto, no desesperaron, y lo pusieron a trabajar como nunca: y pidió perdón por la tele, y viajó con los empresarios, y le echó locuacidad a la cosa, y ni se sentó para soltar su emblemático discurso de Nochebuena a tres cámaras lentas... que los herederos aumentan, le diría Felipe, un suponer. Pero nada ha sido suficiente. Los asesores, que no son tontos -ellos, no-, se lo han jugado todo a la última carta. A este tío hay que retirarlo una temporadita. Y se lo han dicho. Entre dos y seis meses, miarma, a ver si así... Hoy, por lo que se ve, había orden de anunciarlo en los telediarios. Los asesores piensan que no ha sido el mejor día, con el aumento del paro en febrero. Menos mal que nuestro gobierno siempre tiene la explicación: febrero es siempre un mal mes. Lo es.

sábado, 2 de marzo de 2013

Las culpas al gorrión

Con la sinvergonzonería cotidiana que nos va cubriendo desde que comenzamos a no hablar de otra cosa que de la Crisis, así con mayúsculas, uno va comprendiendo mejor aquel refrán que oímos de chico que empezaba por admitir que todos los pájaros comían trigo. Ahora sabemos que no es que todos los pájaros comiesen trigo, sino que la mayoría comía mucho trigo, demasiado, aunque la culpa se la llevase siempre el pajarito más doméstico, más cercano y familiar del que sabíamos hasta el nombre. La confianza da asco era otro de esos refranes que uno empieza a comprender más tarde. Y viene esta reflexión de culpas siniestras e injustas al hilo de cierta melancolía que he empezado a sentir esta mañana cuando leí que una nueva ordenanza contra el ruido del Ayuntamiento sevillano está planeando prohibir que las campanas de las iglesias y los relojes de los edificios públicos den las horas. Es decir, que sacan una norma para luchar contra el ruido y se fijan en las campanas de las iglesias, cagoendiez, y perdonen el exabrupto, pero es que la melancolía se me agrió en malaleche cuando supuse a las campanadas de por quién doblan las campanas y de las iglesias pueblerinas de Juan Ramón y hasta del reloj de bolero al que Moncho le pedía en clave de amor que no marcase las horas como culpables del ruido que nos está volviendo a todos locos. Y eso, perdonen el juego fácil, suena fatal, a cacofonía del peor metal... como todo en este loco mundo en el que nos quieren hacer lo blanco negro y convertir en tonto al que tonto no es.

La cosa puede parecer anecdótica, pues hasta un servidor reconoce el alivio que ha sentido mi pueblo desde que echaron a cierto cura al que llamaban el campanero -aunque el  motivo de que lo quitaran de en medio no fue que tirara de la soga demasiado; por el campanario ya había pasado la segunda modernización de la que él adolecía-, pero una cosa son los casos puntuales y otra la conceptualización general. No es anécdota que culpen de hacer ruido a las campanas de las iglesias en un contexto burlón como el nuestro en el que los ruidos vienen de todas partes y en el que el ruido psicológico -mucho peor- es mucho más ruidoso que el de los decibelios. Hace ruido el tráfico, y la gente maleducada que grita hasta por el móvil; hacen ruido los niñatos de la música ratonera y los vecinos sin consideración; hacen ruido las botellonas tristes y las emergencias falsas de tantos conductores sin porvenir... Pero las campanas de las iglesias y algunos relojes viejos daban el son de cierta vida latente en el corazón de los pueblos y los barrios que todavía representan la vida de verdad, la de las gentes que aún se rigen por un tiempo honesto y no por los minutos falseados de la red de redes, la conversión en kilómetros/hora y la prisa de las urbes sin alma. 

Esta culpa del ruido que pesa sobre las campanas me sabe de la misma forma que la culpa que pesa sobre todos nosotros, gente don nadie, por haber provocado la crisis, a base de antenas parabólicas, 3.000 euros al mes durante tres meses y algún viajecito de más placer del permitido. Hasta que la cosa no ha reventado por sus propias costuras, nadie se iba a figurar que también los banqueros sin escrúpulos, los urdangarines sin límites, los empresarios corruptos, los políticos de cuello blanco y sus amigos de estómago negrucio iban a tener alguna culpa en este saqueo del copón internacional. 

Pero es que todas las acusaciones comienzan por lo más cercano: la de comer trigo, ya se sabía; la de la crisis, se sabe ahora; la del ruido, se está investigando.

  • Este artículo también aparece como Tribuna en la edición del 18 de marzo de 2013 de El Correo de Andalucía. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Huelga de basura

Me pierdo dos telediarios y cuando vuelvo a mirar la tele ha crecido el esperpento de este mundo, y no sólo por el sinvergüenza Bárcenas que ahora pide su cartilla del paro e incluso tendrá derecho a los 400 euros de pena que les dan a muchos de los que sueñan con recuperar al menos la esperanza si no el trabajo, sino por todos los profesionales de la política de este país, que se juntaban hoy en el Congreso para votar una moción que, ignorante de mí, siempre creí que era consustancial a la Democracia misma y que por tanto no precisaba de votación alguna, es decir, que, tontaina de mí, pensé ingenuamente que esto de estar en contra de la corrupción era de perogrullo. Me equivoqué, como la paloma. Me equivocaba. Resulta que los partidos que nos representan decidían hoy si votar a favor o en contra de la corrupción, porque, claro, para gustos, colores. Como digo, igual que la paloma, yo me equivocaba, por ir al Norte fui al Sur, y creí que había cosas claras como el agua. Me equivocaba. 

Hay tanta basura acumulada en este país, y no sólo en El Coronil, que conforme uno cumple años descubre que sabe menos, que se equivoca más. No en vano vivimos de sorpresa en sorpresa. Hasta el Papa que tanto luchó contra el relativismo, este Papa nuestro que dimitió por cansancio y ahora descubrimos que también por otras cosillas, como dijo Lázaro de Tormes cuando abandonó a aquel fraile de la Merced -en fin, qué Historia más larga-, dice ahora que no habría que esperar tanto tiempo para buscarle sustituto, o sea, que no hace falta esperar tanto para tapar las vergüenzas de un Vaticano que, como Adán y Eva, se da cuenta de que el mundo sabe que va desnudo. Mientras tanto, también hay tiempo para pensar en crear otro carguito, el de Papa Emérito en vida. No nos vamos a extrañar aquí, donde para conocer a Pepito siempre hubo que darle un carguito. Cargada realidad. Cargante. Un día de estos, con razón, los basureros volverán a decir que no pueden más.

martes, 12 de febrero de 2013

El reto de la Iglesia tras el adiós del Papa

Que un Papa diga adiós para quedarse en este mundo todavía nos sorprende muchísimo a la primera porque la Iglesia, a lo largo de dos milenios, nos tenía acostumbrados a despedidas más solemnes con la muerte de por medio. Y el último Papa, el anterior a este Benedicto XVI que dimite en el fragor de un mundo donde nadie parece conocer el significado de ese verbo, Juan Pablo II, era un experto en el uso actoral de la dramaturgia, un especialista de la puesta en escena y del control lacrimógeno de las masas hasta para morir con las botas puestas, cinematográficamente. De modo que el contraste entre estos dos pontífices posteriores al Concilio Vaticano II, uno absolutamente pasional y el otro absolutamente racional, nos descoloca a quienes, tal vez ingenuamente, pensábamos que todos los trajes de papa se cortaban con las mismas tijeras. No es así exactamente, como nos demuestra la noticia del día. Aunque sólo haya un lejano precedente en el Medioevo, un Papa puede irse. Basta con que lo diga y se dé la vuelta, que es lo que ha hecho Josep Ratzinger con sus 85 años a cuestas; confesar que no puede más y dejarle el sillón a otro. Lo trascendente no es que los motivos puedan ser los casos de pederastia, el conflicto con el maryordomo o el fracaso de una limpieza de la curia, sino su confesión de impotencia -física, mental, etc.- para cumplir con sus obligaciones. Esa confesión le imprime al inminente expapa un aura de sinceridad y honestidad difícilmente criticable. Porque la opción más fácil, la que hubiera elegido cualquier otro en su lugar, hubiera sido dejarse consumir por la edad devoradora y morir con los hábitos de sucesor de Pedro, como hacían todos. Pues bien, este Papa intelectual, racionalista y tímido ha optado por la vía más lógica y aunque, al contrario de su predecesor, huyera del espectáculo mediático, lo está dando precisamente con su retirada, el que no hubiera dado -al menos en la dimensión que está consiguiendo- si llega a esperar la muerte, pasiva y despersonalizadamente.

Su dimisión abre dos interesantes derivadas que a un servidor, conocedor desde pequeño de estos mundos púrpuras, lo tiene intrigado desde esta mañana. Una se refiere a la pura teología y la otra, al puro pragmatismo de una institución divina inserta en este prosaico mundo. Me explico por partes, y empezando por las alturas.

Un compañero se sorprendía hoy de que el Papa renunciara y me argumentaba, medio en broma medio en serio, que no podía dimitir porque era una decisión divina. Yo, medio en broma medio en serio, le recordé que si la decisión de hacerlo Papa, en 2005, había sido divina, también la de dejar de serlo había podido provenir de Dios, y que él tenía exactamente las mismas pruebas de uno como de lo otro. Son dictados o llamadas a las que no tenemos acceso. Por lo tanto, la misma sorpresa debería haberle causado su renuncia de hoy como su nombramiento hace ocho años. Mi compañero se limitó a sonreír, pero la conversación me empujó a mí hacia este artículo que necesito para explicarme misterios a mí mismo. 

Cuando yo no era más que un crío y hacía de monaguillo en la misma parroquia de mi pueblo de donde ha salido disparado hacia Roma el último párroco por motivos que nunca hubieran ensombrecido al párroco de entonces, Paco el Cura -qué diferencia, por Dios-, la gente se empeñó en que yo me hiciese sacerdote. Yo siempre sentí aquella premonición o aquel deseo colectivo como una amenaza o como un peso insoportable frente a mi deseo personal y lógico de ser otra cosa en la vida que no me privara de mujeres. Era casi un adolescente, lo digo para que me entiendan. El caso es que se me quedó grabada, porque la repetían mucho las viejas feligresas, la consigna de que yo tenía que recibir una llamada, la llamada de la vocación. Por mi parte, más que esperar la llamada, esperaba no recibirla, de modo que cuando mi conciencia bullía sola y se hacía y deshacía preguntas a sí misma, una parte de mí se hacía el despistado a propósito, como para no escuchar a Dios si se dignaba llamarme para lo que yo me temía. Así que durante un tiempo la gente me preguntaba si había sentido la llamada, y yo, además de contestar que no y de temer defraudarla, me ponía nervioso por si aquella llamada llegaba inesperadamente y al final resultaba que tenía que ir al seminario. Todavía no sé con certeza si la llamada no llegó o si yo me hice a mí mismo el suficiente ruido para no escucharla. Pero sí recuerdo con perfecta lucidez mi miedo a la llamada de aquella época y el asombro que me produjo el que el propio cura, don Francisco, como yo lo llamaba, me hablara en efecto de su llamada e incluso de su deseo más íntimo de hacerse misionero en el África profunda y abandonar aquella parroquia pueblerina. Nunca lo hizo, sin embargo, por motivos de salud quebradiza. Primero le dieron dos infartos que lo convencieron para dejar el tabaco y luego enfermó gravemente cuando yo tomé otro camino, seguramente tan inescrutable como todos los del Señor. Pero aquellas experiencias religiosas me abrieron la curiosidad por asuntos teológicos de más calado, empezando por mi miedo a la llamada y por el miedo de Paco el Cura a morirse de verdad. 

Tantos años después, cuando un Papa se va por voluntad propia, a un servidor, que ya no es un niño, se le ocurre que esta decisión pone en solfa muchos dogmas, quizás demasiados. Y, por lo tanto, supone un gesto contemporaneizador y humanizante que puede llevar a la Iglesia a despojarse de magias que no le convienen, lo cual puede ser positivo. Si todos dábamos por supuesto que un Papa tenía que serlo hasta morir porque así lo había establecido el Espíritu Santo, aunque no lo comprendiéramos, y ahora resulta que el Papa es un hombre, un viejecito que confiesa no tener ánimos para seguir ejerciendo tan distinguida función y que, en el uso de su inteligencia humana, decide dejar vacante su plaza para que un compañero con más ímpetu lo sustituya, estamos ante una práctica absolutamente lógica desde el punto de vista humano, ante una práctica natural del mundo empresarial, del mundo de aquí abajo en definitiva; una práctica que desconfía del poder de ultratumba o de los poderes del Cielo, y que se basa en el sentido común, a saber, que un viejo de 85 años no es la persona más óptima para liderar una organización tan global e importante. De este lógico reconocimiento al reconocimiento de que la Virgen María no pudo o no tuvo por qué ser concebida sin pecado original o no tuvo por qué ser virgen toda su vida o no tuvo por qué subir al Cielo en alma y también en cuerpo, hay solo un paso. Y no quiere continuar con otros dogmas porque podrían ser ejemplos demasiado molestos o insoportables. Pero está claro que la renuncia del Papa abre la veda hacia una apuesta desdogmatizadora de la Iglesia en el contexto de nuestro mundo.

Y, al hilo de todo esto, viene la segunda derivada que también me parece interesante desde un punto de vista meramente mundano, y que es el encaje o reencaje de una Iglesia anacrónica en el mundo actual. Si con este reconocimiento de debilidad humana y, por ende, de debilidad para el cargo -que ahora se antoja también un cargo mundano-, el Papado y el Vaticano y la Iglesia se acercan más al mundo y a sus lógicas, es posible que la distancia entre Iglesia y mundo se acorte. Y que, por lo tanto, la Iglesia tenga ahora más posibilidades de ser sal de la tierra o luz del mundo, que era lo que Cristo quería. Pero para ello no es suficiente, ni mucho menos, un gesto papal, sino un quiebro total de la Iglesia con todos sus mandamases. Aquí ya hablamos de cosas muchísimo más difíciles, y no porque nos atengamos a asuntos inciertos del Otro Mundo, sino precisamente porque necesitamos cambios estructurales en los asuntos eclesiásticos de este mundo, donde la Iglesia es, de facto, una poderosísima y acomodada institución que tiene en Jesús de Nazaret su preciosa teoría y en los mecanismos mundanos su tangible práctica, con lo cual se hace difícil vislumbrar un cambio verdadero. Pero lo necesitan; la Iglesia y el propio mundo. Se necesitan mutuamente porque ambos sufren una crisis descomunal que amenza con destruirlos tal y como han sido hasta ahora. A la Iglesia le conviene el mundo porque es su único campo de batalla. Y al mundo le conviene la Iglesia porque guarda un mensaje de esperanza y amor que heredó de un indiscutible revolucionario como fue Jesús de Nazaret, aunque su voz haya estado crecientemente silenciada en estos años de creciente locura que nos han conducido a esta situación de obligatorio cambio de paradigma, tanto dentro como fuera de la Iglesia. 

Como el mundo no necesita más predicadores -con los que ha tenido en el último siglo le sobran-, sino líderes de acción, esta Iglesia mundana absolutamente necesaria debería aprovechar la oportunidad sobrevenida de elegir un nuevo líder para reflexionar seriamente sobre el líder que necesita, que es un revolucionario capaz de talar dogmas en el gran árbol de la Iglesia mistificada y sembrar acciones de esperanza para un nuevo mundo en la sencillez de que todos los hombres son hermanos y han de comportarse como tales. Nada más y nada menos. Eso que dicen todos los políticos aunque no se lo crean está en el ADN de una Iglesia que, con sus prácticas, ha demostrado no creérselo tampoco. Quién sabe si ante la siguiente fumata blanca estamos ante la posibilidad de mejorar la Iglesia y de mejorar el mundo. Es posible que siga siendo un ingenuo, pero ni la Iglesia ni el mundo actuales, tan perversos, me van a privar de ser un hombre esperanzado. Amén.

martes, 5 de febrero de 2013

Malpensados

Nos obligan a ser malpensados, a no considerar una exageración aquel axioma de "piensa mal y acertarás", a ceder ante la leve conclusión callejera de que "todos son iguales", y punto; a entender ahora aquel "ellos" que utilizaba mi madre, hace ya tantos años, cuando ensartaba la aguja y en esa tercera del plural englobaba a los mandamases, a los líderes, a los poderosos de todos los ámbitos, sin utilizar la palabra "élites" porque no la conocía, y yo me quedaba entre perplejo y sarcástico, desconfiando de aquella sabiduría doméstica que no podía ser tan sabia. Ahora, tantos años después, con una bonanza y una burbuja y una crisis de por medio, salen los bárcenas y los urdangarines y los sabiondos de los eres y los bigotes y hasta los reyes y sus secretillos y una lista inacabable de listillos que crecieron como la espuma mientras millones de trabajadores en este país no salieron de la tarde de domingo sabinera y a uno se le queda cara de lelo, de bobo, de memo, de gilipollas o mamaostia al cuadrado, que dirían en mi pueblo para entendernos del todo. 

Lo más triste y preocupante de todos estos listados y todas estas negaciones compulsivas que se están publicando es la dificultad para cercar tanta mierda. Por dónde ponemos la valla; hasta dónde llegar con el largo dedo acusador... Porque han salido unos papeles que algún traidor nos ha facilitado a todos, una documentación chapucera que ha abierto una espita por el lugar menos pensado, pero no sabemos lo que nos encontraremos si hurgásemos a conciencia con el dedo. Al menos no lo sabemos aún los ciudadanos que cada mañana nos desayunamos con lo que quieren contarnos. Y es que llevo dos días siendo malpensado. Me sale solo.

Veo una lista con los empresarios más importantes de este país donando dinero a espuertas al PP, como para el domund pero distinto. Todos se rasgan las vestiduras. Los presuntos donantes y los presuntos beneficiados. Pero los papeles están ahí, y datan de los años 90, de cuando yo no era más que un crío, de cuando aún no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo y me contaban mentiras, como a todo el mundo. Supongo que eran mentiras piadosas. Las mismas que yo tendré que contarles a mis hijos. Es duro empezar con un puñado de verdades malolientes. La vida es muy hermosa, al fin y al cabo. 

En la lista están todos los peces gordos de esta España nuestra, como buceando ocultos por las corrientes calientes del poder verdadero, de ese poder del que nada nos contaron porque siempre nos hablaron de la teoría y jamás de la práctica. Y, de momento, la película es que estos donantes quisieron, presuntamente, donar dinero al PP. Pero hay detalles y silencios que me inquietan mucho más, verbigracia:

En los años 2004 y 2008, años de elecciones generales que ganó Zapatero, se acumulan las donaciones. La primera vez puede jugar a favor de lo que El País parece querer vender, porque casi nadie esperaba una victoria socialista. Pero en 2008 el presidente socialista terminaba una legislatura en alza, y no era para nada descabellado apostar a que volvería a ganar. De hecho, ganó.

Los susodichos empresarios no son tontos. Ni lo eran entonces. Pero sí muy generosos, al parecer y a la luz de los papeles que se han filtrado. Sólo se han filtrado esos papeles. 

En esos cuatro años, los susodichos empresarios, presuntamente, obtuvieron beneficios 6.000 veces mayores que su solidaridad con el PP. Por la obra pública. Pero la obra pública la adjudicaba un gobierno del PSOE. Si fueron tan solidarios, presuntamente, con el PP, ¿por qué no lo iban a ser también, presuntamente, con el partido que venía gobernando? No estoy afirmando nada, sino interrogándome sin querer perder el norte de la lógica.

Desde hace unos días, pese al teatro general, me sorprende la prudencia de los socialistas y de algunos más. Es admirable la templanza y la preocupación por la democracia que están demostrando muchos, sin lanzarse a la yugular de los populares. 

Si el goteo de papeles no cesa, y si surgen más traidores, no sólo puede acabar explotándonos a todos en plena cara el mayor escándalo de la democracia, sino que pueden caérsenos de los ojos unas extrañas escamas, para empezar a ver. 

Si ello llega a ocurrir, tendremos que explicarles a nuestros hijos todo, absolutamente todo, de otra manera. Ardua tarea para, encima, seguir conservando la esperanza.

sábado, 2 de febrero de 2013

Pacotilla

Hoy me he acordado de esa palabra en desuso en mi vocabulario habitual. Que algo o alguien sea de pacotilla me escuece bastante, porque con la edad voy soportando peor las falsedades, las poses y las vulgares hipocresías. No sé qué me ha evocado esa palabra, si la época de los carnavales o este carnaval perpetuo en que se ha convertido la política nacional con un presidente al frente que, estando como están los medios de comunicación de medio mundo pendientes de su comparecencia para decir a las claras si lo que publican sobre el dinero negro y los sinvergüenzas satélites de Bárcenas es cierto, tiene visos de veracidad o, por el contrario, es todo un montaje, se niega a salir en persona, como un hombre, dando la cara y mirando a los ojos a quien se atreva. Seguramente la palabrita me ha sobrevenido un poco por todo, incluso por esas decenas de periodistas en torno a la pantalla del presidente escondido, convertido en frame, licuado en LCD, agazapado tras la caja tonta con que nos entontecen a diario, protegido en la memez del monitor, como un ridículo malo del inspector Gadget o similar. Lo honesto, lo coherente, lo correcto hubiera sido que todos los informadores, al no poder preguntar -que es a lo que deben dedicarse-, se hubieran marchado por donde entraron y hubieran dejado al de la pantalla hablando solo, regustándose a sí mismo en la fácil negación sin más de todo lo que se le acusa. Pero no. Allí estaban todos, a lo que le echen, autómatas impertérritos ante el escándalo de que esto se llame democracia y aquí no pase nada. 

Personajes de pacotilla nos parecían los muñecotes del guiñol. Pero ya desaparecieron por estos lares. La cosa se ha puesto tan seria, tan fea, tan dramática, grave y sonrojante que no hay espacio para la parodia. 

La gran parodia de la realidad lo inunda todo. Para qué más. 


jueves, 31 de enero de 2013

Sinvergüenzas

La prueba de que hemos ingresado, para mal de casi todos, en la fase más perversa de esta crisis omnipotente y omnívora es que la desesperanza se ha derramado como un aceite viscoso, inevitablemente, por los entresijos de toda la sociedad, sobre todo de esta sociedad que trabajaba, que soñaba, que creía como un axioma que la tendencia natural de todas las sociedades era ir a más, como íbamos a más con yoplait hasta que desapareció. ¿Dónde queda ya de aquel yogur y aquellos cuerpos danones y aquella belle epoque que construyó subterráneamente la conciencia hedonista del más todavía en las producciones falsas, en los deportes falsos, en los préstamos falsos y en los demócratas falsos? 

Hoy he percibido dolorosamente que muy poco en un hospital público, después de oír por la radio el enésimo escándalo de estas élites -ya va dando lo mismo el color y la música de fondo de sus campañas- que siempre visten pulcramente, comen bueno y barato, se suben a los cochazos por la puerta de atrás y nunca hacen cuentas de cuánto les queda para llegar a fin de mes. Hoy lo he percibido en uno de esos hospitales públicos de los que antes presumían como exponentes de la mejor sanidad del mundo y ahora hacen esfuerzos sobrehumanos para seguir siéndolo con mucho menos presupuesto y mucho menos personal, mientras abundan a diestro y siniestro las señoras con chándal o pijama que se esconden para llorar, las camillas hacinadas, las bolsas de basura con ropa apretujada, los calcetines de colores, las bolsas de propaganda del súper más barato, la resignación de la gente, de todos, en esta nueva condición de pobres con demasiada paciencia y demasiado cansancio para protestar por nada.

Al volver del hospital, me ha seguido martilleando la radio, con esas cantidades sonrojantes que, presuntamente, venían cobrando quienes más tenían en el partido que ahora nos gobierna, es decir, quienes más tenían. Y he pensado, mientras oía peticiones de dimisión, que se trata de otra guinda más -ya van tantas- a esa tarta empalagosa de la avaricia consumada entre quienes tienen mucho y quieren más, es decir, esta clase política engordada irracionalmente que tiene muchas residencias pero nunca rechaza un plus para vivir, aunque se lo paguemos los de abajo, los que no tienen ni para un techo; que tienen las neveras repletas, hasta para tirarlo todo porque todo se les pudre de no comer jamás en casa, sino a gañote pagado, y no rechazan jamás la dieta que les pertenece, aunque luego presuman de comer yogures caducados, como para reírse de nosotros, con ese tono gutural y salivoso de quien no cesa en todo el día de saborear jamón del bueno; que cotizan unos años, apenas dos legislaturas, y ya tienen la vida resuelta; que se meten en política para servir a su país pero se hacen ricos, como sin querer queriendo. 

El panorama está como para salir de casa y escupir. Lamentable. Mientras al duque quieren quitarle el título de duque pero no pasará mucho más -qué quieren que pase-; mientras a una muchacha que encontró una tarjeta de crédito y gastó 191 euros en leche y pañales para sus churumbules hace ya un lustro y ahora quieren enchironarla; mientras los indultos -esa gracia tan torera en este país nuestro del que ya es tan fácil no sentirse orgulloso- llueven para los malvados; mientras se inventan argucias y amnistías para los defraudadores, para los listillos, para los espabilados y los forrados y los amigos de los forrados pero no hay pasta para las becas de quienes un día, quién sabe, podrían sacarnos de este agujero, precisamente para que no nos saquen, para que los hijos de nuestros hijos vivan mucho peor que nosotros... y volver así a algún régimen de los que tanto les gusta a quienes se ahogan ahora en la nostalgia de los colegios segregados, para machotes y señoritas... Mientras ocurren todas estas barbaridades mientras tomamos café y miramos a la tele de reojo, como si no fuera con nosotros, las oportunidades de respirar esparanza se van agotando...

Debe de ser verdad que es lo último que se pierde, al igual que aquel otro refrán de la liebre, que salta donde menos se le espera. Ojalá todo fuera tan fácil. El caso es que hoy, al entrar en el hospital, me ha traspasado un rayito de esperanza. Lo he advertido de refilón. Y, por un instante, he confiado en nosotros, los seres humanos. Ha sido al salir del coche, harto de tanta basura. Se me ha acercado el gorrilla, diligente, con mucho frío. Le he dado sesenta cochinos céntimos. Me ha indicado el camino más corto, muy amable. Cuando ya me iba, he podido oír cómo le decía a otro colega, compañero en el sentido etimológico y verdadero: "Tú cuánto llevas". Y el otro le ha sacado tres dedos congelados. "Toma para ti, que yo ya llevo algo más", le ha dicho y le ha dado mis cochinos sesenta céntimos. 

He seguido pensativo, pero me han asaltado los urdangarines y los pantojos, los bárcenas y los eufemianos, los reyes y los malayos. Y me han entrado arcadas, naturalmente. En un recoveco he pensado que no es delito ser pobre, aunque en este país lo vuelva a parecer. Y he vomitado, para seguir viviendo.



viernes, 4 de enero de 2013

Inocentadas del paro

Tal vez no haya documento de trabajo que a los periodistas nos guste más para un descosido de fin de semana que eso que se llama estudio estadístico o sus derivados. Pero más aún les gusta a los políticos de esta España nuestra acostumbrada al descosido perpetuo. La Estadística, con todas sus virtudes, es una ciencia social que sólo unas cuantas empresas serias saben o quieren aplicar. Muchas otras, muchísimas, se han especializado en la aplicación al gusto del cliente. Y si quien hace el estudio estadístico es el cliente mismo, o sea, si yo soy como Juan Palomo, que me lo guiso y también me lo como, entonces no quiero ni contarles... Por eso, como no hablamos del caserío, cada día me fío menos de las estadísticas, las consultoras, las auditoras y toda esa parentela de milagreros o profesionales de la tostada al derecho o al revés. El truco del vaso medio lleno o medio vacío lo impulsó la Estadística, cuyo intríngulis no está en el ajuste sino en la lectura. En este sentido, ningún partido político pierde tras unas elecciones; con unos mismos datos se construye un titular demoledor en un periódico o agasajador en otro; y -a esto es a lo que iba- se puede anunciar en Año Nuevo que "el paro baja en España en 59.094 personas" y quedarse tan panchos. Hay dos factores de esta posmodernidad esterilizante que contribuyen a este nulo sentido crítico: primero, que las redacciones funcionan cada vez más con funcionarios explotados sin tiempo para cuestionarse nada; y segundo, que la clase política se ha acomodado al pimpampún del hoy por ti y mañana por mí, de modo que si el PP es el que anuncia la buena nueva, el PSOE ejerce su rol de no celebrarla y decir, como mucho, que puede ser "un espejismo", pero nada más.

No he parado de darle vueltas a ese sorprendente descenso del paro desde que lo anunciaron, hace un par de días, los Servicios Públicos de Empleo. Me chocó porque unos días antes nos enteramos de que más de 400 asesores de empleo, precisamente, se habían ido a la calle, es decir, al otro lado del mostrador del SAE, porque los nuevos Presupuestos del Estado no contemplaban la partida que les pagaba hasta ahora; y porque, en la misma jornada, la mitad de otros 400 empleados de las fábricas de Roca repetían encierro en la Catedral de Sevilla porque la empresa planea una deslocalización que les abaratará la mano de obra en la Conchinchina o más allá; y porque, hacía tan solo unos días, un amigo periodista que lleva más de un año entregando su curriculum a quien quiera recogérselo, me anunciaba que había encontrado trabajo en Antena3, pero con un contrato para 72 horas, otro colega se había marchado a Argentina, y otro amigo ingeniero que jura matar por ser mileurista me contaba que todos sus amigos sobrevivían en Alemania haciendo las camas de un hotel. Y, en fin, porque cada día se levanta uno con la noticia de un ERE o un ERTE... y sin ninguna luz al principio ni al final de este claustrofóbico túnel...

Con este panorama a mi alrededor, no podía sino extrañarme que el paro hubiera bajado, pero la concreción de las cifras siempre nos connota objetividad, de modo que no he vislumbrado dónde estaba el truco hasta que hoy, en la triste soledad de un bareto de mi barrio, el dueño me ha contado que tiene otro bar en el campo, estratégicamente situado entre los chalés diseminados que durante el boom eran recreo de nuevos ricos y ahora son refugio de éstos bajo el fiambrero amparo de las mamas o las suegras. El otro bar sí que se llena, me ha dicho el hombre. Y entonces no sólo he entendido mejor por qué mi pueblo se ensombrece durante el fin de semana, sino que, como sabemos todos, las apariencias engañan. Y entonces me he vuelto a acordar de las 59.094 personas que ya no están paradas. Que ya no estén paradas no significa que estén trabajando. ¿Entonces? Porque supongo que, cualquiera de mis conocidos desempleados, al enterarse del descenso del paro pensarán que son gilipollas...

Entonces significa que ya no engrosan las listas del paro. Nada más. O sea, que están en otro sitio, pero no en el paro oficial de España. Hace un rato anunciaba la web de El País que "50.000 españoles encontraron trabajo en Alemania durante 2012". Y he empezado, como usted ahora, a atar cabos, acordándome de la Laponia, del espíritu aventurero de los jóvenes españoles, de mis amigos emigrantes... de los políticos que no admiten preguntas y de los periodistas que perdieron las ganas de preguntar. 2013 ha echado a rodar...

-Este artículo se publica también en el nº 2.136 del semanario Cambio16.