jueves, 19 de julio de 2012

La crisis y otros escándalos (II)

La desesperación es mala consejera, tanto para un partido que ha conseguido el gobierno cuando ya no había nada que gestionar como para el resto de partidos -incluido el eterno compañero del turnismo- que se ve ahora en la obligación teatral de montar una bronca lo más gorda posible en la calle, con muchos sindicalistas, nostálgicos de la República, funcionarios trasquilados, parados y papás hartos de sostener a sus dos o tres siguientes generaciones en casa, sin futuro por ninguna parte. La desesperación lleva al gobierno a no ver más soluciones que pegar tijeretazos a diestro y siniestro, sobre todo a siniestro,  en un histrionismo cortante que pretende convertir en heroísmo, y al resto -donde nos integramos la población ahora como un todo que nunca lo fue, un todo de víctimas que nunca nos quisimos tanto-, a esa eterna lamentación un tanto absurda que siempre se resume en que esto de la crisis lo veíamos venir, que los políticos y los banqueros tienen la culpa de casi todo, que los nuevos ricos engordaron irresponsablemente la pelota de la inflación y que ahora deberíamos ponerlo todo patas arriba, empezando por la Iglesia y el Rey y terminando por esa casta política que nunca nos molestó tanto como ahora, cuando cualquier politicucho que no ha generado una sola idea decente para la colectividad vuelve a encontrar su carguito mientras a mi hijo y a mi yerno se les agotó la ayuda esa que daban.

Es el momento de los recortes gordos, aunque no los últimos, y de la desesperación, que conduce al populismo, a la demagogia, al discurso facilón y ardiente, para arrastrar a las masas no se sabe a dónde, aunque las masas van porque no tienen nada mejor que hacer. 

Y en medio de esta realidad tan teatralizante y teatralizada, uno se acuerda de esa percepción de los políticos que tenían mis mayores y hasta uno mismo de pequeño. Creíamos entonces que había una brecha enorme entre la gente preparada, como decíamos en aquella época, y la que no, la que no se ocupaba más que de trabajar y traer un sueldo a casa, para la que el mundo era una cosa insolucionable y cada cual tenía bastante con lo que se cocía en su hogar. Entonces creíamos muchas cosas que, conforme nos hicimos mayores, empezamos a descreerlas, que era una manera de defraudarnos con la vida. Supongo que es ese mismo proceso hacia la mayoría de edad del que teorizaban maestros como Kant por el que, tomando ejemplos más de andar por casa, uno veía a su papá como el más fuerte, el más listo y el más capaz de cualquir cosa, hasta que un día uno descubría que su padre era un tío más bien corriente, con muchos defectos y al que uno no querría parecerse precisamente, al menos en aquellos años adolescentes en que crecía la certeza absoluta de que uno se comería el mundo de dos bocados. Sí, los políticos dejaron de ser gente preparada para convertirse en oportunistas descarados, al que por supuesto el discurso forzado y locuaz al que el sistema los obliga no los libra de esa pinta vergonzosa de personajes de cómic o guiñol. Escribo esto y me acuerdo irremediablemente, por imperiosa actualidad, de los ministros Montoro y De Guindos, que forman como una exquisita pareja de tontorrones que siempre piensan después de haber hablado y por eso cada vez que hablan sube el pan, o el Íbex o la bolsa o la prima esa de riesgo, ya que hoy ni siquiera comemos pan al fin y al cabo, sino snacks o sandwidches o biocenturis como mucho. Montoro y De Guindos, De Guindos y Montoro son una pareja de risa pero peligrosa porque, a fin de cuentas, tratan con nuestro dinero, que es el de todos o el de nadie o el de ellos solamente, como demuestra este afán repentino por agradar en Europa, no bajando el paro, que es lo más preocupante por aquí abajo, sino el déficit, que es lo más importante por allá arriba. 

No veo solución al alcance de la mano mientras esta teatralizada sociedad no haga sino lo previsible, lo que a cada cual corresponde, ora amenazando con que no habrá dinero para pagar nóminas a los funcionarios, ora subiendo al autobús con la pancarta y la consigna memorizada. Luego los barrenderos limpiarán las calles de tanta indignación, preocupados porque ya estamos a final de mes y a ver si cobramos; los manifestantes se irán a casa, satisfechos de haberle gritado mucho al gobierno, y el gobierno preparará su análisis irónico del fracaso de las manifestaciones, porque las decisiones ya están tomadas, que le pregunten a la Merkel, que un día de estos lo va a dejar todo y se va a ir a su casita de pueblo, a descansar definitivamente. Con esta gente y este maniqueísmo estéril de buenos y malos, en función de la legislatura y la bancada, no llegaremos sino donde el tiempo nos depare. Dios nos ampare.

Este artículo, junto al anterior, se publican asimismo en el nº 2.116 del semanario Cambio16.

viernes, 13 de julio de 2012

La crisis y otros escándalos

Lo peor de la crisis que sufrimos a diario es que cada día se hace mayor, más omnipotente, más omnipresente, más protagonista hasta cuando hacemos el amor. No se habla de otra cosa. Y es una lata, sobre todo, oír decir las mismas paparruchadas a gente que no tiene ni idea de lo que dice, a gente que habla de oídas y que sólo abre su pico cuando le han dado un picotazo tras otro en su bolsillo de burguesito contumaz. Con esto de las nuevas tecnologías en red, además, proliferan los filósofos con dichos ingeniosos mientras se toman su gin-tonic, los pensadores que plagian cualquier frase que venga a cuento y la lanzan con su pda o como se llame, los reflexivos parlanchines en soledad que no saben cómo gestionar para nada su rabia porque, en efecto, aquello del bienestar se acabó el mes pasado.
 
A continuación están los políticos, que demostraron su inutilidad desde que la Merkel dijo aquí estoy, empezando por nuestro inútil presidente que más que un inútil en el sentido insultante que se le da en mi tierra, en ese sentido de no valer ni para estar escondido, es un inútil en el sentido de ser anacrónico, de estar pasado, como la uva pasa que ya nadie se come porque ya nadie guarda para sacar la bolsita dulce meses después. Cómo ha pasado el tiempo. Ese tiempo de las vacas gordas del que ahora resulta que todo quisqui reniega, del que ahora resulta que casi nadie se aprovechó. Siempre fueron otros los culpables. Y probablemente quienes se lamentan, nos lamentamos, tienen -tenemos- razón. Pero para qué sirve sino para alimentar la cansina llantina de convertir la crisis en el lobo feroz que ya llegó a pesar de que todos avisamos.
 
Hacen faltan ideas, individuales y colectivas. Las primeras para que cada cual apechugue y salga lo mejor que pueda de esta pantanosa situación. Las segundas para que la colectividad cuasinerte y aletargada que no ha pasado de indignarse, evidentemente, arranque el período de la acción en positivo, es decir, en gerundio creativo. Y yo no veo por ninguna parte ninguno de los dos tipos de ideas, sino toda especie de lamentación, hasta por parte de quienes tuvieron su época de labrarle un futuro a la sociedad y se dedicaron a dilapidar aquel presente a base de pelotazos, bien como agentes irresponsables de la gestión del bien común, bien como pelotas irremediables que entonces sonreían en silencio y ahora han perdido su pudor para hacerse las víctimas como todo hijo de vecino.
 
Lo peor de la crisis, en fin, es constatar todo esto y digerirlo a discreción.
 
Con el pleno histórico de recortes de este pasado martes uno constata, claro que sí, que vivimos la transición de una época a otra, la dolorosa crisis -o cambio- que nos ha arrastrado del tiempo ascendente de nuestros padres al tiempo descendente que van a heredar nuestros hijos. Y que la sangría de recortes, escándalos y sorpresas no ha terminado ni mucho menos, a pesar de las manifestaciones y otros picnic que preparemos para cuando se vaya este sofoco, sino que vendrán más bajadas y subidas al dictado europeo, al servicio de esta moneda que nos dimos alegremente sin pensar en ningún momento cómo funcionaba eso de la prima de riesgo, de los eurobonos, del Íbex, del BCE, del FMI, de las participaciones preferentes, de los valores sinvergüenzas, de las agencias de calificación y de la madre que los parió.

No hace falta ser un lumbreras ni haber estudiado un máster, y ni siquiera ser un pesimista más o menos informado o un optimista ajustado a los tiempos que corren, para darnos cuenta del explotido a rachas que está sufriendo todo, ese todo que los sindicalistas vaticinan que los otros, los malos, quieren cargarse mientras sacan provecho. El perverso sistema se encarga de darnos tantas noticias amargas a cuentagotas. Menos mal. Pero sería imprescindible que unos cuantos valientes dieran el salto para ver el final de esta pelota histérica y rutinaria antes de que lo veamos y suframos el resto de los mortales. Hace falta ir trabajando ya la reconstrucción, para ganar tiempo, y que el tiempo de los escombros dure lo menos posible. Al menos está claro que esa clase de valientes no va a salir de la clase política actual. Por eso es importante la investigación.

miércoles, 4 de julio de 2012

La vida sigue igual

Después de que la Selección Española de Fútbol ganara la Eurocopa (creo que se llama así, pero no me hagan demasiado caso; me pierdo con estos nombres semivacíos) y millones de españoles actuaran como si les hubiera tocado la lotería, para mi asombro, parece que la rutina vuelve a imponerse, con sus lotes de parados y malas noticias al amanecer. No me considero ningún aguafiestas, pero por mucho que me paro a pensarlo no consigo comprender que tanta gente celebre que un puñado de chavales a los que se les da fenomenalmente jugar al fútbol hayan ganado un campeonato europeo después de jugar seis partidos y ahora se lleven calentitos 50 millones de las pesetas que todos echamos de menos. No es envidia, no es descaste, no es mal rollo. Es, simple y llanamente, que no lo comprendo. Todavía si alguno de los futbolistas fuera mi primo o mi hijo o mi hermano, todavía. Todavía si los que se desgañitan animando al equipo de sus pasiones se llevaran una módica cantidad, simbólica, de -digamos- diez euritos, todavía. Pero estando el patio como está y el futuro como está, comprendo cada día menos cosas. Me esfuerzo, no se crean. Y pienso que se trata de un fenómeno de masas por el que muchas personas se olvidan de sus propios problemas, de sus propias agonías y experimentan un halo de felicidad al saberse parte de una colectividad que hace suyos los triunfos de unos jugadores que nos representan a todos los que vivimos en España. Pero luego lo pienso todo fríamente y sigo sin comprenderlo de verdad. Debo de ser un tío muy frío, o un tío demasiado racional. Supongo. Porque, créanme, vi, por ejemplo, el partido de la final, el de la Italia humillada por el 4-0. Y sí, me entusiasmé con los goles y todo eso. Pero cuando terminó el partido y escuché los berridos y las trompetas de la masa, volví a darme de bruces con una realidad que cada día entiendo menos. Muchos paisanos se fueron, al parecer, a celebrarlo a la fuente principal de la avenida principal de mi pueblo. A celebrarlo. En fin. 

Yo miré a mi hijo, al que Marina le había comprado una camiseta roja de esas, en los chinos. Disfruté mirándolo porque es muy guapo, con esa camiseta o con la que sea. Pero me lo imaginé veinte años después, y deseé no verlo celebrando nada tan ajeno como un partido de la tele con un entusiasmo tan fuera de lugar. Imaginé, sobre todo, que dentro de veinte años esta crisis que está arruinando el futuro de los jóvenes fuera ya pasado histórico, de esa clase de pasado que se mira por el rabillo del ojo y del que los viejos siempre hablan con suficiencia de sabiondos. Imaginé que los políticos que salen por la tele fueran otros, pero otros de verdad, no los herederos de estos papafritas que no tienen siquiera una porción de discurso mínimamente esperanzodora, sino una serie de clichés repetitivos que ya no convencen a nadie y tal vez por eso oigo gilipolleces tales como la proposición de que Vicente del Bosque, el seleccionador de los futbolistas estos, sea presidente del Gobierno. Qué vamos a esperar. 

Hablando en serio, más allá de estas celebraciones tan periódicas que siempre acaban con borracheras, calles sucias y muchos tíos con camisetas iguales y bolsitos en banderolas, aborregados, hablando en serio, digo, me preocupa seriamente que mi país destaque solo porque nuestra selección de futbolistas haya ganado los partidos que se le han puesto por delante. Que no destaque en investigación ni en economía ni en resultados educativos ni en gestión de los propios recursos. Y, sobre todo, me preocupa que esa élite de pensadores que debería decir todo esto a las claras se pliegue, sin embargo, a agavillar una serie de mentiras políticamente correctas para seguir bailándole el agua a no sé quién: que esta selección es un ejemplo a seguir, que con el esfuerzo se llega a cualquier sitio, que si el compañerismo, que si el coraje, que si la raza española. El esfuerzo y la honestidad son otra cosa, que se mide en años de sacrificio y no en un juego con la pelota. Hablamos de la vida, idiotas, me gustaría decirles a los amigos que aprecio de verdad. Una cosa es el fútbol, ese fútbol aupado a símbolo de no sé qué, a cortina de sí sé qué, y otra cosa la vida, que es algo irrepetible y muchísimo más serio. 

En los próximos años intentaré enseñárselo a mi hijo, que empieza la escuela en septiembre, y al que le queda tanto por vivir en serio, por fortuna.

sábado, 23 de junio de 2012

Surrealismo para un tiempo surreal

Nuestro último Patio del Parnaso, VI edición, versó anoche sobre el Surrealismo. No hubo demasiado público, decían que porque jugaba Grecia y Alemania, que están jugando todos los días con balones más peligrosos pero que ayer congregaba con más intesidad al gentío. En cualquier caso, también dijeron los presentes que fue el mejor Parnaso de los celebrados hasta ahora. Las intervenciones  -tras la bienvenida de nuestro querido Victoriano Rosal- fueron interesantísimas, desde la lección de historia del Surrealismo pictórico que nos dio Álvaro Benavides hasta los ejemplos vivos que nos trajo Eduardo Ponce, enamorado de la estética surrealista pero no de su ideología, según nos contó mientras disfrutábamos de cuadros suyos de 40 años, como el de la lata bollada sobre un mar de chapapote o el del bocadillo de angelote, tan insolente y profundo. Entretanto, José Manuel Begines hizo del psicólogo que nos faltó para recordarnos las claves freudianas antes de regalarnos su ponencia magistral del Surrealismo en el 27 andaluz, con las equivocaciones de Ortega y Gasset y las metáforas novísimas de Alberti, Cernuda y los demás. Carlos Fierro nos ilustró con las greguerías de Ramón Gómez de la Serna e incluso con los nuevos hallazgos aforísticos de Bergamín y Romero Murube, que los llamaba sesgos. Sergio Román, enamorado del cine y cineasta en ciernes, nos convenció del encanto del cine en blanco y negro y nos enseñó algunas de las claves del trabajo de Buñuel, mientras proyectaba Un chien andalou, y de David Lynch, del que destapó unas cuantas constantes y del que terminó recomendando un puñado de películas imprescindibles, como El hombre elefante. Fede Ponce nos sorprendió a todos con ejemplos de la arquitectura imposible que ha sembrado el espacio del siglo XX, con referencias magníficas y autores que todos deberíamos valorar más. Juan José, nuestro querido carpintero belenista y poeta, nos trajo un diorama que alucinó al público, porque en su juego de perspectivas demostraba un control de la proporción que los amantes del cine allí presentes consideraron propia de Tim Burton. Y Claudio Maestre remató la noche con la foto de algo que parecía una anécdota pero que terminó cerrando el círculo posibilista de un Surrealismo que, aunque parezca un ismo alejado de la humanización, en realidad fue la vanguardia que más nos humanizó, con toda su carga de irracionalismo demasiado humano, como se encargó de recordarnos José Manuel Begines en su disertación. La foto captaba un librote grande de El Quijote, expuesto en su instituto, el IES Romero Murube -en el que un servidor tuvo la suerte de comenzar su carrera docente-, sostenido genialmente por un almocafre, obra de un alumno, Cristian Benítez, que no estudiará Bachillerato pero que ya ha demostrado una sabiduría manchonera que muchos querrían para sí, como reconoció Claudio en una carta dirigida al muchacho, asombrado de esa mezcla surrealista que enseguida captó entre el ingenioso hidalgo, Cervantes y el almocafre palaciego en su excelsa función de atril para novela tan sagrada.
Fue una noche inolvidable.

Aquí les dejo mi introducción:


Buenas noches,
Hasta hace muy poco nos reuníamos en este patio de la fuente y decíamos que se llamaba "Patio del Parnaso". Hoy nos volvemos a reunir y no es que lo digamos, sino que hay un nombre que lo dice, una placa con vocación de eternizar ese nombre que, desde el ejemplo de los griegos, hemos elegido con cierta dosis de humildad para no hablar de MONTE sino de PATIO, que es un concepto mucho más cercano, a pie de casa doméstica. 
Y desde este Patio del Parnaso nos hemos reunido hoy en torno a un concepto que empezó a utilizarse cada vez más en el arte y en la vida como es el "Surrealismo" hace ahora casi un siglo. Desde que Apollinaire utilizó el término en 1917 o desde que Andre Breton firmó el Primer Manifiesto Surrealista en 1924, la idea de lo surrealista no ha hecho más que crecer, retroalimentarse y erigirse en fragua creadora. Los primeros surrealistas, poetas franceses inconformes, entendieron bien la etimología del término al pensar en lo que está más allá, por encima, de la Realidad. En rigor, la verdadera esencia del Arte es esa: indagar más allá de la realidad, es decir, ser surrealista. Y tal vez por ello los surrealistas de los que hablamos, en las primeras décadas del siglo XX, sabían perfectamente que surrealistas habían sido ya El Bosco en el siglo XV con todas las delicias de su jardín, o Giuseppe Arcimboldo en el siglo XVI con las frutas, incluso prihibidas, de sus estaciones personales, o hasta un pensador presocrático como Heráclito, seguro solamente del cambio incesante de absolutamente todo.

    El Surrealismo, en este sentido esencial al que nos referimos, no puede tener fin. Y nunca pasará de moda. Por suerte o por desgracia. Y mucho menos en este contexto de posmodernidad que no acaba. 
En los últimos años -casi podríamos decir en las dos últimas décadas-, se ha comenzado a hablar, más que de lo Surrealista, de lo Surreal. Internet, la televisión vía satélite, el Photoshop o los últimos descubrimientos científicos han vuelto a cambiar muchísimo la percepción de lo real. Si el Surrealismo ofrecía imágenes oníricas, reconocidas inmediatamente como improbables en la realidad de lo cotidiano, lo Surreal ha propuesto, en cambio, imágenes reales que cuesta aceptar como verídicas. Si el Surrealismo ha sido el espejo de los trastornos del inconsciente del individuo, que se proyectan en lo real bajo la forma de obra de arte, lo Surreal es el espejo de lo real que se proyecta en el insconsciente del individuo, creando trastornos. En este sentido, ¿qué es la ominipresente Crisis de la que todos estamos todo el día hablando sino un vastísimo producto de lo Surreal?

¿No era Surreal, es decir, una imagen real que cuesta aceptar como verídica, que un escayolista de 20 años cobrara lo mismo exactamente que un catedrático de Derecho?

¿No era Surreal, es decir, una imagen real que cuesta aceptar como verídica, que un joven se gastara en tomar unas copas con los amigos exactamente la misma cantidad que unos años antes su madre hubiera reservado para los regalos de Reyes Magos de todos sus hijos?

¿No es Surreal, es decir, una imagen real que cuesta aceptar como verídica, que el Gobierno decida en un fin de semana rescatar a la banca con la misma cantidad que decide ahorrar en la educación de las próximas generaciones?

¿No es Surral, en fin, que todo este drama de coches amontonados, casas vacías e impagadas, gentes en las colas del paro y de la comida por caridad y de una generación que no ve la luz por ningún lado... fuera vaticinado claramente por los viejos a los que nadie escuchaba con el análisis financiero y certero de "esto va a dar un explotío y pronto"?

Lo Surreal, en un sentido pragmático, como consecuencia temporal y vital de lo Surrealista en un sentido artístico, no puede sustraernos, en todo caso, de la importancia de este movimiento vanguardista tan perdurable que surge tras la I Guerra Mundial sobre la base del psicoanálisis y de la toma de conciencia colectiva del papel desarrollado por el insconsciente en la cotidianidad del individuo concreto y la influencia ejercida por la interpretación de los sueños de Freud, por ejemplo. A partir de todo esto, surgirán certezas inauditas como que las revelaciones repentinas que luego se demuestran tan verdaderas no son revelaciones del espíritu o del Altísimo, sino del incosciente de ese yo oculto que es el verdadero motor de la creación en general y de la creación artística en particular, desde el mágico afán que concibió la Torre de Babel hasta tantos afanes por venir.

Cuando la pintora y escritora inglesa Leonora Carrington se salvó de la locura nazi y llegó a México, después de pasar por España, ya Breton había expulsado a unos cuantos de su movimiento por haberse acercado peligrosamente al fascismo. Y fue entonces cuando el surrealismo se convirtió definitivamente en una respuesta política sin complejos. Ya para entonces, la imagen -la imagen pictórica, fotográfica, cinematográfica, arquitectónica, metafórica- se había convertido en una base imprescindible de lo Surrealista, para regalarnos ejemplos llamados a convertirse en clásicos de la Historia del Arte, las obras de Luis Buñuel, de René Magritte, de Diego Rivera, de Marcel Duchamp, de Man Ray, de Maruja Mallo, de Salvador Dalí, de Joan Miró, de Ramón Gómez de la Serna, de Fernando Arrabal, de Vicente Aleixandre, de Rafael Alberti o de Juan Larrea, nombres, entre otros muchos, que van a resonar con eco propio en esta noche gracias a las intervenciones de nuestros amigos parnasianos, tan entusiastas de la Realidad como de ese ancho mundo que se abre al otro lado y sin el que tampoco podríamos vivir; seguir viviendo.
BUENAS NOCHES

lunes, 4 de junio de 2012

Pendaripén & Duende

Este próximo jueves, 7 de junio, estrenamos en el teatro de mi pueblo, bautizado con el nombre del dramaturgo local Pedro Pérez Fernández, un espectáculo sinfónico-flamenco con un nombre que, después de inventármelo, me suena cada vez mejor: "Pendaripén & Duende". Lo primero significa "Historia" en caló. Lo segundo no tiene un significado preciso, pero a todo el mundo le recorre cierto escalofrío de musa entusiasmada cuando oye la palabra. Se trata de un espectáculo para el festival de La Mistela, el de más solera que tiene mi pueblo. Contamos con 18 músicos de altura de la Sinfónica Ciudad de Sevilla; con un cantaor que suena como el ángel mimado de Dios que es Miguel Ortega; con su guitarrista, Manuel Herrera, que derrocha compás a raudales; con un bailaor que ha ganado algo así como el Nobel del Baile que es el Premio Benois de la Danza, Fernando Romero; y con más de medio centenar de niños que tienen voces celestiales y que ya son harto conocidos con el nombre colectivo de Escolanía de Los Palacios. A todo este personal, incluido un servidor, que ha escrito los textos que suenan en boca de todos -incluida la mía como narrador-, lo dirige con batuta inspiradísima el precoz Juan Manuel Busto, una de esas joyas que da mi pueblo muy de vez en cuando. Cuando lo veo afanado en mil y un detalles, con sus 25 años y todo su arte por delante, me acuerdo del final del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, y cambio ligeramente la letra:, pensando, en vez de en el final, en el principio de todo: "Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un palaciego tan claro, tan rico de aventura...". Antes de saber cómo reaccionará el público, estoy satisfecho de nuestro trabajo y admirado con Juan Manuel Busto. Tengo que reconocer que hacía mucho tiempo que no me ponía nervioso. Nervioso de verdad.

martes, 15 de mayo de 2012

Nos deja Carlos Fuentes, un señor

De mayor, me gustaría ser Carlos Fuentes. Un humanista completo, al que le encantaba hablar de cine, de vinos, de mujeres, de literatura, de política y de dioses. Todo en singular o en plural. Para todo tenía.


sábado, 5 de mayo de 2012

Paradojas y gritos

Esta crisis de nunca acabar acentúa, sobre todo, la certidumbre de que el mundo - sin entrar en ese limbo mayúsculo que es el Tercer Mundo- no es uno, sino dos, dispuestos en dos hemisferios que nada tienen que ver con el norte y el sur, sino con la dimensión estratosférica de quienes ganan en un minuto lo que el resto en muchas generaciones de su propia estirpe y esa dimensión chapucera y cotidiana de quienes nos peleamos por si el sueldo mínimo interprofesional debería quedarse en los 641 euros mensuales de ahora o bajar a los 633 de hace un par de años. Miserias.  

    En la miserable espiral de estos días, con decenas de miles de aficionados del Real Madrid echándose a la calle para intentar tocar siquiera con las puntas de los dedos a sus ídolos -esos niños que les sonríen y se abren paso entre los antidisturbios y dicen monosílabos y se suben al avión para irse a su mundo y olvidarse de éste-, y mientras el desempleo hace estragos en millones de familias de toda Europa, descubrimos que en Nueva York se subasta el estremecedor y más famoso cuadro expresionista de Edvand Munch por 91 millones de euros. Para entendernos mejor y redondeando en la divisa de nuestra nostalgia imperecedera, 15.000 millones de pesetas. No sabemos quién lo ha comprado ni hacia dónde voló, pero sí quién se ha embolsicado la cifra: el millonario noruego Petter Olsen, que era su propietario hasta hace unos días y que ahora lo ha descolgado de la pared para hacer un gran negocio. 

    Los negocios del arte se perfilan como las aguas perfectas donde se entienden los tiburones financieros, que compran o venden objetos artísticos pensando en otras cosas. Evidentemente, quien se gasta millones de euros en un cuadro -sólo en un cuadro, ¡que se cuelga o se descuelga del cáncamo en la pared!- debe de tener otros muchísimos quebraderos de cabeza, desde el blanqueo de sus incomprensibles fondos en metálico hasta el futuro de los intereses que van escupiendo los turbios negocios que los pudieron generar. 

    Todo resulta desasosegante en esta impúdica historia del arte en manos de gentes que nada tienen que ver con este mundo nuestro ni con los sentimientos que dieron lugar a esas creaciones. El Grito de Munch -pintado en París en 1893- como paradigma del Expresionismo -otro de los ismos que las primeras Vanguardias arrojaron sobre el absurdo que iba tiñendo el mundo en la posmodernidad-, es la expresión de la desesperación no sólo de un individuo que grita junto a la baranda de un puente mientras el cielo estalla de colores y líneas imposibles, sino también el grito de un conjunto de millones de individuos solos que se ven abandonados frente a las injusticias sociales y a las desigualdades económicas propias de la génesis de la Revolución Industrial. Munch, con acusados problemas familiares -su hermana esquizofrénica en el manicomio, su madre muerta...- y estresado por esa convulsión ética y estética que le bulle a los artistas verdaderos dentro del pecho, dejó escrita la sensación empírica que lo empujó años más tarde a pintar El Grito: "Iba caminando con dos amigos por el paseo; el sol se ponía; el cielo se volvió de pronto rojo. Yo me paré, cansado me apoyé en una baranda. Sobre la ciudad y el fiordo oscuro azul no veía sino sangre y lenguas de fuego. Mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo, y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza". 

    El paisaje real referido y pintado es Oslo visto desde la colina de Ekeberg. Por supuesto, Munch no imaginó nunca que aquel cuadro -del que haría cuatro versiones y una litografía- se convertiría, con los años y la reinterpretación que la historia y otros horrores globales como la II Guerra Mundial obligan a hacer de todas las expresiones artísticas cargadas de poética ambigüedad, en un icono absolutamente universal. Sorprende aún más esta paradoja si uno lee sus propias declaraciones sobre el impacto que le produce la gestión del arte al llegar desde su Noruega natal hasta el París de la bohemia y el desenfreno: "Lo que está arruinando el arte moderno es el comercio, al exigir que los cuadros se vean bien una vez que se los cuelga en la pared. No se pinta por el deseo de pintar... o con la intención de pintar una historia. Yo, que fui a París hace siete años lleno de curiosidad por ver el salón y que estaba dispuesto a dejarme llevar por el entusiasmo, lo que sentí fue sólo repugnancia” [recogido en Bischoff, Ulrich: Edvand Munch: 1863-1944]. 

    ¿Qué reacción habría tenido Edvand si hubiera asistido a la subasta de Sotheby's en Nueva York por la que el cuadro que él pintó más de un siglo antes se convertía en la obra de arte subastada por más dinero de la historia, unos 120 millones de dólares -incluidos los 13 que se llevaba la comisión? Probablemente, hubiera vuelto a gritar, pero en el desierto de su soledad, porque su parecer hubiera vuelto a importar muy poco. Está claro que los artistas son ya los que pintan menos en el mundo del arte. 

    El grito del protagonista de El Grito parece seguir gritando en balde ante las prácticas paradójicamente carentes de toda ética que suponen estas transacciones económicas gracias a obras de artes que precisamente buscaban denunciar la falta de escrúpulos en un mundo injusto. Al margen de quien compró el cuadro por 91 millones de euros, había al menos otros siete marchantes con 80 millones cada uno, dispuestos a soltarlos. Ingenuo de mí, pensé que asistía, en este espectáculo del poderoso caballero don dinero en New York, al récord histórico en la venta de un cuadro. Sin embargo, en relaciones privadas, que es donde se cuecen cantidades más sustanciosas, el récord lo tiene -que sepamos- el cuadro de Cézanne titulado Los jugadores de cartas, comprado por la familia real de Catar el año pasado al módico precio de 191 millones de euros. 

    Está claro que, pasada la burbuja del ladrillo, ya está aquí la burbuja del pincel. Si la pompa se forma gorda, la materia prima es lo de menos. Al menos nos queda el consuelo de que, si alguna vez estallara, salpicaría a menos gente. 


*Este artículo se publica asimismo en la sección de Cultura del nº 2.016 del semanario Cambio16

sábado, 21 de abril de 2012

Una historia Real sobre los tiros

El Rey dio la cara el 23-F, tras los tiros al techo en el Congreso. Y aquella cara le ha valido 30 años de sostén de una institución tan anacrónica como la suya. Ahora, el 14-M (qué irónicas son las fechas) de 30 años después, es él quien da los tiros (y no al aire ni contra el techo, sino para no fallar dada la envergadura de esos animales) y con estos tiros se carga del tirón su cheque en blanco social. Por eso ha vuelto a dar la cara, para recargar el cheque para otros 30 años en los que el Príncipe habrá de tomar el testigo. Que un monarca pida perdón en un pasillo es un cambio, sin duda. Un cambio gordo para que nada cambie.

lunes, 16 de abril de 2012

Los cuernos de la Monarquía

No crean, por el título que le he colocado a este constructivo artículo, que mi intención sea la de menospreciar a tan distinguida institución, tan valorada históricamente entre los españoles, quienes, al contrario de sus vecinos franceses, verbigracia, que acabaron cortándoles el cuello a sus majestades -las suyas, digo-, siempre reservaron grandilocuentes apelativos para esta casta de la sangre azul como el Católico o el Deseado. Los cuernos en los que pienso, por tanto, no pueden ser sino de venerable osamenta y de distinguida raigambre en los muy nobles ejemplares de la caza mayor; piénsese en ciervos, búfalos o elefantes, pues aunque estos últimos enseñan más bien sus colmillos, la largueza de cada uno lo asemeja -a cada lado de tan majestuosa trompa- a dos palaciegos cuernos de marfil. Y sabido es que reyes y principitos -especialmente los nuestros, tan ibéricos- pierden pie por soltar tiritos, bien en Soria bien en Botsuana, por citar dos puntos geográficos tan bellos como peregrinos.

De dominio público es también la acepción que la cornamenta presenta, semánticamente hablando, en esa metáfora popular que ha dado en significar 'infidelidad'. E igualmente será de dominio público que esta acepción no se ajusta para nada a nuestra felicísima Familia Real, cuyos miembros en matrimonio inconforme han optado por el divorcio, como dicta su moderna condición de realeza ajustada a los tiempos en que vive. Hasta aquí, que sepamos a ciencia cierta, todo bien, pues, en cualquier caso, quien sintió sobre su cabeza la sombra de ciertos cuernos, con no mirar hacia arriba ni mirarse en el espejo, tuvo bastante. Pero -y aquí viene el fondo de mi hipótesis-, pero... ¿qué ocurre ahora que la propia monarquía como tal, ella solita y sin ayuda de nadie, parece ponerse los cuernos a sí misma? Y entiéndaseme: ¿qué ocurre ahora que la propia monarquía se traiciona a sí misma?

Pues lo primero que se me ocurre es que los partidos republicanos van a tomarse más días de descanso porque van a descubrir que tampoco hace falta trabajar tanto, fundamentalmente porque contra una institución de tal calibre como esta de la que hablamos nadie como ella sola para aniquilarse, desde dentro, desde el interior de sus hijos, nietos y yernazos. A la vista está -según vemos fotos que parecen de safaris de los 40, de la caza en La Mancha de los 50 o de los gansters de los 60- que esta familia sustentada en La Zarzuela por el gesto oportuno del patriarca un 23 de febrero de hace 30 años está, sin embargo, haciendo todo lo que está en sus manos -y en sus pies- para convertirse en los últimos mohicanos de una era en la que el rey había dejado de ser precisamente el mejor guerrero, el más inteligente y el más dotado, y que simplemente era monarca no ya por la gracia de Dios o por la gracia de la herencia y la costumbre, sino por el artificio de las carambolas históricas diseñadas por un dictador cualquiera, francamente.

En la historia social de esta monarquía nuestra ya tan longeva, hubo décadas -los 80 y los 90- en que la monotonía y la rumorología blanca en torno a los reyes los dejó sobrevivir cómodamente para cumplir con su sesión estival de fotos en el yate y el discurso de Nochebuena. Ni siquiera la soltería del Príncipe primero ni su boda con una plebeya guapa después hicieron tambalear nada. Ni la persistencia de la mayoría de la Casa en traer niñas antes que niños a una nación donde el rumor de la ley sálica nos sigue poniendo nerviosos, sobre todo a una Constitución como la nuestra, rauda para modificarse en asuntos monetarios pero no de género real. Pero fue cumplir Su Majestad una edad, y precipitarse todo. De su mutismo de cuadro empolvado salió preguntándole a Hugo Chávez que por qué no se callaba en una cumbre iberoamericana en 2007. A partir de ahí, su mujer la Reina publica un libro en que censura la homosexualidad, su hija Elena se divorcia, su yerno Iñaki se convierte en el gran Presunto de España, su nieto se pega un tiro en el pie y él ahora, para no ser menos, se parte una cadera en la Conchinchina, revelando no tanto que mate animalitos en peligro de extinción o que despiertan simpatía en esta parte del mundo tiernamente civilizado, sino que nos hemos enterado de que lo hace sólo porque hubo un accidente, y accidentalmente descubrimos lo que con total seguridad es bastante habitual. Nos enteramos el 14 de abril, el día señalaíto de la II República Española. Y ese mismo día tenemos la certidumbre irrevocable de que ni su yerno irá a la cárcel ni su nieto será interrogado sobre qué hacía con una pistolita con 13 años ni él ha tenido que esperar 12 horas para ser intervenido por un equipo médico de lujo mientras el resto de españoles no sólo tiene que esperar muchos años para lo mismo, sino que jamás aspiran siquiera a ser intervenidos porque nuestro inteligente sistema sanitario -ese al que ahora le quitan 7.000 millones de euros porque la cosa está muy mal- se encarga de esperar hasta que el enfermo está para el arrastre y ya no merecen la pena las prótesis.

Los cuernos de la Monarquía no son suyos, como se ve, sino de los bichos que caza por diversión mientras nuestra sociedad descubre que, como pasa siempre en asuntos de cornamenta seria, en toda Europa y hasta en Botsuana lo saben todo y el cabrón, en cambio, es el último que se entera. Los últimos que nos enteramos.


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