jueves, 2 de octubre de 2008

Qué risa, maría luisa

Un portal de anuncios clasificados en Internet que se llama LoQUo.com ha organizado por los madriles una sesión de risoterapia en la calle, una técnica de relajación y felicidad forzada que venden como antídoto a la generalizada crisis que sufre el ciudadano de a pie y que va in crescendo, según los entendidos más pesimistas o mejor informados. Uno ve las imágenes de la gente riéndose de la hipoteca, de la subida de los precios y de los políticos y siente pena. No la pena negra que poetizó Lorca, sino una pena grisácea de día ramplón y sin festejos a la vista.

Si no puedes con tus problemas, ríete. Tiene gracia, pero una gracia tristona de borracho incompetente. La risoterapia, de la que hacen cursos en mi pueblo y he oído hablar en los últimos tiempos, tiene nombre de ciencia cachonda para tiempos revueltos. Tal vez hemos llegado a la resignación precisa para la rendición. Pese a lo divertido de la medida, uno piensa todavía que la risa no arregla los problemas, y menos estos problemas concretos y monetarios. En todo caso, los amortigua. Pero me imagino la risa desacelerada de los participantes carcajeantes cuando vuelven a casa y se agachan en el zaguán o en el rellano para recoger cartas del banco, de Telefónica, de Endesa, de su queridísima Diputación provincial... ninguna de ellas para regalar un viaje al Caribe, claro. Vivimos tiempos difíciles, tal vez no como los de Dickens, pero que precisan medidas más activas que la risa floja.
Reír por no llorar.

2 comentarios:

José D. Mora dijo...

Álvaro, en los tiempos que atravesamos, de crisis a todas horas, hay que inventarse cualquier profesión a toda costa para sacar cuatro perras. Y si encima se hace reír a la gente... pues mira, menos da una piedra, aunque luego en el zaguan nos esperen las multas cotidianas.

Álvaro Romero Bernal dijo...

No, hombre, si yo no lo decía por el que hace reír, sino por los demás. La verdad es que desde la perspectiva del fabricante de risas, muy bien; otra profesión para sacarse las pelas, como hay tantas, ¿verdad?