martes, 28 de enero de 2014

Aborto de estupideces

Para quienes se ven en la terrorífica tesitura de abortar, o sea, ciertas mujeres, la situación es tan dramática, por definición, que no ha lugar la barata moralina política ni el deshumanizado análisis de rentabilidades. Debe de ser una de las modalidades más lastimeras del horror vacui. De modo que todas esas impostadas reflexiones ministeriales, mientras el país no sale de su abismo, deben de sonarles estúpidas a más de una protagonista a su pesar, deseosas de que sean los responsables públicos quienes aborten estupideces para la reconducción seria del contexto común. Y sin embargo, no sólo hemos de soportar el soporífero debate de estupideces gubernamentales mientras hay tanto por resolver, sino que precisamente nos deben de tomar por estúpidos cuando tantos de estos estúpidos debates terminan diluyéndose en la estupidez ambiental fomentada como cortina de humo a favor de intereses tan particulares.

    Los gobernantes están para gobernar, que en puridad es resolver problemas, no crearlos. Y el principal problema de nuestro tiempo es el paro, como han reconocido tantas veces, por otra parte, los políticos de este PP que, a ratos, nos parece tan liberal en el pragmático sentido de la palabra, y a ratos, tan mojigato. Si el problema fundamental es el paro, y no se resuelve, ¿a qué vienen tantos empeños en resolver problemas que los ciudadanos no reclaman? Los últimos episodios protagonizados por responsables del PP y la ciudadanía radicalizada -vuelta a la raíz; o condenada a ella- nos ofrecen una doble respuesta, que oscila entre el aparente paternalismo de unos liberales que no se aclaran y los negocios parciales y abyectos que subyacen en sus endebles argumentarios y que a la postre descubrimos, cuando claudican por falta de razón y convencimiento.

    Uno de ellos es la construcción de un bulevar en Gamonal, Burgos, que nadie reivindicaba, salvo los constructores del mismo, que en connivencia con los propios gobernantes habían visto una fantástica y duradera oportunidad de negocio. Tras semanas de revolución ciudadana, hasta convertir Gamonal en el símbolo del poder modificador de los abajo en esta democracia tan desentrenada, aparece el alcalde en rueda de prensa para decir que vale, que los ciudadanos ganan, que el bulevar no se hace, que se rinden, que más vale la paz social que unos euros mal ganados. Como si los proyectos emprendidos por la administración tuvieran que leerse en cierta clave bélica y no como la materialización de la voluntad popular.

    El segundo es el intento de privatización de media docena de hospitales madrileños. Tras la constante lucha por evitarnos volver al pasado de esos profesionales constituidos en marea blanca, y tras tantos reveses ciudadanos, políticos y judiciales, también salen en rueda de prensa el presidente madrileño, Ignacio González, para decir que vale, que se paraliza la privatización, que la gente gana, y su consejero, Javier Fernández-Lasquetty, para marcharse a casa, perdida la batalla. De nuevo como si hacer política fuera cuestión de batallas y no de materializaciones de la voluntad popular. De nuevo la política como un ejercicio de rentabilidades particulares y no como la consecución de sueños generales. Un sueño general -y conseguido hace tan poco que nuestros abuelos aún desconfiaban, y con razón- fue precisamente el acceso de todos a la sanidad pública. De repente, un ser humano podía ser asistido directa y gratuitamente en cuanto enfermaba, y no era necesario haber ahorrado lo inasumible para sobrevivir a cualquier mal de la vejez. Esa conquista, tan inaudita en la historia de la humanidad, empezaba a resquebrajarse con el proyecto sanitario del PP madrileño, cuyos exconsejeros del ramo habían rentabilizado ya su fácil traspaso de lo público a lo privado con operaciones parecidas a la fracasada esta vez.  Tales operaciones fueron tan sencillas como burdas: amaño para privatizar mientras gobierno lo público para garantizar mi negocio privado al salir de lo público. O dicho de otra forma: desmantelo lo público pero garantizo mi futuro privado. 

    Ambos ejemplos recientes han desembocado en el mismo fracaso por la lucha de los ciudadanos, espoleados por la desesperación generalizada. Con lo que, con cierta perspectiva de lo ocurrido, uno concluye que la estrategia gubernamental era la clásica del 'si cuela, cuela'. No ha colado, pero hay más oportunidades; quedan dos años.

    El disparate de reformar una ley del aborto que contentaba a la mayoría vuelve a colocarnos sobre el mismo esquema: solucionar un problema que la ciudadnía no reivindica, o crear problemas en vez de solucionarlos. ¿Estupidez? A estas alturas, uno empieza a pensar que, más allá de la aparente estupidez, subyacen estrategias rentabilizadoras. Pero en un asunto tan dramático como el del aborto, en el que las prohibiciones desembocan en clandestinidades o en negocios particularísimos -de nuevo- de clínicas privadas, a uno se le pone la piel de gallina... Relacionar la reforma del aborto con la mejora de la economía, como ha hecho el gobierno, no sólo nos parece vomitivo, sino terrorífico. No entendemos si nos toman como ganado o, peor, como instrumento barato en el acostumbrado sentido de los totalitarismos. ¿La economía de quiénes mejorará esta reforma del aborto? Ninguna respuesta nos parece éticamente soportable.

viernes, 17 de enero de 2014

Otra vez desde Burgos, mil años después

Puede contemplarse la Historia de España como una sucesión de civilizaciones yuxtapuestas, al albur de intereses o circunstancias irreversibles, o como una trama teledirigida por alguna Providencia controlada a su vez por el nacionalcatolicismo del que este país es grasientamente heredero cuyo planteamiento es la espada del Cid contra el infiel y cuyo desenlace es la unidad de la nación bajo el báculo de Rajoy. Pero se opte por cualquiera de las opciones historiográficas que se opte, convendremos en la capital importancia de Burgos para este territorio peninsular sobre el que quienes pisamos sólo logramos ponernos de acuerdo, y sólo a veces, geográficamente hablando. De Burgos fue expulsado, por un rey malaconsejado, el héroe preburgués sobre el que se consolidó nuestra epopeya nacional, allá por el siglo XI, antes de que algún fantasioso clérigo abriera el pergamino en blanco para dar razón de las razones del de Vivar. En Burgos se levantan hoy barricadas por otra injusticia local, con la diferencia de que ahora al Rey le basta y le sobra con sus propios asuntos y los defensores del vulgo toman como infieles a los bomberos que llegan a apagar ese fuego que tanto daño hace a esta España nuestra. Pero salvando las distancias temporales, es curioso que sea Burgos -tan modosita y tan poco televisiva, por lo general- la que aglutina, entonces y ahora, la causa nacional desde problemas puramente locales. Tal vez quienes creen en el destino tengan algo de razón.

    El caso es que Burgos en llamas nos recordaba esta semana a tantos lugares orientales acostumbrados a los telediarios. Pero no. Era la modosita Burgos, la misma, a la que vista desde la pantalla de la tele no la hubiera reconocido ni el mismísimo Cid ni el mismísimo Rey, que ahora, como decimos, tiene sus ojos en otras afrentas. La última, la del conspirador juez Castro, empeñado en culpar a su hija de enredos que sólo su yernazo malhallado sabría desenredar, si lo obligaran, que para eso dijo el monarca aquello de que todos somos iguales ante la Justicia... pero sin pensar que a la Justicia le diera por conspiraciones de tan altos vuelos. Los reyes de antes hablaban y siempre había un disimulado lacayo para literaturizar sus discursos. Los reyes de hoy hablan -al menos el nuestro- y nos tomamos su discurso al pie de la letra. El vulgo no tiene remedio.

    Ni ahora que nos agasajaron con una democracia nos conformamos. O tal vez sea esta pobreza galopante la que nos azuza, porque durante aquella bonanza rosa chicle de hace un rato conspirábamos poco, lo suficiente para mantener el taco, ¿se acuerdan? Pero lo bueno se acaba, y entonces llega el momento de restablecer el orden de las cosas: el Rey arriba, con su realeza; los políticos solapándolo, con sus privilegios, y los jueces jugando a la gallinita ciega, que para eso a la Justicia le vendaron los ojos... Lo malo es que en este país, como ha dicho Gabilondo, la Justicia no es ciega, sino tuerta, y todo lo ve con el ojo derecho. Con ese ojo ve la posible anticonstitucionalidad de la ley andaluza contra los desahucios, mientras por culpa del izquierdo pierde el indulto a Garzón. Lo malo es que en este país, como decimos todos sin hacer nada, los políticos -de cualquier color- se han convertido en una casta que se mudó al arcoiris, y allí sigue. Lo malo es que en este país, como nos recuerda el Borbón cada vez que tropieza, se redactó una Constitución admitiendo el café para todos, pero sin esperar que absolutamente todos fuéramos a querer café.

    Lo del café era un decir, como los discursos navideños del monarca, como lo del derecho a una vivienda digna, como que las ayudas públicas a los bancos serían devueltas, como que los grandes ladrones irían a la cárcel, como que todos tenemos derecho a una educación y una sanidad públicas... Todo es un decir, pero al vulgo se nos tiene que decir todo sin diplomacia para que nos enteremos de verdad. A palos, si es posible. Y eso sólo lo entienden los que están tan lejos del vulgo, los que en todas las elecciones van con las multiplicaciones aprendidas; no los que, antes de los comicios, nos permitimos el lujo de dividir, y entre dividendo, divisor, cociente y resto, se nos queda cara de bombero apaleado. Mi hijo pequeño ha visto las imágenes, y ahora sí que no tiene claro si, de mayor, prefiere apagar fuegos o poner multas. "Yo creía que los bomberos y los policías eran amigos, papá", me ha soltado. "Yo también, hijo", le he contestado, mientras me lagrimeaban los ojos por la reverberación de las llamas de Madrid y Burgos... y veo a ese decidido alcalde que, en lugar de hablar del bulevar, lo quiere construir, digno heredero de esta España por decreto. No deja de ser una broma lingüística de mal gusto que el alcalde de Burgos se llame Lacalle cuando tan alejado está de ella, he pensado. Pero enseguida me he acordado de que esta España que nos construyeron desde Burgos fue siempre el país de las paradojas. Lo sigue siendo.

  • Este artículo también se publica en la edición del 19 de enero de El Correo de Andalucía

jueves, 9 de enero de 2014

Un país de locos

Ahora, a estas alturas de la estafa camuflada de crisis; sólo ahora, después de seis años en caída libre de la gente corriente mientras despegaban, se consolidaban o se saneaban ciertos poderes fácticos a la vergonzosa sombra de los poderes públicos, es la corrupción el segundo problema que más preocupa a los españoles. El segundo. El primero es el paro, claro, pues tal vez desde la atalaya inversa de la pasividad involuntaria se comienza a vislumbrar, retrospectiva e inútilmente, la razón esencial de la podredumbre de un país. Con una tasa de paro mareante en el contexto de la Unión Europea, y mientras se hacen ridículas cábalas optimizantes sobre las bajadas del desempleo en trimestres más que esperables y por tanto nada alentadoras estructuralmente, los españoles encontramos el tiempo suficiente para reflexionar en torno a las corruptelas que afectan, diametralmente, a una democracia en la que se puso mucho más empeño en sembrar que en regar. Desde el Rey hasta el último vasallo, qué pocas instituciones destacadas en este nuevo ordenamiento con tanta vocación medievalizante se libran del pecado -que no delito, eso hay que probarlo- de la corrupción... Pues bien, no parece ser hasta ahora cuando, según el CIS, el ciudadano de a pie no ha decidido preocuparse seriamente por ella.

En cualquier caso, una cosa es la preocupación y otra, muy distinta, la ocupación. Podremos preocuparnos mucho y ocuparnos poco. Porque la ocupación -también el empleo, por supuesto- la tienen ellos, fundamentalmente los que se han ocupado, laboriosa y calladamente, de hacer fortunas indecentes que ahora se adoban con la perdiz mareada de la flagrante desigualdad de todos ante la Ley y la Justicia. Se ponen pesados, por ejemplo, con la vía dolorosa de la Monarquía. A mí me produce más dolor la siguiente pregunta: ¿acabará el juez Castro, vía Infanta, como acabó el juez Garzón vía Franco? Desde luego hay muchos ocupados en no cejar en el intento, mientras millones de desocupados van perdiendo ya toda posibilidad de ayuda. Esto es una ruleta. Son estos desocupados los que se preocupan muchísimo por la corrupción, pero se ocuparon y se ocupan -nos ocupamos- poquísimo por ella. Qué quieren que hagamos, si hasta dentro de cuatro años no nos citan otra vez, y entretanto todo es un circo televisivo más que real, de un neorrealismo español y berlanguiano en el que las mamás son condenadas a varios años de cárcel por robar leche para sus bebés mientras que a los presidentes de las regiones, los clubes de fútbol, sus dehesas particulares, tanto da, pues todo es torear(nos), les dan tres leches ser condenados a unos cuantos meses porque siempre les funciona la gracia suprema del indulto. 

Se suele temer tener que explicarles tanto disparate a los extraterrestres, si nos visitaran, pero yo temo más tener que explicárselo a mis hijos. Empezaré confesándoles que no sé por dónde empezar. Algún día tendré que contarles cómo el estado del bienestar que nos prometieron lo fuimos sustituyendo por copagos, emisión de deudas de bancos que debieran haber desaparecido, regresión fugaz de las viejas moralinas, relativismo moral de las derechas que tanto lo combatieron siempre que no hubiera capital de por medio, la gran excepción, pues hasta estuvimos a punto de dar cobijo a un gran lupanar cúbico, cósmico y despiadado si Europa no se llega a meter. "El Rey está desnudo, decían unos; el Rey está forrado, decían otros. El Rey callaba", reza una viñeta de El Roto. Pero en este país de locos las tres cosas solamente las ven los niños. Los demás nos abotargamos hace demasiado tiempo bajo los malévolos efectos de las promesas que no nos cumplimos ni a nosotros mismos. Necesitaríamos volvernos niños, otra vez, o como dice la copla flamenca, que como a las campanas nos fundieran de nuevo para ver con claridad hasta los espinosos detalles de las celebraciones más consensuadas. Mi hijo, de 4 años, con más sentido común, responsabilidad y gusto que el ente público, dice cada vez que anuncian Master Chef Junior que esos niños son muy pequeños para andar con cuchillos. Prefiero no explicarle que, para el circo de la tele -o sea, de este mundo-, todo vale si es rentable. Afortunadamente, él tiene aún otro concepto de la rentabilidad. 

  • Este artículo, con el título de 'Esta vida loca', se publica asimismo en la edición del domingo 12 de enero de 2014 de El Correo de Andalucía.

viernes, 3 de enero de 2014

Cansinos sin magia

Yo no fui de los niños más remolones en descubrir que los Reyes eran los padres, pero mientras la magia duró, fue suficientemente mágica. Ahora espero que a mis hijos les dure la magia lo suficiente como para recordarla como el signo de la época más inolvidable de sus vidas, que es su infancia, este presente saturado de magia que a los niños, sin embargo, cada vez les dice menos. Es culpa de la inteligencia de los pequeños, cada vez más agudizada, pero también de estos magos de postín a los que tan fácilmente se les reconoce tras las barbas...

A mi hijo mayor, que tiene cuatro años, le solemos decir que los Reyes lo ven, sobre todo para que se porte bien. El pobre teme no tomarse el postre o no dejarse poner el pijama como un adulto porque enseguida estamos amenazándolo con los Reyes. Él mira al techo con actitud angelical y se aviene a facilitarnos la tarea. Si le falta una cucharada o hace ruido cuando la hermanita se ha dormido, sólo hace falta mirarlo con una ceja apuntando hacia lo alto para que se tranquilice. Así de chantajistas somos los padres. Así llevamos un mes. 

Pero los Reyes están tardando, este año más que el pasado. No sólo porque Jaime es mayor y su impaciencia también, sino porque las señales de Sus Majestades no se limitan ya a la Estrella de Oriente que el año pasado pintó en el cole, sino a una pléyade de colaboradores de Melchor, Gaspar y Baltasar que está poniendo en acuciante riesgo la magia de mi pequeño y la eficiencia de nuestras amenazas. Cada día hay que agrandar la magia. Supongo que es lo que ocurre con las mentiras; que sabes cuándo empiezas pero no por dónde debes seguir...

Al cole le vino un paje, o un cartero, o un heraldo, que cada día surgen nuevos títulos en esta aristocracia que arrastran tres reyes inseperables, dónde se ha vista tanta monarquía juntita y revuelta. El tal no era hombre, sino mujer. Menos mal que habló poco, porque los niños son expertos en timbres y adivinaciones... La amenaza de cargarse nuestra amenaza no hubiera pasado de ahí si a la tarde siguiente no nos hubiéramos topado con otro paje, o heraldo, o cartero, en la puerta de El Corte Inglés. El tipo, pintado de negro, había adquirido las maneras cinematográficas de los orientales solemnes, y le preguntaba a los críos cosas que no sabían responder. Al menos el mío, que estaba oyendo a los que le precedían, se volvió dubitativo hacia sus papás:

-Yo le voy a decir que a veces me porto mal y a veces bien... -nos dijo, y añadió-: o mejor nos vamos...

Lo tuvimos que retener y convencerlo de que el paje no le iba a preguntar nada de eso, y que si le preguntaba, él contestase que siempre siempre se portaba bien. Mi pequeño enarcó una ceja, sorprendido de que lo incitásemos a mentir. Al momento se volvió de nuevo:

-Pero si el paje ya vino a mi escuela, ¿por qué tengo que hablar con él otra vez?

-Es que este no es un paje, sino un cartero -le dije yo, advirtiendo la cara de impaciencia de su madre, preparada con la cámara de fotos.

-Yo le di la carta al del cole -me dijo el niño. Y era verdad; no tenía carta.

-No importa -lo tranquilicé yo-. Basta con que le vuelvas a decir lo que quieres.

-No me acuerdo de todo -me dijo él.

-Lo más importante -lo corté yo, y lo empujé hacia el tipo pintado de negro, que a saber a cuánto le pagaban la hora.

Mi niño estuvo charlando con el negro un ratito, ambos con cara de preocupación, y al final el paje, o cartero, o heraldo, le dio un puñadito de caramelos de El Corte Inglés.

En el ascensor, le pedí a Jaime que me contara qué habían estado hablando, pero él se mantuvo en silencio, como una persona mayor que guarda sus secretos.



Al día siguente, en mi pueblo, como lo habíamos animado a redactar una carta en casa, a mi mujer se le ocurrió que sería bonito que Jaime la echara en un buzón real. Él se acordó de uno que había en la puerta de una tienda de juguetes. Al llegar, en el escaparate escaseaban ya, con grandes letreros que indicaban si estaban apartados o cuánto valía. Jaime se extrañó, pero le expliqué que los reyes iban seleccionando de esta tienda y de aquella para ir llenando sus carrozas. También le extrañó tener que echar la carta en aquel buzón cuando ya le había dado la carta al cartero de su cole.

-Es que aquel no era un cartero, sino un heraldo -le dije.

-Ah -me contestó él, como una persona bastante mayor que yo.

De vuelta, por la plaza, una chica disfrazada de azafata le ofreció una carta para que se la escribiese a los Reyes. Él la rechazó diciéndole la verdad.

-Ya la he enviado.

La muchacha, de una tienda de cosméticos, me miró molesta. Pero yo le contesté con un gesto de resignación.

Hoy nos enteramos de que un heraldo real, patrocinado por una hermandad, recorría las calles del pueblo para recoger las cartas de todos los niños que quisieran entregárselas. Menos mal que hemos estado en Sevilla. Pero mañana no sé qué ocurrirá, porque el Ayuntamiento prepara otro acto de los Reyes para recoger cartas y una asociación cofrade colocará a las puertas de una parroquia a sus carteros particulares, o pajes, o heraldos, cualquiera sabe ya. 

Esta mañana, yo mismo -para hacer un reportaje para El Correo- fui a la sede de una asociación local que había organizado una merienda para niños necesitados y, de paso, recogerles las dichosas cartas. Allí no faltaban los tipos de siempre, bueno, otros -siempre son otros, distintos, y eso es lo malo-, disfrazados de moros de concurso. Y acabo de enterarme de que el mismísimo día de la Cabalgata, por la mañana, otra asociación organizará un acto parecido. Yo haré todo lo posible por evitárselos a Jaime, que con cuatro años enarca demasiado la ceja izquierda cada vez que aparece por casa un catálogo, una carta, un banner de internet con Sus Majestades de Oriente, que prometen el oro y el moro, pero nunca llegan. 

Les prometo que ningún año, hasta este, tuve tanta impaciencia por que llegara el 5 de enero. Disimular o encantar tiene sus límites. Pero los cansinos de la magia colaboran poco.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Ardiente cobardía frente al Portal

En otras circunstancias, hubiese sido una gamberrada de tantas. Todavía recuerdo aquellas botellas de champán volando por encima de nuestras cabezas chiquitas, arrojadas por borrachos alucinados -ahora serán respetuosos abuelos...- que confiaban férreamente en que el año venidero iba a cambiarles la vida, como si el uno de enero no fuese un día siguiente como todos los demás. Pero haber quemado el Nacimiento de la Plaza de mi pueblo ha sido una gamberrada aparte, exclusiva, inaudita, con la que no contábamos. Habrá quien lo califique de anécdota o quien utilice la anécdota como arma arrojadiza en el siempre incandescente panorama político, donde entre chispas anda el juego. Pero quemar el Belén del pueblo no me ha parecido ni una anécdota ni un juego con chispa, sino un símbolo insoportable de los lamentables tiempos que corren, que sufrimos los todavía igualmente preocupados por la ética y la estética. 

En estas circunstancias, con el fuerte olor a quemado del Ayuntamiento, hace poco más de tres meses, y la polémica de la autoría, resuelta por la Benemérita con la tesis del aire acondicionado y santas pascuas, ahora que estamos en Pascuas se me antoja que las llamas que se han llevado el Belén de la Plaza han quemado mucho más, no sólo el andamiaje de mentira para albergar el Misterio de la Natividad, no sólo la tapia blanqueada tras la que hace décadas estaba la casita lúgubre y pobre de la rica Nati la de las Perea, que visitaba a mi abuela Modesta en las tardes tristes e invernales de mi infancia con la excusa sin cafeína de soportar su soledad, sino también algo de la candidez que a todos nos salvaba y ahora nos hace un nudo en la garganta... como el nudo que se nos formaba de niños cuando no entendíamos algo. 

La Navidad es, en cierta medida, convertirnos en niños que se ilusionan porque en el fondo, en el fondo de nuestros años y nuestras vidas, seguimos siendo niños que queremos que nos quieran. La Navidad es tiempo de regalos, de examen de conciencia, de depuración para quedarnos con las cosas importantes de verdad, definitivas, de esas que uno esgrime convencido en los velatorios pero luego echa en saco roto en cuanto sale.


Para nuestra cosmovisión cristiana, le pese a quien le pese, la Navidad se resume perfectamente en eso que quemaron en plena Nochebuena, en plena Noche de Paz, entre las 4.10 y las 4.17 horas: una joven a la que le cae del cielo la responsabilidad de parir al mismísimo Dios sin que le pidan demasiada opinión salvo un irremadiable ante la visita del Arcángel; un viejo que ha de tragarse su orgullo al saber que la joven con la que se va a casar está ya embarazada; un Niño que patalea en un pesebre, calentado por dos bestias cuyo vahido madrugador les resulta a todos celestial, después de haber sido rechazados en una posada... Esa Sagrada Familia que incluso desde el seno de la propia Iglesia habrá de ser tan manipulada es, en esencia, el mayor símbolo del antiheroísmo pasado por el pasapuré doméstico de la familia de donde venimos la inmensa mayoría, de familia humilde contra la que nada podrán la intolerancia, el racismo, la soberbia o la indiferencia de los demás.

Por eso quemar el Belén, arrojarle una cerilla o una colilla u otro artefacto más humillante aún y volver la espalda, no es sólo un acto atroz de cobardía, sino de falta de estética y ética rayano en la falta de escrúpulos de quienes, quizás, lo dieron todo por perdido o a quienes todos los dieron por perdidos, Dios sabrá. No es seguro que nosotros lo sepamos nunca, si no hubo testigos ni cámaras habilitadas en medio de la tormenta inoportuna que asolaba la pasada Nochebuena una plaza, con toda seguridad, solitaria, si exceptuamos la sombra del demonio... que pasaba por allí. 

Lo preocupante es qué tipo de demonio habita entre nosotros. Si fue una gamberrada juvenil, algo falla en la educación de nuestros jóvenes, más allá de las clases, en el seno de esas familias que ya no se ven reflejadas, ni por asomo, en Jesús, María y José. Si fue una gamberrada de adultos, algo falla también, desde hace más tiempo aún en esta sociedad resquebrajada en el paripé democrático. Si fue un rayo del cielo, algún maleficio nos querrá avisar de que algo falla igualmente, o está fallando, o lleva demasiado tiempo averiado como para tener que avisarnos con la dantesca visión de unas llamas como las del infierno calcinando, tan paradójica e injustamente, la bellísima estampa de la convivencia. Qué cara pondría el Niño Jesús, dispuesto a sonreír siempre, como ante el tamborilero, ante el maldito pirómano. Lo fatal es que tampoco hubiera testigos de esa mirada postrera.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Abortus

Mi madre sufrió un aborto antes de tenerme a mí. Cada vez que me lo ha contado he sufrido yo un tambaleo identitario, un contradictorio sentimiento entre la pena y la alegría, tal vez producido por la mezcla de la sensibilidad heredada, el escalofrío por ese tiempo sin tiempo justamente anterior a mí y el egoísmo de saberme aquí porque otro embrión anterior a mi persona fracasó por los laberintos de la concepción. Mi madre se quedó embarazada inmediatamente después, de modo que de no haber sufrido aquella interrupción involuntaria de su embarazo, otra persona sería su hijo, mi hermano virtual, el hijo de un padre mío que, en ese caso, no lo sería. Un lío genético que hubiera impedido, sin embargo, que yo me estuviera haciendo este lío lingüístico aquí y ahora. El caso es que mi madre abortó, y nací yo. De modo que, de alguna manera, heme aquí gracias a un aborto. Suena raro, feo, inmoral decir eso, pero supongo que a mucha gente le habrá ocurrido, eso de estar aquí gracias a un aborto, con la misma intensidad que las campañas antiabortistas formulan ese tópico de que fulanito está aquí porque su mamá decidió no abortar. La verdad, como todo, siempre tiene varias caras. Como los políticos, que al menos tienen dos: una en la campaña electoral y otra en la poltrona del gobierno.

Este que aguantamos, el del PP surgido de aquellas tinieblas zapateriles por las que nos deslizamos hacia el barrizal de crisis en que seguimos embarrados, tiene la cara de sacarse de la manga de su sotana invisible una ley imprescindible para el conjunto de la nación: una versión cuéntame de la ley del aborto, un remake de la ley de 1985 pero más en blanco y negro, como le gusta a Gallardón, que nos recuerda la promesa electoral de su partido como si, en rigor, quisiera recordarles a los suyos que las promesas están para cumplirlas, después de haber incumplido todas las demás. 

No seré yo quien haga apología del aborto. Tener dos hijos a los que uno vio sonreír y crecer desde las primeras ecografías te elimina cualquier atisbo de objetividad. Pero entre las hipócritas claves de esta nueva ley más papista que el papa llama la atención, por ejemplo, eso de que "las clínicas no podrán anunciarse". Existir y trabajar, sí. Anunciarse, no por dios. Quienes tienen dinero para abortar no necesitan anuncios... ya saben dónde está el tajo. Así que el aborto seguirá practicándose pero sin necesidad de publicidad. Es lo que tiene el negocio seguro. Que le pregunten a las farmacias o a los vendedores de lápidas. Mi suegro, tan pragmático y abrupto, siempre dice que, con dinero, se llega a todas partes. Podría concluirse que te abren todas las puertas, incluso el postigo antes de nacer. Y eso lo sabe el PP, que no renuncia a las rentables clínicas abortistas sino al mal gusto de su cantinela publicitaria, al soniquete del aborto para todos. Habrá que tener cierta clase para abortar, qué carajo.
De esta nueva ley imprescindible para salvaguardar los derechos del concebido llama igualmente la atención que se elimine el supuesto de malformación fetal. La anomalía fetal se admitirá sólo si es incompatible con la vida. Es decir, que mientras aquello lata, aquello debe nacer. Otra cosa es que se tenga dinero para asistir a una de esas clínicas que no se publicitan por mal gusto. Pero para ir a esas clínicas no hace falta discutir ni legislar, sino tener dinero y punto.
Ahora, las únicas excepciones para abortar son la violación y el peligro de muerte para la madre. Es curioso. A mí me lo parece. Porque siempre he supuesto que este aferramiento a la defensa de la vida desde el minuto cero de la concepción enraíza en una mirada religiosa. De modo que se considera que incluso un feto malformado tiene derecho a la vida. ¿Y un feto perfectamente formado producto de una violación no? ¿Cuál es el criterio para defender a capa y sotana el derecho a la vida de cualquier ser vivo concebido, venga como venga a la vida, y no por el mero hecho de que el fecundador lo hiciera a la fuerza? ¿Cuál es el criterio, en el segundo supuesto, para no defender a capa y sotana el derecho a la vida del que va a nacer y sí el derecho a la vida de su madre, cuando cualquier madre daría la vida por su hijo? 

Difíciles preguntas, desde luego. De mí, que no legislo, no esperen una respuesta. Me he limitado a buscar "aborto" en el diccionario: "Interrupción del embarazo por causas naturales o deliberadamente provocadas", dice el DRAE. Y añade: "Puede constituir eventualmente un delito". En el adverbio "eventualmente" está el drama. El gobierno anterior hablaba, alegremente, de abortar como un derecho. El gobierno actual habla, penosamente, de abortar como un delito. Creo que las mujeres que se vean ante la tesitura de tal pesadilla habrán sobrepasado los límites de las alegrías o las penas. Y a mí me aterra esa eventualidad del diccionario; que la vida en potencia siga los cauces, tan vulgarmente, de las eventualidades políticas. Qué asco. 

martes, 17 de diciembre de 2013

A la cola

Estar a la cola fue desde que uno tuvo uso de razón una metáfora del fracaso. Eran casi sinónimos aquello del furgón de cola, de andar hacia atrás como los cangrejos o, desde la perspectiva melódica de un grande de la música melancólica, ser el último de la fila. Las colas o las filas, tan aborregadas, le sonaban a uno a dolorosa resignación desde los tiempos de la guardería. 
Pero hete aquí que, andando los años, en los del delirio que vivimos sin apreciar su dosis de surrealismo, las colas llegaron a ser indicios de prosperidad, aunque fuese una prosperidad jabonosa de falsa pompa frente a los centros comerciales, en los hoteles, en las discotecas. Muy pocos años después, sin embargo, las colas las hacen los pobres, en creciente número hacia Melilla, pese a las cuchillas; hacia los comedores sociales, pese a la escasez del menú; hacia las oficinas de empleo, pese a la falta de esperanzas. Hacer cola es esperar y estar juntos, que no es poco, aunque claramente insuficiente, porque las colas de antes no pasaban de ser yuxtaposiciones de egos encendidos entre los rebaños hechizados por esa otra religión que era y es el consumismo, y las colas de ahora siguen siendo yuxtaposiciones de egos hundidos en el mullido fragor de la desgracia generalizada, pero yuxtaposiciones al fin y al cabo; tú allá con tu pena que yo sigo aquí con la mía. Antes hacíamos cola porque nos lo ordenaba algún listo desde la malévola potencia de lo subliminal; ahora las hacemos porque algún otro listo -en muchos casos coinciden- ha decidido ir perdonándonos la vida a pedacitos.


De modo que las colas fueron siempre indiciarias de nuestra miserable condición: primero por aborregarnos en la alegría de ser como los demás, y luego por desmoralizarnos en la pena de seguir siéndolo. Y siempre sin atender a quien está allá, mucho más allá, del mostrador. No al portero de la disco, a la cajera de los grandes almacenes, al personal del banco, al empleado del Inem, a quien nos sigue manteniendo en la cartilla de racionamiento para racionar (no racionalizar) nuestra rabia radical, sino al que anda por detrás de todos ellos, que, para nuestra fatalidad, puede ser, en el fondo fondo, siempre el mismo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El papa precisa más descripción que prescripción

En un país de larga trayectoria autoritaria, con más apego al Despotismo Ilustrado que a la Ilustración y que ha mantenido una relación demasiadas veces tan servil con la Iglesia de Roma -no sólo en los tiempos de la Inquisición-, la irrupción de un papa aparentemente más preocupado por los asuntos de aquí abajo que por los del Cielo trastoca la costumbre, la liturgia y la idiosincrasia de una Iglesia local consolidada en el ordeno y mando, en la transmisión directa por mandato divino, en la prescripción de la vita beata según las interpretaciones de la alta jerarquía, tan en disonancia con aquellos nuevos criterios que soplaron desde la Reforma luterana, por ejemplo, o incluso con las miradas lúcidas del erasmismo desaprovechado.

    Las trastoca tanto, que incluso el hasta ahora presidente de la Confederación Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela, y sus diócesis afines han optado por la vía de la indiferencia antes que por la del enfrentamiento con Francisco. El nuevo papa ha enviado una encuesta a las parroquias del mundo católico para conocer de primera mano la opinión de la base en cuanto a los asuntos más candentes y cotidianos en la relación familia-Iglesia. Y Rouco y los suyos le han hecho el boicot con el argumento falaz de que el papa propone y los obispos disponen. 


    La novedad de la encuesta radica en que por primera vez un papa se ocupa y preocupa por lo que los cristianos de a pie no solamente piensan sino hacen, practican: su modus vivendi más allá de la misa dominical. ¿Cómo funciona o cómo se canaliza la difusión de la Sagrada Escritura? ¿Qué hay sobre el Magisterio de la Iglesia en asuntos de familia? ¿Cómo se toman los bautizados esas "situaciones matrimoniales difíciles" con que la Iglesia cataloga la convivencia "ad experimentum" (es decir, vivir juntos para probar antes de firmar nada); las uniones de hecho; los divorcios; las uniones de personas del mismo sexo; o la regulación de la natalidad en el matrimonio? Hasta ahora, los prescripción de la Iglesia estaba bastante clara, y en su potente tradición dogmática nadie había abierto fisuras de interpretación, matización o estudio.

    Nuestra Iglesia española se ha tomado siempre con bastante entusiasmo aquel principio de Isaías de que a los tibios "los escupe Dios", tal vez porque la hermenéutica eclesial que refocaliza al profeta atiende siempre el significado de 'tibio' como traidor espiritual que oscila entre Dios y el Diablo sin alcanzar a comprender que se puede estar exclusivamente del lado de Dios y, al mismo tiempo, poner en práctica el libre albedrío en la conformación de la propia vida. ¿Se es contrario a Dios por haber errado en la elección de una pareja en la primera oportunidad? ¿Es ponerle una vela al Diablo nacer homosexual? ¿Se va en contra del Altísimo por utilizar un medio anticonceptivo para planificar la cantidad de hijos que, de otro modo, el azar o la excitación sexual configurarían? Estas son las preguntas que se hacen millones de cristianos, incluso practicantes, y que lleva siglos rehuyendo una jerarquía eclesiástica entregada a la facilidad dogmática.

    Fue Cristo quien dejó dicho que no había venido a traer la paz, sino la espada, y quien anunció la supremacía del hombre sobre el sábado, y quien prefirió convivir con pecadores (ovejas descarriadas) antes que con fariseos (presuntuosas ovejas en su carril), y quien, en definitiva, frente a cualquier interminable lista de preceptos, los convalidó todos con el único mandamiento del Amor. De la evidente incomodidad de la Iglesia frente a un solo mandamiento se deduce que a cualquier institución mundana le fastidia sobremanera la sencillez reglamentaria, tal vez porque, al menos teóricamente, pone en solfa el sentido de su propia existencia. Pero la Iglesia, como institución, no debería haber olvidado que además de mundana -porque está llamada a  ser Luz del Mundo- es también celeste -porque aspira a los Bienes del Cielo-. Claro que la Iglesia española, también tan refranera, se debe de haber plegado, de modo pancista, al más vale pájaro en mano (o en la tierra) que un ciento volando (en el cielo). Y en esa lógica tan rácana, ha preferido siempre la prescripción a la descripción; el dogma al debate; la aristocracia a la democracia.

    Sin ser la Iglesia -ni tener que serlo- una institución democrática, sí es una institución multitudinaria y, en los tiempos que corren, integrada por personas -no ya súbditos ni borregos- tan dispuestas a amar como a opinar sobre el proceso y las diversas formas del Amor, siempre entendiendo el Amor como entrega por el otro. Si el nuevo Pastor de la Iglesia está dispuesto a escuchar a sus ovejas, también hermanos, deberíamos celebrarlo -también la Iglesia española- como una oportunidad de integración y crecimiento en esa mayoría de edad que se le exige no sólo a la sociedad, sino también a la Iglesia como ente social que, antes de Cielo prometido, es Tierra de promisión.

  • Este artículo se publica también en la edición del 16 de diciembre de 2013 de El Correo de Andalucía.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

LOS MALES AJENOS Y UN PAÍS A LA DERIVA

Cuesta levantar un país cuando nadie, sobre todo quienes tienen responsabilidades de hacerlo, mueve un músculo en favor de la colectividad, de lo público, de lo de todos. El país, y en su puesta en abismo, Andalucía, su provincia, por ejemplo, o la mía, están afectados por el mismo mal, que es el del egoísmo fundado no sólo en buscar con imperioso afán el beneficio propio, sino en ese tic nervioso tan antiguo que consiste en encontrar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, lo que en román paladino viene a ser la letanía estéril y monocorde del 'y tú más...'. De modo que la aburrida dialéctica en un país que en profecía machadiana había de helarnos el corazón a cada españolito que veníamos al mundo no pasa de ser de izquierdas o ser de derechas, y una vez sidos, defender contra todo raciocionio amenazador a los de nuestro bando, por rojas chillonas que sean las vergüenzas. Y así no hay forma de que un país arruinado, no sólo financieramente, ni mucho menos, levante cabeza a medio plazo o en un plazo razonable, porque todas las fuerzas más o menos potentes se desinflan por el desagüe de la irracional endogamia.

    Es tan de dominio público como de silenciada vergüenza que todo nuestro arco parlamentario mantiene contactos inequívocos con otros poderes fácticos que van más allá de la ineluctable fidelidad. Podríamos poner ejemplos, pero estaríamos siendo parciales. Y cualquiera puede traer a colación los suyos: un partido, un sindicato, unas empresas, unas instituciones afines, todo muy afín. Otro partido, lo mismo. Otro partido, ídem. De modo que la mayoría de los esfuerzos de cada grupo político-sindical-empresarial-institucional-etc se centran en la conservación y bienestar del propio grupo, y cuando faltan los recursos, como ocurre hoy por hoy, los poquitos que existen son absorbidos por esa maquinaria de supervivencia que son los propios grupos, al margen del país, de la gente, de la calle vendida al solano de los parias de siempre.

    Pero la gente ya está harta. Muy harta. Lo que ocurre es que no encuentra un cauce de expresión y de acción de su hartazgo más allá de la barra del bar donde le fían. No queda en España una institución libre de sospecha de corrupción o, al menos, de haberse negado, en tan difíciles momentos, a arrimar su hombro particular en beneficio del interés general, y empezando por los partidos políticos -que acordaron hace unos meses subirse su propia financiación un 28%, no lo olvidemos- y terminando por la Monarquía -qué decir de Sus Majestades y su gente guapa- podríamos hacer un triste repaso por los sindicatos, la banca, las asociaciones empresariales, religiosas o deportivas, da igual, para comprobar que los grandes líderes se han empeñado en las últimas décadas en liderar exclusivamente sus rebaños, y sobre todo en inculcar férreamente la idea de que el rebaño es lo importante, mantener la unidad del rebaño, defender el rebaño a muerte, y cualquiera de sus ovejas, a muerte, sea una oveja, sea un cordero o sea un lobo disfrazado con todos sus dientes, porque forma parte del rebaño, sin más.

    Así que la moraleja social más extendida es que, para medrar, no hay como ser miembro de un rebaño, convertirse en oveja predilecta, sumisa, aquiescente, defensora de la colectividad particular que forman los de su especie, lleven o no lleven razón, porque lo importante es la clase, el color, las siglas, la profesión, que sea, en definitiva, uno de los nuestros.

    Cuando uno de los nuestros se equivoca, se corrompe, mete la pata, o la mano, o las dos manos, la reacción es siempre defenderlo, y si las evidencias impiden la defensa, mirar para otro lado, esconderlo, protegerlo, ampararlo, darle cobijo, porque fue, porque era y porque es uno de los nuestros, sin más.

    De modo que todas las energías de un país como el nuestro, que son muchas, se concentran en los grandes grupos que tienen tanto que tapar, que limar, matizar, disimular, porque muchos de los suyos metieron la pata, o la mano, o las dos manos, en algún asunto de todos. Los mejores abogados, y hasta los mejores fiscales y a veces hasta jueces, los más óptimos esfuerzos para sacar del atolladero a uno de los nuestros. Y mientras tanto, todos, es decir, los que no figuran en ninguna lista ovejera donde como en Fuentevejuna vayan todos a una, esos, los parias, los que andan por la calle, los que pagan impuestos, los que pringan por libre, los que esperan soluciones globales, solidarias, integradoras, los que creyeron promesas, los que siguen confiando en la democracia, asisten al esperpéntico espectáculo de cómo el país se inclina a la deriva porque las culpas de todo son siempre, por sistema, del de enfrente. Y para las soluciones, los inventos..., ya lo dijo Unamuno hace un siglo ahora, como si hiciera dos: que inventen ellos. 

  • Este artículo se publica también en El Correo de Andalucía, en su edición del 14 de diciembre de 2013.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Un Parnaso luminoso

Como lo sentimos ya tan nuestro, como una especie de hijo adoptivo al que le sobra el adjetivo por impertinente, inoportuno y doliente, cuando la gente me pregunta qué es eso del Patio del Parnaso -aquí en Los Palacios o fuera, que también; es bueno que los preguntones crezcan- no es que me dé pereza contestar, sino que no sé muy bien qué contestar, no sólo porque no sepa combatir tan directamente como quisiera el tópico que presupongo de que el interrogador piense que hablamos de una reunión pedante donde unos cuantos poetastros se maltratan recíprocamente con sus versos lamiosos, sino porque la pura verdad es que desconozco la definición, pero siento que es el mayor movimiento cultural que, sin estatutos, sin organización oficial, sin cargos y sin un euro, ha germinado en nuestro pueblo en las últimas décadas. Soy consciente de que puede sonar soberbio, injustificadamente pretencioso saliendo de mi boca, pero hay veces en que uno debe sincerarse, sobre todo cuando los méritos no proceden de uno mismo, sino de las circunstancias, las carambolas y tantas personas dispuestísimas a promocionar la Cultura porque sí.

Repito que no sabría dar una definición convincente, pero sí sé que el Patio del Parnaso tiene de Patio lo que tenían las antiguas reuniones vecinales en un patio de vecinos, por ejemplo, y de Parnaso, el afán imaginativo, un tanto mítico, de parecerse a aquel monte griego donde se buscaban las musas como excusas lindas por las que no conformarse con este mundo y buscar otros, muchos otros, por qué no posibles... Tal vez desde la noche de los tiempos se promovió que la inspiración venía de fuera, de muy lejos, de seres mágicos, casi inalcanzables, escurridizos para la mente humana, y ha sido relativamente hace poco tiempo, yo creo que cuando se ha diluido ese divorcio absurdo entre artes y ciencias, cuando se ha puesto el acento lógico en que tal inspiración -concepto digno de analizarse científicamente- no puede venir sino de lo más profundo del ser humano, incluso de la convergencia de varios seres humanos trazando ideas en común, en un Patio por ejemplo, incluso tomando ese Patio como una metáfora de un patio real, como ocurrió anoche en nuestro Patio del Parnaso, donde no sólo el Parnaso era una metáfora de la metáfora griega, sino el Patio mismo, porque aunque acostumbramos a sentarnos al fresco de ese patio de la fuente machadiana de la Casa de la Cultura, anoche, temiéndole al frío, preferimos las cuatro paredes del salón de actos. Y no pasó nada; quiero decir que seguimos sintiéndonos en el Patio, seguimos pensando que aquello olía a Parnaso y la inspiración no traicionó a nadie, sino más bien al contrario.

    El nombre exacto de 'Patio del Parnaso' se le ocurrió a Manuel María Rosal Núñez hace ya 15 años o así, cuando organizamos allí mismo -el patio era el mismo, nosotros, no- una velada poética en la que algunos leímos otras cosas que iban más allá de la lírica. En 1999 creíamos que nos volveríamos a reunir -yo lo creí, al menos-, pero ya se sabe que la vida nos depara sorpresas cuando no las esperamos y nos las niega cuando las planeamos, de modo que no volvimos a reunirnos más durante la siguiente década, y no fue sino cuando su padre -el de Manuel María, digo-, Victoriano Rosal Domínguez, se jubiló del Ejército de la Marina e intensificó su compromiso cultural en este pueblo a una velocidad trepidente cuando volvimos a organizar otro Patio, pero ya abierto a otras disciplinas y con el firme propósito de que se convirtiera en una tertulia abierta a los intereses intelectuales de todo aquel que quisiera sentarse o levantarse para exponer ideas en común. Las ideas son libres, a veces no imaginamos cuánto, y no entienden de izquierdas ni de derechas ni de colores ni de ciencias o letras. De modo que el reto implícito de cada Parnaso, y ya llevamos nueve -con el de anoche-, es poner en circulación ideas en torno a un tema que a veces surge meteórico o casual pero que siempre termina henchido de sentidos sugerentes.

    El tema de la noche, que esta vez se le ocurrió hace varios meses a Fran Amador, mi colega el periodista, fue 'Luz y Color'. Victoriano Rosal se acordó en su saluda patriarcal de mi periódico malherido, El Correo de Andalucía, que continúa en lucha pese a la sinvergonzonería surrealista de que aquí cualquiera sea empresario; se acordó de Luis Cernuda, uno de los máximos poetas de las letras hispanas de todos los tiempos, fallecido hace ahora medio siglo, arrancado de Sevilla para no volver -vuelva el que tenga...- como casi todas nuestras figuras maravillosas, siempre en el exilio; y, por supuesto, celebró que determinados nombres -de vecinos nuestros, nuestros semejantes, nuestros hermanos- se unieran a ese clan virtual que llamamos de los parnasianos...

    Se refería, por ejemplo, a Fernando Bejines, que se estrenó en el Patio con una interesante reflexión en torno al doble concepto de maestría y genialidad -con sus respetivos ejemplos de Zurbarán y Velázquez- y a la tetradimensionalidad del cuadro de Las Meninas. Fernando nos hizo ver las diferencias entre ser un maestro -imitador excelente, admirado imitable- y ser un genio -arriesgado artista que descubre senderos nuevos sin garantías de éxito. Es lo que hizo Velázquez, entre otros cuadros, en Las Meninas, donde su genialidad no radicó en ninguna de las figuras que aparecen pintadas -ni siquiera en el perro-, sino en el tratamiento del espacio por parte de un artista autorretratado que nos propone una dimensión nueva, más allá del alto y el ancho de la bidimensional natural del lienzo y de la profundidad ya conseguida por la perspectiva: la del espacio que se cierne entre el pintor que nos mira, al otro lado del cuadro al revés, y nosotros, que lo miramos. En fin, Fernando lo explicó mejor; tan bien, que a muchos de los asistentes le picó el gusanillo de volver a transitar el célebre cuadro.

    Nuestro pianista de cabecera, Paco Benítez, toca mejor cada día. No es un cumplido, sino una verdad exacta constatada por todos los que lo oímos anoche volcado en la música a partir de un siglo iluminado, el de las Luces. Nos regaló maravillas de Haydn primero; de Chaikiovski y de Boccherini después y de Gossec para cerrar la noche con un regusto de iluminación ineluctable.

    La noche estuvo iluminada también por el cante de la tierra, el flamenco. De ello se encargó una mujer que -tampoco es un cumplido, sino una comparación simple de cómo cantaba hace seis o siete años y de cómo canta ahora- lleva el compás en el centro de su pecho: Anabel Rodríguez Rosado, a la que acompañó a la guitarra un impresionante y joven José Antonio González Moreno, más que prometedor. Cuando Anabel estaba a gusto por alegrías, todos sentíamos mecernos al son de las barquitas gaditanas en alguna playa tranquila a estas alturas del año, no sé si La Caleta... También se arrancó por tanguillos, y toda la luz de la Cádiz trimilenaria nos entró de sopetón por el Parnaso, en forma de inspiración colectiva, salina, para terminar aplaudiendo, muy emocionados por el descubrimiento.

    Otro descubrimiento fue el de José Miguel Durán Moguer, y mira que me lo tenía dicho su madre, Fina. Otro flamenco, que vino acompañado por su hermana, que dio una pataíta por bulerías, por el guitarrista Álex Quintano -soberbio y en su sitio- y por otros cuantos amigos para las palmas y los jaleos. Yo lo presenté como admirador de Enrique Morente, y no mentí, pero él se rebuscó acordándose de Camarón de la Isla, por tangos y bulerías, y todos disfrutamos de otro camarón rubio y de Maribáñez, que afinaba por momentos como si no tuviese 17 añitos, sino infinitos.

    Tocayo suyo era José Miguel Algarín Guisado, excelente físico de la Universidad de Sevilla que no saca el cuello de Alemania y de los mejores centros científicos de referencia mundial, y hace bien. Hijo Predilecto de nuestro pueblo, profusamente premiado, a lo grande, seguía siendo un desconocido, injustamente, para buena parte de las 60 o 70 personas que no perdían puntada anoche frente a su didáctica exposición sobre la luz de las estrellas muertas, esos haces potentísimos de astros tan incomprensiblemente lejanos que nos hizo cuestionarnos mucho de lo que creemos ver, porque lo vemos miles de años después, como por ejemplo las estrellas mismas. Tan bien lo explicó todo, que todos empezaron a conocer a José Miguel para no perderlo de vista ya, a partir de ahora, en su fascinante carrera.

    También fascinante resultó Fran Amador con sus explicaciones sobre las técnicas fotográficas de Ansel Adams, y sobre la técnica que él mismo, también fotógrafo por vocación y por obligación impuesta de joven precozmente maduro, ha utilizado en varios trabajos como los de La Mejorá Baja, el Time Lapse, que nos mostraba un paisaje de nubes, sueños y campos avanzando al ritmo engañoso de los sueños, o de las supernovas de la que aquí abajo no nos enteramos, empeñados en enmarañarnos en inútiles oscuridades, cuando hay siempre tanta luz y tanto color diverso del que empaparse, aunque del Parnaso nadie aclare en qué dimensión se encuentra... al menos ahora, algunas horas después de que, convertido en Patio, seamos ya tantos los que lo echamos de menos o reclamamos otro, el siguiente, el décimo, con nuevas ideas, nuevas propuestas, nuevos retos de vecinos que nos vemos de Patio en Patio.

Dar las gracias es, lo siento, quedarme corto.