domingo, 7 de marzo de 2010

Crisis, periodistas y viceversa

Crisis significa cambio, aunque a bocajarro nos suene siempre a cambio para peor. Es lo que tiene de universalizable lo traumático y repentino de los cambios que, para la sociedad, siempre tienen relación con la economía (en lo colectivo) y con lo existencial (en lo individual). Pero estas crisis producen otras réplicas o sucedáneos de sí mismas en todos los ámbitos que importan más aún, en el fondo: la educación, las relaciones socioculturales y el Periodismo como ciencia inexacta y experta en contarle a la gente lo que le pasa a la gente. Por eso tengo tendencia a reflexionar sobre los cambios de esta profesión que, al decir de García Márquez, es “el mejor oficio del mundo”.

Lo he dicho en otras ocasiones: el Periodismo está saturado hoy de charlatanes, comunicadores, comunicólogos, tertulianos todoterreno y presentadores estrella que nada tienen que ver con el reportero ante el presente y ante la historia, que es la esencia de nuestro propio devenir. A todos ellos, se suman ahora la magia y el relumbrón de la web 2.0, por la que cualquiera puede disfrazarse de periodista como si todos los días fuera Halloween o Carnaval en este gran teatro del mundo.

La participación del hombre-masa que profetizó Ortega y Gasset hace ahora casi un siglo se erige en valor principal en el seno y el funcionamiento de los medios de comunicación de masas, por encima del rigor informativo, la opinión de expertos y la pluralidad, y eso puede llegar a convertirse en un cáncer de nuestra situación como profesionales. Está bien que el feed-back de los medios calientes se extienda a toda la comunidad de mass media como foros de cierta intelectualidad para la que son competentes todos los polos de la comunicación, desde los emisores hasta el último receptor. Al fin cabo, sólo si todos somos entusiastas partícipes del contenido de nuestros medios alcanzarán verdadero sentido los mensajes mediáticos. El problema, a mi juicio, radica en la confusión de roles entre profesionales de los medios y consumidores de los mismos, entre responsables y clientes. En ningún negocio (y el Periodismo también es negocio, además de ocio) se permite que la configuración del producto que se vende sea tarea exclusiva del propio comprador. Y en el nuestro percibo cierta tendencia vertiginosa a esta locura que ha permitido, por ejemplo, que un impresentable se burle del respetable en una cadena pública como Televisión Española cuando ésta pretendía convertir en espectáculo saludable la competencia de artistas aficionados en su carrera hacia Eurovisión.

El bochornoso episodio del malhadado malandrín que enarbolaba desde la pantalla pública el esperpento de sus genitales ha sido posible gracias a esa nueva obsesión por la participación del público hasta límites insospechados, hasta la frontera de irresponsabilidad del propio medio, que delega decisiones estratégicas en los miles de espectadores televisivos que optan desde el sofá pícaro del hogar por lo más sórdido, lo más mezquino, lo más friki, ese reino de la extravagancia por el que las cadenas privadas han buceado en busca de alguna fórmula que les garantice sus emolumentos a costa del gusto que ya no es ni bueno ni malo, sino rentable o no. Que este insano deporte sea practicado por las televisiones privadas tiene cierto pase, pero que también lo hagan las públicas merece una reflexión profundísima por parte de los que trabajamos en el ancho mundo de la comunicación, sobre todo cuando la propia cadena se avergüenza y escandaliza de que le haya explotado la bombita en las manos después de haber permitido que se fabricara en su casa de puertas abiertas, es decir, en el hogar virtual de su acogedora página web. Si el escándalo fue inesperado, la situación es grave porque arroja dudas sobre el control del producto que ofrece; si fue deliberado, es aún peor.

Esta ultraparticipación que permiten la web 2.0 y los medios profanos de la Red que temen, en todo caso, ser tachados de apocalípticos en esta inauguración del futuro tecnológico que nos contaron se sitúa en la base de esta crisis global a la que nos referíamos al principio: desde los trapicheos cibernéticos de Madoff sin que ningún experto financiero sospechara nada raro hasta el uso y abuso del ordenador portátil que nuestros infantes han de cargar diariamente en su ida y venida de la escuela sin que nadie ose decirle alto y claro a nuestro cool Gobierno que la crisis educativa no se soluciona con un PC por niño, pues los problemas de la lectura comprensiva, el juicio crítico, la ortografía y las matemáticas básicas no sólo persisten sino que se acentúan, mientras los chiquillos pierden la cabeza cada tarde enfrascados como autómatas en los dimes y diretes de las redes sociales, tan estériles y tan de moda.

Ni se garantiza la igualdad en la educación porque todos los niños tengan un portátil en su mochila ni se es más democrático porque se permita la decisión (además de la participación) a las audiencias –o a una minoría especialmente activa de éstas– en la selección que termina configurando un producto mediático para todos. Esta explosión de las jerarquías no conduce automáticamente a un estado democrático, sino a un caótico libertinaje que es un callejón sin salida, el resultado inútil de una deliberada irresponsabilidad acomodaticia bajo la excusa multiforme de los tecnócratas. Es muy cómodo (y muy barato, en el fondo) abandonar a los niños con sus ordenadores; tan cómodo como abandonar a la audiencia con sus disparatados criterios de selección de lo más visto, lo más comentado, lo más valorado, máxime cuando en ambos casos se erigen las selecciones como currículo oculto y autoconfigurado del alumnado, en un caso; y agenda expresa y a la carta de lo que la gente quiere, en el otro, sin intervención de editores, programadores, guionistas, periodistas.

La prensa escrita se contamina irremediablemente de estos dubitativos usos de la Red que llevan a cabo los medios audiovisuales, y en sus versiones digitales, tan regidas por palos de ciego a cada rato, propician a menudo la selección popular antes que la selección profesional. Después de esta transición deslumbrada por este invento de Internet, medio de medios, las aguas de la información y la opinión contrastadas tendrán que volver a su cauce. Y por eso creo que determinadas cabeceras ilustres, aun apostando por las nuevas tecnologías y por la retroalimentación de sus públicos, persistirán en su lugar de faros alumbradores del Periodismo de siempre, el que se encarga de estar atento a la realidad y de configurar un discurso ilustrado y útil para entenderla.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola álvaro, soy un conocido tuyo que por cosas del destino he tropezado con tu blog.
Somos muchos los que pensamos como tu con respecto a la televisión de hoy día y la forma en la que está planteada la educación.
Pero siempre que escucho o leo comentarios como el tuyo, me pregunto por qué sigue habiendo tanta audiencia y siguen gobernando los mismos políticos.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Por "un conocido tuyo" no termino de caer en quién eres.

En cuanto a lo que dices, yo creo que la utilización inteligente (y perversa) de la masa es la clave. La masa es fácil de manejar, a la masa le gusta ser manejada. No piensa con los criterios del individuo. Y esto sirve tanto para las argucias televisivas como políticas.

Espero saber a quién le hablo.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Álvaro, soy Jorge hermano de Antonio Luís, colaboré contigo en un reportaje que hicimos hace unos años sobre "la carretera del..."
Por cierto que no se me olvida aquella intensa jornada de trabajo con final en Sanlucar y el almuerzo en aquel rancho cuyo nombre no recuerdo.
Una cosa mas, fue Julio Mayo quien me habló de este blog.
Espero que podamos volver a retomar el contacto.
Saludos

Álvaro Romero Bernal dijo...

Ah, Jorge, claro que me acuerdo de ti. Por cierto, no te he visto mucho últimamente. Aquel documental sobre la carretera del Práctico fue por el año 2004 o 2005... Estuvo bien hacerlo, aunque luego no le sacamos rentabilidad. El bar que dices se llamaba El Rancho precisamente, y estaba en la carretera hacia Chipiona. Se comía bien, a lo vasto y a lo basto, pero bien. Yo me acuerdo a veces de aquella jornada como un recurso que tiene mi memoria para ejercitarse con placer, sobre todo de los planos que grabamos del río a la altura de La Señuela (Lebrija), ¿te acuerdas? Gracias al zoom parecía que estábamos en medio del río...

Espero que sigas leyendo por aquí. Estás en tu casa.

Un abrazo.

Isabel Álvarez. dijo...

Hola Álvaro,hace mucho que no hablamos, pero no dudes de que nos acordamos mucho de tí en Olvera,besos para el peque y para Marina. Últimamente tengo poco tiempo libre, te cuento que el 14 de abril estará en mi centro el P.Jony, mira mi blog: http://entremontesyolivos.blogspot.com, un abrazo y tenemos que celebrar en tu instituto, tu edición del Lazarillo, tu paternidad y tu tesis, no lo olvides.

Manuel dijo...

Bueno, como en los comentarios se está hablando más de la vida en general que de la "democratización" de los medios, me apunto yo también a decir que en El Rancho se come bien. En relación al precio está muy bien la calidad y la cantidad, yo también acabé allí después de una jornada dura de grabación y aún me acuerdo del entrecot que me comí.. ¡Uf! En cuanto a lo importante, Álvaro, qué decir, no tengo nada que discrepar a lo que dices. Lo comparto plenamente. ¡Saludos!