jueves, 4 de octubre de 2012

Qué poca educación

La Educación pública en España tiene mala prensa, y aunque existen ilustrísimos ejemplos de cómo esa educación de todos y para todos ha dado sus frutos de manera genial, tal y como han mostrado diversas campañas mediáticas de apoyo al sistema en los últimos años, problemas como el abandono escolar, el fracaso educativo y la vanidad de muchos nuevos ricos -que en rigor ni siquiera lo eran - llevando a sus críos a escuelas privadas en su desesperada lucha interna por subir en la escala social han convertido, falsamente, una Educación digna de todas las alabanzas en un foco problemático, inmerecidamente. Si analizamos pormenorizadamente esos problemas, descubriremos que sus causas no están en la escuela pública misma, sino en factores externos que la han zaherido desde fuera. Un sistema que garantiza gratuitamente la educación de todos, recreando en su espacio el virtual funcionamiento de la sociedad misma, con sus individuos brillantes o incapaces, femeninos o masculinos, sus problemas de convivencia y sus hallazgos en el conocimiento individual y comunitario, no puede tener sino virtudes. Porque la escuela para los niños, en su pluralidad y diversidad por principio, es un ensayo general de la vida, y hay que repetirlo aunque suene a tópico. Es así.

Entonces, ¿dónde está el origen del conflicto? Evidentemente, en la gestión que se hace de la escuela pública. O sea, que el problema que hay que combatir no es el concepto, sino la gestión de ese concepto. Lo que pasa es que esa gestión -y ahí está la madre del borrego- es responsabilidad precisamente -y en buena medida, aunque no en toda- de los agentes que han convertido la escuela pública en un problema. Esos agentes son los responsables públicos. Y estos, a su vez, son los políticos que llegan a gobernar. Y estos políticos que llegan a gobernar en efecto han sido previamente los políticos que no gobernaban y que desde su oposición previa a los políticos que sí gobernaban convirtieron todos los asuntos públicos, entre ellos también el de la Educación, en un caballo de batalla con el que convertir todo -también la Educación- en un foco conflictivo para justificar la lucha -su lucha. Si contemplamos que la gobernanza en España ha sido cuestión de dos grandes partidos -PSOE y PP- desde que llegó la Democracia y que en su irresponsabilidad epistemológica no han sido capaces aún de desprenderse de la pátina inútil de la izquierda y la derecha como ideas o emblemas herederos desde el sentido concreto que el Franquismo les dio, convendremos en que el sistema educativo español ha estado preñado, injustamente, de demasiadas alharacas ideológicas que no han hecho sino lastrar los objetivos fundamentales que la Educación pública debería tener, según el entender de cualquier persona honesta de nuestro país, y a semejanza, por ejemplo, de lo que sí tienen en sistemas educativos del norte europeo en cuyo espejo nos miramos tan a menudo pero para nada. El problema sigue siendo, a fecha de hoy, que ese embarazo ideológico no deseado sigue pesando sobre un sistema que, internamente y por lo que respecta a sus profesionales de la enseñanza, no sabe cómo quitarse encima, entre otras razones porque nunca nunca han sido tenidos en cuenta verdaderamente y nunca nunca se les ha preguntado por el modelo que desearían.

En este sentido, y centrándonos en las dos últimas legislaturas, recordemos el desprecio al conocimiento y la cultura que supuso desde hace unos años el regalar los libros a diestro y siniestro, a absolutamente todos los alumnos, tuvieran sus familias recursos más que suficientes o no; inculcando, pues, en la percepción colectiva que trasmina a cada niño que los libros los dan, es decir, que no valen nada, que son gratis. En una sociedad de consumo como la nuestra -y esto lo sabemos de sobra- lo que no cuesta nada, no vale nada. Así funcionamos, por desgracia. Y esta falsa generosidad estuvo complementada, en ese despótico derrroche institucional que no era sino el reflejo de los tiempos del boom -de todos estos últimos booms-, por un ordenador para cada alumno. También gratis, claro. Inculcando, desde otro punto de vista, que los medios son los mensajes, que por el simple hecho de contar con un ordenador los chiquillos iban a salir del curso especialmente preparados y mucho más sabios de como entraron. La realidad, y eso no sólo lo sabemos los docentes sino también los padres y cualquier ciudadano con un mínimo de sensibilidad, ha sido que el ordendor resultó una golosina cibernética para que la chavalería tuviera acceso a esa red llamada internet en la que hoy se gestan las relaciones de verdad, sobre todo por las tardes y a deshoras, incluso a las horas de estudiar. Como ya no hay dinero, ya la preocupación por eso del 2.0 y de la alfabetización digital -cuando todavía no se había conseguido la alfabetización analógica- se ha diluido disimuladamente. Y todo esto, vendido desde las filas gubernamentales de eso que llamamos izquierda. Lo preocupante, insisto, no es que el invento no haya funcionado sino que se puso en marcha, fundamentalmente, para hacer frente, desde la política pura y dura, a esas otras filas gubernamentales o potencialmente gubernamentales que llamamos la derecha. Pues bien, ahora que esta llega al poder, se desvive por aniquilar todo lo que huela a izquierda:  entre otras cosas, la asignatura de educación para la ciudadanía, culpándola, subrepticiamente, de ser una de las causas rotundas del fracaso escolar o del mal funcionamiento del sistema. Craso error. La asignatura, como cualquier otra, podría tener en su currículo algún exceso, pero era una materia necesaria en estos momentos de teórica consolidación democrática. Y en cualquier caso no era ni mucho menos la causa de ningún fracaso educativo, que más bien se debía -como bien sabemos los profesores que manejamos tiza y necesidades educativas a partes iguales- a una desorganización del currículo verdaderamente necesario; a una preocupante falta de insistencia en eso que los pedagogos llaman desde hace unos años competencias básicas pero que en los centros educativos se mira con desdén porque lo que trasciende no es su aplicación lógica sino la persecución burocrática y absurda que entraña; es decir, la competencia lingüística y comunicativa, las destrezas matemáticas, el pragmático dominio de los idiomas, el conocimiento natural, científico y social... y poco más. Pero este poco es necesario que se enseñe con la suficiente rotundidad, es decir, con el suficiente número de horas. Si para ello hay que eliminar determinadas horas dedicadas a no sé qué pero que roban tiempo para la comprensión profunda de los textos, de las teorías y las aplicaciones científicas y la práctica del idioma, bien. Pero el camino es el camino del humanismo, no el camino que tracen desde sus intereses particulares los empresarios.

Lo digo porque, al hilo de la enésima reforma educativa que se fragua ahora, en este caso del PP, he oído que uno de los objetivos de la tal reforma es "conectar las aulas con las empresas". Craso error también. Y preocupante. El objetivo de las aulas no debe estar en las empresas, en ninguna empresa. El objetivo de las aulas es formar ciudadanos cultos, libres y responsables. Nada más, y nada menos. El objetivo de las aulas es formar hombres y mujeres que, una vez superadas las etapas académicas que sus circunstancias les permitan, sean capaces, desde la responsabilidad y el autodominio, de trabajar en una empresa, de montar una empresa o de mandar a las empresas al carajo si lo consideran en el sacrosanto ejercicio de su libertad. No podemos dejar que el mundo empresarial, por mucho que le preocupe al PP desde siempre y particularmente en estos momentos de imperiosa reactivación laboral, se infiltre en nuestras aulas, en el mundo académico y cultural. Porque las empresas están para ganar dinero. Y las aulas están para generar y transmitir conocimiento. Son objetivos absolutamente distintos. Y así debe seguir siendo. Sobre todo porque precisamente por una marginación de la labor de las aulas -y específicamente de las aulas en la Educación pública- el mundo empresarial absorbió de manera maquiavélica a un preocupante porcentaje de alumnos que ahora, precisamente, han vuelto a las aulas, decepcionados del sistema laboral, de las empresas y de los artificios de un boom que los engañó. Si no aprendemos de los errores, no aprendemos nada.

Ninguna reforma educativa mejorará la Educación ni contribuirá a sacarnos de este pozo socioeconómico en el que nos encontramos si no se le da a la Educación -en manos de sus verdaderos y diversos especialistas y no de los arribistas de la Política- el lugar primordial que le corresponde por justicia y por aplastante lógica. 

*Este artículo se publica asimismo en la sección de Nacional del semanario Cambio16.

2 comentarios:

STUDENT16 dijo...

"El secreto de la libertad radica en educar a las personas, mientras que el secreto de la tiranía está en mantenerlos ignorantes." Robespierre

Álvaro Romero Bernal dijo...

El francés de la guillotina tal vez no contaba con que, más allá de las tiranías, incluso regímenes democráticos como en el que hoy vivimos contribuyen a hacer, más que ignorantes, idiotas a los ciudadanos, unos por selección de clases y otros por entontecimiento generalizado. Más recientemente, quien ha reflexionado sobre estas cosas es Noam Chomski. Te lo recomiendo.