sábado, 31 de enero de 2009

Ciudadanía


Qué trabajo cuesta ser ciudadano. Siempre ha sido así, no sólo desde que el concepto arraigara en la polis griega y hubiera tantos requisitos para enarbolarlo como propio que la mayoría de las personas no lo eran, sino a lo largo de todas las edades postreras, hasta llegar a nuestra contemporaneidad, en la que hasta hace sólo unas cuantas décadas había que seguir distinguiendo entre habitantes y vecinos. No era lo mismo ser gente (masa) que ciudadano. Ya lo de ciudadana tendríamos que tratarlo en artículo aparte. Desde aquella era remota de los patricios y los plebeyos, todavía asistimos a los últimos hervores de aquel sustrato cruel por el que somos o ciudadanos de primera o ciudadanos de segunda. Incluso de tercera. Más allá de los recursos económicos de cada cual, que es una razón que vale su peso en oro, existen otros motivos más miserables por el que mucha gente no soporta aún la idea simplona de que todo quisqui sea ciudadano. Existen para los tales una válvula de escape en su ansiada distinción en tantos inmigrantes que se agolpan a las puertas del concepto mismo, con sus escasos papeles en la boca y su esperanza ciudadana estrellada contra la ventanilla del censo o en el avión de vuelta. Negracos, sudacas, moracos y otros tacos se apretujan en ese regocijo de distinción de quienes comprenden que no todo el mundo va a conseguir ser ciudadano. Pese a que la palabra esté divertidamente compuesta por un lexema clarísimo (ciudad) y un sufijo inquietante (ano), se trata de un vocablo carísimo, ya ven.

Un paso trascendental en esta aventura de la ciudadanía ha sido la llegada de un negro, de piel casi mulata, o sea, casi moraca, a la Casa Blanca (blanquísima). Nadie hubiera imaginado hace ni siquiera cinco años que un heredero de la Kenia profunda y el Chicago guerrillero hubiera jurado su cargo sobre la Biblia de Lincoln. Y ya es presidente del país más poderoso de la tierra, lo cual equivale a decir presidente del globo. Un negro, quién lo diría. Un negro como el Tío Tom.

El ciudadano Obama ha puesto su pica en esta antigua lucha por la ciudadanía de todos los colores y ha dejado el pabellón altísimo. Él se habrá percatado de que a caballo ganador todos apuestan. Igual que nosotros aquí, en esta España nuestra de la doble faz, donde el PP, partido conservador donde los haya, prefería conservar su relación con EEUU en el heredero del extinto Bush, John McCain, no por natural convencimiento ideológico de los republicanos frente a los democrátas, sino por puro conservadurismo familiar. Nuestros populares (apelativo que no deriva precisamente de pópulo o pueblo) apostaron primero por los republicanos (aunque a ellos lo de la República les dé sarpullido), pero se percataron finalmente de que la cantinela del Yes, we can podía funcionar de manera histórica. Cuando así fue, hasta Rajoy, calcetín del revés en Génova, pronunció la frase mágica. E incluso algunos populares utilizaron la consigna del Cambio para derribar a Zapatero, que ya les pesa como si llevara siglos, como si su mandato fuera tan vetusto como el de Franco, es un decir.

En cualquier caso, parece que al PP lo ha convencido el cambio propuesto por el ciudadano Obama. Y esa gran lección de ciudadanía nos emociona. Sin embargo, y aquí queríamos llegar, cuando se trata de educar a nuestros jóvenes en Ciudadanía, así con mayúsculas,... ya ése es otro cantar. "Hay que suprimir Educación para la Ciudadanía", ha sentenciado el líder del PP tras conocer el fallo del Tribunal Supremo que avala la polémica asignatura y que deja en un callejón sin salida a quienes querían objetar contra ella, neoconservadores de nuevo cuño y viejo sentir. La declaración de Rajoy, un gigante con pies de barro visto el futuro que le espera con tanto espía, lo coloca frente al poder Judicial en este estado de derecho del que, con razón, tanto presumimos.

Cuando después de tanta historia anticiudadana un gobierno democrático se dispone a educar a los hombres y mujeres del futuro inmediato en el valor de la ciudadanía como tal, continúan protestando los de siempre, los que nunca creyeron en ella y los que han pensado siempre que las cosas no son como aparecen en el mundo, sino exclusivamente como dicen en casa. O en misa. A estas alturas de la Historia, es a lo que yo llamaría ser rebelde sin causa.


  • Extracto del artículo que, con el título de Ciudadanía. La batalla histórica, publico asimismo en el número de febrero de 2009 de la revista Cuadernos para el diálogo.

domingo, 25 de enero de 2009

Entusiasmo periodístico

El periodista británico afincado ya en Nueva York Harold Evans, ex director de The Times Sunday y de The Times, aparece hoy en El País entrevistado por Juan Cruz como un maestro del periodismo. Relata investigaciones que llevaron a sus publicaciones a alcanzar un prestigio internacional que todavía palpita en el corazón de quienes sentimos esta profesión como un estímulo absolutamente vital. De sus palabras, me quedo con las siguientes:
"En cuanto el objetivo sea financiero y no periodístico el periódico decae y se cae. En cuanto se empieza a destruir el contenido periodístico del diario no hay la más mínima posibilidad de éxito. Imagínese: se compra una orquesta, y lo primero que hace es deshacerse de los violonchelos, total, para lo que sirven; y después se deshace de los timbales... ¡Y luego te pones a tocar a Beethoven y no te sale! Beethoven no suena del mismo modo sin los timbales o sin los violonchelos, de igual manera que un periódico no suena a periódico cuando ha perdido a su equipo internacional o a sus corresponsales".
Es lo mismo que ha repetido mil veces otro maestro del periodismo en Andalucía, Antonio Ramos Espejo, de manera más lírica y ajustada aún: "Los reporteros tienen que conquistar el alma de las redacciones a los ejectivos".
Me entristece pensar que, en una dimensión más chapucera y bajuna a estas declaraciones que suenan como titulares dignos de esculpirse en oro, existen otros profesionales dedicados a hacerle el juego al poder, escondidos en los pliegues de la chaqueta de cualquier politicucho para mantener el nivel de vida que su profesionalidad jamás le permitiría, maestros en el arte del disimulo, avergonzados de sí mismos y creadores de una fantasía periodística en la que nunca creyeron. Están condenados a mirar siempre de reojo.
Nos queda un consuelo histórico: tiene que haber de todo en la viña del Señor.

Meditación financiera



La paciencia es medicamento caro en los tiempos que corren. Ya lo dijimos aquí antes de que la crisis lo hiciera más evidente. Así que ahora, impacientes y sin un duro, el diagnóstico es más preocupante que nunca. Ante los constipados radicales, lo mejor es taparse la cabeza y esperar a que pase el chaparrón. Pero con un ojo abierto, audaz por encima de las sábanas, no sea que pase el tren sin darnos cuenta. Pura ecología en tiempos difíciles.

sábado, 24 de enero de 2009

Bofetadas judiciales al sentido común



Ya es un tópico ese retruécano de que es el menos común de los sentidos, pero ahora que George W. Bush se retira plácidamente a su rancho sin que se le juzgue por crímenes diversos contra la diversa humanidad; ahora que los malayos sonríen ante irrisorias penas que son más bien penitas; ahora que el juez Tirado protesta por lo bajini por sus 1.502 euritos y toda su panda amenaza con una huelga indecente; ahora que las familias están sufriendo como nadie el castigo por la ambición desmedida de la banca irresponsable; ahora, digo, la condena a una madre que pegó una bofetada a su hijo porque no hacía los deberes nos parece un bofetón grandísimo a ese sentido común que es, en rigor, toda una quimera.


La kafkiana historia de esta bofetada la sufre una familia de Pozo Alcón, en el oriente jiennense, desde 2006. Una tarde cualquiera, María del Saliente, una madre con dos hijos cuyo marido trabaja toda la semana fuera del pueblo, se afana en las labores del hogar. Uno de los chiquillos, de diez años entonces, protesta porque no quiere hacer los deberes del cole. Su madre lo reprende y él se encierra en el cuarto de baño. La madre le dice que salga, pero él se niega. Cuando la madre fuerza la puerta, le da un cogotazo y el chaval se golpea con el lavabo. Puro accidente doméstico. Pues no; cuando el asunto llega a la Audiencia Provincial de Jaén –merced a la extraordinaria pericia de algún docente aburridísimo- la jueza, que no busca en su sentido (común o propio), sino en el Código Penal, encuentra la solución a aquel conflicto doméstico y vespertino: encerrar en la cárcel a la madre durante mes y medio y prohibirle que se acerque a su hijo durante un año y 45 días. Así aprenderá esta mujer, que seguramente no ha leído ningún manual de psicopedagogía y que no sabe educar conforme a los criterios que han aireado luego muchos expertos de la educación por la tele, donde todo el que sale, por otro lado, es experto en algo, ya se sabe; lo ha dicho la tele.


Desde entonces, este pueblo de algo más de 5.000 habitantes, su alcaldesa, y gente del montón se han rebelado contra la medida, por considerarla excesiva. Hasta la Junta de Andalucía se ha atrevido a contradecir a la sacrosanta Justicia para reclamar el perdón para esta madre del bofetón, rara avis en un país en el que ninguna mamá hubiera tenido tan violentísima ocurrencia.


Lo último que se ha conocido del mediático caso es que la jueza, que ha descubierto que en realidad el caso es un estricto ejemplo de violencia doméstica, por haber ocurrido en el hogar y no en, por ejemplo…, un aeropuerto, ha rectificado sus 45 días de prisión para la madre y pone ahora en su sentencia 67 días, 22 jornadas más, o sea. La misma sentencia, que reconoce que el chiquillo tiene un “carácter difícil” –¿habrá sido redactada con el niño delante, jugando allí frente a la jueza?-, tiene el descaro de sugerir el indulto parcial sobre el alejamiento de la madre, pues ésta tiene otro niño más y será complicado que atienda a este último mientras se aleja del primero. El indulto lo tendrá que decidir el Ministerio de Justicia, con lo que la jueza en cuestión se lava las manos, cual Pilato achaparrado con la que está cayendo. El pleno del Ayuntamiento de Pozo Alcón eleva su petición de indulto. Ahora habrá que esperar sentido común, es decir, un milagro.


El episodio ha llevado al atildado juez de menores Emilio Calatayud a poner el grito en el cielo y a pedir el cambio de una ley que se hizo pensando en las mujeres maltratadas por sus parejas y que la estupidez de determinados magistrados ha convertido en un bucle disparatado contra casos que nunca debieron judicializarse. El caso no es que pueda crear un peligroso precedente, sino que ya lo ha creado, pues numerosos padres se tragan a diario su recto proceder de dar un cachete a sus hijos cuando éstos no atienden a otras razones más dialógicas.


Los menores, cuyo desarrollado sentido hedonista está fuera de toda duda, enseguida se percatan de su situación ventajosa en un sistema social en el que ni sus padres los pueden tocar, de modo que este tipo de jurisprudencia se la saben al dedillo. En realidad, deberíamos propiciar un sistema de protección de menores mediante el cual el cachete familiar fuera la garantía protectora y previa ante otros cachetes que la vida nos pueda dar luego. En el caso de Pozo Alcón, cuya madre, para más inri, es sordomuda, el chaval al que la Justicia pretende alejar de su progenitora ya ha aprendido la lección de la insoportable infantilización de los adultos y especialización estéril de las Facultades de Derecho. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. Y menos los niños. No sé por qué me aterra recordar ahora Los viajes de Gulliver.
  • Este artículo aparece asimismo en el nº 1.942 del semanario Cambio16.

viernes, 16 de enero de 2009

El chiste y el mal ángel (II)

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, el DRAE español, no recoge la palabra "malage" tal y como un servidor la escribió aquí hace tres días, sino con jota de jamón; es decir, "malaje", lo cual no sólo refuerza mi explicación de la otra vez sino que contribuye graciosamente a ella. Cuando alguien dice que una persona tiene "aje", aspirando un poco esta jota andaluza que nunca termina de parecerse a la rotunda que aprendimos en el Micho 1, quiere expresar que tiene algo de duende, de gracia (en la acepción latina de "gratia", de "don"), o sea, de talento o genio. Además, esa gracia (angelical, de ángel, "age" o "aje") parece difuminada por su entera persona, de modo que no se dice que alguien posea ese "buen aje" (buen ángel) por una virtud específica, sino por el conjunto de sus virtudes visibles, públicas o socializables. En definitiva, porque cae bien. Pero el uso de este ancestral "buen ángel" que alguien pueda tener o no ha sido tan oral (y poco escrito y oficializado), que cuando los académicos lo han puesto sobre el papel recordando la fonética andaluza, lo han escrito con ese fonema velar con el que escribimos "jirafa" (a pesar de venir del italiano "giraffa") o "jirón" (que viene del francés "girón"). La jota siempre nos caído mejor que la ge, tal vez porque las jotas nos simpatizan más con su puntito y las ges nos parecen más cursis, como una letrita gatuna que nos hiciera una genuflexión. Ni que decir tiene que algo de esto debió de pensar (o sentir) nuestro poeta de Moguer Juan Ramón, que no sólo universalizó su Jiménez con J sino todas las palabras que contuvieran ese jiji de la risa en su interior. El autor de Platero desterró de su escritura todas las ges y prefirió todas las jotas. Por algo sería.

Reconduzco, que me voy por los cerros de Úbeda (por donde anda Sierra Mágina, con ge, qué gracia). Resulta que la Nebrera, Motserrat, Montse para los amigos y para su web particular, ha pedido disculpas a los andaluces pero no a Magdalena Álvarez, la ministra de Fomento, por haberla llamado "cosa", haberle dicho que "no sabe hablar" y que es "una chula". Quién da más. A los andaluces les pide perdón después de haber asegurado que cuando habló del acento andaluz ininteligible de la ministra no se refería al acento de los andaluces, sino solamente al de la ministra. Entonces, digo yo, ¿por qué nos pide perdón ahora? ¿A cuento de qué? ¿Mala conciencia o estrategia del partido al que no le cogía el teléfono cuando la llamaron para reprenderla o avisarle de que tenía abierto un expediente? En fin, incoherencias de políticos, que viene de polis pero que nada tiene que ver con políglota.

Los políticos creen saber de todo, como nos ocurre muchas veces a los periodistas. Así que meten la pata o la gamba cada dos por tres. Hoy he leído en un periódico que Montserrat Nebrera ha acusado ahora a Magdalena Álvarez de tener "muy mala sintaxis", lo cual me ha vuelto a sorprender bastante no porque la ministra tenga, por el contrario, buena sintaxis, sino porque la película me está pareciendo ya una continuación de mis clases de lengua. A mis alumnos les referí hoy todo el episodio, lo cual me sirvió para sorprenderme nuevamente de que los jóvenes no se enteran de nada, al menos de estas guerras absurdas entre profesionales de la política de los que ellos pasan mogollón.

Así que Nebrera, una desconocida hasta hace una semana para mí; que según tengo entendido ha perdido las batallitas dentro de su propio partido y que todavía no ha salido de su Cataluña vital desde que la parieron allí –su abuela era de Baeza (Jaén, al lado de Úbeda, la de los cerros por los que se está yendo todo esto)–, Nebrera, decía, nos ha ilustrado en los últimos días (con malaje, ahora lo escribo académicamente) sobre acento, tono y sintaxis.

La mujer no tiene ni pajolera idea de ninguno de estos conceptos. Por eso se está armando un lío del que ya no podrá salir a menos que su partido tenga compasión de ella. Si tanto le interesa el tema, podría ponerse a estudiarlos, y descubrir que lo que ella debería haber dicho desde el principio es que no le gustaba el idiolecto de la ministra. Idiolecto, sí, su habla particularísima. El habla de la ministra. Porque el acento ni es un acento político ni es un acento personal. El acento es un concepto geográfico, que nos une a todos los andaluces de por aquí cerca, de Andalucía occidental, más o menos. Y por eso cuando dijo que era un "acento chulesco" –¡luego cambió acento por tono!, con lo que incurría en nuevas incorrecciones, pero ahora musicales– nos englobaba como chulos a todos los que tenemos este acento andaluz. Y eso era un insulto a un pueblo histórico.

Compadezcámosnos de esta señora. Además de malaje (con toda la fuerza de la jota), es ignorante y arrogante, pues se valora demasiado a sí misma, tal vez porque nadie le ha dicho a la cara lo poquísimo que sabe. De eso, según el sabio Sócrates, no tiene ella la culpa. No sé si la tendrá Aznar, que cambió milagrosamente de idiolecto cuando sus chulas amistades con Bush –que ya se va– y todo el mundo se rió de su acento tejano. "Acento", se dijo en la tele. Aquello la confundió. Y desde entonces anda confundida, como Dinio. Personajillos pasajeros.

  • Este artículo aparece también en el número 1.940 del semanario Cambio16.

martes, 13 de enero de 2009

El chiste y el mal ángel

El tablero político se convierte demasiadas veces en viñeta chistosa, pero el episodio deja de tener gracia cuando los chascarrillos salpican a los ciudadanos que no entran a (re)partir en el botín del astracán público. Está más o menos bien que los profesionales de la res pública se maltraten dialécticamente, pero no que arrojen sus desperdicios intelectuales sobre el respetable; entre otras razones, porque el respetable viene definido por su propia denominación y porque ha sido él quien ha colocado a los políticos en el escenario. Para que trabajen bien su papel, se supone. Así que los ciudadanos, continuando la alegre alegoría, somos algo así como los productores del teatro democrático. Y con los productores no se mete nadie. Si ello ocurre, a la calle con el infractor.

Viene la reflexión al hilo surrealista de las declaraciones de la diputada catalana del PP Montserrat Nebrera en su desmedido ataque a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, tras el conflicto de la nieve sobre Madrid. En lo que toca a la persona de la ministra gaditana criada en Málaga, experta en sobrevivir a todas las crisis habidas y por haber -como la mimbre, aunque ella dijera de sí misma que "antes partía que doblá"- la parlamentaria catalana le ha faltado el respeto al llamarla "cosa". Ha cosificado a una persona, y eso es atentar contra su dignidad. Pero todos queremos suponer que la declaración forma parte del ámbito (y del conflicto) político, por lo que, verba volant, y a otra cosa mariposa. Sin embargo, Nebrera se ha descalificado a sí misma cuando ha hecho mención a su acento y a sus conversaciones con los cordobeses. Según la catalana, el acento de la ministra "es de chiste" y apenas entiende cuando llama a un hotel de la ciudad de la Mezquita y le hablan "en andaluz". Da la casualidad de que el acento de Magdalena Álvarez no es un acento político, sino el de todo un pueblo histórico (Andalucía Occidental) y que el andaluz de los cordobeses es el que practican a diario (para hablar y pensar) miles de andaluces. Por lo tanto, si Nebrera piensa que nuestro acento o nuestra modalidad lingüística del castellano es "de chiste" está atentando gravemente no sólo contra nuestra dignidad lingüística, sino contra la dignidad histórica de una modalidad del castellano que atravesó el océano para dar sustancia al logos en el Nuevo Mundo y abrir un diálogo intercultural sin precedentes allende los mares.

Está claro que la catalana no sabe ni papa de esto. Y tampoco debe de conocer la nómina de literatos andaluces que a lo largo de la historia del castellano han mejorado esta lengua de categoría global con su conocimiento y su praxis absolutamente geniales. No doy nombres, para que ella investigue un poco ahora que, supongo, su partido se encargará de liberarla de tanta responsabilidad. Una política que humilla lo más íntimo de un pueblo no puede ser representante de otro, pues la modalidad lingüística de cada pueblo y de cada persona es lo más intransferible y preciado; con ella pensamos, nos expresamos y nos desenvolvemos, de modo que atentar contra ella es violar el tuétano de nuestro ser.

Probablemente Nebrera no estudiaba demasiado cuando otro andaluz de acento tocado por la gracia (de "gratia", no de chiste), Felipe González, presidió este país para embarcarlo en la modernidad en que ella, sin merecerlo, está ya instalada. Y probablemente le gustó más aquel acento tejano que adquirió Aznar cuando puso los pies sobre la mesa en EEUU (estos conservadores sólo conservan lo que les conviene). Ahora debería encerrarse e hincar los codos. Así aprenderá etimología y una casuística aprovechable. Por ejemplo, un adjetivo muy usado por los andaluces: "malage", vocablo surgido de la verdad desgraciada de que haya tanto "mal ángel" suelto por el mundo, es decir, sin gracia, sin chiste ninguno.
  • Este artículo aparece asimismo en el número 1.938 del semanario Cambio16.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Teatro de fin de año para comenzar otro nuevo

Da igual que el año haya sido verde o amarillo; al final, los discursos de la carísima oficialidad dicen siempre lo mismo, aunque no lo parezca porque utilicen palabras clave para un servicio de documentación sentimental que sirva de engarce entre el sufrimiento real de la calle y las caras de circunstancias de los mandamases. En rigor, se trata de afianzar una situación por la que las élites dispongan de un sillón aterciopelado y una cámara fija con la que comunicarse con las masas deseosas de soluciones. Groucho Marx dijo que la política es “el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Otras definiciones de la misma disciplina han apuntado, sin embargo, que es “el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger a los unos de los otros”. En cualquier caso, la oficialidad que va más allá de la política al uso para englobar a los privilegiados de siempre rezuma un odioso conservadurismo cuya prueba más descarada es la coincidencia formal y semántica de estos sermones televisados e inoportunos que nos dan la lata para nada en los instantes cruciales del festín. Ningún responsable público de probada demagogia es capaz de sustraerse al encanto de sus quince minutos de gloria plúmbea en estos días de ternura entre las audiencias.

Y así, desde el Rey de España hasta el último de los alcaldes, muchos han sido los que en estos días han pronunciado para la caja lista el rosario de palabras mágicas que mantenga cerrado el sésamo de sus distancias insalvables con el pueblo remendón: responsabilidad, esfuerzo, democracia y confianza son de los mejores vocablos. Palabras gastadas de tanto usarlas pero eficacísimas en los días señalaítos. La bicha de entre el vocabulario sociopolítico actual, la palabra “crisis”, ha sido la estrella de estos pregones del nuevo tiempo, aunque una vez pasada la catarsis de su autenticidad por todo el vecindario puede ser pronunciada hasta por Su Majestad, y ese trabajo fonético será evaluado con sobresaliente allende la Casa Real, máxime ahora que sus reales miembros comparten también las cuitas de la misma bicha aunque no sea en el sentido financiero.

Como este gran teatro del mundo no sólo interesa a Calderón, sino a toda la corte que vive de las instituciones, los partidos con aspiraciones reales de gobernar han aplaudido sin debatir una coma el discurso del Rey y, más papistas que el Papa, incluso se han atrevido a calificarlo de “concreto” y de aplaudir sus medidas “específicas” y hasta su espíritu “comprometido”. ¡Pardiez que no se haya visto un discurso más atinado en román paladino! De los tres puntos que abordó Don Juan Carlos, el último estuvo dedicado por entero a “la crisis financiera y económica generalizada”. Así tocaba la bicha pero no apuntaba a nadie. Sí, en cambio, mostraba su vena más humana al acordarse de los parados, e incluso aportaba concretísimas soluciones: “Me preocupan muy especialmente las numerosas personas que en nuestro país han perdido su empleo”, dijo y añadió como tres varitas mágicas: “Recuperar la confianza”, “respaldar la actividad diaria de nuestro tejido productivo” y “llegar a las familias y ciudadanos”. A ver quién da más. Lo mejor vino al final, cuando enarboló frases del pueblo que al pueblo mismo jamás se le habrían ocurrido para arreglar la situación: “Juntos podremos vencer problemas (…) anteponiendo el interés general sobre el particular” (con ello daba en la llaga), “tirando del carro en la misma dirección” (aplaudida frase que metía el dedo y que ni Manolo Escobar habría cantado mejor) y “aportando cada uno su granito de arena” (con lo que terminaba de sacar la pus infecciosa). Y todo arreglado, ¿no? No, hombre, el Rey es persona realista y conocedor de que la crisis no se arregla con ningún mester de juglaría. Por eso habló más concretamente aún del futuro al animarnos a “volver a la senda del crecimiento” y, más aún, a “abrir una perspectiva de pronta recuperación y un horizonte de adecuada seguridad”. E incluso tuvo arrestos para terminar con un eslogan inolvidable: “No es tiempo para el desánimo”. Un servidor, convencidísimo con la real fórmula, lo vio todo claro. Y ganas me dieron de aplaudir el gran entremés 2008-2009. No lo hice al advertir que venían muchos más y no quise interrumpir. Todavía no han terminado.
  • Este artículo lo publico también en el número 1.937 del semanario Cambio16.

Augusta Emérita y nuestra tourné extremeña


Debo de pecar cada día más de glotón, porque al repasar nuestro viaje navideño por la Vía de la Plata extremeña, con cuartel general en Mérida, me acuerdo antes que nada de las delicias gastronómicas del lugar; de su inigualable jamón de bellota, sus buenos salchichones y chorizos y hasta del melancólico tinto de la tierra. Si me pongo serio, ya me vienen imágenes del larguísimo puente romano de 792 m. de longitud, construido antes que la propia ciudad, en el 25 a. C.; del templo de Diana, dedicado en pleno centro urbano al culto imperial; del teatro romano, en el que se representaban clásicos que en la época de Cristo no lo eran todavía; del anfiteatro, donde aquellos primeros cristianos tomados por locos esquivaban zarpazos de las fieras venidas del África profunda hasta la dentellada final; de casas de envidiables patios y peristilos con columnas y mosaicos enormes y elegantes y pinturas indelebles en los salones... El Museo Nacional de Arte Romano nos sorprendió tanto por su contenido (de innumerables piezas de los siglos I al IV) como por su continente (un elegante y eficiente edificio de ladrillo visto obra de Rafael Moneo). Hemos paseado durante tres días por la Augusta Emérita que capitalizaba la Lusitania del Occidente romano y hemos conseguido recrearnos en aquella vida de calzadas piedra a piedra, de sarcófagos (columbarios) por los caminos y de gentíos tronadores que animaban a sus aurigas preferidos en las carreras de cuádrigas del circo romano. También hemos avanzado históricamente por indicios visigodos y por la Alcazaba que los árabes construyeron a la orilla del Guadiana.

De todo ello no quedan sino vestigios pétreos que los turistas pisan ahora, pero son más que suficientes para evocar un mundo imperial que campaba a sus anchas por los mismos suelos que dos milenios más tarde había de filmar Buñuel como ejemplo de la miseria harapienta en una España del supuesto siglo XX. No llegamos a Las Hurdes, aunque vimos retratos y videos de aquella tierra transformada (para bien) en Cáceres, la ciudad más grande de la comunidad extremeña que conserva un corazón urbano cosido con sillares verdes de la Baja Edad Media. Por un recoveco solitario de aquellos se nos apareció un señor con corbata y uñas demasiado largas. Llevaba chaqueta y pelo ensalivado, y manejaba una elocuencia tal que enseguida nos contó varias leyendas lugareñas para pedirme dinero a continuación. Cuando le fui a dar un euro, me lo rechazó enseñando sutil un amasijo de billetes aceitosos, como para echarme en cara que yo le diera una moneda cuando los otros turistas no bajaban de cierta tarifa mínima. Al hacer el amago de continuar nuestro paseo, me pidió el euro para no hacerme un feo, dijo, para no ser descortés, y mostró una sonrisa pícara que me abrió una puerta definitiva al Lazarillo de Tormes, cuyo río natal no andaba muy lejos de allí. Entonces pensé que la novela picaresca no ha cambiado de personajes, sino de indumentarias.



Desde el campanario de la concatedral de Santa María oteamos un mundo como conservado en formol de clorofila, con nieblas antiguas por los horizontes, lomas húmedas en las que se alimentaban milenarios cerdos y carreteras modernas que llegaban hasta él como superpuestas a los adoquines de César Augusto. Nos despertaron del ensimismamiento las campanadas del mediodía.

Por Villafranca de los Barros, que visitamos a la ida pero no a la vuelta, se ven pintadas de "No a la refinería" por todas partes, como una consigna juramentada por todo el pueblo. Tal vez no sea una protesta ecologista, sino un grito de la tierra.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El zapatazo 'surréaliste'


Ya hay quien pide un premio Pulitzer para el periodista iraquí Muntazer al Zaidi por haber representado la performance más revolucionaria de esta desgastada postmodernidad; incluso quien está dispuesto a pagar millones de dólares por el par de zapatos que tiró al casi extinto presidente de EEUU, George W. Bush, en su surrealista aparición en el Irak de sus últimas bombas. No son exagerados tales deseos si se considera que la hazaña del reportero no sólo ha sido el gesto más aglutinador del sentir de su país (y de muchos otros), sino la forma más pura de resucitar el atrofiado surrealismo de los años de André Breton. El happening que no se practicaba con tan verdadera honradez desde la época de Tristan Tzara ha encontrado digna continuación con manifestaciones en Bagdad en las que han participado miles de personas con zapatos en la mano. Las concentraciones zapateras se han multiplicado por otros muchos puntos de la geografía árabe. Y con ello se ha cerrado el círculo de una era en la que la debida respuesta a las locuras del nuevo imperator no han surgido del organismo competente (véase ONU), sino de la viva metáfora que supone un par de zapatazos a los hocicos del infractor.

No podía terminar de otra forma este episodio yanqui (ahora que se hunden Wall Street y Guantánamo) que arrancó del soberbio surréalisme de un presidente que se atragantaba con galletitas y que nos arrastró a todos a la etimología del término: sobre-realismo, es decir, por encima de la realidad, si bien el uso del fenómeno artístico nos ha llevado también a entenderlo como el pasaporte a territorios por debajo de la realidad consciente, al automatismo del loco pensamiento sin la intervención de la razón. En rigor, se trata del mismo surrealismo que ha empujado a Bush a intentar solucionar la crisis del libre mercado traicionando sus principios.

El célebre zapatazo, cual bofetada última, le ha supuesto al mandatario que ya se va un baño de algo más que realismo, a saber, surrealismo, el fenómeno que busca imágenes para expresar emociones sin corrección racional. Está claro que hemos encontrado una estampa perfecta que ahora internacionaliza el youtube.

Ya en 1925 apareció un periódico bajo la cabecera “El Surrealismo al servicio de la Revolución”; o sea, que el matrimonio entre ambos términos viene de antiguo. En 1938, ya internacionalizado el movimiento, Breton firmaría en México, junto a León Trotski y Diego Rivera, un “Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente”. Y una década después se aprobarían los Derechos Humanos que ahora cumplen 60 años y que, tras haber sido atropellados surrealistamente, se reinvindican tirando zapatos.

Al periodista iraquí que los lanzó, en un arrebato de coraje que no sólo lo representaba a él, le han dado una paliza. Dicen que pueden caerle dos años de ćarcel. No sería surrealista, sino justamente revolucionario, que el pregonado cambio de Obama comenzara por salvarlo.

  • Este artículo aparece también el nº 1.934 del semanario Cambio16.

sábado, 6 de diciembre de 2008

'La Pepa', la mamá grande de todas las constituciones


En 2012 se cumplirán dos siglos de la aprobación en Cádiz del primer texto constitucional, erigido en símbolo liberal por antonomasia. Aunque aquella Constitución nació en una España insular (la Isla de León), la ciudadanía no llegó a saborearla hasta 1820, cuando un teniente coronel se plantó frente al absolutismo monárquico desde Las Cabezas de San Juan. Desde este pueblo sevillano, cambió la Historia de España, ahora amparada en una nueva Constitución, ya treintañera.

La primera Constitución española, conocida como “La Pepa” por aprobarse en Cádiz el 19 de marzo de 1812 –festividad de San José-, no pudo aplicarse más allá de la Bahía porque en el resto del país mandaban los franceses de Napoleón y porque, una vez expulsados, el monarca Fernando VII restableció su régimen absolutista y declaró nulo aquel texto liberal. De modo que las esperanzas constitucionales se apagaron en poco más de un año. Será seis años después, el 1 de enero de 1820, cuando un teniente coronel rebelde contra la Corona rescate “la Pepa” para cambiar el curso del país. El teniente coronel era asturiano, se llamaba Rafael del Riego Núñez y debía embarcar hacia el Nuevo Mundo, que ya no era tan nuevo, para sofocar la sublevación de las colonias americanas. Riego se negó y arengó a su batallón reivindicando la Constitución de 1812. «Es de precisión para que España se salve que el rey Nuestro Señor jure la Ley constitucional de 1812”, dijo, y añadió: “¡Viva la Constitución!”. El grito retumbó en toda la marisma del Guadalquivir. El militar, que había hilvanado su discurso en Las Cabezas de San Juan, en el balcón de enfrente de su Consistorio, sembró la primera semilla de la democracia española y convirtió, sin percatarse apenas, a aquel pueblo sevillano en la plataforma “donde se amasó el triunfo definitivo de la primera Constitución Liberal española”, como reconoce ahora el equipo de gobierno del socialista Francisco José Toajas, el actual alcalde de Las Cabezas de San Juan.

El Ayuntamiento cabecense y otros muchos de la provincia de Cádiz, del entorno de La Isla, forman ahora parte del comité de honor de la comisión para la conmemoración del II Centenario de la Constitución de 1812, aprobada por Real Decreto el pasado 3 de febrero de 2006. Entre su veintena de miembros, se encuentran también Sus Majestades los Reyes de España, varios ministros, consejeros y presidentes de tribunales como el Constitucional. La comisión prepara un programa de actos que se ejecutarán hasta 2012.

Aquella Constitución establecía por vez primera en España el sufragio y la libertad de imprenta; abolía la inquisición, acordaba el reparto de tierras y la libertad de industria, entre otras medidas que por entonces sonaban más a milagros o fantasías que a derechos constitucionales propiamente dichos. Las demás constituciones que habrían de venir luego, herederas de la liberalidad de La Pepa, fueron matizando -a veces agrandando y otras veces recortando- el régimen de libertades que terminaría por consolidar la que ahora nos ampara, desde el 6 de diciembre de 1978, hace justo 30 años.

Para ello fue necesario el sacrificio de aquel teniente coronel liberal del que no hace tanto sonó su himno por error –o no-. Riego partió de Las Cabezas hacia Arcos de la Frontera, donde se le unió el batallón de Sevilla, y continuó en un itinerario andaluz por ciudades como Algeciras, Málaga, Córdoba o Antequera, en las que era aclamado al tiempo que cosechaba apoyos. Como claro signo de reconciliación, dejó en libertad a todos los realistas que encontró en su camino. Los frutos de su hazaña tuvieron una duración cortísima en primera instancia: apenas tres años, pues Fernando VII se encargó muy pronto de reclamar ayuda extranjera. La Santa Alianza pensó que una España liberal era un peligro para el equilibrio europeo de entonces, así que envió a los Cien Mil Hijos de San Luis, que terminaron con aquel sueño de libertades con un par de cañonazos. El 7 de noviembre de 1823, Rafael del Riego Núñez era ejecutado por alta traición en la plaza de la Cebada de Madrid. Los mismos madrileños que lo habían aclamado con tanto entusiasmo lo insultaban entonces. La historia triste y repetida de otros grandes de la Historia como el propio Jesús de Nazaret desde el ínterin de su llegada triunfal a Jerusalén y su soledad en la Cruz una semana más tarde; o la Mariana Pineda víctima también de la soberbia de nuestro peor monarca, abandonada al garrote vil de la Granada que la vio nacer y morir. Dicen que tras conocer la sentencia de muerte establecida por Fernando VII, en 1831, Mariana sentenció: “El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo”. De Riego no se recuerda que dijera nada, pero su silencio fue igual de elocuente.


  • Este reportaje histórico aparece también en el número de diciembre de 2008 de la revista Cuadernos para el diálogo.