
- Este artículo también se incluye en el número 1.955 del semanario Cambio16.



“Retablo Flamenco de la Vida y Pasión de Jesús” es el periplo artístico de un hombre llamado a revolucionar el mundo a golpe de perdón concebida por el poeta José Luis Rodríguez Ojeda. En el disco, presentado ayer en la Agencia Andaluza del Flamenco, prestan sus voces clásicos del cante como Calixto Sánchez, Gema Jiménez o José Parrondo; sus sones, guitarristas maestros como Manolo Franco o Eduardo Rebollar; y lo mejor de sus talentos, un elenco de músicos que hacen sonar el trabajo a música celeste.
La productora Selene, bajo la dirección musical de Gustavo Olmedo y Eduardo Rebollar, acaba de poner en el mercado este disco oportuno para el Viernes de Dolores. Es la vida de Cristo desde la Anunciación del Ángel a María hasta la Resurrección. Para ello, el verso sobrio y tenaz de Rodríguez Ojeda se desgrana narrativo y fulgurante y se deja acompañar por la prosa contextualizadora de Francisco Robles, que transita entre episodio y episodio, entre palo y palo.
Con 13 temas, la obra comienza en una Anunciación por alegrías gaditanas. La voz aterciopelada del narrador nos coloca en “el frío de un establo” donde “nacía un niño que iba a cambiar aquella Bética donde Roma terminaría rindiéndole honores”. El Nacimiento es un villancico por colombiana, y después viene una nana. Los Campanilleros ponen son a Jesusito perdido y hallado en el templo. Se precipita el quinto tema, una entrada en Jerusalén por tangos, como no podía sonar de otra manera el pálpito del Domingo de Ramos: “Mañana de primavera: / reciben al rey judío; / por eso lleva el gentío /ramas de olivo y palmera”.
El palo de la Última Cena es la malagueña, larga y serena, inquietante junto a un narrador que funde el episodio evangélico con el misterio cofrade desbordado por las calles de nuestro siglo, dos milenios después. En Getsemaní, canta Cristo mismo, aterrado como hombre abandonado ante el cáliz que le ofrece su Padre: “Huerto de Getsemaní, / frondoso jardín de olivos; / qué solo me encuentro aquí, / casi muerto entre los vivos”. Esa soledad de Dios alcanza el cenit en el prendimiento, por soleá lastimera: “Cuando lo van a prender / Jesús le dice al farsante: / Haz pronto lo que has de hacer, / aquí me tienes delante”. Ya toda la Pasión sonará por tientos, tonás y peteneras, ese palo de mal fario para los gitanos y que en este disco sabe a rimada sentencia profetizada: “Qué condena, la más dura; / qué condena, la más fuerte; / y aunque inmensa es mi amargura / esperando estoy la muerte / como dice La Escritura”.
El remate emocional a las doce del Viernes Santo vuelve a ponerlo un narrador que encuentra Esperanza donde el Evangelio mismo pone desesperación. El Condenado no le reprochará al Padre su abandono, sino que pregunta a su Madre: “¿Por qué no me has abandonado?”. Las madres, las batas gitanas que nunca traicionan. En el romance de la calle de la amargura, Jesús canta jondo como un brote de la tierra: “Qué fatiga, qué mareo; / ni doblar podré esta esquina; / negro el horizonte veo / como el fondo de una mina”. El Crucificado canta una saeta desde el Madero, resignado a la voluntad del Altísimo. La primera persona del singular, tan lírica, tan flamenca, tan divina en este caso, rasga el velo del último aguante de quien escucha. Por fortuna, el proyecto de Rodríguez Ojeda, como manda el Evangelio, no termina en el sepulcro, sino en la Resurrección por sevillanas. El palo hispalense para un final esperanzado. “Sus ojos ya siempre abiertos, / cerrada ya toda herida; / no buscadlo entre los muertos. / Es su palabra la vida”. Se corrige así a Lorca, que veía en Sevilla una ciudad para morir. En esta Semana Santa flamenca, Sevilla para vivir.
El programa de TVE Tengo una pregunta para usted ha abierto una nueva posibilidad sintáctica y propagandística a la clase política y un nuevo motivo de análisis a los que nos gusta observarlo todo. El formato, ideado para que una representación variopinta de la ciudadanía pueda preguntarle cosas que todos quisiéramos al político de turno a la cara, se estrenó en las vísperas de las pasadas elecciones generales, cuando el torneo se disputaba entre dos claros rivales, los comicios se erigían en el gran espectáculo nacional y el país se dividía entre Rajoy y Zapatero, como en la triste preguerra lo hacía entre Belmonte y Joselito.
El formato funcionó espectacularmente con aquellos dos grandes protagonistas que podían convertirse de un momento a otro en presidente de este país. La audiencia aflojó cuando ya no nos jugábamos tanto. Y, finalmente, el programa de Lorenzo Milá ha querido mantener cierto nivel de éxito aun cuando no toca jugarse nada, tal vez aprovechando la inquietud nacional por esta crisis galopante que nos lleva a mirar expectantes las caras teatralizadas de estos profesionales de la dialéctica pública cada vez más mediáticos y necesitados de medios (y mediaciones).
Y aunque la audiencia ya no responde como antes, en números, digo, lo más preocupante es el nivel de eficacia que estas preguntas y respuestas puedan alcanzar más allá de la pura mejora de imagen que pueda cosechar el político si no patina demasiado. Desde una perspectiva mercantilista, uno puede encontrar el programa de la televisión que pagamos todos como el producto más barato que ha hecho nunca esta empresa pública, con un centenar de periodistas aficionados que son, en rigor, amas de casa, médicos, fontaneros, abogados o maquinistas de ferrocarril; que no cobran un euro, sino cinco minutos de gloria fugaz, y un invitado que tampoco cobra pero que se muestra encantado de que lo llamen.
En la última edición del programa, el líder de la oposición, Mariano Rajoy, que pasaba por segunda vez por el plató, se notaba más hábil en su disposición psicomotriz ante el interrogatorio, pero en sus respuestas revelaba a las claras que no tiene ni idea de las cuestiones minúsculas que les afectan a cada ciudadano o de la micropolítica doméstica que se cuece en cualquier provincia que no suela aparecer demasiado en los telediarios. Normal. Una persona, por muy profesional de la política que sea, no puede estar al corriente de absolutamente todos los temas y de todos los territorios. Para eso, candidato o presidente, cuentan con un extenso equipo de técnicos y asesores que son los que saben, cada cual de su parcela. El candidato es, cada vez más, simplemente una cara bonita que sonríe cuando no sabe qué contestar o que construye circunloquios escapistas y vuelve a sonreír. Una ciudadanía madura debería saber esto, a estas alturas de nuestra democracia treintañera. Entonces, ¿cómo es posible que la gente pregunte todavía con esa cara y esas chuletas de estar ante el Mesías?
Seguramente porque la gente necesita creer en alguien, confiar en que hay otra gente superior que es capaz de hacer magia en vez de política. Y ello, en el fondo, es propio de gente que no confía en sí misma, sino en la milagrería de una clase política que cada vez necesita más de la televisión y menos del conocimiento.
[Este mismo artículo lo publico también en el número 1.950 del semanario Cambio16.]
