sábado, 21 de noviembre de 2009

Los hambrientos y su crisis perpetua


Acaba de concluir sin conclusiones la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria, celebrada en Roma como un picnic de mandatarios que llegan, se echan la foto y se van mientras los niños famélicos del África profunda siguen siendo carne, o hueso, comodín de telediario. Puro relleno informativo para épocas de crisis noticiera. El propio director de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Jacques Diouf, ha reconocido el fracaso estrepitoso del congresito por el hambre, y hasta la próxima vez. Qué se le va a hacer. Acabar con el hambre, en la práctica, que no en la teoría, sigue siendo una quimera para soñadores. En teoría sería sencillísimo si uno atiende a cifras comparativas. Harían falta poco más de 30.000 millones de euros anuales para eliminar este hambre global enquistado en la modernidad desde que al Primer Mundo se le ocurrió explotar y abandonar eso que calificó de Mundo Tercero. Con los años, lo que ha crecido sine die es la desigualdad. Pero los verdaderos responsables del reparto de riqueza en el mundo, los políticos de altos vuelos y baja visión, están en otras cosas, ya saben, en el extinguible petróleo, la inútil presidencia de la UE, las ayudas a los bancos o las velinas de cada cual. Inventaron aquella cifra ya tan cateta del 0,7%, pero nunca la aplicaron con seriedad. El mundo civilizado se ha gastado en los últimos dos años más de un billón (con b) de euros en armamento; más de medio billón (con b) en subvenciones para agricultores igualmente civilizados; y sólo su mercado de videojuegos, por ejemplo, movió en el último año -millón arriba, millón abajo– los 30.000 millones de euros que hacen falta justamente para exterminar este hambre del que hablamos, nosotros que podemos hablar.

El hambre, esa sensación –o esa condena– tan básica, tan instintiva, tan desconocida para quienes comemos tantas veces al día (y otras tantas pagamos por el diseño de absurdas dietas) nos parece un concepto bíblico, remotísimo de castigos prehistóricos, y sin embargo es una realidad cotidiana para más de 1.000 millones de personas en este planeta que produce, de sobra, alimento suficiente para todos sus habitantes. Este manejo de las cifras resulta siempre demasiado demagógico para convencer a quienes están habituados a escucharlas sin resultado alguno, pero nos muestra muy a las claras el lugar que ocupa el hambre global en las agendas de preocupaciones de los mandatarios igualmente globales.

El dinero necesario para acabar con el hambre en el mundo circula por el mundo, incluso no sería ninguna exageración peregrina asegurar que sobra por el mundo, diseminado sin rumbo en forma de esa calderilla que, incluso en tiempos de crisis financiera, desprecia cualquier desempleado del primer mundo. Lo único que no sobra, sino que falta a raudales, es la voluntad política de acabar con este problema. Piensen, si no, que hay voluntad para acabar con guerras incómodas, con el llamado cambio climático (problema modernísimo cuyas soluciones ya parecen encauzadas), con el excesivo gasto energético y hasta con la financiación de creencias religiosas con estudiados y minúsculos porcentajes en la declaración de la renta. Para todo ello basta con un líder de masas y una campaña bien planificada. Tal vez no surjan ni líderes ni campañas en este sentido hasta que el mundo civilizado no sienta la misma necesidad que sintió EEUU cuando acabó la gran Guerra y se sacó de la manga su célebre Plan Marshall, es decir, hasta que Occidente no descubra que los países africanos, Afganistán, Bangladesh, India y Vietnam constituyen demasiados kilómetros cuadrados como para no hacer rodar también por ellos las gracias del capitalismo.

  • Este artículo aparece también en el nº 1.983 del semanario Cambio16.

2 comentarios:

Isabel Álvarez. dijo...

Coincido plenamente contigo en el análisis que haces de las causas del hambre en el mundo, un drama evitable que parece que clasifica a los seres humanos en categorías nazis, los que sobrevivirán y los que no. Enahorabuena por ese libro y su edición que aún no he visto, pero que si la preparaste tú será estupenda, me lo dijo Mºdel Mar. Besos a Jaime y a Marina, cuidaros.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Gracias, Isabel. Les remití dos ejemplares de mi "Lazarillo" al Departamento de Lengua, pero volveré a remitirte otro a tu nombre; ya tengo más remesas, ya sabes cómo son de rácanas las editoriales... jajaja Yo estoy contento con la edición. Me parece muy completa y fácil de abordar; es lo que he intentado al menos.

Un beso.