
Lo decían mis mayores: no hay nada peor en este mundo que un pobre harto de pan. Era una forma de referirse a los que ahora llamamos nuevos ricos, esos insoportables hermanos nuestros, semejantes, que llevan toda la riqueza de sus personas repartida entre la ropa, los empastes y el coche en la puerta. Son, en su mayoría, ignorantes hasta el soponcio, hablan demasiado e, inoportunamente, intentan clavar en la conversación algún indicio de su riqueza repentina.
Los hay en todos los estratos sociales, desde el más ínfimo del barrio obrero hasta el que llega a subastar obras de arte que no entiende en la Europa más distinguida. Pasarán muchos de este tipo por la exposición de 223 obras del raro Damien Hirst y que posan para esta gente en Sothebys. Los objetos de los que más ha cacareado la prensa son animales salvajes muertos y conservados en formol, como un toro (con cuernos y pezuñas de oro), un tiburón y una cebra. Cada pieza puede alcanzar desorbitantes precios en torno a los 30 millones de euro. Los pagarán estos nuevos ricos cuya riqueza es un misterio.
El célebre señor Roca, el del caso Malaya, miraba (o no) mientras se enjabonaba en uno de sus baños un Miró que no entendía en absoluto. Pero se sentía orgulloso de que los demás supiesen que lo tenía. Supongo que llegaban invitados a casa y pedían ir al servicio y al volver, con una sonrisa de pálido asombro gilipollas, preguntarían: "¿Eso que tienes en el servicio es un Miró?"
La historia del arte es un apasionado relato acerca de la relativa belleza que el entendimiento humano ha ido encontrando desde sus primeros balbuceos en este planeta. Pero tal vez nunca como en la posmodernidad (?) se han dado tantos casos de gente a la que no le basta llenar el buche para sentir satisfacción. Tal vez nunca hemos visto tanto y mirado tan poco. En las últimas décadas, nos interesa más cómo nos miran que lo que nosotros miramos. Y esa costumbre desembocará en vidas disecadas. Vanidad de vanidades, que decía la voz sabia de Qohelet. Pero quién se acuerda ya del Eclesiastés, una cosa tan bíblica y tan pasada de moda.
Pues las modas siempre vuelven.






