jueves, 7 de octubre de 2010

Enhorabuena a Mario


No cinco, sino muchísimas más horas me gustaría charlar con Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), brillantísimo novelista al que acaban de conceder el Premio Nobel de Literatura. Llevaba décadas postulándose, casi desde que se lo concedieron a su colega Gabriel García Márquez, allá por 1982. Pero el Nobel, como la suerte, va y viene, culebrea por el tiempo y, a veces, queda muy lejos cuando a los artistas de la Palabra le llega la Parca, casi siempre por sorpresa. Con Mario, el Nobel ha llegado a tiempo de que él, que ya no lo esperaba, lo pueda disfrutar.

Antes que algunas de sus novelas, leía artículos de prensa de los que lleva años publicando en El País, los domingos sobre todo, y siempre me fascinó cómo un liberal convencido como Mario era capaz de engatusar al mismo tiempo a conservadores rancios y a comunistas más o menos razonables. Hombre político desde siempre, mantuvo sus diferencias, diatribas y hasta puñetazos con el Nobel colombiano; aspiró a la presidencia del Gobierno de su país, donde acabó derrotado (qué paradoja) por el luego prófugo Fujimori; integró la fundación FAES de Aznar, que ya se sabe que no significa Falange Española, pero de donde se salió rápidamente porque nada de lo que se cocinaba allí dentro parecía olerle bien.

Recuerdo que comencé a leer, y la dejé inconclusa hasta hoy, La casa verde, justo en los días ya tan remotos en que estudiaba para Selectividad. Hace ya tanto... Luego hojeé Pantaleón y las visitadoras, y más tarde leí con agrado la violenta La ciudad y los perros, su primera novela, de 1962, y últimamente, Travesuras de la niña mala, una obra maestra sobre el amor incondicional, obsesivo, en una trama cosmopolita que nos va enseñando ciudades como si viajáramos al pasar de un capítulo a otro. Me consta que La Fiesta del Chivo, en torno al asesinato del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, es probablemente su mejor novela, pero la tengo en una estantería de casa, intacta desde que la leyó Marina y me la recomendó. Ahora le hincaré el diente. Por eso son buenos estos premios tan globales, porque nos aguijonean para leer cosas que jamás hubiéramos debido abandonar.

Como la patria en la que creo son mis propios zapatos y mi lengua, en la que pienso y me comunico, siento este Premio Nobel de Mario como un galardón más al español, este idioma nuestro, cada día más planetario e imprescindible.

Gracias, Mario.

2 comentarios:

José Romero dijo...

Veo que nuestra alegría por el premio a Vargas Llosa es compartida. Yo también le he dedicado una entrada en el blog.
Ya era hora de este Nobel.
Un abrazo,
Pepe.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Claro, Pepe. La verdad es que yo estoy contentísimo con este Nobel, es como si se lo hubieran dado un tío mío, a un tito cercano... del que tengo tanto que aprender. Ya me hubiera gustado a mí estar contigo aquel día mientras lo desmaquillaban en el programa ese de Canal Sur...