miércoles, 4 de diciembre de 2013

LOS MALES AJENOS Y UN PAÍS A LA DERIVA

Cuesta levantar un país cuando nadie, sobre todo quienes tienen responsabilidades de hacerlo, mueve un músculo en favor de la colectividad, de lo público, de lo de todos. El país, y en su puesta en abismo, Andalucía, su provincia, por ejemplo, o la mía, están afectados por el mismo mal, que es el del egoísmo fundado no sólo en buscar con imperioso afán el beneficio propio, sino en ese tic nervioso tan antiguo que consiste en encontrar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, lo que en román paladino viene a ser la letanía estéril y monocorde del 'y tú más...'. De modo que la aburrida dialéctica en un país que en profecía machadiana había de helarnos el corazón a cada españolito que veníamos al mundo no pasa de ser de izquierdas o ser de derechas, y una vez sidos, defender contra todo raciocionio amenazador a los de nuestro bando, por rojas chillonas que sean las vergüenzas. Y así no hay forma de que un país arruinado, no sólo financieramente, ni mucho menos, levante cabeza a medio plazo o en un plazo razonable, porque todas las fuerzas más o menos potentes se desinflan por el desagüe de la irracional endogamia.

    Es tan de dominio público como de silenciada vergüenza que todo nuestro arco parlamentario mantiene contactos inequívocos con otros poderes fácticos que van más allá de la ineluctable fidelidad. Podríamos poner ejemplos, pero estaríamos siendo parciales. Y cualquiera puede traer a colación los suyos: un partido, un sindicato, unas empresas, unas instituciones afines, todo muy afín. Otro partido, lo mismo. Otro partido, ídem. De modo que la mayoría de los esfuerzos de cada grupo político-sindical-empresarial-institucional-etc se centran en la conservación y bienestar del propio grupo, y cuando faltan los recursos, como ocurre hoy por hoy, los poquitos que existen son absorbidos por esa maquinaria de supervivencia que son los propios grupos, al margen del país, de la gente, de la calle vendida al solano de los parias de siempre.

    Pero la gente ya está harta. Muy harta. Lo que ocurre es que no encuentra un cauce de expresión y de acción de su hartazgo más allá de la barra del bar donde le fían. No queda en España una institución libre de sospecha de corrupción o, al menos, de haberse negado, en tan difíciles momentos, a arrimar su hombro particular en beneficio del interés general, y empezando por los partidos políticos -que acordaron hace unos meses subirse su propia financiación un 28%, no lo olvidemos- y terminando por la Monarquía -qué decir de Sus Majestades y su gente guapa- podríamos hacer un triste repaso por los sindicatos, la banca, las asociaciones empresariales, religiosas o deportivas, da igual, para comprobar que los grandes líderes se han empeñado en las últimas décadas en liderar exclusivamente sus rebaños, y sobre todo en inculcar férreamente la idea de que el rebaño es lo importante, mantener la unidad del rebaño, defender el rebaño a muerte, y cualquiera de sus ovejas, a muerte, sea una oveja, sea un cordero o sea un lobo disfrazado con todos sus dientes, porque forma parte del rebaño, sin más.

    Así que la moraleja social más extendida es que, para medrar, no hay como ser miembro de un rebaño, convertirse en oveja predilecta, sumisa, aquiescente, defensora de la colectividad particular que forman los de su especie, lleven o no lleven razón, porque lo importante es la clase, el color, las siglas, la profesión, que sea, en definitiva, uno de los nuestros.

    Cuando uno de los nuestros se equivoca, se corrompe, mete la pata, o la mano, o las dos manos, la reacción es siempre defenderlo, y si las evidencias impiden la defensa, mirar para otro lado, esconderlo, protegerlo, ampararlo, darle cobijo, porque fue, porque era y porque es uno de los nuestros, sin más.

    De modo que todas las energías de un país como el nuestro, que son muchas, se concentran en los grandes grupos que tienen tanto que tapar, que limar, matizar, disimular, porque muchos de los suyos metieron la pata, o la mano, o las dos manos, en algún asunto de todos. Los mejores abogados, y hasta los mejores fiscales y a veces hasta jueces, los más óptimos esfuerzos para sacar del atolladero a uno de los nuestros. Y mientras tanto, todos, es decir, los que no figuran en ninguna lista ovejera donde como en Fuentevejuna vayan todos a una, esos, los parias, los que andan por la calle, los que pagan impuestos, los que pringan por libre, los que esperan soluciones globales, solidarias, integradoras, los que creyeron promesas, los que siguen confiando en la democracia, asisten al esperpéntico espectáculo de cómo el país se inclina a la deriva porque las culpas de todo son siempre, por sistema, del de enfrente. Y para las soluciones, los inventos..., ya lo dijo Unamuno hace un siglo ahora, como si hiciera dos: que inventen ellos. 

  • Este artículo se publica también en El Correo de Andalucía, en su edición del 14 de diciembre de 2013.

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