sábado, 2 de febrero de 2013

Pacotilla

Hoy me he acordado de esa palabra en desuso en mi vocabulario habitual. Que algo o alguien sea de pacotilla me escuece bastante, porque con la edad voy soportando peor las falsedades, las poses y las vulgares hipocresías. No sé qué me ha evocado esa palabra, si la época de los carnavales o este carnaval perpetuo en que se ha convertido la política nacional con un presidente al frente que, estando como están los medios de comunicación de medio mundo pendientes de su comparecencia para decir a las claras si lo que publican sobre el dinero negro y los sinvergüenzas satélites de Bárcenas es cierto, tiene visos de veracidad o, por el contrario, es todo un montaje, se niega a salir en persona, como un hombre, dando la cara y mirando a los ojos a quien se atreva. Seguramente la palabrita me ha sobrevenido un poco por todo, incluso por esas decenas de periodistas en torno a la pantalla del presidente escondido, convertido en frame, licuado en LCD, agazapado tras la caja tonta con que nos entontecen a diario, protegido en la memez del monitor, como un ridículo malo del inspector Gadget o similar. Lo honesto, lo coherente, lo correcto hubiera sido que todos los informadores, al no poder preguntar -que es a lo que deben dedicarse-, se hubieran marchado por donde entraron y hubieran dejado al de la pantalla hablando solo, regustándose a sí mismo en la fácil negación sin más de todo lo que se le acusa. Pero no. Allí estaban todos, a lo que le echen, autómatas impertérritos ante el escándalo de que esto se llame democracia y aquí no pase nada. 

Personajes de pacotilla nos parecían los muñecotes del guiñol. Pero ya desaparecieron por estos lares. La cosa se ha puesto tan seria, tan fea, tan dramática, grave y sonrojante que no hay espacio para la parodia. 

La gran parodia de la realidad lo inunda todo. Para qué más. 


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