martes, 27 de agosto de 2013

Matar al padre

Según el complejo de Edipo, que Freud y sus seguidores calificaban de universal, todo hijo pretende matar al padre, anularlo, imponerse a su figura, al menos durante una época, hasta que sobreviene la superación de tal conflicto y el hijo, en vez de una actitud violenta, emprende una actitud imitativa. Yo nunca estuve seguro de nada de esto; en el fondo, incluso cuando lo pensé y repensé mucho en los años en que te lo explicaban en Filosofía (¡ay, aquellos maravillosos años!), siempre me pareció una paja mental, y siempre me quedé analizando, con complejo de psicólogo frustrado, los ejemplarizantes casos de papás béticos a los que sus retoños les salieron sevillistas o al revés. En fin, circula por la red una simpática cronología de las relaciones de un niño con su padre en la que, a los cuatro años, el crío cree que su papi es un héroe; a los 12, lo ignora; a los 20, lo llama carroza; y a los 40 piensa en qué hubiera pensado su papá en un caso como aquel...

Viene esta reflexión al caso de mi nostalgia por actitudes edípicas en medio de un panorama sociopolítico y económico aburridísimo y contraproducente para la natural evolución que uno presupone en su ímpetu esperanzador, aunque no vaya por ahí confesándoselo a nadie. En el fondo, creo que el complejo de edipo tiene mucho que ver con la evolución a mejor, con la superación natural de cualquier yerbajo por su vástago... algo así como el pelo más fuerte que crece cuando se corta a su predecesor o el íntimo deseo de cualquier padre de que su hijo -y el deseo es mutuo- lo deje atrás en cuanto antes... en cualquier sentido, porque se supone que las nuevas circunstancias exigen instrumentos más pulidos, rediseñados, reagudizados, más precisos, más justos... que sólo pueden esperarse de las nuevas generaciones, y no de los abuelos cebolletas que pretenden siempre aplicar sus cuentos de antaño a los problemas inéditos de hogaño. 

No sé si me explico o ya saben por dónde voy. Fíjense en el heredero en la dirección de El Corte Inglés; ese tal Dimas Gimeno que viene de intentar por triplicado su liderazgo en las listas de Falange... Fíjense en la heredera en el gobierno de nuestra Junta de Andalucía, que ha dado el salto de Triana a San Telmo como por arte de magia, o de logia, pero desde luego que no de lógica en el sentido del logo por el que algunos todavía pensamos que ha de ascenderse en la carrera de la vida. Fíjense en nuestro presidente del Gobierno, producto de un capricho digital de Aznar. Fíjense, si quieren, en las anacrónicas monarquías de la vieja Europa, con sus maduritos sustitutos sin ganitas, por Dios, de revoluciones a estas alturas... Fíjense, y hay casos de sobra, en esa tendencia empresarial de abuelos ingeniosos, padres trabajadores y nietos zánganos para que el círculo vuelva a formarse... ya saben qué quiero decir.

¿Quién quiere matar al padre? En este panorama acomodaticio, quién va a pensar en tal locura. Con lo cual podríamos colegir que es consecuencia de una época. 

Los hijos de antes, y piensen al nivel que quieran, debían pasar ciertas pruebas pródigas y dejar terreno, tiempo, potencias de por medio. Se iban, pensaban, se equivocaban, se caían, se levantaban, reflexionaban, se irritaban, lo volvían a intentar, calibraban... y al cabo de mucho ejercían un enriquecedor equilibrio entre sus valientes innovaciones y las experimentadas seguridades del padre para dar un paso más. Papá era ya un viejo narrador que te recibía con los brazos abiertos. 

Los hijos de ahora, sin embargo, han nacido con la batuta de su papá, que se la deja para jugar, hasta que los hijos confunden el juego con la realidad, y siguen como jugando pero mandando ya de veras, haciendo lo que papi pero sin tener idea del trasfondo, de los planes B, de las cuentas C, de la maquinaria sucia, de los favores, de los atajos, de nada. Cuando a papá lo pillan, porque a todo cerdo le llega su sanmartín, ya se sabe, los hijos siguen mandando, es decir, jugando con la batuta... y entonces, a qué papá van a estar pensando en matar. Son complejos de otras épocas, ya lo ven.

Los hijos de ahora creen que también papi nació con la batuta en la mano. Y no. Tuvieron que matar al abuelo para madurar del todo. Es una pena que también el complejo de Edipo sea ya algo políticamente incorrecto.

Así no salimos de la crisis, por mucho cambio que nos vendan. ¡Si no han vendido nunca ni castañas!

2 comentarios:

dori onrubia dijo...

Con tu permiso lo pongo en Twitter

Álvaro Romero Bernal dijo...

Por favor, querida Dori.

Ya falta menos para vernos. Un saludo!