viernes, 11 de julio de 2014

Una armónica

En noches como esta de anoche, con su calorcita sin complejos mecida por la marea, se me han venido a la memoria aquellas otras noches de hace casi treinta años ya en que mis papás remataban la charla en casa de mi abuela, en la calle El Duro, mientras nosotros los niños jugábamos sin descanso y sin organización en la ancha acera frente a la Casa de las Persianas, que se llevaba un par de horas para cerrar del todo. De aquellas noches en que yo decía que tenía una novia -una chica de por allí enfrente- por jugar, recuerdo sobre todo el instante en que nuestras bruscas carreras se acompasaban y terminaban sujetándose cuando pasaba por allí un tipo de un encanto entre surrealista y hippie, con botas estrafalarias, un pañuelo como palestino, una gorra marinera, una camiseta como de revolucionario pacifista... Los niños nos quedábamos embelesados, mirándolo, y escuchándolo extasiados cuando hablaba en su medio francés borracho y su medio portugués melancólico. Entendíamos poco, pero sonreíamos. Esperábamos impacientes a que sacara su armónica bestial con la que entonaba "Pajaritos por aquí / pajaritos por allá...". La melodía hubiera invitado en otro contexto a bailar divertidos, pero los niños de la calle El Duro nos quedábamos quietos, atentísimos y soñolientos oyendo aquella cancioncita que en la armónica de aquel hombre nos ponía tristes y nos hacía mayores... Unas veces venía más borracho que otras. Pero siempre se paraba, aunque fuera un momento. Él observaba su audiencia, y en función de ella preparaba su repertorio. Nuestros padres no nos decían que no nos acercáramos, pero nosotros lo sabíamos, y manteníamos una prudente distancia frente a aquel hombre que yo siempre veía solo por las calles de mi pueblo, incluso cuando algunos años después lo contemplaba yo donde él tenía su última parada y fonda: en la esquina de Juanito Arriero.  

El juego reposaba ya más talentoso, como querían los mayores, cuando se marchaba aquel tipo. Y a nosotros, bajo las estrellas veraniegas de aquellos estíos inolvidables, nos resonaba ya su armónica hasta la hora de dormir. 

Muchos años después, cuando yo trabajaba en Sanlúcar, supe que se había muerto; que lo habían recogido en casa unos santos excepcionales que se llaman Antonio Vidal y su mujer María del Carmen Testal; que el Ayuntamiento le había pagado el ataúd; que lo había retratado Pepe Perea...

Recuerdo que, desde Sanlúcar, en la distancia temporal y espacial, guardé un minuto de silencio cuando me enteré de su muerte. Hoy, tantos años después otra vez, mantengo su imagen intacta, su pequeña cabeza romana de canas lacias, sus ojos azules y extraviados, su estampa de bohemio libérrimo y desgraciado sin que yo supiera por qué... Ahora me llama la atención que se colocara en medio de la calle a interpretar su número sin que molestara a los coches, porque apenas pasaban... Cuando venía alguno, raramente, él hacía un movimiento belmontiano con la cintura y nada más. Lo llamaban Pedrote. 

viernes, 27 de junio de 2014

Descanse en paz Paco el Cura

Me ha sorprendido y alegrado una foto que coloca en facebook hoy la amiga Carmen Begines, de cuando la casó don Francisco García García, más conocido por todos en Los Palacios y Villafranca como 'Paco el Cura'. Y por la nostalgia me he zambullido en papeles viejos para rescatar una antigua Espadaña -el boletín de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús donde llevo escribiendo 15 años, que se dice pronto...- en la que escribí mi particular necrológica cuando el cura con el que pasé mi infancia se marchó para siempre. He querido rescatarla aquí porque, a estas alturas, peligra más un papel en el fondo de un cajón que un texto perdido por la red de redes. El artículo se publicó en la Espadaña del 2 de junio de 2002. 

DESCANSE EN PAZ

Cuando yo lo conocí tenía 48 años y un cientoveintisiete blanco, fumaba dos paquetes diarios de Chesterfield y desprendía casi el mismo buen humor incomprendido que ha conservado hasta el último día. Era un cura de soledades sonoras que pasaba muchas siestas tamborileando con los dedos en alguna banca de la sacristía o del mismo templo. Rezaba rosarios sin que nadie lo viera y disfrutaba de las cervezas y los choricitos al infierno de Currela a vista de todos. Lo que más admiré de él fue su desapego voluntario de las solemnidades vacías y su casta resignación a las críticas fáciles de quienes se sorprendían de su poca gracia aparente en la boda de una vecina o en la Misa del Gallo. Ahora recuerdo con una lucidez milagrosa la tarde veraniega en la que esperábamos la avalancha de bautizos... Por aquella época recibían el agua bendita quince o veinte niños cada sábado y él me confesó que su sueño de siempre había sido irse de misionero al Tercer Mundo. Desde esta distancia extraña de la memoria me resulta cuando menos curioso que me revelase aquella espinita de su corazón precisamente a mí, que había recibido meses antes la Primera Comunión. Y me entristece deducir que su salud insegura no le permitió cumplir con su verdadera vocación, aunque al menos le regaló el cientoveintisiete a su sobrino jiennense en cuanto éste se ordenó sacerdote y necesitó un vehículo para transportar camillas de enfermos por alguna selva mágica y terrible de Nueva Guinea. Más tarde se dejó ver con un Ibiza de segunda mano.
Paco el Cura, que para mí fue siempre don Francisco, quizás porque llegué a la Iglesia como un instruso tierno y ávido de otros mundos posibles y me marcó su imagen institucional antes que la personal, tenía una enigmática capacidad para comprender al otro, probablemente con la misma intensidad con la que él mismo fue siempre un incomprendido. Sospecho que su facilidad fraterna le había sido concedida por el mismísimo Dios a la vez que su convicción mil veces predicada de que el hombre por sí mismo no podía alcanzar la santidad, por lo que en el fondo se sentía eternamente pecador y eternamente rogador al Altísimo. Le encantaba citar a San Agustín con aquello de "Señor, nos hiciste para Ti" o a Santa Teresa, con aquel bellísimo semitrabalengua que decía: "Al final, quien se salva, sabe; y quien no, no sabe nada". Estoy seguro de que ahora su corazón ha reposado tranquilo en Jesucristo porque, al final, ha sabido y se ha salvado. Junto a él pasé algunos de los momentos más instructivos de mi infancia y adolescencia. Lo único que lamento es no haberlo abrazado fuerte antes de que cambiara de morada. Pese a las enfermedades, uno nunca espera que a los hombres buenos los llame Dios tan de repente. Descanse en paz. 

ÁLVARO ROMERO BERNAL

sábado, 14 de junio de 2014

Un X Parnaso con buen sonido y mejor pinta


El jueves pasado tuvo lugar nuestro X Patio del Parnaso. Diez se dice pronto, pero muy pocos de los que participamos en esta aventura cultural apostábamos hace tres años a que íbamos a persistir tanto tiempo después en estas reuniones porque sí sin más organización ni jerarquía que la nos ofrecen las redes sociales, el boca a boca y la curiosidad infinita de unos pocos convencidos precisamente de que las gestas culturales funcionan mejor sin estatutos ni presidentes ni tesoreros que diluciden sobre la última subvención. De eso está ya más que convencido Victoriano Rosal, el patriarca de estos encuentros que también esta vez rompió el silencio del patio saludando cual senador romano e invitó de nuevo al silencio para guardar memoria por el último fallecido en la N-IV, un padre de familia que venía de trabajar. Estuvo bien que los congregados en torno a la Cultura tuviéramos el arrojo suficiente de acordarnos también de las injusticias sociopolíticas con los pies bien asentados en la nueva solería de nuestro particular ágora bautizado con el nombre de un monte tan divino. Yo eché en falta la fuente, tal vez porque con chorro de agua o sin él me ha parecido siempre un trazo machadiano que el Patio merecía. Pero valoré, públicamente, el que el Ayuntamiento se haya encargado de mejorar sus instalaciones no sólo techándolo con una montera enorme, con lo cual podremos usarlo incluso en la edición invernal llueva o truene, sino también permitiendo la placa con el nombre que nos hizo nuestro amigo Eduardo Ponce, quitando los feísimos aparatos de aire acondicionado que deslucían tan bello lugar e incluso prometiendo una biblioteca de autores locales en una vitrina que terminará de engalanar el patio en torno al Saber. Lo que todo el mundo echó de menos fue un aire acondicionado que nos refrescara en una tarde que parecía ya de las peores de julio. Pero no todo se puede tener, dije yo, no sólo porque incluso en las casas propias hay que ir poco a poco con la inversión, sino porque la tarde se fue haciendo más llevadera con los soplos de aire fresco de los participantes y porque me dio no sé qué el ver a mi amigo y concejal Jesús Condán tan pendiente allí de todo... lo cual no es tan habitual en un concejal, y eso hay que valorarlo, lo mismo que la santa paciencia del conserje Antonio o del cámara de la televisión municipal, en esta ocasión, Manuel Amuedo, con esta panda de insaciables que somos los parnasianos.


El lema que se nos ocurrió para esta última noche fue 'Músicas pintadas. Ritmos en el lienzo'. No recuerdo por qué exactamente, pero como entusiasmé a mi amigo y pianista de cabecera del Parnaso Francisco Benítez Acosta, que ya ha demostrado ser un intelectual capaz de organizar cualquier orquesta cultural que se le ponga a tiro, pues persistí en la misma apuesta interdisciplinar en la que cabían tantos artistas como quisieran participar. El piano de Paco, con piezas de Bartók, Satie y Scriabin adobadas con su propio talento e inventiva, alucinó como siempre a los presentes, que fueron muchísimos, aunque esta vez más si cabe -me refiero a su poder alucinatorio- gracias a su objetivo de hacer evidentísima la relación impresionista entre las pinceladas cromáticas con los sonidos individualizados de su instrumento. 

Insistió en la misma idea, con lo cual acrecentó la razón de ser de la noche, mi amigo Antonio Repiso, que con otras compañeras del Aula de la Experiencia donde tengo la suerte de dar clases de Literatura, Ana Romero, María Sánchez y Josefina Moguer, interpretó una alegórica discusión entre Poesía, Música y Pintura, disciplinas que encarnaron cada una de nuestras amigas y que parecieron incardinarse en el cuadro que Repiso expuso en medio del patio, una especie de hombre de Vitruvio luminoso e iluminado con miles de pinceladas multicolores que se expandían desde su blanco vientre hacia los confines de ese mismo cuadro que servirá de portada a Su-Real-Ismo, un poemario suyo que tengo en casa desde hace meses con la promesa, aún incumplida, de revisar. 


Magistral como suele estuvo nuestro amigo Manolo González el Rapsoda, que tuvo el buen gusto de asistir con un oportunísimo poema del libro 'A la pintura' de Rafael Alberti a flor de boca. Lo declamó gustando y gustándose conforme avanzaba por los vericuetos de esos versos cromáticos que la nunca abandonada vanguardia del poeta de El Puerto inyectó en aquella obra que tan bien resumía su doble carácter de pintor flamenco mediante la palabra o la paleta. 

Nos acompañó en la noche otro Manuel González, de nombre artístico El Niño de la Cantarería, a quien yo había conocido tan sólo unas semanas antes en la peña El Pozo de las Penas y fiché inmediatamente para nuestro Patio. Su garganta tan de Vallejo o Juanito Valderrama y su pinta de chico cachas salido de un gimnasio alucinaron más todavía al público, sobre todo al neófito en el Patio, que descubría con el mismo cantaor que también con el cante por fandangos se puede pintar, se pueden hacer versos y se puede conducir uno por los caminos musicales del ensueño. Este palaciego del Pozo el Plaíllo tiene un futuro serio en el Flamenco. Ya lo verán. Igualmente genial estuvo el maestro de la guitarra El Niño del Fraile, de nombre José Manuel Ramírez Porfirio, quien tuvo la gentileza de acompañar con su sonanta a un joven cantaor al que casi nadie conocía, salvo su gente que aterrizó con él en la Casa de la Cultura (¡eso sí que fue una conquista!), a pesar de haberlo avisado con poquísimo tiempo y haber tenido que suspender unas clases para venir. Eso se llama caballerosidad, de la que queda poca. Al Niño del Fraile lo entrevisté yo hace más de una década en un programa que hacía en la radio de mi pueblo con el nombre de Papel Flamenco, pero no creo que él se acuerde. Ni casi nadie. No tuve oportunidad de recordárselo luego, porque no se quedó con El Niño de la Cantarería y otros cabales a la luz de la luna en la puerta de Miguel de Rosa para degustar unos boquerones del día hablando de lo humano y lo divino. Otras oportunidades habrá.


La noche se hizo más flamenca aún gracias a las instantáneas que nos enseñó nuestro amigo y colega el gran fotógrafo Francisco Amador Domínguez, uno de esos raros ejemplares de jovencito todoterreno que lo mismo escribe una crónica mejor que la mía que hace un reportaje de boda para inmortalizarle el día más feliz de su vida a una pareja de aquí o del otro lado de España, que se desvela la noche anterior para seleccionar las imágenes más mágicas que ha ido capturando en los festivales de la zona. Nos dejó boquiabiertos no sólo con las estampas de José Mercé como un Cristo abrazando la oscuridad, de Marina Heredia en comunión con los astros o de Itoly sacándose el duende de las entrañas, sino también con su semiótica precisa de retratador que sabe lo que retrata.

Su amigo y vecino José Miguel Algarín Guisado, ya parnasiano por derecho propio, nos volvió a ilustrar con su ingenio supremo sobre cómo las matemáticas tienen una vela en todos los bautizos, también en el de la música, ya que seis siglos antes de Cristo habían conseguido los pitagóricos formular unas notas que hoy seguimos conociendo del DO al SÍ en base al sonido armónico y periódico de unas cuerdas vibradas con unas longitudes y no otras. Algarín Guisado es uno de los mejores físicos de España, ha cosechado premios impensables en chavales de 27 años como él y ya es Hijo Predilecto de Los Palacios. Que también sea un parnasiano capaz de llegar con su mochila y su portátil y facilitarnos la exposición a los demás no tiene precio.


Como tampoco lo tiene que Sergio Román, músico, cineasta y polemista simpar por la red o por la calle, nos regalara un repaso por las secuencias más inolvidables del cine haciendo hincapié en sus bandas sonoras más impactantes y en sus leit motiv más hechizantes. Aunque suene a tópico, me quedo con Desayuno con diamantes. Rocío Mayo las interpretó todas con su clarinete de música disciplinada y amansadora de fieras en una noche en la que se nos terminaban las prisas, también a los padres de Sergio, que salieron de allí anchos como suelen salir los papás de un niño que abarca tanto.


                Por allí estuvieron, silentes y agradecidos, otros amigos que esta vez no intervinieron pero que sienten el Parnaso como una debilidad irrenunciable, como mi compadre y compañero José Manuel Begines, que llevó a su cuñada Noelia Dorado; María Dolores Cecilia Amuedo, que acompañada de su marido, Juan Bernal, me sirvió para ejemplificarles a los demás que aquella reunión nuestra no era un foco de pedantes, sino una quedada de gente comprometida, como ella había descubierto para su bien y el nuestro la primera vez que asistió; los jóvenes de la política local José Manuel Triguero Begines, Florián Ramírez Luna, Jesús Jurado o Sandro Lay, aunque me hubiera gustado ver a muchos más. Creo que se fueron con un excelente sabor de boca, lo cual me llena de satisfacción, como suelen decir sus jefes… Me encantó la presencia de Antonio Rodríguez Sierra y su mujer, Soledad Cruzado, y hasta su niña, un ángel rubito que nos vivificó a todos... También asistieron gentes de la Cultura sotovoce como Margallo, Antonio Maestre, Manuel Murube o Eladio Domínguez… Igualmente, amigos de las redes sociales que seguro repetirán, como Carmen Begines –a la que no volveré a llamar Conchi- o Inés Porras… Y, por supuesto, nuestro querido amigo Juan García Bodi, presidente de El Pozo de las Penas… 

Ahora nos da pánico el compromiso de que el próximo Parnaso tiene que ser mejor todavía. Las musas nos ayudarán. Para algo están, ¿no?

domingo, 11 de mayo de 2014

¿Quién quiere un diccionario?

La estampa ha sido real como la vida misma, como ir al supermercado y sentir latir el mundo de veras entre las estanterías y entre tanta gente como ha vuelto a recuperar aquella costumbre de manosear la lista de la compra, en un papelito hartamente meditado. Una mujer de rasgos inconfundiblemente gitanos se acerca donde los zumos. Agudiza la vista, inútilmente, y acerca a su niño, de apenas siete años. "Cuánto vale", le pregunta, inquieta... "Pone 63 céntimos", le contesta el pequeño, señalando con su dedo el cero, la coma, el seis y el tres. Los observo de soslayo -sus ropas demasiado usadas, sus cabellos grasientos, sus sonrisas cómplices ante el descubrimiento- y sonrío para mí mientras me alejo, con un poso de tristeza y esperanza mezcladas en la nostalgia de mis antepasados también analfabetos, de mi padre enorgulleciéndose al repetir que el mayor capital que se le podía dejar a un hijo era una carrera, de mi madre alertada cuando me oyó leer fatal La cabaña del tío Tom -tenía yo la edad de este niño- y me impuso la disciplina de leer como una ventana con lente al futuro... hasta que me aficioné a pasear por el diccionario como quien lo hace por un paseo marítimo a la caída de la tarde. 

    Conforme avanzo por otra calle del súper -los precios por las nubes, la música embriagadora, como de otro mundo-, se me queda grabada la estampa de ese niño al que le han enseñado ya más de lo que sabe su mamá en una de nuestras denostadas escuelas públicas. Y me convenzo de que sólo por eso merece la pena la educación pública con todos sus fallos, que son tantos. Y pienso, inevitablemente, en las elecciones europeas a la vuelta de la esquina, en el sueño de un mundo igualitario, en el reto de conseguir una sociedad donde a nadie le dé miedo mirar a los ojos a nadie. Y veo la sonrisa del niño y sus 63 céntimos en las lechugas iluminadas, en la sección de congelados, en el gesto de la cajera ofreciéndome una bolsa... preocupada tal vez por mi embobamiento contumaz. 

    Al salir me bombardea la realidad selvática: el tráfico salvaje, las noticias esperpénticas, el triunfo de lo chabacano. Y no puedo olvidar el dedito lector del niño, la mirada constreñida de una madre cuya única oportunidad seguramente se le estaba ofreciendo ahora, en la carne de su carne, que mira con los ojos de sus ojos y sabe milagrosamente lo que pone aquí y allá, como si el mundo, de súbito, se desplegara en infinitas posibilidades hasta ahora pintadas de negro. 

    En la radio oigo el escándalo del conservatorio Manuel Castillo de Sevilla. Y no puedo evitar fruncir el ceño imaginando al Premio Nacional de la Música e Hijo Predilecto de Andalucía si levantara la cabeza. Vivimos en una tierra donde nunca multarán a un tipo por arrancar ruidosamente su moto mientras paso con mi bebé que sueña... donde nunca sancionarán a tanto gilipollas cohetero porque gana un equipo al que no le une más que su propia bobería... donde a nadie se le ocurre criticar tanto palmoteo y tanta trompetería... Y donde (¡ay, qué vergüenza!) se persigue a los conservatorios y a las pianistas por hacer "ruido". Vivimos en un país que no usa diccionario, seguramente porque aquí nuestro mayor pecado es la soberbia de prostituir los significados. Tal vez por eso un día amanecemos sordos y otros, ciegos. Tanto da.

martes, 29 de abril de 2014

Un mundo tan raro

El mundo es raro. Quizás lo esté pensando después de que mi hijo, descubridor con cuatro años más allá de lo debido, me insista en preguntar cómo suben las personas al Cielo. Le salgo por la tangente, pero el niño es listo, me imagino que un poco como todos estos niños nuevos de la nueva era no ya del homo sapiens sino del homo videns y, más allá, del homo minividens, o del minihomo-minividens que ya no sale con un pan bajo el brazo sino con una pantallita sobre la que ejerce esa competencia digital que nos asombra tanto a quienes le hemos enseñado a coger la cuchara pero no su dedito táctil sobre el mundo a golpe de clic. Me dice el niño que los seres humanos no pueden volar. Y se me queda mirando, como interrogándome con la inquebrantable evidencia de que acabo de explicarle una gilipollez. Agradezco que se duerma y que no me acorrale contra un futuro que no deseo llegue jamás. Tengo fe en el hoy es siempre todavía de Antonio Machado, y cuando me flaquea, les miro los ojos a estos pequeños donde soy incapaz de vislumbrar el final en ese eterno pasillo que me ofrecen sus miradas limpias, conmigo en primer plano... 

El mundo es raro y no es por mi hijo ni por sus preguntas. Tal vez porque hay días en que uno descubre que algo se ha quebrado, que algo se tuerce indefectiblemente, aunque a uno le baile la inseguridad dulzona de si para bien o para mal. Quién sabe. Son ciertas, ahora lo sabemos defintivamente, aquellas afirmaciones de nuestros abuelos: nada nuevo bajo el sol; el muerto al hoyo y el vivo al bollo; en todas las partes del mundo hay lo mismo: gente que quiere pan; el harto nunca se acuerda del desmayado... Pero tal vez en las intercesiones entre unas y otras quede una rendija para la esperanza, aunque sea muy estrecha, muy improbable, muy anecdótica, escasamente representativa del pesado presente como plomo... 

Pienso que el mundo es raro cuando contemplo, desinformado, cómo unas guerras suceden a otras, y los telediarios siguen masticando carne de verdad, tan lejana y tan inocua; cuando compruebo que papas dispares suben a los altares, con esta innovadora dosis de realismo humano que sobrevuela a una Iglesia volcada en la nueva didáctica imprescindible para generaciones como las de mi niño... a las que no les vale ya el cuento de Adán y Eva y otros cuentos, y por eso se ha depurado con un papa con cara de tío abuelo cultísimo pero cachondo, con los pies en el suelo que pisa, sin misticismos, heredero de la afirmación, teológica ya, de que el infierno no existe, tal vez el cielo tampoco, ni el demonio, quién sabe si los ángeles y los arcángeles, quién puede afirmar que Dios más allá del Espíritu Santo... en la santidad de que somos capaces, nosotros, carne de nuestra propia carne. 

El mundo es raro, sí. Lo compruebo al oír al fiscal general del Estado denunciar, tantos años después, lo que denuncia la gente en los bares, las madres en las puertas de los colegios, mis abuelos antes de morir... lo que el pueblo ha dicho siempre aun a riesgo de ser tachado de ignorante o impaciente, a saber: que una justicia lenta y trucada para los poderosos ni es justicia ni nada. Pacheco lo dijo mejor.

El mundo es tan raro como circular. Hoy me dicen gentes poderosas en su momento que el futuro de España no está, no existe, que todos tendremos que volver al campo. Que el locus amoenus puede ser cierto, a nuestra manera, con muy pocos euros y muchísima imaginación solidaria. Otros poderosos, arrepentidos, sospecho que de boquilla solo, también entonan el mea culpa con la condición de seguir siendo el sujeto de sus oraciones, borrachos de vuelta, ahítos de protagonismo rancio y desequilibrante... mareados en la contrición general que, por colectiva e insulsa, nunca puede ser personal y sí, o sea, inútil. 

El mundo es raro. Probablemente siempre lo ha sido y yo me doy cuenta ahora. No somos nadie. Mamá siempre tiene razón. 

viernes, 18 de abril de 2014

Yo también me hice escritor por Gabo

Supongo que serán miles los escritorzuelos como yo que se tiraron a la piscina vacía de la literatura irremediable después de leer a Gabriel García Márquez. Gabo, como lo conocen quienes lo conocen de verdad, entró en mi vida gracias a un reportaje editado en libro que me prestó mi prima Aurelia titulado 'Relato de un náufrago', el cuento del marinero con cara de trompetero Luis Alejandro Velasco que sobrevivió durante diez días y diez noches a la deriva por el mar Caribe y que a mí me atrapó para siempre en las vicisitudes de su realismo hambriento frente a la puntualidad de los tiburones a las cinco y aquella tortuga amarilla que el náufrago vio en las entretelas de sus espejismos después de haber descuartizado para nada a aquella gaviota  pequeñita que a los lectores del Premio Nobel colombiano no se nos ha olvidado jamás. Era un verano de principios de los 90 y yo llevaba a mi hermana al poli para que aprendiese a nadar. Yo leía en un poyete alejado de la piscina. Recuerdo como si no hiciera más de 20 años aquellas pocas horas en que leí el Relato sintiendo la misma sed creciente y la misma desesperación de Luis Alejandro Velasco viendo ahogarse a sus compañeros mientras él agarraba su balsa. Luego, como profesor, he obligado varias veces a mis alumnos a leerlo, y reconozco que hay párrafos que me palpitan literales en mi memoria porque se me quedaron grabados de la primera vez, como aquel tiempo desproporcionadamente largo que al náufrago le parecía una hora tras la que volverían a aparecer los aviones por el horizonte para rescatarlo, o aquella obsesión que le quedó por no haber remado para donde le decía, llamándolo gordo, su campañero marinero Luis Rengifo...

Al poco tiempo, creo que acabado aquel verano del 93 -no estoy seguro-, me compré la que sigue siendo mi novela de cabecera en el puesto de Gerardo León, curiosamente muerto hace unas cuantas semanas, en el mismo año de Gabo: Cien años de soledad. Jamás he vuelto a leer un libro que me atrapase tanto como aquel editado por RBA Editores que me costó 250 pesetas en oferta de lanzamiento. Recuerdo empezarlo en mi cocina, y volverlo a comenzar una y otra vez porque me dejó alucinado aquel primer capítulo en que el coronel Aureliano Buendía descubre el hielo gracias a que su padre lo lleva a la carpa del gitano Melquíades y, en un rapto de magia narrativa, se cuenta cómo José Arcadio Buendía había perdido el juicio con los inventos que aquel gitano montaraz con manos de gorrión había traído a Macondo antes de que el patriarca de los Buendía acabara atado a un castaño en la soledad obsesiva de sus últimos días, mucho antes de que su mujer, Úrsula Iguarán, terminara escondida en los armarios por sus propios nietos, como un juguete a la deriva de su propia descendencia de nombres repetidos para ofuscación placentera del lector que ya nunca olvidará a Petra Cotes, a la Elefanta, a Remedios la Bella o incluso al pirata Francis Drake asaltando Riohacha en un siglo en que se tenía aún la costumbre de dejar barcos hundidos en los mares de la memoria...

También recuerdo terminarlo, no sé cuánto tiempo después, a la luz amarillenta de la lamparilla de mi mesita de noche, casi dormido, y confundido por aquel viento del carajo que se lo lleva todo al final de una novela que tiene tanto de quijotesca, de alegoría de Latinoamérica y de Biblia vuelta a escribir con los mimbres latinos de un realismo mágico que ya nunca me abandonaría, ni en la vida ni en la página en blanco.

La vida cambió para mí a partir de aquellas lecturas. Y mi forma de ver el mundo; mi forma de amar, de comer, de disfrutar de los pequeños detalles, de contarme a mí mismo la realidad. Tal vez el último efecto fue que me hiciera escritor, un poco por inercia un poco por imitación irresistible de quien me había demostrado que también con las palabras se cometía el soberbio atrevimiento de imitar a Dios creador. 

Sería capaz de relacionar cada novela de García Márquez con un hito de mi vida, pero prefiero recordar esos momentos en la magia cotidiana que ha destilado mi memoria selectiva. ¡Cómo olvidar aquellas horas de placidez irrecuperable en la biblioteca municipal de mi pueblo! Allí, de pie entre las estanterías, o sentado en un sillón de sky negro, leí 'La mala hora', de la que recuerdo al cura en el sopor de las tres de la tarde, y 'El general en su laberinto', cuyas campánulas amarillas del final me marcaron para siempre, y aquella maravilla de la narración sin puntos que fue 'El otoño del patriarca'. 

Casi a continuación me compré en la colección de 20 duros de Alianza Editorial aquella joyita de la narrativa breve titulada 'El coronel no tiene quien le escriba', con sus gallos de peleas y su personaje solitario encomendado a una pensión que no llegará jamás, ni siquiera tras el plato de mierda que le ofrece su mujer en la última página y que sólo muchos años después, tras leer las memorias de Gabo tituladas 'Vivir para contarla' acabé de comprender en su justa medida hedionda.

Creo que fueron en los años finales del instituto, mientras yo nacía al amor de verdad, cuando degusté, sufriente y mártir, 'El amor en los tiempos del cólera', como un Florentino Ariza cualquiera en mi soledad adolescente. Entonces cayó en mis manos una de las últimas novelas que García Márquez había publicado por entonces, 'Del amor y otros demonios', y tal vez aquel otro ejercicio de periodismo literario o de literatura empapada de periodismo en su origen me terminaron de conducir sin remedio por los vericuetos de la escritura a toda costa. Nunca me podré desprender del efecto que causó en mí la melena interminable de la protagonista muerta a los 12 años, aquella niña enamorada por los versos de Garcilaso que a Gabo le dio para un reportaje del día y para una novela de su vida, exactamente con los mismos ingredientes cálidos del Caribe. 

Ya para entonces me había leído, trayéndome el ejemplar de la biblioteca, 'La hojarasca', su primera novela, inspirada en un velatorio de pueblo que a mí me sonaba de toda mi breve vida y que me impulsó de un modo extraordinario a mi propia inspiración de base memorística. Admiré la magia del orden en la narración, que es la magia de las magias, en Crónica de una muerte anunciada, una crónica que es una novela perfecta de la que nunca olvidaremos las vísceras azules de Santiago Nasar entrando en la cocina de su perdición. Vinieron de corrido sus colecciones de cuento: Ojos de perro azul, Los funerales de la mamá grande y aquel portento de narración literaria que es La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. Todavía me cuesta creer el argumento de aquella novelita corta en que una nieta que rompe la vajilla de su abuelita ha de pagarla céntimo a céntimo recibiendo las embestidas de quienes pagan por su amor bajo una carpa itinerante.



Ya en los tiempos de la Facultad, mientras constataba qué poco tenía que ver el periodismo que yo soñaba con el que me enseñaban algunos profesores erráticos por allá, cayeron en mis manos otras obras de raigambre periodística como La aventura de Miguel Litín clandestino en Chile. Algún tiempo después me compré una edición baratita de los Doce cuentos peregrinos... Y Marina me regaló con alguna bendita excusa Noticia de un secuestro, un soberbio reportaje sobre el secuestro real de una mujer en la Colombia de Pablo Escobar, el mayor narcotraficante del mundo.

Bastante tiempo después, creo que cuando volví por la biblioteca de mi pueblo para reunir horas de madrugada con que terminar mi tesis doctoral, me leí de un tirón Memoria de mis putas tristes, y constaté que Gabo tenía ya poco que contar, que lo había contado todo en unas cuantas novelas que, como él dijo en alguna ocasión, no tenían mayor mérito pues no contaban nada que no le hubiera ocurrido en su propia vida, en la misma en que decidió dedicarse al mejor oficio del mundo porque es de los pocos que no sirven absolutamente para nada, salvo para que un día uno se muera, en México, a la edad de 87 años, y el mundo no se paralice simplemente porque el testamento de una voz irrepetible esté ya repartido por millones de palabras escritas entre la literatura de sus best sellers y el periodismo del que algunos seguiremos eternamente aprendiendo. Gabo ha decidido marcharse, como un dios terreno, mágico y virginal, un Jueves Santo cualquiera, pero aquí no lo lloraremos porque nos quedan para siempre sus páginas... y porque de Macondo ya somos todos.

sábado, 12 de abril de 2014

Matrimonios corraleros

El adjetivo 'corralero' tiene tal idiosincrasia en nuestra Baja Andalucía que incluso dio nombre a unas peculiares sevillanas de Lebrija. Y tiene una gama semántica tan amplia que lo mismo califica a los desenvueltos que a los desvergonzados que a quienes todo lo solucionan a voces, es decir, en el corral, que ha venido a ser como un patio pero sin remilgos ni finuras, con las paredes bajas y los oídos vecinales al acecho. Cualquiera ha conocido matrimonios corraleros que necesitan resolver sus cuitas como los concursantes del Gran Hermano, o sea, con las cámaras delante; delante de cuanta más gente, mejor. Los matrimonios corraleros son todo un espectáculo, y la mayoría de las veces, como los perros ladradores, poco mordedores. Quiero decir que, normalmente, los matrimonios que corralean mucho no suelen divorciarse jamás, y hasta llegan a una época en la que el corraleamiento es su modo marital natural, su proceso comunicativo más habitual y hasta eficiente. 

Un matrimonio corralero se nos antoja ahora el concertado -por conveniencia, por supuesto- entre PSOE e IU en el Gobierno andaluz. Tras el realojo de unas cuantas familias que llevaban dos años de okupas por parte de la consejera Elena Cortés, de IU, la presidenta socialista ha montado en tal cólera corralera que no ha dudado en amenazar un día con quitarle la cartera de las viviendas a su socia y al día siguiente con cumplir su amenaza. Ea, ya no te encargas tú de las viviendas porque aquí no puede ser que les des las casas a quienes te parezca, le ha venido a decir, pero a voces y delante de todo el mundo. Pues yo he dado esas casas muy bien dadas, le ha reprochado su pareja, porque no hago sino cumplir la ley que acordamos, ¿no te acuerdas?. Susana Díaz ha comenzado, de la mañana a la tarde, a ser llamada, con mucha sorna e ironía, "La Susanita" por parte de la familia política de IU, que es una familia muy unida que en cuanto le tocan a un miembro saltan todos, claro. La Susanita es ya amiga de los bancos, de la troika, de los ricos, han venido a gritar. Susana -llamarla Susanita me recuerda a la canción del ratón- no ha gritado menos: quiere que la comprendan, que su compromiso es con todas las familias que no tienen vivienda y no sólo con estos okupas en cuestión. Pero su decisión, su reflexión y su respuesta no han sido civilizadas, a puerta cerrada, sino en plan corraleras, tal vez porque llegados a este punto de la legislatura, aquí se trata, sobre todo, de demostrar quién es más de izquierdas: ¿Tú que te apellidas obrero y te recompones el traje ante los banqueros? ¿O tú que presumes, a veces tan paradójicamente, de unir a la izquierda y te pasas por el forro de la demagogia el requisito de la igualdad (de tantos pobres) ante la ley? Tonto el último; que ya están aquí las elecciones...

Las últimas elecciones las ganó el PP, con 50 diputados, pero como nuestra democracia es representativa, se unieron los 47 del PSOE y los 12 de IU y formaron "un gobierno de izquierdas", que no tiene que ser exactamente lo mismo que un matrimonio siniestro. Al menos hasta que se acercan las elecciones y es preciso marcar la diferencia. Está claro que la principal interesada en hacerlo es Susana Díaz, no sólo porque acaba de aterrizar en el cargo sin ser votada por la ciudadanía, sino porque ve cómo su pareja de gobierno sube en intención de voto por leyes fraguadas en su seno como esta de la Función Social de la Vivienda que ha evitado tantos desahucios y que el PP, que ahora se frota las manos ante el corraleo matrimonial, ha recurrido ante el Tribunal Constitucional. Por eso ha sido Susana Díaz la primera en salir al corral, un tanto desesperada. 

Al corral ha salido también IU, o todos esos líderes que tiene IU casi alternativamente, ya sea el ínclito Maíllo, el antinstitucionista Cayo Lara o el utópico Llamazares, aquí vale cualquiera para hacerle frente a esta Susana que, a su juicio, se ha pasado tres pueblos y ahora se va a enterar. La contramenaza me ha parecido difícil de entender, pues no dan por zanjado el matrimonio, es decir, el pacto de gobierno, sino que ahora hablan de una "suspensión momentánea del acuerdo", que, matrimonialmente hablando, es como que tu mujer te mande al sofá. Esta noche nada más. O tal vez la siguiente también. 

La expresión nos recuerda con facilidad al "cese temporal de la convivencia" del que hablaba la Casa Real cuando sonaban campanas de divorcio entre la infanta Elena y su ex. La perífrasis eufemística gusta muchísimo en los ambientes reales del poder, ya lo ven. 



En el caso del matrimonio izquierdoso, como le gusta adjetivar al PP, la temporalidad supone un peligro porque viene a significar una falta de gobierno mientras, caprichosamente, no vuelvan a la cama marital. IU ha dicho que la pelea corralera durará hasta que Susana retire el decreto por el que retiraba las competencias en Vivienda a Cortés. Susana, a su vez, ha dicho que no retirará el decreto mientras no rectifiquen esas adjudicaciones de casas o -atentos a la jugada diplomática marital- mientras no expliquen a la ciudadanía que han cumplido estrictamente con la ley y no han beneficiado sectariamente a unas familias en concreto en perjuicio de las demás. O sea, que ahora Susana ve posibilidades de explicación, porque hablando se entiende la gente, incluso los matrimonios. 

En rigor, el calentón de Susana viene respaldado por la mayoría de esos otros pobres que esperan viviendas pero pacíficamente, resignadamente, en las casas de quienes los amparan en el seno de sus familias. Porque esa tipología de pobres son mayoritariamente votantes del PSOE, mientras que a los otros pobres, más aventureros, les tiran más IU. De modo que la contienda es, en cierto modo, un reparto de tipos de pobres. A mí me reclaman mis pobres que casas para todos, en igualdad de condiciones, porque todos somos obreros y españoles, dice Susana. A mí los míos me aplauden mucho estas decisiones corraleras y un tanto utópicas, replican los de IU. 

El caso es que, finalmente, la contienda no es tanto matrimonial sino de pobres contra pobres. Porque mañana, o pasado mañana, PSOE e IU se inventarán otro acuerdo para dejar de corralear y no entregar el gobierno de izquierdas a la derecha del PP. Tarde o temprano, conforme se acercan las elecciones, es como si se acercara la noche y el matrimonio, por muy de conveniencia que sea -que lo es-, comprenda más civilizadamente que fuera de la cama hace demasiado frío. Todo esto no habrá sido más que una bronca por una tontería, y en Viernes de Dolores. Al fin y al cabo, tus pobres y los míos son clientela fija.

sábado, 5 de abril de 2014

Poca esperanza

Fue ministra de Educación, sobrina del gran poeta Jaime Gil de Biedma y presidenta de la Comunidad madrileña, pero sobre todo es una showoman de esas que convierten en trending topic cualquier gesto rutinario de su divertida ocupación política. Lo ha dicho ella, como un chiste. Se le nota que se lo pasa pipa ejerciendo de política, especialmente en la célebre acepción española del término que tan poca relación precisa con la responsabilidad ejemplar de representar a la polis y a la res o cosa pública. La res pública suena a república, y eso, tanto para los nobles como para los neoliberales, suena y huele fatal. Aquí se promociona mucho al político con personalidad, que es lo mismo que decir político por libre o verso suelto, pero no tanto porque vislumbre medidas mucho más esperanzadoras para todos que el resto del aparato, sino porque salga más, a solas y con sus gracietas, en las ediciones del telediario.

La Aguirre, que vive fundamentalmente de su condición de ex, en plural, protagoniza ahora telediarios y muchas tertulias porque, multada por un agente de Madrid, después de que ella se metiera en un carril bus, se dio a la fuga porque, según su criterio soberano, el policía había terminado con ella aunque le dijera que se esperara a que le diera una copia. Tonterías, debió pensar al meter la primera. Luego, tras haber recapacitado sobre su acción en caliente, ha explicado en frío que este tipo de agentes son más bien de la inmovilidad, que le tienen ganas, que son machistas y que sobre todo buscan, con la multita, hacerse famosos a su costa. Si los conocerá ella...

Todo ello lo dice la misma estrella del PP a la que no le hubiera importado presidir nuestro país y a la que la autoridad de los agentes, en otros fregados, le parece incuestionable. La hipocresía nunca fue un impedimento para la arena pública; más bien al contrario. 

Lo peor es la escasez de consecuencias, más allá de los chascarrillos, los whatsapps creativos y el pataleo de sobremesa. En un país como el nuestro, estas salidas de tono hasta se premian. Por eso lo peor de la crisis, no de esta crisis última del paro y la cosa financiera, sino de la crisis secular que soportamos con resignación, es que con líderes de este tipo nos falte tanta esperanza.

 

domingo, 23 de febrero de 2014

Historia de una hermandad y de medio pueblo

El último libro del cronista oficial de la Villa, Antonio Cruzado, alberga más profundidad de la que aparenta, pues no es sólo un libro de la historia de la Hermandad del Cristo de la Vera Cruz, María Santísima de los Remedios y Nuestro Padre Jesús Cautivo, la más popular de la localidad, sino, sobre todo, el resultado de una labor investigadora que rescata -y adapta para ser leído- el documento original más antiguo del pueblo, que son las Reglas de dicha hermandad, fechadas en 1566; bucea en las peripecias de una cofradía que hoy cuenta con tres titulares con orígenes y desarrollos muy dispares en el seno de una localidad dependiente de la ciudad de Sevilla, Villafranca de la Marisma, e independiente de la otra localidad vecina, Los Palacios -del Ducado de Arcos-, con la que no habría de unirse oficialmente hasta 1836; y, de paso, hace un llamamiento a los jóvenes cofrades para que vuelvan al sentido originario de una hermandad. Quien lo afirma en el prólogo de su propio libro, Cruzado, fue hermano mayor de la misma hace varias décadas: "Las hermandades en general y esta nuestra en particular están demasiado distantes de las razones de religiosidad, fervor y caridad cristiana que hace ya cinco centurias dieron lugar a su nacimiento".
 

   El trabajo de Cruzado se remonta al 24 de noviembre de 1501, cuando el Concejo de Sevilla otorga Carta de Poblamiento a Villafranca de la Marisma, aldea de poco más de medio millar de habitantes a la que dota, además de servicios como agua, cabildo, cárcel o mercado, de una capilla, más bien una ermita en medio del descampado marismeño, consagrada a San Sebastián -hoy patrón local-, y en la que ya estaba la talla de la Virgen de Los Remedios, de autor anónimo y que respondía entonces al lacónico nombre de Virgen María.    
 
    El libro -que fue presentado hace dos jueves en la Casa de la Cultura- se centra primero en las vicisitudes de un humilde templo en lucha contra las inclemencias del tiempo y la desidia, al amparo de mecenas que le regalan sucesivas reparaciones hasta llegar a las más contundentes de mediados del siglo XIX y que persigue consagrarse al culto ordinario, pese a la oposición frontal de la otra villa, Los Palacios, cuyas autoridades religiosas y civiles se empeñaron durante más de un siglo -antes de la unión de ambas villas- en que era suficiente con su parroquia de Santa María la Blanca. 
 
    La nueva publicación de Cruzado desmenuza asimismo la historia de una hermandad sin Cristo titular, la de la Vera Cruz, y la de una Virgen -la de Los Remedios- sin hermandad, que, existentes desde el Quinientos, no habrían de fundirse en una sola corporación hasta 1930. Entretanto, el espíritu crucero del siglo XVI arraigó primero en una capilla varias décadas antes de la fecha de 1566 que aparece en las Reglas de aquella cofradía primigenia que ostentaba el nombre de la Santa Vera Cruz y Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, cuyos 41 capítulos aparecen recogidos ahora en castellano actual. La hermandad hacía sus estaciones de penitencia con hermanos displicentes que se flagelaban y hermanos de luz, hasta que el párroco de Santa María la Blanca, Manuel Caballero de León, prohibió la procesión en 1781, justo cuando él fundó una nueva hermandad, la del "Pecado Mortal" que revolucionó la Semana Santa de finales del siglo XVIII al desplazar de sus días y horarios habituales a las demás cofradías de ambas villas y que acabó convirtiéndose en la actual hermandad servita de Nuestra Señora de los Dolores.

    La hermandad hibernó entonces hasta el primer cuarto del siglo XIX, con sus escasos enseres desperdigados por casas particulares. Fue ya a mediados de aquella centuria cuando don Fernando Parejo, que poseía el libro de las primitivas Reglas y lo donó al archivo de Santa María la Blanca y ropas de la Virgen de Los Remedios, dedicó buena parte de su herencia a renovar el templo.

    A la altura de 1929, la Hermandad de la Vera Cruz contaba con un Crucificado -que Cruzado atribuye con dudas al escultor Blas Hernández Bello- desde el siglo XVII. La Virgen de los Remedios, por su parte, había conseguido aglutinar una hermandad en 1889. Y fue entonces, a punto de proclamarse la II República, cuando el Crucificado y la Virgen formaron una sola hermandad. Luego vino la "difícil situación política" que dejó a la hermandad sin procesión en 1932 y 1936, la "graciosa" donación del Cristo en 1940 por parte del párroco de Santa María la Blanca, Manuel Fontádez, a la parroquia de El Castillo de las Guardas, incendiada durante la guerra, y la donación de un nuevo Cristo, el encargado por doña Manuela González 'La Curá'  por 6.000 pesetas a Castillo Lastrucci, que es el Cristo actual. Y ya hace tan sólo 25 años, la llegada de Nuestro Padre Jesús Cautivo, obra del escultor sevillano Juan Manuel Miñarro. 

    El libro, titulado La Hermandad de la Vera Cruz de Villafranca de la Marisma y provisto de numerosas fotografías y documentos antiguos reproducidos, se completa con datos de la dinámica cofradía actual, con 2.820 hermanos, dos jornadas procesionales -Martes y Jueves Santo-, una banda de cornetas y tambores propia y un nuevo retablo -obra de los hermanos Caballero- en proceso de construcción.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Mediocridad

Incluso los agradecimientos los carga el Diablo. Es lícito que me den un premio de Atletismo si gano la carrera, o una copa si gano el campeonato, o no sé cuántos miles de euros si mi obra es la mejor de un certamen... independientemente de mi catadura moral y mi comportamiento privado. Ahora bien, arrastrar a todos mis paisanos, sin dejar ni uno atrás, a adoptar a un huerfanito, por ejemplo, no es lo mismo. Para esos proyectos existen reconocimientos -o caridades- más precisos, porque es muy probable que no todos mis paisanos tengan la misma consideración del huerfanito y entonces no sea de recibo adoptarlo. Para predilecciones, colores.