viernes, 13 de marzo de 2009

Milagros



"Respeto a todos y pido a todos que me respeten. Yo no he hecho nada malo; todo lo que he hecho es salvar la vida a mi hijo", ha dicho Soledad, más acompañada que nunca por su familia al completo, sin que faltase nadie: ni su marido, ni su hijo Andrés, afectado durante sus siete años de vida por una anemia congénita severa incurable, ni su pequeño Javier, un bebé nacido el pasado mes de octubre tras ser seleccionado genéticamente para que la sangre de su cordón umbilical fuera compatible con su hermano, al que acaba de salvar. Hoy han sido portada en muchos medios de comunicación.


Enfrente, esta familia andaluza ha tenido a la Iglesia Católica, cuyo sector más recalcitrante ha demonizado el asunto -no quiero pensar que a ninguno de los niños- por insistir en la teoría de que el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio para conseguir otro objetivo, aunque éste sea algo positivo. La sencillez de la madre, en esa declaración -"Yo no he hecho nada malo"- que ha dado la vuelta al mundo, tumba las teorías teológicas de unos señores que no tienen niños, ni se casan y, sin embargo, andan a diario con la matraca del sexo y sus derivados, como si de una obsesión milenaria se tratase desde los tiempos de la pecadora Eva.


Antes de seleccionar genéticamente a su hermano, Andrés, cuya esperanza de vida rondaba los 25 años, tuvo que esperar a que le dijesen que ninguno de entre los 11 millones de donantes censados en el mundo era compatible con él. Mala suerte. Parece ser que la Iglesia hubiera aceptado gustosa su muerte antes que consentir el nacimiento de un hermanito que, de camino, supusiese su salvación. Su única salvación. El argumento ya lo saben, ya lo sabemos: es inmoral la selección de embriones para conseguir un fin, ya que el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio para conseguir otro fin... como el recuerda inserto en aquellos cuadritos que nos estudiábamos para el examen de cada lección.


Una cosa es la teoría y otra la vida de veras. La Iglesia, que tanto sabe, debería saberlo. Los expertos moralistas de la Iglesia deberían haberse arrepentido de sus seguridades teologales cuando han oído a esta madre decir que ella no ha hecho nada malo, con esa ingenuidad de niña grande asustada por los cuervos. La mujer ha insistido, para más inri, en que albergaba deseos de tener otro hijo, por lo que el nuevo bebé no ha nacido para curar a su hermano, sino por puro deseo de sus progenitores. Otra cosa es que, para matar dos pájaros de un tiro -o para que vivan todos los pájaros, caray- se haya seleccionado genéticamente el embrión del chiquillo para que sirviera en una causa mayúscula: la de la vida de su propio hermano.


Cuando la Iglesia se empeña en defender la vida, incluso en esos casos tan extremos y delicados de aborto, puede ser entendida. Pero cuando la vida lucha por hacerse un hueco y se encuentra con estos oscurantismos desde el Vaticano, la institución se encarga de perder fieles a mansalva, atónitos ante su apego radical a las teorías y su desapego a los milagros divinos que se obran hoy en manos de los científicos más iluminados. Supongo que los artífices de esta crítica eclesial no esperarán que venga Cristo para imponer las manos. Ya se las impuso, con barro, a los ciegos de su época, y también Cristo fue tachado de hereje por el sistema religioso imperante en aquel momento. Cristo, el mismísimo Dios hecho Carne, que había venido para que los ciegos viesen, los cojos anduviesen y a los pobres se les anunciase el Reino de los Cielos...


Es sorprendente el uso de la lógica y la teoría moral que hace una institución cuyos fundamentos no están en la lógica ni en la moral, sino en la pura fe. Los padres de este superviviente han tenido fe en el Espíritu Santo que en el siglo XXI decide actuar por medio de los médicos, a los que utiliza, por cierto, como instrumentos. Los médicos, encantados de ser instrumentos del bien. Si la Iglesia está en desacuerdo, que venga el Papa de Roma y mire a Andrés a los ojos, fijamente, y le diga lo que le tenga que decir.
  • Extracto del artículo que publico también en el número 1.947 del semanario Cambio16.

6 comentarios:

Antonio dijo...

A veces, Álvaro , hay cosas que ni siquiera merece la pena sacarlas en un comentario, en un artículo ni en una discusión. Ante la felicidad de esta familia no cabe nada más, la iglesia puede desgañitarse a gritos por las esquinas y rasgarse la vestiduras en plena calle. No hay que prestarle la mínima atención. Afortunadamente ya no dirigen nuestras conductas ni nuestros pensamientos.
Antonio

Álvaro Romero Bernal dijo...

Ya, ya lo sé, pero sí dirigen los de mucha gente, nuestros semejantes, nuetros hermanos, que dijo Baudelaire,y al cabo nos debe importar, molestar, soliviantar que una institución con unos principios basados en el amor se ponga a disparatar siempre, siempre, contra el amor cuando éste viene catapultado por el avance científico. Históricamente, ha tenido que pedir perdón miles de veces, y tendrá que seguir haciéndolo. No aprende o no quiere aprender.

Karmela dijo...

Aplicar la ciencia en beneficio ser humano, salvar la vida de un niño..no puedo entender porqué no están de acuerdo. Me alegra ver la felicidad de esa familia y la sonrisa de esos padres valientes, contra viento y marea.

Anónimo dijo...

http://www.abc.es/20090316/opinion-firmas/bebes-medicamento-20090316.html


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Álvaro Romero Bernal dijo...

"Anónimo" sin valor para dar la cara:

El argumento de De Prada, como siempre, es el argumento de la Iglesia más recalcitrante, la misma que siempre tuvo que rectificar al final. Ese argumento ya lo contemplo yo, pero intento ir más allá al hablar de vida real y consolidada que podría morir y que, sin embargo, gracias a un artificio de la ciencia, no lo ha hecho. El mismo artículo lo he remitido para su publicación el lunes próximo en Cambio16, y le he añadido unos matices, entre los cuales me parece de significativa importancia el hecho de que el mismo Cristo fue un "instrumento" para la Salvación, un "bebé-salvación" o "bebé-medicamento" para la salvación de los hombres. No fue un bebé concebido como fin en sí mismo, sino para algo trascendente. Además, por no hablar de la concepción anti-natural (divina) de María... En fin, que las razones teológicas de De Prada, en casos como éste, se ven superadas por la sonrisa de un niño (o de dos) que vivirán felices, llenos de santidad pese a la demonización de algunos.

Manu dijo...

Es verdad que este asunto no merece, a mi juicio, discusión alguna, porque está muy clarito. Pero quería dejar un comentario a modo de piropo: ¡Vaya artículo cojonudo! ¡Y vaya final ingenioso! El Papa no tendría valor suficiente como para mirar a los ojos de Andrés y decirle: "Chaval, te vas a salvar, pero nosotros defendíamos lo contrario"

Un abrazo, Álvaro.

Nos vemos pronto.