martes, 12 de febrero de 2013

El reto de la Iglesia tras el adiós del Papa

Que un Papa diga adiós para quedarse en este mundo todavía nos sorprende muchísimo a la primera porque la Iglesia, a lo largo de dos milenios, nos tenía acostumbrados a despedidas más solemnes con la muerte de por medio. Y el último Papa, el anterior a este Benedicto XVI que dimite en el fragor de un mundo donde nadie parece conocer el significado de ese verbo, Juan Pablo II, era un experto en el uso actoral de la dramaturgia, un especialista de la puesta en escena y del control lacrimógeno de las masas hasta para morir con las botas puestas, cinematográficamente. De modo que el contraste entre estos dos pontífices posteriores al Concilio Vaticano II, uno absolutamente pasional y el otro absolutamente racional, nos descoloca a quienes, tal vez ingenuamente, pensábamos que todos los trajes de papa se cortaban con las mismas tijeras. No es así exactamente, como nos demuestra la noticia del día. Aunque sólo haya un lejano precedente en el Medioevo, un Papa puede irse. Basta con que lo diga y se dé la vuelta, que es lo que ha hecho Josep Ratzinger con sus 85 años a cuestas; confesar que no puede más y dejarle el sillón a otro. Lo trascendente no es que los motivos puedan ser los casos de pederastia, el conflicto con el maryordomo o el fracaso de una limpieza de la curia, sino su confesión de impotencia -física, mental, etc.- para cumplir con sus obligaciones. Esa confesión le imprime al inminente expapa un aura de sinceridad y honestidad difícilmente criticable. Porque la opción más fácil, la que hubiera elegido cualquier otro en su lugar, hubiera sido dejarse consumir por la edad devoradora y morir con los hábitos de sucesor de Pedro, como hacían todos. Pues bien, este Papa intelectual, racionalista y tímido ha optado por la vía más lógica y aunque, al contrario de su predecesor, huyera del espectáculo mediático, lo está dando precisamente con su retirada, el que no hubiera dado -al menos en la dimensión que está consiguiendo- si llega a esperar la muerte, pasiva y despersonalizadamente.

Su dimisión abre dos interesantes derivadas que a un servidor, conocedor desde pequeño de estos mundos púrpuras, lo tiene intrigado desde esta mañana. Una se refiere a la pura teología y la otra, al puro pragmatismo de una institución divina inserta en este prosaico mundo. Me explico por partes, y empezando por las alturas.

Un compañero se sorprendía hoy de que el Papa renunciara y me argumentaba, medio en broma medio en serio, que no podía dimitir porque era una decisión divina. Yo, medio en broma medio en serio, le recordé que si la decisión de hacerlo Papa, en 2005, había sido divina, también la de dejar de serlo había podido provenir de Dios, y que él tenía exactamente las mismas pruebas de uno como de lo otro. Son dictados o llamadas a las que no tenemos acceso. Por lo tanto, la misma sorpresa debería haberle causado su renuncia de hoy como su nombramiento hace ocho años. Mi compañero se limitó a sonreír, pero la conversación me empujó a mí hacia este artículo que necesito para explicarme misterios a mí mismo. 

Cuando yo no era más que un crío y hacía de monaguillo en la misma parroquia de mi pueblo de donde ha salido disparado hacia Roma el último párroco por motivos que nunca hubieran ensombrecido al párroco de entonces, Paco el Cura -qué diferencia, por Dios-, la gente se empeñó en que yo me hiciese sacerdote. Yo siempre sentí aquella premonición o aquel deseo colectivo como una amenaza o como un peso insoportable frente a mi deseo personal y lógico de ser otra cosa en la vida que no me privara de mujeres. Era casi un adolescente, lo digo para que me entiendan. El caso es que se me quedó grabada, porque la repetían mucho las viejas feligresas, la consigna de que yo tenía que recibir una llamada, la llamada de la vocación. Por mi parte, más que esperar la llamada, esperaba no recibirla, de modo que cuando mi conciencia bullía sola y se hacía y deshacía preguntas a sí misma, una parte de mí se hacía el despistado a propósito, como para no escuchar a Dios si se dignaba llamarme para lo que yo me temía. Así que durante un tiempo la gente me preguntaba si había sentido la llamada, y yo, además de contestar que no y de temer defraudarla, me ponía nervioso por si aquella llamada llegaba inesperadamente y al final resultaba que tenía que ir al seminario. Todavía no sé con certeza si la llamada no llegó o si yo me hice a mí mismo el suficiente ruido para no escucharla. Pero sí recuerdo con perfecta lucidez mi miedo a la llamada de aquella época y el asombro que me produjo el que el propio cura, don Francisco, como yo lo llamaba, me hablara en efecto de su llamada e incluso de su deseo más íntimo de hacerse misionero en el África profunda y abandonar aquella parroquia pueblerina. Nunca lo hizo, sin embargo, por motivos de salud quebradiza. Primero le dieron dos infartos que lo convencieron para dejar el tabaco y luego enfermó gravemente cuando yo tomé otro camino, seguramente tan inescrutable como todos los del Señor. Pero aquellas experiencias religiosas me abrieron la curiosidad por asuntos teológicos de más calado, empezando por mi miedo a la llamada y por el miedo de Paco el Cura a morirse de verdad. 

Tantos años después, cuando un Papa se va por voluntad propia, a un servidor, que ya no es un niño, se le ocurre que esta decisión pone en solfa muchos dogmas, quizás demasiados. Y, por lo tanto, supone un gesto contemporaneizador y humanizante que puede llevar a la Iglesia a despojarse de magias que no le convienen, lo cual puede ser positivo. Si todos dábamos por supuesto que un Papa tenía que serlo hasta morir porque así lo había establecido el Espíritu Santo, aunque no lo comprendiéramos, y ahora resulta que el Papa es un hombre, un viejecito que confiesa no tener ánimos para seguir ejerciendo tan distinguida función y que, en el uso de su inteligencia humana, decide dejar vacante su plaza para que un compañero con más ímpetu lo sustituya, estamos ante una práctica absolutamente lógica desde el punto de vista humano, ante una práctica natural del mundo empresarial, del mundo de aquí abajo en definitiva; una práctica que desconfía del poder de ultratumba o de los poderes del Cielo, y que se basa en el sentido común, a saber, que un viejo de 85 años no es la persona más óptima para liderar una organización tan global e importante. De este lógico reconocimiento al reconocimiento de que la Virgen María no pudo o no tuvo por qué ser concebida sin pecado original o no tuvo por qué ser virgen toda su vida o no tuvo por qué subir al Cielo en alma y también en cuerpo, hay solo un paso. Y no quiere continuar con otros dogmas porque podrían ser ejemplos demasiado molestos o insoportables. Pero está claro que la renuncia del Papa abre la veda hacia una apuesta desdogmatizadora de la Iglesia en el contexto de nuestro mundo.

Y, al hilo de todo esto, viene la segunda derivada que también me parece interesante desde un punto de vista meramente mundano, y que es el encaje o reencaje de una Iglesia anacrónica en el mundo actual. Si con este reconocimiento de debilidad humana y, por ende, de debilidad para el cargo -que ahora se antoja también un cargo mundano-, el Papado y el Vaticano y la Iglesia se acercan más al mundo y a sus lógicas, es posible que la distancia entre Iglesia y mundo se acorte. Y que, por lo tanto, la Iglesia tenga ahora más posibilidades de ser sal de la tierra o luz del mundo, que era lo que Cristo quería. Pero para ello no es suficiente, ni mucho menos, un gesto papal, sino un quiebro total de la Iglesia con todos sus mandamases. Aquí ya hablamos de cosas muchísimo más difíciles, y no porque nos atengamos a asuntos inciertos del Otro Mundo, sino precisamente porque necesitamos cambios estructurales en los asuntos eclesiásticos de este mundo, donde la Iglesia es, de facto, una poderosísima y acomodada institución que tiene en Jesús de Nazaret su preciosa teoría y en los mecanismos mundanos su tangible práctica, con lo cual se hace difícil vislumbrar un cambio verdadero. Pero lo necesitan; la Iglesia y el propio mundo. Se necesitan mutuamente porque ambos sufren una crisis descomunal que amenza con destruirlos tal y como han sido hasta ahora. A la Iglesia le conviene el mundo porque es su único campo de batalla. Y al mundo le conviene la Iglesia porque guarda un mensaje de esperanza y amor que heredó de un indiscutible revolucionario como fue Jesús de Nazaret, aunque su voz haya estado crecientemente silenciada en estos años de creciente locura que nos han conducido a esta situación de obligatorio cambio de paradigma, tanto dentro como fuera de la Iglesia. 

Como el mundo no necesita más predicadores -con los que ha tenido en el último siglo le sobran-, sino líderes de acción, esta Iglesia mundana absolutamente necesaria debería aprovechar la oportunidad sobrevenida de elegir un nuevo líder para reflexionar seriamente sobre el líder que necesita, que es un revolucionario capaz de talar dogmas en el gran árbol de la Iglesia mistificada y sembrar acciones de esperanza para un nuevo mundo en la sencillez de que todos los hombres son hermanos y han de comportarse como tales. Nada más y nada menos. Eso que dicen todos los políticos aunque no se lo crean está en el ADN de una Iglesia que, con sus prácticas, ha demostrado no creérselo tampoco. Quién sabe si ante la siguiente fumata blanca estamos ante la posibilidad de mejorar la Iglesia y de mejorar el mundo. Es posible que siga siendo un ingenuo, pero ni la Iglesia ni el mundo actuales, tan perversos, me van a privar de ser un hombre esperanzado. Amén.

2 comentarios:

alvaro bernal amuedo dijo...

me gusta mucho el comentario es muy teologico y es muy humilde por una parte el papa ya esta malo y tiene diversas enfermedades pero esto es algo muy extraño , pero bueno a ver lo que pasa ahora

José Domingo Mora dijo...

Amén.