domingo, 24 de agosto de 2008

Estuvimos en Roma, etcétera



Hemos sobrevolado Marina y un servidor el ancho tronco italiano durante la última semana. Desde Roma, ciudad que dicen eterna, hemos bajado al sur napolitano y al norte florentino. Nos gustó más el norte; verde, fértil y cuidado, aunque a mí me encandiló también el caos sucio e inseguro de la ciudad sureña relacionada con la mafia. Me dieron pena sus escasos monumentos, abandonados a las ráfagas calientes de agosto. De la capital, me quedo con el Vaticano (estoy orgulloso de la foto desde el Tíber), 44 hectáreas de esplendor construido sobre la práctica espoliadora a lo largo de los años y sobre una fe en San Pedro con vetas de calvinismo por el que el lujo material se alía con el divino. La capilla Sixtina marea por su perfección y la inteligencia sobrehumana de su pintor. Del resto de piedras, columnatas históricas sobre aquellos clásicos solares, no varió mucho mi percepción de la que alcancé de niño en los libros de historia.

De Pompeya, lo más inquietante es el vivísimo Vesubio, el volcán cuya ceniza milenaria sepultó a media bahía napolitana en el año 79 de nuestra era. Después de descubrirla, uno se siente más pequeño -en realidad, nuestra pequeñez crece con cada viaje-, pues hay que reafirmarse en el tópico de que no hay nada nuevo bajo el sol.

Tras emocionarnos con la grandiosidad arquitectónica superpuesta a la austera vida monástica del santo de Asís, recalamos en la medieval Siena, la ciudad de otra santa, Catalina, de la que se conservan, espeluznantemente, su cabeza y un dedo, metidos en sendas hornacinas. Me gustó más la plaza de Il Campo, donde se celebran cada 2 de julio y 16 de agosto unas bárbaras carreras de caballos que representan a su vez a los barrios de la ciudad. Tuvimos la suerte de degustar unos helados, famosos mundialmente por su calidad. Me sorprendió que costaran como en mi pueblo, a pesar de que me pidieran, sin pudor, varios euros por cualquier bebida, incluida el agua, en cualquier sitio. La catedral de Siena, con su loba que amamanta a Rómulo y Remo mientras mira a Roma desde el porche, es absolutamente recomendable.

Pero lo más emocionante, con diferencia, como estampa y como fondo cultural, es Forencia, la ciudad de Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni, más conocido en castellano como Miguel Ángel, el polifacético renacentista del que no sólo admiramos su destreza pictórica, sino su precoz mano maestra de escultor con obras tan impactactes como la Pietá o el David, acabadas ambas cuando no era más que un veinteañero. La primera, en la catedral de San Pedro, sobrecoge desde su umbría posición en el templo, máxime cuando se observa la perfección de la talla de esa Madre atravesada por no sé cuántos puñales de dolor mientras sostiene a su Hijo como a un bebé recién crucificado. La juventud de la mujer no nos choca, pues Miguel Ángel consigue revelarnos de varias cinceladas los misterios de la virgnidad incorruptible que albergaba María incluso después de la Pasión. El David, con su onda sobre el hombro, su piedra en la diestra y su desnudez sofocante en puro mármol, nos da la lección magistral de lo que significó el Renacimiento en todas sus dimensiones: la anatómica, la histórica, la religiosa, la racional. Del muchacho que venció al filisteo Goliat y que en Florencia simbolizó la victoria de la República contra los Médici, hay dos copias más en la ciudad, pero ninguna con la blancura y la focalización museística del original, en la Academia.

Al margen de las marmóreas iglesias, entre las que sobresale el céntrico Duomo, y de sus pétreas calles de un marrón renacentista, lo más admirable de Florencia es el soto arquitectónico de su río Arno. Sobre él, ningún puente tan enigmático como el Vecchio, el más viejo que se conserva en Europa (1345, obra de Tadeo Gaddi), con sus joyerías que tiempo ha fueron tenderetes de poca monta eximidos de pagar tributos sobre la tierra de nadie encima del río.

La Toscana, en fin, junto a la Umbria, han sido las regiones italianas más cautivadoras en las que hemos tenido la suerte de vivir y sobrevivir -últimamente con la noticia de la tragedia de Barajas sobre nuestras conciencias- durante la última semana. Algún día voveremos para saltar a Venecia, que nos sigue esperando.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé si has llegado a límites de éxtasis en el viaje o si has sufrido el síndrome de Stendhal, con tanta obra de arte y tanta inspiración, pero de lo que estoy seguro es de que has disfrutado bastante. A un servidor, Roma le ha dejado una impresión irregular: magnífica en cuanto a arquitectura, pintura, etc., etc., pero que deja mucho que desear en su apariencia y en su dejadez. Puede ser que, como tú dices, hasta esa suciedad tenga su encanto...
Si tuviera que elegir una sola cosa de lo que he visto o he visitado, me quedo con la iglesia de San Luis de los Franceses y la capilla Contarelli, con los tres cuadros de Caravaggio ahí resguardados, en penumbra, en silencio, sin flashes, sin la aglomeración de supermercado de los Museos Vaticanos.
Espero que me envíes la foto en la Fontana di Trevi, con todas las especies humanas o castas por allí rulando.
Un saludo enciclopédico.
Pepe.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Sí, esa impresión irregular que comentas también me ha quedado a mí, pero la vida misma es tan irregular...
Te mandaré la foto multiétnica de Trevi, jajaja...
Un abrazo, enciclopedista.

Manuel dijo...

Querido Álvaro, cada vez que viajas tú, viajamos todos, por la precisión de tus escritos. Y viajar, aunque sea de rebote, es muy gratificante.

Un abrazo

Manuel

Álvaro Romero Bernal dijo...

Gracias, Manuel. Me satisface que disfrutes con mis semblanzas viajeras.

Un abrazote fuerte, chaval.