viernes, 26 de julio de 2013

Descarrilados

No sólo el tren de Santiago. Quien más quien menos anda descarrilado en esta sociedad en crisis de la que nunca acertaremos a precisar el instante en que perdió el carril. Debió de ser en algún momento concreto entre los años 90 y el comienzo de la nueva década, aunque el desvarío total viniera después. Lo analiza muy bien Antonio Muñoz Molina en su último ensayo, 'Todo lo que era sólido', un libro que es en rigor una extensa reflexión sobre lo listos que nos creíamos y la hostia que nos terminamos dando. Después de publicar el libro a principios de este año, Muñoz Molina debe de tener la sensación de haberse apresurado, porque otras muchas cosas interesantes y lamentables han ocurrido después, en los últimos meses, que hubieran sido también ingredientes sabrosísimos en la obra. Debe consolarlo la seguridad de que, perdido el carril, todo lo que ocurra ya son derivaciones de la locura a cuya mecha prendimos fuego entre todos, en proporción a la capacidad de cada uno: quien pudo especular con un terrenito, especuló; quien pudo meter la mano en la caja, la metió; quien pudo endeudarse con un pisito, se endeudó; quien pudo engañarse a sí mismo, se engañó, en esa seguridad tontona de que nadie nos veía y sin acordarnos de que el futuro es un espejo dispuesto a reírse a carcajadas. 

Mientras España llora a sus muertos, mirando de reojo al maquinista sobre el que pesa tan injustamente todo el delirio de la catástrofe, el verano da un respiro a los protagonistas que venían deshilvanando, a su pesar, el complejo tamiz sobre el que se asentaba tan bárbaro señuelo. El tiempo y los espejos risueños del futuro terminarán alguna vez de desnudar, uno por uno, a los mayores artífices del descarrilamiento consentido de esta España nuestra. Pero luego, ¿quién la volverá a encarrilar? 

miércoles, 24 de julio de 2013

Espantás cada vez más retorcidas

En nuestro país, este al que yo ayer -al hilo de tanta sinvergonzonería para reír por no llorar- calificaba de chiste, se había convertido ya en tópico eso de que aquí no dimite ni Dios. Todo menos dimitir. Antes muerto que dimitido, porque aquí quien agarra el sillón no se va ni con agua caliente. O se va de un sillón porque le espera otro. Como la oca, tiro porque me toca. Y siempre me toca a mí. A mí y a los míos. Es el lema de esta partitocracia que aquí llamamos democracia, porque se le parece, aunque no sea igual. 

Pues bien: hete aquí que nuestro presidente andaluz, que fue colocado en el sitio porque su predecesor se marchó a mejor vida, es decir, a Madrid de vice-vice-vicepresidente del Gobierno, anuncia de la noche a la mañana que se va. Que se marcha, que pica billete, o sea, que parece que dimite. Parece, insisto, porque sigue siendo verdad el tópico de que aquí ni Dios dimite. Porque en esta España nuestra donde la costumbre es ley, las dimisiones verdaderas son siempre sucedáneos de espantás. Lo de Griñán es una espantá digan los suyos lo que digan. El todavía presidente ha manejado los tiempos con la urgencia fina de ir un paso por delante de la jueza Alaya que investiga tan intempestivamente el caso de los ERE, pero se ha pasado de finura al faltarle meses de disimulo. Es probable que no los tenga, después de que hoy mismo haya declarado el exinterventor que dice que avisó hasta 15 veces de la peste que olía lo de las ayudas a empresas en quiebra. No se concibe que Griñán diga una semana que no se presenta, a la siguiente convoque primarias de paripé con una candidata in pectore y que en cuanto la candidata se convierte en heredera predilecta se le coloque el carguito de nada menos que presidenta del Gobierno andaluz, no mañana, que también podría ser, sino cuando acabe agosto, que es vacaciones como todo el mundo sabe. Este mesecito de vacaciones es el único disimulo que se ha podido permitir Griñán, al que la prisa lo come.

Particularmente en Andalucía, donde la espontaneidad se toma como arte, las espantás no se recriminan con demasiada dureza. Recuerden las de Curro Romero. O las de Camarón de la Isla. Iban con el nombre y el caché. Estos políticos del Sur han debido de contagiarse inconscientemente, pensando que les vamos a aplaudir, como si lo suyo fuera de veras lo que parece, un espectáculo, y no una responsabilidad tan seria y colectiva. 

Griñán se va a toda prisa 18 meses después de no ganar las elecciones pero sí de investirse presidente por obra y gracia de IU, que tenía más prisa -o más mono- aún por mandar. La apuesta del momento también es urgente: ¿quién llegará antes al objetivo final: Mercedes Alaya imputándolo como víctima propiciatoria en esa redada de altos cargos o José Antonio Griñán consiguiendo su pasaporte a la salvación haciéndose senador, por ejemplo? Todo dependerá de quién trabaje más en agosto, que para nosotros los currantes puede ser un mes de vacaciones pero para los mandamases que se precian es otro buen mes para disimular reptiles. Como cualquier otro. 

martes, 23 de julio de 2013

Un país de chiste

Es la conclusión más certera que nos ha deparado la Crisis desde que empezó hace ya no sé cuántos años, allá por la época en que los escayolistas y los de la ferralla dejaron de reunirse los viernes al mediodía para jugar a las cartas sobre el mostrador de cualquier bar con billetes de cincuenta euros mientras se ponían hasta arriba de cacharritos, como decían ellos. La conclusión más certera, digo, es que somos un país de chiste. Todo lo que ha ocurrido a partir de entonces podría complementar chistosamente el tópico del '¿Te imaginas que...?'. ¿Te imaginas que se cargan al único juez que con un par se enfrenta al franquismo? ¿Te imaginas que los niños dejan de utilizar las imprescindibles TIC en el cole y empiezan a recibir meriendas? ¿Te imaginas que se triplica el paro? ¿Te imaginas que el gobierno recorta miles de millones de euros en sanidad y educación mientras les da la misma cantidad a los bancos privados para resarcir sus malas prácticas? ¿Te imaginas que se descubre a las claras que el tesorero del PP de toda la vida es un mafioso que reparte manteca a diestro y siniestro financiándose ilícita, ilegal e inmoralmente? ¿Te imaginas que la infanta y su marido son imputados por pasarse de listos pero luego le sonríen maliciosamente al juez y aquí no pasa nada? ¿Te imaginas que el mismo rey, en la cresta de la crisis financiera, se va a Botswana para cazar elefantes y echar canitas al aire con su querida? ¿Te imaginas que la querida también maneja el cotarro con el listillo del yernazo? ¿Te imaginas que una jueza venida de otro mundo le mete mano al desfalco histórico del gobierno socialista de la Junta de Andalucía y empiezan a caer uno a uno mientras intentan cargarse a la jueza antes de que caiga el último? ¿Te imaginas que ese último se va a todo correr por si acaso? ¿Te imaginas que el Supremo no ve para tanto los delitos de Jaume Matas y le perdona sus diabluras? 

La lástima de este país es que nada de ello tenga que ser imaginado y por tanto nos ahorremos las carcajadas. 

Sólo en clave de humor, aunque sea de humor negro, terminamos entendiendo la realidad. Por eso los humoristas terminan siendo aquí los grandes sabios que nos dan lecciones, aunque sea a toro pasado. Aquí jamás triufaron de verdad la épica ni la fábula ni la novela. Aquí el único género respetable es el chiste. Por eso lamento no saber contar ninguno.

viernes, 12 de julio de 2013

Desencanto y moraleja

En las fábulas, esos relatos de animales civilizados que dejaron de estar de moda, uno se regodeaba en la moraleja a pesar de que muchas veces no estábamos de acuerdo. Como con los refranes, con tanta fama de verdaderos, a uno lo irritaban las moralejas injustas pero ciertas de esas fábulas que te contaban de niño con una sonrisa adelantada de verdad universalmente aceptada, aunque a ti no te gustara. Te gustara o no, el mundo era así. El mundo es así, a pesar de que no todos los zorros sean la mitad de astutos de lo que parecen o de que no todas las hormigas sean tan trabajadoras como se pintan. Cría fama y échate a dormir, decía otro de esos estúpidos pero certísimos refranes. 

El tiempo pasó y uno cometió el vicio, como con los libros, de empezar a mirar la vida por la presunta última página. Me temo que es producto de la impaciencia, del estrés, de tanta injusticia global acumulada. Me temo que es el resultado de la saturación de tanta canallada, de tanto mundo al revés, de tanto monta monta tanto de sinvergüenzas retorciéndole la mano noble al sentido común, a la justicia divina o a la honorabilidad de tantos inocentes hasta el gorro de inocentadas. Debe de ser el ansia de contemplar esa vuelta al orden la que nos provoca, supongo que no sólo a mí, husmear la moraleja allá donde esté si es que está en alguna parte. Uno ha oído decir, desde chico, que los malos terminan pagándolo, que nadie se va de este mundo de rositas, que el Señor lo ve todo, que los malvados se envenenan de su propio veneno. Pero uno tiene a veces la insufrible sensación de que son dichos, nada más, mientras el mundo continúa su giro absurdo y sempiterno sobre ese eje herrumbroso que en la escuela nos dijeron imaginario...

Dice Pérez Reverte que lleva un tiempo sin tele ni nada, desconectado, en off, para reciclarse. Esas costumbres anacoretas me han recordado siempre, paradójicamente, el consuelo que me supuso escuchar a mis profesores de la Facultad de Periodismo que a la actualidad nos enganchábamos rápido, que uno podía estar días sin leer periódicos y el día que lo hacía se ponía al día sin más. Me consoló escuchar aquello porque yo empecé a estudiar Periodismo sin la costumbre de leer periódicos y eso me producía un escozor en la conciencia que sólo aquella relatividad sacralizada por mis docentes pudo remediar. Con el tiempo, pude comprobar -como Pérez Reverte y como cualquiera- que es desgraciadamente verdad, es decir, que a la actualidad siempre puede uno engancharse porque la actualidad mantiene unos cuantos tópicos, esos que la hacen normalmente insoportable. 

Dicen que la juventud pasa de la política, de la actualidad, que está desencantada. Creo que también eso es un tópico que se ha dicho siempre, pero uno tiende a pensar en ese desencanto desde la perspectiva de que está justificado, porque nunca ha visto uno tantos partidos poderosos, podridos, preocupados mucho más por su supervivencia y porque les siga girando el paripé de su propio aparato alimenticio que por la solución real de los problemas reales de la gente real. Corruptos, aprovechados, cínicos y falsos aquí, allá y más allá. Cada cual contando la película como le viene mejor, para lavar la cara de sus propios cochinos y ensuciar lo máximo las de los cochinos de enfrente. Ese es el juego político, dicen los que entienden de política. 

Como uno no entiende de política, al menos de esta política difícil que es la que se escribe con minúscula, uno está siempre atado a la esperanza de la moraleja y al dolor del desencanto de los demás, mientras los pequeños pierden sus casas y sus cosas por la avaricia de los grandes y los más grandes aún hacen lo indecible para proteger a los suyos, preocupados porque alguna vez haya igualdad en nuestro mundo, derechos más allá de ciertos cuentos como nos contaron... A veces lo llaman estabilidad financiera. A veces, regulación de mercados o qué sé yo. Las palabras no sólo construyen moralejas inútiles. También son cómplices del desencanto.

martes, 9 de julio de 2013

La infoxicación, el whatsapp y otras guasas


Resulta extraño que, siendo como es la comunicación la condición humana por antonomasia, apenas cambiemos nosotros mientras que sí lo hacen, y a un ritmo vertiginoso, los mecanismos y los ritos comunicativos merced a estas tecnologías que hace unas décadas empezaron a llevar el epíteto de nuevas y cuyo grado de la novedad nos resulta mareante a estas alturas. También resulta extraño que se llamen tecnologías de la comunicación cuando su efecto secundario más extendido termina siendo, paradójicamente, la incomunicación, en un tenebroso bucle hacia el vaticinio de McLuhan de que el medio era el mensaje y, por tanto, de que no hay mensaje sin medio, es decir, que apenas tenemos nada que decir si no tenemos el aparatito. De ahí la sorpresa de nuestros jóvenes cuando les contamos que, antes, los ordenadores no tenían conexión a la red; o la sorpresa de los móvildependientes cuando se topan con alguien todavía libre de celular; o la muletilla exculpatoria de muchos de mis conocidos para avisarme de algo con eso de que como yo no tengo whatsapp... Como tú no tienes whatsapp... me dicen, en inacabada frase sonriente, como si no existieran las llamadas telefónicas, los correos electrónicos, los timbres, los aldabones, los intermediarios o los anacrónicos sms... Además, desde mi burladero de solitario sin whatsapp, llevo meses observando que el whatsapp no sólo genera conversaciones, sino risas automáticas, y no sus mensajes, sino el whatsapp mismo, es decir, el mecanismo; el medio. Hasta ahora, no he presenciado una sola conversación en la que quien se haya referido al whatsapp no haya acompañado la palabreja con una sonrisita detrás, con esa picardía tontona, cuasi escatológica, de niño cateto tapándose los dientes. Por la calle, o en un velador, o en la cola del médico o del supermercado, basta con que alguien pronuncie whatsapp -en cualquiera de sus guasonas modalidades fonéticas- para que venga la risita detrás. Incomprensible pero cierto. Observénlo y verán.


    La Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla prepara para el próximo otoño un congreso sobre otro de los palabros que amenazan con envolvernos en un trabalenguas de acrónimos tan estúpido como asfixiante: la infoxicación. Es cierto que estamos intoxicados de tanta información. Vivimos rodeados, aplastados por ella cada vez que miramos una de tantas pantallitas como nos hacen compañía en la soledad hipercomunicada de esta nueva era de la amistad en red, que no deja de ser una amistad virtual, o sea, un porrón de amigos en potencia de ser ciertos pero que no terminan de cuajar y con los que nos unen frasecitas crípticas que todos lanzan al aire de la red para gastar el tiempo de nuestra virtual y endémica aproximación que tampoco cuajará mientras medien los medios como barreras cursis de la incomunicación.

    Antes se hablaba de información -con saturación o sin ella- y todo el mundo entendía que nos referíamos a la información de los medios de comunicación de masas tradicionales, pero ahora no; porque ya la información la da cualquiera. Contrastada o no, es lo de menos. Y en la crisis de los medios, no sólo subyace una crisis del Periodismo, sino una crisis de la Comunicación. Tal vez el Periodismo se haya dejado arrastrar por ese vicio de dar mucha información sin preocuparse de mucho más, en absurda competencia con ese continuo e indiscriminado flujo informativo de las redes sociales que en rigor no tiene nada que ver con la información, sino con la plática o la cháchara a la que ya hacía alusión Umberto Eco hace unas décadas en referencia exclusiva al deporte. La cháchara deportiva es hoy también cháchara política, cháchara económica y cháchara social, porque todo el mundo opina de todo, dictamina, decreta, sentencia desde la atalaya de su muro virtual, por supuesto no asentado sobre piedra sino sobre el negocio ingente de varias compañías que facturan en miles de millones de cualquier divisa.

    Como también la crisis financiera ha empujado a muchos medios de comunicación tradicionales a prescindir del papel, la red se ha inundado de periódicos que intentan dar información y de plataformas de toda índole que también prometen darla, con lo que el usuario común, en ese desordenado ecosistema donde sobran significantes y faltan significados, adolece de un criterio que le ayude a discernir la información verdadera de la pura cháchara. Y ni siquiera los medios, distraídos con sus propias crisis internas, se han preocupado por establecer tales criterios. De modo que la nueva realidad -esa cosmosvisión de la virtualidad a través de las pantallas con calas en la realidad de siempre- no cuenta ya ni con una dimensión auténtica ni con unos mensajeros rigurosos que construyan un relato de la misma, sino que realidad y relatores se confunden en un maremágnum de datos, relevantes o no, que sólo pueden conducir a esa infoxicación que ahora, en un intento de aprehensión para comprenderla, protagoniza hasta congresos universitarios.

    Intoxicados de mensajes sin jerarquía racional ni emocional, el saturado ecosistema comunicativo nos inmuniza contra todo, incluso contra lo fundamental, que no advertimos. Nos pasa en las relaciones personales y en el conocimiento del mundo, porque el bombardeo de la intrascendencia no conoce pausas ni cambios de formato. Los twits, sin vocación poética -que podrían tenerla-, se transmutan en diálogo cotidiano solapado a sí mismo, igual que los asuntos públicos envejecen mucho antes en el periódico web, presionados por los nuevos.

    Hace 70 años, mientras el poeta Pedro Salinas se tomaba un respiro de la urbe en el Puerto Rico donde había de descansar para siempre pocos años después, reflexionaba en su "Defensa de la Carta" en estos términos: "¿Porque ustedes son capaces de imaginar un mundo sin cartas? ¿Sin buenas almas que escriban cartas, sin otras almas que las lean y las disfruten, sin esas otras almas terceras que las lleven de aquéllas a éstas, es decir, un mundo sin remitentes, sin destinatarios y sin carteros? ¿Un universo en el que todo se dijera a secas, en fórmulas abreviadas, de prisa y corriendo, sin arte y sin gracia?". La profecía de Salinas se ha cumplido, porque vivimos ya en un mundo que no concreta al remitente ni al destinatario ni al cartero y en el que, en cambio, se sacraliza al medio. Tal vez por eso, cuando aún había ordenadores gratis para todos los niños, algunos ignorantes pensaron que nuestros niños saltarían por encima del analfabetismo a través de la mágica digitalización. Pero todo fue un mito. También lo es la fiebre de la infoxicación, porque, al fin y al cabo, necesitamos enterarnos de unas cuantas cosas, decirnos unas cuantas cosas, que queremos vernos, que nos queremos, que nos duelen cosas. Poco más. Pero para todo ello no basta con la guasa del whatsapp.

  • Este artículo se publica también como tribuna en El Correo de Andalucía, en su edición del 8 de julio de 2013 -edición impresa del 9 de julio-.

jueves, 4 de julio de 2013

Experiencias del Aula

Ayer clausuramos en mi pueblo, Los Palacios y Villafranca, el primer curso del Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla, que en el estreno de este año ha contado con más de medio centenar de alumnos y un entusiasmo que, según dicen por ahí, supera todas las previsiones. La prueba más evidente no es la interminable lista de espera que crece para el curso siguiente, sino las estrellas de ilusión que rezumaban los ojos de quienes ayer recibían su Diploma en el salón de plenos del Ayuntamiento, de manos del alcalde, Juan Manuel Valle, y del conjunto de profesores que hemos tenido el privilegio de inaugurar esta experiencia de enseñar a quienes tienen mucho más que enseñarnos a nosotros, gente bregada en la vida que tendría para escribir varios libros y que, sin embargo, guarda un insólito y respetuoso silencio cuando se les va a contar lo que uno ha aprendido en esos sitios que la sociedad que a ellos les tocó les negó: la escuela, la universidad, los libros... 

Todo lo suplen con entusiasmo. Parece realmente milagroso cómo gente tan variada y, en ocasiones, tan alejada del mundo académico, es capaz de aprehender tantos conocimientos en tan poco tiempo, un curso en el que han tenido la oportunidad de relacionarse con la Historiografía general y local, la Enología, la Poesía, la Nutrición, la Economía o el Cine, entre otras materias. Y uno, que les impartió lo que pudo sobre algunos de los principales poetas andaluces del siglo pasado, comprobó no sólo las ganas de aprender de estos alumnos rejuvenecidos precisamente por su amor a la vida y por esa fórmula mágica que es el amor a aprender eternamente, sino su respeto por el conocimiento y por quienes han creado para disfrute de la humanidad aunque ellos no hubieran sido conscientes de todo ese esfuerzo hasta ahora. Justamente las ansias de aprender y el respeto por el conocimiento es lo que uno echa en falta tantas veces en las otras clases del academicisimo más reglado aún: las del instituto o la universidad, donde las clases masificadas rezuman a veces tanto hastío y rutina que a uno le entran ganas de gritarles a esos alumnos con todas las posibilidades regaladas que aprendan de esos otros alumnos cuya posibilidad, a veces última -teniendo en cuenta que hay personas con 80 años-, han tenido que trabajarse durante toda una vida. A uno le entran ganas muchas veces de preparar un encuentro entre la chiquillería del instituto y la respetable bancada del Aula de la Experiencia. Yo creo que de tal encuentro los jóvenes podrían llevarse la sorpresa de la atención de sus padres y abuelos y la mala conciencia de cómo ellos desaprovechan tanto conocimiento, y que ambas cosas nos servirían a todos para mejorar. 

Anoche, después de un acto solemne en el Ayuntamiento, nos fuimos a una placita del pueblo a tomarnos unas cervezas, en convivencia veraniega y distinta a la que ya hemos disfrutado a lo largo de tantas clases entre noviembre y junio. Yo alterné con todos, distribuidos lánguidamente en grupos de interés. Había quienes esperaban con ansias la reunión en la que van a formalizar la creación de una cooperativa, quienes planeaban una obra de teatro, quienes hacían cábalas para un corto, quienes imaginaban el curso que viene, en este verano sofocante no sólo por el calor sino por la falta de clases, que para muchos supone ya un mono insufrible, el mono del saber, que no ocupa lugar, como reza el refrán y recordó ayer el alcalde. 

Les dije adiós, sabiendo que era un hasta luego, y de camino a casa me reconfortó la idea de que el mundo y la vida merecen la pena, porque la sabia nueva que nos vivifica no sólo procede de los jóvenes, sino de quienes se sienten volutariamente jóvenes.

sábado, 15 de junio de 2013

Sin duda, el mejor tomate del mundo

En la tribuna que publicamos el 12 de junio en El Correo de Andalucía, fuimos prudentes. Superados los 2.662 kilos de fritá de tomate, la prudencia se ha evaporado, máxime al considerar que el tomate ha conseguido reafirmar nuestro símbolo local por antonomasia en un pueblo que fueron dos: la UNIÓN en Los Palacios y Villafranca.

http://blogs.elcorreoweb.es/tribunas/2013/06/11/posiblemente-el-mejor-tomate-del-mundo/


viernes, 14 de junio de 2013

Un Parnaso, el ocho, dedicado al símbolo

Ya son ocho veces -que no sé si el número encierra algún simbolismo o no- las que nos hemos reunido los amigos del Patio del Parnaso en torno a la fuente de la Casa de la Cultura de Los Palacios y Villafranca y en torno a algún concepto aglutinador donde todas las gentes rebosantes o ansiosas de Cultura puedan dar o recibir pan de balde, entiéndaseme metafóricamente, claro. El de anoche fue el Símbolo, que dio para mucho, incluso para fundirlo o confundirlo con las metáforas y otras retóricas del montón o para empezar cargando el ambiente con símbolos militares, gracias a la gracia de Victoriano Rosal, capitán de este navío. Es lo que tienen los signos, que cualquiera los administra y los pinta como le place. Menos mal que mi amigo José Manuel Begines Hormigo, que esta semana ha estado de moda gracias a su nuevo poemario, Mañana será nada (Devenir ediciones), nos explicó con esa facilidad para la didáctica que se gasta él las diferencias fundamentales entre metáfora y símbolo, y no lo hizo con alharacas teóricas para darnos el tostón, sino con la elegancia que suele: echando mano de su nutrido bagaje cultural para explicarnos los antecedentes del término simbolista, llevándonos de la mano por las aventuras literarias y mundanas de los poetas malditos que se conjuraron contra el Realismo y sus insoportables espejos y trasladándonos por arte de su magia a los caminos polvorientos de Machado, que siguen siendo caminos, y a los oníricos de la lorquiana Preciosa, cuya luna, a pesar del viento caliente, nunca fue más que una pandereta. 

De otros símbolos muy distintos nos habló Julio Mayo, que recurrió a su ingente archivo de imágenes pretéritas para enseñarnos, fundamentalmente, la potencia de los símbolos en la religiosidad popular, así como su indeleble huella a pesar de la jerarquía. Según Mayo, cuanto más se empecina el clero en cargarse la paraliturgia del pueblo -como los numeritos procesionales o los Judas-, más crece esta, como la mala yerba convertida en buena por arte del duende popular. Nos reímos con algunas de sus ocurrencias, pero también nos enteramos de muchas de las curiosidades que él rescata de aquí y de allá, en el espacio y en el tiempo. 

Cuando le tocó el turno al cantautor Manuel Núñez Amador, la noche ya se nos había echado encima, no sé si simbólicamente o no, porque las estrellas de este verano incipiente parecían necesarias en el contexto de su canción, que nos prologó él mismo recordándonos que la compuso la primera vez que vio el mar, a los 25 años. El mar se convirtió en símbolo de la noche a partir de entonces, a los sones de su guitarra con aires de rock y al compás de la marea que nos hizo más agradable la velada.

Luego le tocó el turno al biólogo Antonio Rodríguez Sierra, que se estrenaba a su pesar, según me echó en cara cariñosamente. No me pesaron sus palabras, ni a nadie, porque todos descubrimos muchas verdades detrás de su discurso duro y sin ambages, rompiendo tópicos y pasando a limpio muchos de los símbolos que la pseudociencia que a él le revienta ha pervertido en los últimos años. Nos habló de adjetivos como 'natural', 'ecológico', y empezamos a desmitificarlos. Yo creo que su naturalidad expositiva, aunque él no lo sepa, fue la que fomentó el debate que tuvimos casi al final, mientras Paco Benítez Acosta, que al comienzo nos deleitó con piezas de Bach, Mozart y Beethoven, esperaba para concluir con unas piezas de Satie y Einaudi que ya fueron el colofón mágico para una noche que dejó de ser simbólica para convertirse en real por suerte para los que tuvimos el privilegio elegido de disfrutarla. El piano de Paco es una gozada, aunque, como bromeábamos al salir con Florián Ramírez Luna -que asistió por primera vez-, no lo sería si no lo tocase él. 

El último interviniente de la noche fue José Arahal, compañero más joven de la Facultad de Comunicación reconvertido en coach por cosas del destino, de la crisis y de su mente inquieta. Arahal nos interpeló a todos con preguntas que despertaron nuestra curiosidad, con iconos elevados a símbolos de las marcas empresariales que hoy lo dominan absolutamente todo a través de pantallas como esta en la que yo escribo. La manzanita mordida de 'Apple' no sólo sirvió de ejemplo paradigmático de la eficiencia simbólica que buscan los grupos de las empresas globales sino que nos transportó a todos al terreno mítico de la pecadora Eva, como nos recordó Francisco Amador Moguer, que asistía ya por segunda vez y parecía embelesado con un debate que, como ha considerado Sandro Lay -otro enganchado al Patio-, no era nada pedante. 

Eso nos ha gustado, que los demás se sorprendan de que nuestro Patio del Parnaso, a pesar de su nombre cursi, no sea nada pedante. Nos ha gustado a Victoriano y a mí, que nos esforzamos sobre todo por congregar dos veces al año una porción de lo más granado de la inquietud cultural palaciega. A pesar de todo, hubo poca gente. No llegamos a 30, incluido el cámara de la Radio Televisión Los Palacios que tan diligentemente llegó a la medianoche haciendo de notaria de todo. Pero, como dijo Begines, así debatíamos mejor. En fin. Mientras escuchaba los últimos acordes del piano de Paco, cuando todos nos creíamos en otra dimensión, yo pensaba para mí: "Y todo esto, de balde". Luego, al amanecer, he pensado que nada es de balde, que todo, por fortuna, deja una huella en la vida. Tardaremos en olvidar la noche del Símbolo en el Parnaso.

viernes, 7 de junio de 2013

Muñoz Molina y yo

Desde hace años, siempre que veo o leo a Antonio Muñoz Molina pienso que, de mayor, me gustaría ser como él. Enseguida imagino que como cualquiera, que apunto demasiado alto y que claro que es un personaje envidiable -envidia sana-, admirable e imitable. Pero al momento caigo en la cuenta de que en este mundo emborronado en el que nos movemos quizás no demasiada gente quiera ser como Muñoz Molina; es más, pienso, a mi pesar, que tal vez no sea demasiada la gente que conoce a ese señor que se dedica a pensar y a escribir acerca de las realidades, la real y la imaginaria, a partes iguales, y que tal vez peque yo mismo de ingenuo cuando confundo a un novelista con un crack del fútbol, por ejemplo. En cualquier caso, yo sigo en mis trece y me he alegrado enormemente de que al autor ubetense le hayan concedido el premio Príncipe de Asturias. Es de justicia y de sentido común. Además, mantengo una extraña relación indirecta con él.

Resulta que mis dos mejores amigos en dos etapas diferentes de mi juventud, primero en el instituto y luego en la facultad, le han dedicado sendas tesis doctorales a Muñoz Molina. El primero es José Manuel Begines Hormigo, centrada en el estilo y los personajes novelescos del autor de El jinete polaco. El segundo es Manuel Ruiz Rico, centrada en sus artículos de juventud cuando tenía aquella sección en el Diario de Granada que transformó en libro homónimo llamada 'El Robinsón urbano'. Por lo tanto, mi amigo del instituto -que a la vuelta de 15 años ha vuelto a ser compañero de profesión docente en otro instituto del mismo pueblo- le dedicó los mejores años de su investigación a Muñoz Molina desde el punto de vista literario. Y mi mejor amigo de facultad -que a la vuelta de una década ha vuelto a Bruselas después de haber pasado por Etiopía y Panamá- le dedicó los mejores años de su investigación a Muñoz Molina desde el punto de vista periodístico. Y yo, que soy amigo de ambos -que apenas se conocen-, me sitúo entre ellos con la misma pasión que me sitúo entre la Literatura y el Periodismo. Curioso por lo menos. 

Pero es que allá por 1982, cuando Muñoz Molina era un funcionario del Ayuntamiento de Granada que se presentó en la redacción del Diario de Granada para ofrecer sus artículos y yo tenía la edad de mi hijo -3 añitos-, quien le abrió la puerta allá fue Antonio Ramos Espejo, director entonces de aquel periódico y muchos años después director de mi tesis doctoral, centrada en la faceta periodística del literato Joaquín Romero Murube.

Hoy decía en una entrevista que le hacían a Manuel Ruiz Rico en un periódico de Sevilla -aunque él estaba en Bruselas- que en Muñoz Molina la literatura y el periodismo y todas sus obsesiones sobre el hombre, el tiempo y la ciudad estaban en el mismo saco, que no se podían separar. 

Desde mi sofá silencioso en medio de la noche quieta, me he acordado de mi identificación con Lorencito Quesada y con tantos otros personajes de Muñoz Molina en toda esa proyección suya de hombre de pueblo que se enfrenta a los enigmas de la posmodernidad con el único arma de ser un hombre, nada más, y me alegro de que todas estas cosas redimidas al fin y al cabo por el poder esclarecedor y alucinante de la palabra no se puedan separar. Ni las palabras ni las personas, en efecto.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Romero Murube o la poesía como arma cargada de pasado

Puede parecer que no –por la promoción positivista con que han contado en los últimos tiempos las ciencias exactas–, pero la Literatura y las ciencias de la palabra en general no es que nos sirvan en el mundo, sino que conforman nuestro mundo. Como nos enseñó el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein, “los límites de mi pensamiento son los límites de mi lenguaje”, que es una forma sintética de reconocer que nuestro mundo será tan ancho como nos permitan nuestras palabras. Y por eso la Literatura nos ayuda a ensanchar la vida, porque nos crea otras vidas posibles, no sólo en el espacio imaginario, sino en la línea del tiempo real que va desde el pasado sobre el que nos impulsamos hasta el futuro sobre el que nos proyectamos.

En la segunda parte del siglo XX español, o sea, tras la guerra civil –o incivil, que decía Unamuno–, surgieron, comprensiblemente, poetas obsesionados con el futuro, pues la oscuridad de un régimen que se enrocaba sobre sí mismo para privarnos de luz y esperanza justificaron voces como la del vasco de Hernani (Guipúzcoa) Gabriel Celaya, el seudónimo de un hombre llamado Rafael Múgica que nos descubrió aquello de que la poesía “es un arma cargada de futuro”. Pero también surgieron poetas obsesionados con el pasado, en buena medida por la misma razón, como el sevillano de Los Palacios Joaquín Romero Murube –qué extremos aparentes al norte y al sur–, al que tacharon injustamente de franquista pese a demostrar durante las tres décadas y media en que fue Conservador del Real Alcázar de Sevilla que era un alma libre muy por encima del tiempo vulgar en que le tocó sobrevivir.

“La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un instrumento para transformar el mundo”. La frase es de Celaya, pero también la hubiera suscrito Murube, pues ninguno se evadió en la torre de marfil con la que acaso soñaron en sus juventudes vanguardistas, sino que se implicaron personalmente en la mejora de su presente porque, como decía José Bergamín, tenían “sentido periodístico”. Otra cosa es que uno pensara que los resortes para ese perfeccionamiento estaban por inventarse y que otro creyera que ya estaban inventados. El caso es que, por motivaciones y motivos diversos, ningún poeta comprometido del mediosiglo dio por bueno el presente que le tocó, y ese común denominador parece hoy un buen criterio para ponerlos en valor.

Romero Murube no fue el cantor de una Sevilla tópica y de pandereta que construyeron madrileños y franceses casi un siglo antes de que él comenzase a escribir, sino el pensador de una Sevilla eterna cuya eternidad sólo los ignorantes tomaron por cursi. La eternidad en el sentido murubiano tenía mucho más que ver con la puesta en valor del perenne acervo cultural en el sentido pleno que con el rancio inmovilismo, aunque, muerto el poeta sorpresivamente la noche del 15 de noviembre de 1969, sólo unos pocos llegaron a entenderlo.

Tan sólo 34 días antes, Joaquín había protagonizado su último acto público al ofrecer el Pregón de la Romería de Valme en Dos Hermanas, un acto del que, misteriosamente, ni siquiera quedaron fotos para la posteridad. Por no quedar, no quedó ni el propio texto del Pregón, pues el poeta llevaba unos cuantos folios manuscritos que no fueron a parar a imprenta alguna. El nebuloso recuerdo de sus palabras aumentó la leyenda de su discurso para un acto piadoso que se había recuperado el año anterior y que a la hermandad, decidida a que fuera Romero Murube su pregonero, le había costado varias visitas y sendas negativas hasta conseguir su compromiso. Y ha sido ahora, casi 44 años después, cuando tres nazarenos perseverantes –el historiador Hugo Santos Gil, el profesor de Literatura Rafael M. López Márquez y el profesor de Filosofía Álvaro Cueli Caro– no sólo han encontrado aquellos folios manuscritos del pregón –apaisados, como escribía Joaquín– en poder de la familia, sino que los han publicado en el seno de un libro soberbio que analiza con pasión y rigor la tradición literaria de Valme hasta llegar a Romero Murube, el contenido del propio pregón y cuatro poemas previos dedicados a la Virgen y las derivaciones filosóficas que se infieren de él, con un título que es a la sazón un verso de Joaquín –“A la brisa de lo eterno”– y un subtítulo que no es tan pretencioso como concluyente: “El testamento literario de Joaquín Romero Murube”.

Como sostienen los autores, en esos últimos poemas y en ese último pregón –también dio el de la Semana Santa sevillana en 1944–, el autor de Los cielos que perdimos concentra todas sus preocupaciones existenciales, desde la soledad hasta la muerte, pero, sobre todo, demuestra cómo un poeta es también un descubridor de cosas útiles para la vida de un pueblo que necesita imperiosamente de esa visión ensanchadora de la realidad –no sólo hacia el futuro, también hacia el pasado– que sólo los poetas demuestran a veces. En el caso de la Dos Hermanas posconciliar, el escritor de periódicos que era Romero Murube fue a contarles que su Virgen era la Virgen total, pues Valme no sólo es una oración en sí misma, una llamada al valimiento que hizo Fernando III el Santo al conquistar estas tierras en pleno siglo XIII y que todo nazareno o ser humano podía seguir reclamando, sino la síntesis semántica de todas las demás advocaciones: “Refugio, Esperanza, Caridad, Misericordia…”. Fue a contarles, en suma, que aquella Romería en “una carreta como altar” no estaba pasada de moda ni podía sustentarse en el jolgorio colorista que los críticos de entonces –los mismos que despreciaban las cofradías– se empeñaban en focalizar exclusivamente, sino que debían sentirse orgullosos de que los hombres de campo, en permanente contacto con el gran misterio de la creación y del cosmos, podían conectar por ende con Dios, o sea, con lo infinito, a través de la sencillez de su Madre, que era la misma sencillez sintética con que los humanos le pedían: ¡Valme!. Y por eso una estrofa tan descriptiva de una Virgen en una Romería podía convertirse en acto de fe y en veraz construcción del sentido existencial intuido: “Antigua y joven, sentada / a la brisa de lo eterno. / Eres esperanza cierta / en atardecer incierto”. No era sólo el atardecer de su vida, apagada por cierto un mes después, sino el atardecer de una época que quiso romper de súbito con un presente que a nadie le gustaba. Sólo un poeta, con su palabra creadora y útil, podía clarificarles que lo eterno deriva de un tiempo que ni empieza ni acaba nunca, y que sólo el misterio del horizonte hacia cualquier punto cardinal es nuestro asidero para no morir del todo, todavía.

  • Este artículo apareció como Tribuna en la edición del martes 21 de mayo de 2013 de El Correo de Andalucía http://blogs.elcorreoweb.es/tribunas/2013/05/21/romero-murube-o-la-poesia-como-arma-cargada-de-pasado/