viernes, 5 de abril de 2013

El chiquito piconero contra el machismo

Dicen que en Córdoba, antigua capital en la máxima inspiración de Al-Ándalus, se ha montado cierta marimorena con el cartel que protagoniza un morenazo de la tierra para anunciar su feria, de las más largas de Andalucía. Es obra de la pintora de Montilla María José Ruiz, a la que le están lloviendo las críticas por haber innovado sacrificando uno los tópicos más inviolables si quieres que los rancios te sigan tocando las palmas en el corazoncito chico del chovinismo ramplón: el del machismo de toda la vida. En vez de una flamenca jamona y de ojos verdes, con mucho faralá y toda la tragedia crepuscular que encumbró al Romero de Torres que remataba a sus chicas con el rizo en la frente, Ruiz se ha atrevido a pintar a un chico que se pone todo eso por sombrero, es decir, que se toca con el mismísimo sombrero del gran pintor cordobés, cedido por la directora de los museos municipales, Mercedes Valverde, para que el modelo del cartel, un entrenador personal de gimnasio de 32 años, posara con él. Por lo que se lee por allí, el gesto ha sido una afrenta en toda regla, lo cual nos hace preguntarnos si esta crisis que empezó por la Bolsa y ha terminado por sacar las vergüenzas del sistema educativo se ha tragado también todas aquellas pretensiones civilizadoras que nuestro país soñó hace sólo un rato, cuando incluso tuvimos la visionaria osadía de contar con un Ministerio de la Igualdad. Desde luego fue el primero que se cargaron cuando Zapatero hablaba todavía de recesión económica, hace tan sólo un lustro, y ahora, tan sólo un lustro después, se entienden muchas cosas, no por la supresión de aquella innovación ministerial, que tal vez pudo ser una golosina política que ni siquiera impidiera la tragedia de género -lo más decisivo-, sino porque antes, durante y después de aquellos sueños de la razón igualitaria este país nuestro siguió siendo tan cazurro que siempre es demasiado pronto para que entienda que las innovaciones de quienes miran distinto, los artistas, vaticinan en símbolos o alegorías lo que ya, contemporáneamente, supone un tiempo nuevo.

    También le pasó a Julio Romero de Torres, cuando aspiraba en 1912 a la medalla de honor en la Exposición Nacional y no le dieron ni los buenos días. Al año siguiente -curioso que haga ahora un siglo, ¿verdad?- recibió el primer premio en la Exposición Internacional de Múnich (Alemania). Y no sería hasta 1922, el año en que Lorca y Falla sacaban el Flamenco de las cuevas y la marginalidad para catapultarlo al orbe del Arte con mayúsculas con el primer Concurso Nacional, cuando Romero de Torres no empezó a triunfar, no aquí, claro, sino en Buenos Aires (Argentina). Y me estaba acordando de esta paradoja del aplauso afuera de nuestros artistas porque María José Ruiz ya ha expuesto con éxito en el Vaticano, por donde ha recalado ahora otro innovador sin quitarse la sotana.


    En el cartel de la polémica aparece un chico guapo, tan racial como actual, con vaqueros y camisa blanca, que coquetea en su mano izquierda con una copa de vino de la tierra de la pintora, Montilla-Moriles, y un par de claveles. Detrás, un muro judío y encalado que lleva embutida en una esquina una columna con un fuste romano y un capitel árabe califal. Al fondo, una callejuela del barrio de las flores. O sea, pura concesión al tópico. Se trata, al fin y al cabo, de un cartel de feria. Y de la feria de una ciudad que se enorgullece, claro, de la declaración por parte de la Unesco de que sus Patios -que merecen la mayúscula, sí- sean ya Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Por lo tanto, ¿qué es lo que molesta? Tan sólo que la figura humana no sea hembra sino macho. Así de claro y primitivo.

    En pleno siglo XXI, no se trata de que el cartel les guste a las mujeres y no a los hombres, sino de que como anuncio de unas fiestas en una ciudad del siglo XXI, conjugue sin complejos tradición y vanguardia, o lo que es lo mismo: tópico e innovación; clasicismo y valentía. La elección de un chico para el motivo principal, a estas alturas, debería pasar desapercibida, pero no deja de ser sintomático que en vez de alcanzar la pintura en sí la condición de símbolo de algo, sea la chata polémica suscitada la que se erija en símbolo de estos tiempos regresivos que vivimos. Sintomático y preocupante. Tal vez algunos hombres que confunden el feminismo sigan pensando que, como en la pragmática publicidad, donde llegue el reclamo de una fémina no llegará nunca el de un varón. Y tal vez algunas mujeres que confunden hasta el machismo piensen ahora que si el último grito intelectual es esa literatura barata que descubre a buena hora el erotismo para reprimidas de la lectura no está mal esta concesión de un chulazo de cartel marcando paquete.

    Miopes extremismos aparte, la triste conclusión es que hoy, en una ciudad cualquiera -mañana podría ser Sevilla-, el concepto de Patrimonio Inmaterial sigue sin entenderse; ser hombre o ser mujer ni es igual ni es lo mismo; y el arte aún no es por el arte sino para las habladurías que genera la anécdota más ruín. Menos mal que en mayo no faltará ni una flor, y menos en Córdoba. Tópico del consenso y viceversa.

  • Este artículo se publica asimismo en el nº 2.149 del semanario Cambio16.

5 comentarios:

José Javier Navas dijo...

Estimado Álvaro, pensaba yo escribir un post este fin de semana, sobre tópicos y el lastre que estos a veces suponen. Sobre el carácter destructivo que casi siempre lleva impresa la crítica de cualquier índole en Córdoba, sin aportar soluciones ni avance. Iba a hacerlo. Tras leer tu post, con tu permiso, dejaré tu enlace en el mío, que yo no lo iba a hacer tan bién.
Un abrazo.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Muchísimas gracias, José Javier Navas. Permiso concedido, faltaría más. Un saludo!

Cordoba Taurina dijo...

Un cordobés cuando se toma un medio, no lleva dos claveles en la mano.
Un cordobés cuando va a una fiesta, no lleva barba de tres días.
Un cordobés cuando se toca la cabeza con un sombrero de ala ancha, no se pone un pantalón vaquero.
Un cordobés cuando se toca la cabeza con un sombrero de ancha ala, no va en mangas de camisa.

Cordoba Taurina dijo...

Aclaro: un medio es la mitad de un cuarto de litro, que es lo que se suele tomar en las tabernas cordobesas de fino de Montilla-Moriles.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Parece, Córdoba Taurina, que habla usted de un cordobés concreto, o de un cordobés encorsetado en la medida de su sello incadescente para marcar toros. En cambio yo, hablaba en mi artículo de los cordobeses en general, de los que cada cual hace lo que le parece bien, viste como quiere y se divierte como le pide el cuerpo, con vaqueros o con traje de chaqueta. Sigo pensando que la imagen desenfadada del cordobés que aparece en la imagen de vuestro cartel es la metáfora de un cordobés sintético que ni renuncia a lo más bello de la tradición de las tres culturas ni se esconde a los nuevos aires de la modernidad en que vive. Lo dijo Cristo contra la hipocresía de los fariseos que le marcaban el paso: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado". Pues si eso dijo un líder con tanto sentido común como el mismísimo Jesucristo con respecto al día sagrado para los judíos, imagínate qué pensamos los que pensamos por nuestra cuenta de las barbas de tres días o de las mangas de camisa.