lunes, 16 de noviembre de 2009

Delibes o cuando los premios resbalan


Si no recuerdo mal, descubrí a Miguel Delibes en la temprana adolescencia y gracias a una edición de Los santos inocentes que me prestó mi prima Aurelia en un tórrido verano en el que yo andaba buscando lecturas para aguantar el sopor de las tres de la tarde que se repetía hasta el infinito día a día. Aquella edición, que ya no tengo (no sé si la perdí porque dudo de que la devolviera, aunque sé que no era de mi prima, sino de una amiga suya), mostraba en la portada el fotograma de la película homónima que había hecho Mario Camus en 1984, tres años después de aparecer la gran obra del vallisoletano. Allí se veían, con sus caras de pobres irremediables, a Paco el Bajo, a la Régula y al Azarías, posando tal vez para el único retrato que iban a hacerles en sus vidas. Eran los actores Alfredo Landa, Terele Pávez y Paco Rabal, respectivamente, los que daban vida en la pantalla a esas criaturas de sufrimiento tan a flor de piel que había conseguido crear Delibes en la Raya, cualquier frontera extremeña entre este mundo y el desamparo total. Recuerdo que de aquella novela me quedó la sorpresa por la disposición de los diálogos y el regusto de la escritura que aprovechaba la magia de la oralidad. Desde entonces, me gusta la literatura con vocación oral, como la que tan bien sabía hacer el ya fallecido chiclanero Fernando Quiñones.

Después de devorarla en un par de días, con aquel par de frenos y marcha atrás con que se leen las novelas en verano que gustan mucho y uno no quiere acabar jamás, me fui a la biblioteca de mi pueblo en busca de más tesoros de Delibes. Encontré un libro de relatos que luego no he vuelto a ver que se titulaba Viejas historias de Castilla la Vieja, y todavía guardo de sus páginas el recuerdo de unas deliciosas lecturas en cualquier sillón de la biblioteca en la que tanto leí. Los cuentos eran breves y en todos aparecía un personaje de esos que tan bien sabe construir Delibes, con las manos encalladas y los pies bien metiditos en el terrón. Leí al poco tiempo La mortaja, una joya literaria que no sabría si definir como cuento largo o novela corta y de la que me quedó la muletilla elegante de sustituir "en realidad" por "en rigor". Luego vinieron Mujer de rojo sobre fondo gris, el homenaje a su esposa muerta; El camino, esa inolvidable novela que todo adolescente debe leer antes de empezar realmente a serlo; El príncipe destronado, El disputado voto del señor Cayo, Las ratas, ... y un largo etcétera que debería llegar hasta El hereje, que no he leído, a mi pesar. Miguel Delibes ha influido en mí mucho más de lo que pudiera pensar ligeramente. Y me alegro.

Siempre me pareció un hombre con los pies en el suelo. Me sorprendió que hubiera tenido siete hijos y hubiera estudiado tres carreras: la literaria, Periodismo y Derecho Mercantil. Aunque la primera ha sido la más fructífera, la segunda nos ha dado a un sabio director de El Norte de Castilla, un periódico que jamás he leído pero que siempre imaginé con la austeridad machadiana con que imagino las cosas de Castilla la Vieja, la de Delibes y la del cura y el barbero de Don Quijote.

Ahora el Gobierno de Castilla y León le ha concedido a don Miguel, con 89 años, la Medalla de Oro. Reconocimiento tardío para quien ya tiene tantos premios. Gana más el gobierno castellano que él mismo, porque don Miguel siempre tuvo bastante con un pliego y un bolígrafo, con su escopeta de caza y sus historias demasido humanas como para que pudieran entenderlas quienes ahora van a su casa a echarse la foto. Pero estas cosas suceden.

Desde esta pequeña plataforma digital que es mi blog, propongo con entusiasmo definitivo un reconocimiento para don Miguel a la altura de su calidad literaria: el Premio Nobel de Literatura.

Todavía estamos a tiempo.

5 comentarios:

Manuel dijo...

Querido amigo Álvaro, creo que el Nobel se ha devaluado bastante este año, concendiendo el de Paz a un señor que anda metido en varias guerras. Y haciendo balance me he encontrado bastantes tropezones de ese tipo. Me parece que Miguel -y su obra- está por encima de todo eso.

Un abrazo

Álvaro Romero Bernal dijo...

Tal vez tengas razón, amigo Manuel. Don Miguel está ya por encima de todas las cosas de este mundo, vanidad de vanidades, pero me parece justo que si hay que darle un premio no sea el politizado de una comunidad autónoma sino uno grande y brillante, a pesar de que, como dices, tenga también sus manchas. Incluso en el apartado de Literatura tiene el Nobel sus excentricidades. Creo que García Márquez tiene un artículo en el que trata de los galardonados con el Nobel de Literatura y salva a muy poquitos. Intentaré encontrar el escrito garciamarquiano, aunque creo que tú lo tienes en uno de esos tomos que compraste del colombiano en forma de obra completa u obra periodística completa o algo parecido.

Un abrazo.

Manuel dijo...

Hablando de premios... ¿Leíste el artículo "Olé", de Javier Cercas, en EPS? Si no fue así, te lo recomiendo...

http://www.elpais.com/articulo/portada/Ole/elpepusoceps/20091115elpepspor_2/Tes


Un abrazo

Álvaro Romero Bernal dijo...

No conocía la anécdota de Unamuno; no tiene desperdicio, jajajaja

Manu dijo...

Esa anécodta es genial... Yo me estuve riendo dos días de eso...