sábado, 6 de diciembre de 2008

'La Pepa', la mamá grande de todas las constituciones


En 2012 se cumplirán dos siglos de la aprobación en Cádiz del primer texto constitucional, erigido en símbolo liberal por antonomasia. Aunque aquella Constitución nació en una España insular (la Isla de León), la ciudadanía no llegó a saborearla hasta 1820, cuando un teniente coronel se plantó frente al absolutismo monárquico desde Las Cabezas de San Juan. Desde este pueblo sevillano, cambió la Historia de España, ahora amparada en una nueva Constitución, ya treintañera.

La primera Constitución española, conocida como “La Pepa” por aprobarse en Cádiz el 19 de marzo de 1812 –festividad de San José-, no pudo aplicarse más allá de la Bahía porque en el resto del país mandaban los franceses de Napoleón y porque, una vez expulsados, el monarca Fernando VII restableció su régimen absolutista y declaró nulo aquel texto liberal. De modo que las esperanzas constitucionales se apagaron en poco más de un año. Será seis años después, el 1 de enero de 1820, cuando un teniente coronel rebelde contra la Corona rescate “la Pepa” para cambiar el curso del país. El teniente coronel era asturiano, se llamaba Rafael del Riego Núñez y debía embarcar hacia el Nuevo Mundo, que ya no era tan nuevo, para sofocar la sublevación de las colonias americanas. Riego se negó y arengó a su batallón reivindicando la Constitución de 1812. «Es de precisión para que España se salve que el rey Nuestro Señor jure la Ley constitucional de 1812”, dijo, y añadió: “¡Viva la Constitución!”. El grito retumbó en toda la marisma del Guadalquivir. El militar, que había hilvanado su discurso en Las Cabezas de San Juan, en el balcón de enfrente de su Consistorio, sembró la primera semilla de la democracia española y convirtió, sin percatarse apenas, a aquel pueblo sevillano en la plataforma “donde se amasó el triunfo definitivo de la primera Constitución Liberal española”, como reconoce ahora el equipo de gobierno del socialista Francisco José Toajas, el actual alcalde de Las Cabezas de San Juan.

El Ayuntamiento cabecense y otros muchos de la provincia de Cádiz, del entorno de La Isla, forman ahora parte del comité de honor de la comisión para la conmemoración del II Centenario de la Constitución de 1812, aprobada por Real Decreto el pasado 3 de febrero de 2006. Entre su veintena de miembros, se encuentran también Sus Majestades los Reyes de España, varios ministros, consejeros y presidentes de tribunales como el Constitucional. La comisión prepara un programa de actos que se ejecutarán hasta 2012.

Aquella Constitución establecía por vez primera en España el sufragio y la libertad de imprenta; abolía la inquisición, acordaba el reparto de tierras y la libertad de industria, entre otras medidas que por entonces sonaban más a milagros o fantasías que a derechos constitucionales propiamente dichos. Las demás constituciones que habrían de venir luego, herederas de la liberalidad de La Pepa, fueron matizando -a veces agrandando y otras veces recortando- el régimen de libertades que terminaría por consolidar la que ahora nos ampara, desde el 6 de diciembre de 1978, hace justo 30 años.

Para ello fue necesario el sacrificio de aquel teniente coronel liberal del que no hace tanto sonó su himno por error –o no-. Riego partió de Las Cabezas hacia Arcos de la Frontera, donde se le unió el batallón de Sevilla, y continuó en un itinerario andaluz por ciudades como Algeciras, Málaga, Córdoba o Antequera, en las que era aclamado al tiempo que cosechaba apoyos. Como claro signo de reconciliación, dejó en libertad a todos los realistas que encontró en su camino. Los frutos de su hazaña tuvieron una duración cortísima en primera instancia: apenas tres años, pues Fernando VII se encargó muy pronto de reclamar ayuda extranjera. La Santa Alianza pensó que una España liberal era un peligro para el equilibrio europeo de entonces, así que envió a los Cien Mil Hijos de San Luis, que terminaron con aquel sueño de libertades con un par de cañonazos. El 7 de noviembre de 1823, Rafael del Riego Núñez era ejecutado por alta traición en la plaza de la Cebada de Madrid. Los mismos madrileños que lo habían aclamado con tanto entusiasmo lo insultaban entonces. La historia triste y repetida de otros grandes de la Historia como el propio Jesús de Nazaret desde el ínterin de su llegada triunfal a Jerusalén y su soledad en la Cruz una semana más tarde; o la Mariana Pineda víctima también de la soberbia de nuestro peor monarca, abandonada al garrote vil de la Granada que la vio nacer y morir. Dicen que tras conocer la sentencia de muerte establecida por Fernando VII, en 1831, Mariana sentenció: “El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo”. De Riego no se recuerda que dijera nada, pero su silencio fue igual de elocuente.


  • Este reportaje histórico aparece también en el número de diciembre de 2008 de la revista Cuadernos para el diálogo.

2 comentarios:

José D. Mora dijo...

Ser mártir revaloriza mucho las cosas. Quizá sea el precio de la inmortalidad.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Sí, pero no deja de ser curioso que un militar impulsara la Constitución, cuando luego han tenido fama más bien de cosas del otro bando...