lunes, 9 de abril de 2012

Mientras yo sea Lord, ¡vivan los toros!

Cuando una cooperativa de mi pueblo logró zafarse hace unos años del montón de pimientos sucios y papas con arena para dar el salto al envasado y los operarios uniformados, una maestrita pija, amiga mía, me reveló su disgusto con el cambio y su decisión de no ir más a comprar, porque a ella le gustaba entrar con sus tacones y su bolso a juego entre el rudimento de los agricultores descargando y la algarabía terrosa de la clientela manoseándolo todo. Existe cierto encanto -entre la lujuria, la soberbia y la paradoja convexa- en la vanidad de disfrutar las miserias mundanas desde la barrera. Del mismo modo que al turista del Occidente gordinflón le agrada pasear y exigir y mojar por las calles coloridas y exóticas del Caribe subdesarrollado, de sus hoteles baratos y sus niños descalzos; o a la buena moza de todos los barrios, liderar la pandilla de mocosuelas poquita cosa bajo sus pechos en flor. Siempre ha habido un interés desmedido en que haya de todo en la viña del Señor. Quienes se gustan a sí mismos demasiado son precisamente los que luchan por que el mundo no sea homogéneo, porque siempre es una chulada marcar la diferencia.

La gente del toreo sevillano, que le ve las orejas al lobo -las mismas que ellos les cortan a sus bichos medio muertos para mostrárselas a un tendido cada vez más vacío-, se trae todos los años a una personalidad global para hacer el pregón taurino el domingo de resurrección, que es un día muy propicio para una Fiesta -como los taurinos llaman a su espectáculo macabro- esperanzada con este nuevo gobierno. Este año se han traído a Lord Tristan Garel-Jones, ex ministro de Inglaterra, ex tesorero de la Reina y aficionadísimo al críquet y a la cultura latina. El Lord amante de los toros se subió al atril con su elegancia anglosajona, según relantan las crónicas, para hacer una encedida defensa de la tauromaquia, atacada por el pensamiento anglo-americano que sólo busca, maliciosamente, un mundo homogéneo. Como él debe de ser un gran intelectual partidario de la globalización en los negocios pero no en la cultura, aboga con ardor por que en España luchemos a brazo partido para defender este espectáculo de cuernos, vísceras y oles, que es tan nuestro, y así nos distingamos del resto del mundo, atacado por la fiebre del ternurismo, que es el sinónimo que un lord utiliza cuando quiere decir mariconadas. "Estamos caminando hacia una cultura unitaria, de valores angloamericanos que rechaza la Fiesta de los toros", advirtió preocupado el hombre. Y la gente del toreo sevillano aplaudió a rabiar porque descubrió enseguida al sabio que habían tenido el gusto de invitar.

Gracias a Lord Garel-Jones sabemos ahora que toda la panda de antitaurinos que puebla España es probablemente una comisión infiltrada del mundo anglosajón para aniquilar esta gracia y esta suerte que aquí practicamos en el redondel. La globalización, por tanto, es mala no porque aproveche los recursos humanos y materiales de cualquier zona planetaria para la máxima rentabilidad de otra. Esto no es un asunto económico, sino cultural. La globalización es mala porque estamos a esto de perder manifestaciones culturales tan brillantes como el toreo por culpa de la hipersensibilidad que también afecta a los españoles, que en vez de dedicarse a dar capotazos con tanto arte como Jesulín de Ubrique, por ejemplo, se afanan en reflexionar acerca del sufrimiento de los seres vivos, de la barbarie que puede suponer un espectáculo que ritualiza y ensalza la muerte para unas generaciones que deberían regenerarse y del debate legítimo acerca de si nos interesa convertirnos en un parque temático del alicaído Occidente rico. La globalización es mala, sobre todo, porque, si no ponemos remedio, este Occidente rico dejará de tener una reserva espiritual -donde desquitarse de tanta hipocresía y tanta civilización- como tiene ahora en España, donde gracias al toreo se mira a la muerte cara a cara, como hacen los valientes. Por todo ello, Lord Garel-Jones, que insistió en no renegar de su cultura anglosajona -tan distinguida ella- nos animó a tener la valentía de seguir dando capotazos. En esta pérdida radicaría el maleficio de la globalización, pero por lo demás podemos seguir consumiendo productos angloamericanos sin efectos secundarios.

En Los santos inocentes, uno de los monumentos literarios que nos legó Miguel Delibes, asistimos a un cambio generacional que es también regeneracional cuando el señorito Iván descubre que el Quirce -el hijo de Paco el Bajo, que es su perro de caza particular pero al que se le ha partido una pierna y ya no le vale como perro-, no le sirve para lo mismo que el padre porque el chico tiene una dignidad y un futuro distintos. Entonces el señorito Iván se dirige a su antiguo perro: "¿Puedes decirme, Paco, qué quiere la juventud actual que no está a gusto en ninguna parte?". Algo así ha venido a preguntar Lord Garel-Jones para regalarles el oído a los valientes.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno.

Anónimo dijo...

Ojalá algún día podamos acabar con espetáculos tan macabros como es el asesinato de un toro en una plaza, ante la atenta mirada de morbosos sanguinarios.Qué feliz es este mundo ante tanta hipocresía... Un relato excelente.

Gema dijo...

Lo triste es que pensamos que tenemos una cultura espléndida, pero, realmente solo nos lo parece a nosotros y como mucho a algún extranjero aburrido y descerebrado. Por regla a los turistas que vienen a nuestro país no les gusta este "arte", prefieren las risas, la fiesta, la pintura y la música, rara vez, vienen a España a ver como sangra un animal.
*Me parece una entrada maravillosa, gracias.
Saludos :)