La desesperación es mala consejera, tanto para un partido que ha conseguido el gobierno cuando ya no había nada que gestionar como para el resto de partidos -incluido el eterno compañero del turnismo- que se ve ahora en la obligación teatral de montar una bronca lo más gorda posible en la calle, con muchos sindicalistas, nostálgicos de la República, funcionarios trasquilados, parados y papás hartos de sostener a sus dos o tres siguientes generaciones en casa, sin futuro por ninguna parte. La desesperación lleva al gobierno a no ver más soluciones que pegar tijeretazos a diestro y siniestro, sobre todo a siniestro, en un histrionismo cortante que pretende convertir en heroísmo, y al resto -donde nos integramos la población ahora como un todo que nunca lo fue, un todo de víctimas que nunca nos quisimos tanto-, a esa eterna lamentación un tanto absurda que siempre se resume en que esto de la crisis lo veíamos venir, que los políticos y los banqueros tienen la culpa de casi todo, que los nuevos ricos engordaron irresponsablemente la pelota de la inflación y que ahora deberíamos ponerlo todo patas arriba, empezando por la Iglesia y el Rey y terminando por esa casta política que nunca nos molestó tanto como ahora, cuando cualquier politicucho que no ha generado una sola idea decente para la colectividad vuelve a encontrar su carguito mientras a mi hijo y a mi yerno se les agotó la ayuda esa que daban.
Es el momento de los recortes gordos, aunque no los últimos, y de la desesperación, que conduce al populismo, a la demagogia, al discurso facilón y ardiente, para arrastrar a las masas no se sabe a dónde, aunque las masas van porque no tienen nada mejor que hacer.
Y en medio de esta realidad tan teatralizante y teatralizada, uno se acuerda de esa percepción de los políticos que tenían mis mayores y hasta uno mismo de pequeño. Creíamos entonces que había una brecha enorme entre la gente preparada, como decíamos en aquella época, y la que no, la que no se ocupaba más que de trabajar y traer un sueldo a casa, para la que el mundo era una cosa insolucionable y cada cual tenía bastante con lo que se cocía en su hogar. Entonces creíamos muchas cosas que, conforme nos hicimos mayores, empezamos a descreerlas, que era una manera de defraudarnos con la vida. Supongo que es ese mismo proceso hacia la mayoría de edad del que teorizaban maestros como Kant por el que, tomando ejemplos más de andar por casa, uno veía a su papá como el más fuerte, el más listo y el más capaz de cualquir cosa, hasta que un día uno descubría que su padre era un tío más bien corriente, con muchos defectos y al que uno no querría parecerse precisamente, al menos en aquellos años adolescentes en que crecía la certeza absoluta de que uno se comería el mundo de dos bocados. Sí, los políticos dejaron de ser gente preparada para convertirse en oportunistas descarados, al que por supuesto el discurso forzado y locuaz al que el sistema los obliga no los libra de esa pinta vergonzosa de personajes de cómic o guiñol. Escribo esto y me acuerdo irremediablemente, por imperiosa actualidad, de los ministros Montoro y De Guindos, que forman como una exquisita pareja de tontorrones que siempre piensan después de haber hablado y por eso cada vez que hablan sube el pan, o el Íbex o la bolsa o la prima esa de riesgo, ya que hoy ni siquiera comemos pan al fin y al cabo, sino snacks o sandwidches o biocenturis como mucho. Montoro y De Guindos, De Guindos y Montoro son una pareja de risa pero peligrosa porque, a fin de cuentas, tratan con nuestro dinero, que es el de todos o el de nadie o el de ellos solamente, como demuestra este afán repentino por agradar en Europa, no bajando el paro, que es lo más preocupante por aquí abajo, sino el déficit, que es lo más importante por allá arriba.
No veo solución al alcance de la mano mientras esta teatralizada sociedad no haga sino lo previsible, lo que a cada cual corresponde, ora amenazando con que no habrá dinero para pagar nóminas a los funcionarios, ora subiendo al autobús con la pancarta y la consigna memorizada. Luego los barrenderos limpiarán las calles de tanta indignación, preocupados porque ya estamos a final de mes y a ver si cobramos; los manifestantes se irán a casa, satisfechos de haberle gritado mucho al gobierno, y el gobierno preparará su análisis irónico del fracaso de las manifestaciones, porque las decisiones ya están tomadas, que le pregunten a la Merkel, que un día de estos lo va a dejar todo y se va a ir a su casita de pueblo, a descansar definitivamente. Con esta gente y este maniqueísmo estéril de buenos y malos, en función de la legislatura y la bancada, no llegaremos sino donde el tiempo nos depare. Dios nos ampare.
Este artículo, junto al anterior, se publican asimismo en el nº 2.116 del semanario Cambio16.
Este artículo, junto al anterior, se publican asimismo en el nº 2.116 del semanario Cambio16.


