viernes, 4 de julio de 2008

El cuento del matador



Entre los últimos hallazgos de la agonizante tauromaquia se encuentra un hombre que se llama José Tomás y que fue y vino y volvió a los ruedos para construir el cuento del torero distinto, especial, mítico en vida. Con tal romance, ha convencido a muchos de los que están deseando convencerse de que esto de matar toros en la plaza sigue sindo un arte inagotable de valores que llueven del cielo. Y uno, que está en contra de todo esto por principios éticos que a veces no logra muy bien explicar, no se traga el cuento porque ve los resortes de esta narrativa romancesca demasiado claros, máxime cuando aparecen en escena tantos personajes advenedizos, arribistas y necesitados.


Primero tendrá que convencerme alguien de que el toreo es un arte, cosa que no ha ocurrido aún porque los taurinos siempre recurren a los mismos clichés y a las mismas falsedades ridículas. Uno, en cambio, está ya harto de explicar sus argumentos, que se resumen básicamente en el hecho de que la violencia sanguinolenta de esta práctica degrada principalmente al público que la ve, que la ignora o que se la pasa por el forro porque considera superior el significado artístico y trascendente que supuestamente encuentra por encima o por debajo de la matanza. Uno anda esperando que algún amante de esta fiesta macabra reconozca que sí, que el espectáculo es violento y que el toro sufre lo indecible y que las últimas bocanadas de sangre son inevitables, pero que, al margen, el arte del torero es incuestionable. Ello al menos dignificaría su discurso, lejos ya de los cuentos chinos de que el toro no sufre porque está hecho para morir, pero en cambio los convertiría en monstruos insensibles al sufrimiento evitable de los seres vivos. Tal vez por eso los taurinos caminan siempre por esa cuerda floja de la ambigüedad silenciosa. He visto a muy pocos toreros locuaces, y ello se debe, sin duda, a que la palabra como instrumento comunicativo, explicativo, racional, no está de su parte. Prefieren disfrutar de la matanza y callar.


Hay otros muchos taurinos o semitaurinos (que esto de la ambigüedad da mucho de sí) que llegan a reconocer lo humanamente rechazable de la violencia (que a la sazón es todo: banderillas, picadores, espada, en fin...) pero que siguen defendiendo que "el resto" de las suertes (¿el resto?) encierra mucho arte. Quiero entender que se refieren a los pases de muleta, o sea, a poner el capote colorado delante para que el toro pase por debajo con su cornamenta sin llegar a hacer daño. Creo que es eso a lo que se refieren cuando quieren defender un reducto de arte más allá de las prácticas herrumbrosamente violentas. Uno no ve el arte ni por delante ni por detrás del trapo rojo, pero debe de ser que uno es poco sensible al arte denso y oculto de esta práctica que tan bellaca y misteriosamente nos venden como milenaria. En cualquier caso, el toreo tal y como lo entienden los taurinos a los que criticamos carecería de sentido si elimináramos la herrumbre y los pinchazos. Así que es hipócrita hablar del arte que quedaría si no existieran porque existen. Además, creo que la clave de la supuesta belleza es el rito mortífero entre la bestia y el hombre. Así que si elimináramos la muerte estaríamos debatiendo otra cosa. Y precisamente porque la posibilidad de muerte se elimina casi al 100% en una parte pero no en la otra nos parece aún más fraudulenta esta práctica del toreo actual. Nadie podrá contravenir que, en efecto, el torero, que ha elegido lugar, hora, reglas y argumento, tiene casi el 100% de probabilidad de salir vivo del encuentro mientras que el toro, que llega desnortado del campo con drogas diversas y cuernos mochos, cuenta con las mismas posibilidades inversamente dispuestas de salir arrastrado por las mulas.

José Tomás es uno más. Pero se ha visto envuelto (de manera voluntaria y ajena) por un halo de misterio que no sólo le conviene a su celebridad, sino a la fiesta del toreo en su conjunto. Todo eso de rechazar ser televisado, torear en plazas rodeadas de antitaurinos o no ser prolijo en entrevistas forma parte de la estrategia de ese romanticismo trasnochado que a estas alturas no es más que un pastiche de las figuras del toreo de verdad que se perdieron como Cuba, como Joselito el Gallo, Juan Belmonte y compañía, aquellos toreros cuyas verdades personales se sustentaban en el hambre y el desamparo y se redimían en el cuerpo a cuerpo del único espectáculo de masas que existía. Esa figura autorredentora que emocionaba tanto a principios del siglo XX no puede ser ya el matador de toros, sino tal vez el jugador de fútbol que llega de los arrabales brasileños en busca de un futuro más transparente y lo consigue en esta nueva épica del once contra once. Los maletillas del siglo XXI cargan rodilleras y deportivas en sus mochilas.

Pero los taurinos se empeñan, casi solitariamente. Por eso decía antes que el misterio pretendido, pastiche en blanco y negro, les conviene no sólo a José Tomás, sino al negocio de los toros, a los empresarios más gordos del sector, que conocen como nadie la realidad innegable de tanto pijo analfabeto y tanto tópico coloreado sobre papel couché. Que José Tomás sea más arriesgado que los otros les provoca el delirio y él, que lo sabe, alimenta esa estampa cada vez que puede, sin limparse la sangre del toro que le salpica en la cara, acercándose a esos cuernos a los que les faltan segundos para ser madera, ajustando emocionantemente el límite de su integridad. Tendrá algo de inconsciente este José Tomás, probablemente, como todos los que se dedican a un oficio con riesgo, que hay muchos. Me parecen más valientes o más inconscientes los padres de familia que se echan a la mar en los puertos de Barbate o Sanlúcar; los pintores de brocha gorda que se suspenden en los filos de los tejados; los albañiles que marinean por 72 euros la jornada por el negro toro del sustento cotidiano. Todos ellos me parecen más valientes que estos matarifes vestidos de brillantina frente a los seis toros apagados de siempre.

José Tomás explotará su cuento hasta donde le alcance el morbo de quienes persiguen el pastiche de su especie en extinción, mientras sus fotos monocromas vendan como estampa clásica en los dominicales y mientras otros artistas a los que se les derrama el arte por el tubo de escape lo miren desde el burladero. Luego se retirará, para no morir, claro.

Ése es el plan, ténganlo por seguro, si bien los caminos del Señor son inescrutables.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Dices al principio del artículo que alguien tiene que convencerte de que el toreo es un arte...Bien,no seré yo precisamente quien lo haga, pero si diré que la polémica de si lo es o no es totalmente absurda.
Solo hace falta ir a esa cosa que se llama diccionario, o en su defecto, la enciclopedia (a algunos les supondrá una autentica odisea) y mirar la definición de arte.
Pienso que esta polémica solo existe por que a algunos le interesa (les gusta) de que exista. No les conviene la verdad al desnudo y tratan de esconderla o enmascararla tras la dichosa relatividad. Cosa que les resulta tremendamente fácil si tenemos en cuenta las inquietudes intelectuales de los integrantes del mundo taurino.
¡Señores,la verdad está servida, solo hay que buscarla!

Fae dijo...

El sustento pro-tauromaquia, ya sabes bien, amigo Álvaro, que no aparecerá por ningún lado. Ah, y de Anónimo sólo diré que aún no sé a qué verdad se refiere, o si la ha buscado él mismo, porque no se decanta.

Álvaro Romero Bernal dijo...

Es cierto, Rafa. La verdad es que el Anónimo no se explica muy bien. Esperemos que se aclare un poco más.