domingo, 10 de noviembre de 2013

Un Parnaso luminoso

Como lo sentimos ya tan nuestro, como una especie de hijo adoptivo al que le sobra el adjetivo por impertinente, inoportuno y doliente, cuando la gente me pregunta qué es eso del Patio del Parnaso -aquí en Los Palacios o fuera, que también; es bueno que los preguntones crezcan- no es que me dé pereza contestar, sino que no sé muy bien qué contestar, no sólo porque no sepa combatir tan directamente como quisiera el tópico que presupongo de que el interrogador piense que hablamos de una reunión pedante donde unos cuantos poetastros se maltratan recíprocamente con sus versos lamiosos, sino porque la pura verdad es que desconozco la definición, pero siento que es el mayor movimiento cultural que, sin estatutos, sin organización oficial, sin cargos y sin un euro, ha germinado en nuestro pueblo en las últimas décadas. Soy consciente de que puede sonar soberbio, injustificadamente pretencioso saliendo de mi boca, pero hay veces en que uno debe sincerarse, sobre todo cuando los méritos no proceden de uno mismo, sino de las circunstancias, las carambolas y tantas personas dispuestísimas a promocionar la Cultura porque sí.

Repito que no sabría dar una definición convincente, pero sí sé que el Patio del Parnaso tiene de Patio lo que tenían las antiguas reuniones vecinales en un patio de vecinos, por ejemplo, y de Parnaso, el afán imaginativo, un tanto mítico, de parecerse a aquel monte griego donde se buscaban las musas como excusas lindas por las que no conformarse con este mundo y buscar otros, muchos otros, por qué no posibles... Tal vez desde la noche de los tiempos se promovió que la inspiración venía de fuera, de muy lejos, de seres mágicos, casi inalcanzables, escurridizos para la mente humana, y ha sido relativamente hace poco tiempo, yo creo que cuando se ha diluido ese divorcio absurdo entre artes y ciencias, cuando se ha puesto el acento lógico en que tal inspiración -concepto digno de analizarse científicamente- no puede venir sino de lo más profundo del ser humano, incluso de la convergencia de varios seres humanos trazando ideas en común, en un Patio por ejemplo, incluso tomando ese Patio como una metáfora de un patio real, como ocurrió anoche en nuestro Patio del Parnaso, donde no sólo el Parnaso era una metáfora de la metáfora griega, sino el Patio mismo, porque aunque acostumbramos a sentarnos al fresco de ese patio de la fuente machadiana de la Casa de la Cultura, anoche, temiéndole al frío, preferimos las cuatro paredes del salón de actos. Y no pasó nada; quiero decir que seguimos sintiéndonos en el Patio, seguimos pensando que aquello olía a Parnaso y la inspiración no traicionó a nadie, sino más bien al contrario.

    El nombre exacto de 'Patio del Parnaso' se le ocurrió a Manuel María Rosal Núñez hace ya 15 años o así, cuando organizamos allí mismo -el patio era el mismo, nosotros, no- una velada poética en la que algunos leímos otras cosas que iban más allá de la lírica. En 1999 creíamos que nos volveríamos a reunir -yo lo creí, al menos-, pero ya se sabe que la vida nos depara sorpresas cuando no las esperamos y nos las niega cuando las planeamos, de modo que no volvimos a reunirnos más durante la siguiente década, y no fue sino cuando su padre -el de Manuel María, digo-, Victoriano Rosal Domínguez, se jubiló del Ejército de la Marina e intensificó su compromiso cultural en este pueblo a una velocidad trepidente cuando volvimos a organizar otro Patio, pero ya abierto a otras disciplinas y con el firme propósito de que se convirtiera en una tertulia abierta a los intereses intelectuales de todo aquel que quisiera sentarse o levantarse para exponer ideas en común. Las ideas son libres, a veces no imaginamos cuánto, y no entienden de izquierdas ni de derechas ni de colores ni de ciencias o letras. De modo que el reto implícito de cada Parnaso, y ya llevamos nueve -con el de anoche-, es poner en circulación ideas en torno a un tema que a veces surge meteórico o casual pero que siempre termina henchido de sentidos sugerentes.

    El tema de la noche, que esta vez se le ocurrió hace varios meses a Fran Amador, mi colega el periodista, fue 'Luz y Color'. Victoriano Rosal se acordó en su saluda patriarcal de mi periódico malherido, El Correo de Andalucía, que continúa en lucha pese a la sinvergonzonería surrealista de que aquí cualquiera sea empresario; se acordó de Luis Cernuda, uno de los máximos poetas de las letras hispanas de todos los tiempos, fallecido hace ahora medio siglo, arrancado de Sevilla para no volver -vuelva el que tenga...- como casi todas nuestras figuras maravillosas, siempre en el exilio; y, por supuesto, celebró que determinados nombres -de vecinos nuestros, nuestros semejantes, nuestros hermanos- se unieran a ese clan virtual que llamamos de los parnasianos...

    Se refería, por ejemplo, a Fernando Bejines, que se estrenó en el Patio con una interesante reflexión en torno al doble concepto de maestría y genialidad -con sus respetivos ejemplos de Zurbarán y Velázquez- y a la tetradimensionalidad del cuadro de Las Meninas. Fernando nos hizo ver las diferencias entre ser un maestro -imitador excelente, admirado imitable- y ser un genio -arriesgado artista que descubre senderos nuevos sin garantías de éxito. Es lo que hizo Velázquez, entre otros cuadros, en Las Meninas, donde su genialidad no radicó en ninguna de las figuras que aparecen pintadas -ni siquiera en el perro-, sino en el tratamiento del espacio por parte de un artista autorretratado que nos propone una dimensión nueva, más allá del alto y el ancho de la bidimensional natural del lienzo y de la profundidad ya conseguida por la perspectiva: la del espacio que se cierne entre el pintor que nos mira, al otro lado del cuadro al revés, y nosotros, que lo miramos. En fin, Fernando lo explicó mejor; tan bien, que a muchos de los asistentes le picó el gusanillo de volver a transitar el célebre cuadro.

    Nuestro pianista de cabecera, Paco Benítez, toca mejor cada día. No es un cumplido, sino una verdad exacta constatada por todos los que lo oímos anoche volcado en la música a partir de un siglo iluminado, el de las Luces. Nos regaló maravillas de Haydn primero; de Chaikiovski y de Boccherini después y de Gossec para cerrar la noche con un regusto de iluminación ineluctable.

    La noche estuvo iluminada también por el cante de la tierra, el flamenco. De ello se encargó una mujer que -tampoco es un cumplido, sino una comparación simple de cómo cantaba hace seis o siete años y de cómo canta ahora- lleva el compás en el centro de su pecho: Anabel Rodríguez Rosado, a la que acompañó a la guitarra un impresionante y joven José Antonio González Moreno, más que prometedor. Cuando Anabel estaba a gusto por alegrías, todos sentíamos mecernos al son de las barquitas gaditanas en alguna playa tranquila a estas alturas del año, no sé si La Caleta... También se arrancó por tanguillos, y toda la luz de la Cádiz trimilenaria nos entró de sopetón por el Parnaso, en forma de inspiración colectiva, salina, para terminar aplaudiendo, muy emocionados por el descubrimiento.

    Otro descubrimiento fue el de José Miguel Durán Moguer, y mira que me lo tenía dicho su madre, Fina. Otro flamenco, que vino acompañado por su hermana, que dio una pataíta por bulerías, por el guitarrista Álex Quintano -soberbio y en su sitio- y por otros cuantos amigos para las palmas y los jaleos. Yo lo presenté como admirador de Enrique Morente, y no mentí, pero él se rebuscó acordándose de Camarón de la Isla, por tangos y bulerías, y todos disfrutamos de otro camarón rubio y de Maribáñez, que afinaba por momentos como si no tuviese 17 añitos, sino infinitos.

    Tocayo suyo era José Miguel Algarín Guisado, excelente físico de la Universidad de Sevilla que no saca el cuello de Alemania y de los mejores centros científicos de referencia mundial, y hace bien. Hijo Predilecto de nuestro pueblo, profusamente premiado, a lo grande, seguía siendo un desconocido, injustamente, para buena parte de las 60 o 70 personas que no perdían puntada anoche frente a su didáctica exposición sobre la luz de las estrellas muertas, esos haces potentísimos de astros tan incomprensiblemente lejanos que nos hizo cuestionarnos mucho de lo que creemos ver, porque lo vemos miles de años después, como por ejemplo las estrellas mismas. Tan bien lo explicó todo, que todos empezaron a conocer a José Miguel para no perderlo de vista ya, a partir de ahora, en su fascinante carrera.

    También fascinante resultó Fran Amador con sus explicaciones sobre las técnicas fotográficas de Ansel Adams, y sobre la técnica que él mismo, también fotógrafo por vocación y por obligación impuesta de joven precozmente maduro, ha utilizado en varios trabajos como los de La Mejorá Baja, el Time Lapse, que nos mostraba un paisaje de nubes, sueños y campos avanzando al ritmo engañoso de los sueños, o de las supernovas de la que aquí abajo no nos enteramos, empeñados en enmarañarnos en inútiles oscuridades, cuando hay siempre tanta luz y tanto color diverso del que empaparse, aunque del Parnaso nadie aclare en qué dimensión se encuentra... al menos ahora, algunas horas después de que, convertido en Patio, seamos ya tantos los que lo echamos de menos o reclamamos otro, el siguiente, el décimo, con nuevas ideas, nuevas propuestas, nuevos retos de vecinos que nos vemos de Patio en Patio.

Dar las gracias es, lo siento, quedarme corto.

martes, 5 de noviembre de 2013

Cuántas Españas

Mucho antes de que la II República languideciera por la estrepitosa desunión de los republicanos y por la eficiente unión de quienes no lo eran y hasta mucho antes de que Franco ambicionara la España que intuía en su pobre cabeza, porque apenas intuía, el gran poeta Antonio Machado ya había sentenciado en unos pocos versos la letanía triste de todo español naciente: "Españolito que vienes al mundo / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón". La profecía sigue dando escalofríos, máxime a quienes tenemos hijos hoy en día y miramos alternativamente el fondo de sus ojos, en busca del futuro incierto, y el fondo de esta España hiriente que nos están construyendo y nos estamos dejando construir.

El problema de hoy es que ya no son dos Españas, sino muchas, muchísimas más. No es la España de la derecha contra la España de la izquierda. No es la España de los pobres contra la España de los ricos. No. Todo es mucho más complicado, mucho más complejo y dividido, todo va mucho más allá del rojo o el azul. Por eso no salimos de esta, y cuando un trimestre anuncia este gobierno mamarracho que soportamos un avance en materia de empleo por algunas cifras ridículas, al siguiente tiene que tragarse sus palabras hueras por otras cifras igual de ridículas pero en sentido contrario. Y, mientras, la oposición sigue dividida, dedicada a lo de siempre, a la cháchara política, a marear la perdiz, a hacer como que trabaja en algo, como que se preocupa por algo cuando, en rigor, sólo muestra una preocupación seria cuando se trata de lo que se trata; de lo de siempre, de mantener la casta, el tipo, el sueldo, la posición, el chollo, el cuento de nunca acabar, como bien saben los camareros del Congreso, por ejemplo. España ahogándose, que dijo Blas de Otero, España rompiéndose, que dicen mucho los de la derecha tenebrosa, España yéndose, que testimonian nuestros mejores cerebros, y aquí la única partida que sube un huevo -no me canso de recordarlo, no- es la de la financiación de los partidos políticos, un 28%, porque es la más necesaria. El sistema la necesita. 

Y por debajo del sistema, muy por debajo, aquellas dos Españas tradicionales, que parecían tantas, se descomponen y son hoy muchas más: la España del rico son muchas Españas, porque sigue la España del cacique, en su terreno, la España del señorito, en el suyo, la España del riquito de ciudad, del riquito de pueblo, del rico arribista, del rico pelota, del rico merodeador, del que no es rico pero se lo cree, del que no es rico pero lo parece, del que no es rico pero ya quisiera, del rico del que nunca sabemos nada, del rico heredado, del rico heredero, del rico potentado, del rico potrico. Y también la España del pobre son muchas, por supuesto: la España del pobre relativo, la España del pobre radical, la España del pobre que defrauda, la España del pobre defraudado, la España del defraude pobre, la España del pobre soñador, la España del pobre que no sueña, la España del pobre que aspira a no serlo, la España del pobre que confía en no dejar de serlo, la España del pobre anarquista, la España del pobre socialista, la España del pobre que lucha, la España del pobre que no lucha, la España del pobre que se cree eternamente pobre, la España del pobre que se gusta, la España del pobre que se disgusta cuando los demás pobres cuestionan al señor, que tanto hace por nosotros.

Con tan variado racimo de españoles, es comprensible que llevemos seis años de crisis, al menos cinco de crisis rotunda, por lo menos cuatro de crisis aguda, tres al menos de crisis irreversible, dos de crisis asesina, cochina, parlanchina para nada... mientras los medios de comunicación caen en precipitación proporcionada a la construcción de un tipo de democracia que tanto gusta hoy entre el modelo liberal. Hoy ya no sale El Correo de Andalucía, en Sevilla, ni emite Canal 9, en Valencia, cerrados por la avaricia, la desidia, la sinvergonzonería o, lo que es compatible con todo ello, por el deseo de racionalizar recursos que mueve a todos esos a los que les duelen mucho todas las España, sobre todo la suya, donde nunca hay muertos ni parados de verdad. Hoy, nuestros estudiantes no estudian, plantándole cara a un ministro egocéntrico que lo orquesta todo para eso, para que, en el colmo de la reducción, volvamos a aquella España donde, como mucho, sólo había dos Españas.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Elegía por un periódico honorable

Por muchas cosas que haga en la vida, siempre me sentiré periodista. A Antonio Ramos Espejo le molesta que determinados vanidosos añadan en su currículo a lo de periodista, escritor y otros títulos, como si no fuera una malsana redundancia. Decía Antonio que había que reconquistar el alma de las redacciones, en manos de los ejecutivos. Pero nadie lo escuchó.

Me he levantado hoy con gastroenteritis, un inútil total. Pero hasta el malestar me recuerda que las casualidades no existen, y que este asco dominical tiene que ver con el asco atávico que se me levanta por los pies cuando pienso que mañana lunes, y el resto de la semana, y quién sabe... no llegará El Correo de Andalucía a los kioskos, como siempre ha ocurrido en los últimos 115 años.

Cuando El Correo cumplió un siglo, yo aterrizaba por su redacción -becario romántico y crédulo, con mi bocadillo en un plástico, mi intención de trabajar en Cultura, mi admiración por los grandes al alcance de la mano, como Alicia Gutiérrez, Antonio Ramos, Antonio Avendaño...- con el firme propósito de hacerme escritor; era un reto contribuir a escribir un libro diario, en 24 horas, por el que luego pagaban 20 duros de los de entonces... Ay, entonces. Hoy, casi 15 años después, tengo ya dos hijos a los que, cuando pase muchos años, tal vez me vea obligado a explicarles, con un ejemplo certero, en qué consiste la historia de la ignominia que termina con un periódico que se vende por un euro.

Entretanto, fui becario de El Correo de Andalucía, luego corresponsal, colaboré con esta cabecera y con algunas otras, trabajé en otras empresas informativas, en otros periódicos de aquí y de allá, me hice profesor de Literatura en los institutos, aterricé en la Universidad, me incliné por la Creación, por las Letras, por la Cultura, por la Educación, por soñar cada día con un mundo menos miserable... pero ninguno de esos días de todo ese largo tiempo pude contener la pueril alegría de ilusionarme al ver mi texto en letra impresa, sobre todo en un periódico que, como pensó el cardenal Spínola que lo fundó en 1899 y como dijo Pepe Guzmán, una de las últimas glorias entregadas en cuerpo y alma al rotativo, es "un periódico honorable".

La honorabilidad se la dimos los periodistas, no los directivos ni los empresarios ni tanto miserable suelto desde dentro y desde fuera, que los hubo y a algunos conocí. La honorabilidad se la sigue dando ese puñado de periodistas que resiste allí, en Américo Vespucio, sin garantías de nada: ni de cobrar sus últimas nóminas, ni de seguir existiendo como periodistas en un medio languidecente, ni siquiera de cobrar el paro, esa miseria que ellos nunca tuvieron tiempo de amasar para el mañana porque para el mañana siempre urgía el cierre, el cierre de todas las noches, sin sospechar que, a lo peor, iban a vivir el definitivo por culpa de unos cuantos miserables, en gradación ascendente, a los que el periódico, papel mañanero al fin y al cabo, se les había traspapelado, atragantado, en la descontrolada furia de intereses de los que nunca fuimos informados ni los periodistas ni los lectores. 

Si El Correo desaparece, la vida seguirá, sin duda. Pero ya nada será lo mismo.

viernes, 25 de octubre de 2013

El carro nos lo robaron

Ha muerto Manolo Escobar, un icono de la canción española, dicen. Yo diría también que es el cantante del pueblo, el prototipo o arquetipo de tipo simpático que varias generaciones, incluso con sus muchas diferencias, confluyeron en admirar, respetar. Recordemos que hubo otros artistas mal connotados, muchos a su pesar, por aquello de representar, pelotear o consentir el franquismo, por ejemplo, como si a la dictadura que sufrimos no la hubiesen jaleado determinados arribistas que no trabajaron nunca sino los/las cupletistas que nunca dejaron de trabajar. Pero el caso, como decía, es que a Manolo Escobar ni siquiera le arrojó nadie ese tipo de acusaciones absurdas, y él, andaluz periférico, de Almería, con el espíritu entregado a causas más universales -como la de entretener, hacer feliz-, se consolidó en el Levante español desde que encontró a una mujer alemana con la que había de pasar el resto de sus días. 

No fue un coplero ni un flamenco ni un cantante, pero sí un poco de todo. Más allá de las coplas, o las canciones, o las fandangos, que los cantaba, era un hombre espectáculo entregado al pueblo, a su pueblo. En su voz, aquello de que "Viva España", ni siquiera en las postrimerías del franquismo, sonaba a facha ni nada parecido; sonaba como tenía que sonar, literalmente. En Manolo Escobar no había trampa ni cartón ni intereses creados. Cuando él cantaba que "viva España" quería decir exactamente eso, lo que desde el sentido común pudiéramos pensar cualquiera de los españoles que sonreíamos escuchándolo. Solamente la Selección Española de Fútbol ha conseguido, otra vez, limpiar el grito patrio de connotaciones ideológicas. Viva España significa eso: que viva España y nada más. Pero sólo podíamos entenderlo sencillamente cuando oíamos a Manolo Escobar.

Tal vez de sus cientos de canciones haya quedado una en la memoria colectiva de este país, la de "Mi carro". Todo el mundo, haya conocido u oído a Manolo Escobar o no, se sabe el estribillo, sin saber por qué: "Mi carro me lo robaron / estando de romería / mi carro me lo robaron / anoche, cuando dormía / ¿dónde estará mi carro? ¿dónde estará mi carro?. //  Me dicen que le quitaron / los clavos que relucían, / creyendo que eran de oro / de limpios que los tenía...". 

Piensen en la letra. Leánla otra vez. A mí me resuena desde ayer, y he descubierto, de súbito, que con Manolo Escobar no sólo se va el cantante del pueblo, sino su profeta alegórico. Antes de que ocurriera lo peor, que nos robaran el carro mientras estábamos de romería, él lo vaticinó a ritmo de rumba. Llevamos unos años descubriendo, a nuestro pesar, tan tarde, lo que Manolo Escobar llevaba décadas cantando: que nos han robado el carro, el del pueblo, ese carro con clavos dorados, porque los limpiaba la gente del pueblo, gente como Manolo, al que ahora no todos podremos subirnos, sino tan sólo los privilegiados, los del maldito parné, los de siempre. Ha ocurrido mientras todos andábamos de romería, en ese delirio colectivo del que ahora andamos despertando, a nuestro pesar. Ha ocurrido mientras dormíamos el sueño de la inconsciencia, de la falta de compromiso, del eructo colectivo de que todo sobraba, incluso velar por el carro de todos. Ahora nos preguntamos, pancarta en mano, dónde estará mi carro, como Manolo, dónde estará nuestro carro. Nos lo robaron; lo estamos comprobando, telediario a telediario. En nuestras manos de pueblo está recuperarlo. 

Descanse en paz Manolo Escobar, el cantante del pueblo, el profeta.

lunes, 21 de octubre de 2013

Trabaje usted mañana

Feíto, feo, requetefeo el panorama laboral que soportamos en España, y más feíto, más feo, más requetefeo que promete ponerse si las ideas de algunos sectores del empresariado español continúan germinando con la misma intensidad y malaleche. Lo último ha sido lo de los 70 años; jubilarse a los 70 años, y la coletilla: como mínimo. Lo ha recetado el presidente del Instituto de Estudios Económicos, José Luis Feito, que se supone que es uno de esos señores que se estrujan mucho los sesos para descubrir la fórmula para salir de esta crisis prima hermana del cuento de la buena pipa. Tiene gracia, en todo caso, que todas las ideas de estos laboratorios cerebrales vayan siempre en la misma dirección: la de la explotación de los viejos. Como ya se superó, al menos aquí, el vicio de la explotación infantil, ahora se está poniendo de moda la explotación senil. 

Todas las culpas van ya para los viejos. El FMI dictaminó hace unos días que envejecer demasiado era un peligro financiero o algo así. En otras palabras, que durar mucho en esta vida estaba poniendo en serio peligro las arcas del Estado; o sea, que más vale investigar menos en bienestar y salud y dejar que la cruel naturaleza siga su curso. Así deben de pensar algunos cerebritos malthusianos de determinadas instituciones amigas del Poder. Y tal vez por todo ello, o sea, por nuestro propio bien, es por lo que el Gobierno que aguantamos por ahora se empeña tanto en que no haya alumno sin su catequesis semanal por cojones, o sea, por su bien. Si todo es por nuestro bien... aunque nosotros, zoquetes irremediables, no nos demos cuenta. 

A los niños los libramos de toda carga hasta los 20 años, más o menos. Ya conocen el empeño de cualquier gobierno en inflar las estadísticas de aprobados; que luego hacemos el ridículo en Europa, donde todo se mueve por estadísticas. Allí, quien no tiene su estadística pasada a limpio no es nadie. A los chavales, si más o menos demuestran sus competencias, que es lo que hay que demostrar, pues se les aprueba y santas pascuas. ¡Vengan títulos, que firmar no cuesta nada! Luego viene la edad de las prácticas; las décadas de las prácticas, diríamos más bien, pues entre los veintitantos y los cuarenta todo son prácticas: practicar las prácticas y trabajar de balde, porque todo es una práctica para el futuro, cada vez más lejano. Durante muchos años, lo importante, al contrario de lo que ocurre en la escuela obligatoria, empieza a ser, de súbito, la formación, y luego la formación continua. La informática y el inglés, aunque no sepamos ni leer sin que nos engañe Endesa. 

La formación, esta formación guay de la que nos hablan, es fundamental, porque España está llena de obreros, trabajadores, profesionales, cada cual de lo suyo, que fallan en formación, o en formación continua. Ahí radica, como sabe todo el mundo, el problema del empleo, en que al personal siempre le hace falta formación, sobre todo a los cuarenta tacos, que es cuando los churumbeles piden pan y papá se está formando. Los que tienen churumbeles, porque esa es otra. Cada vez más cuarentones tienen un perro en vez de un churumbel. Porque un contrato de prácticas, o de formación, ya me entienden, da para mantener a un perro, pero no a churumbel. Y menos a dos. Quiero pensar que me siguen entendiendo.

Total, que cuando el españolito medio es un señor maduro, o madurito, es cuando empieza a encontrar una colocación más o menos estable, pero para entonces ya los años no le cuadran si quiere tener una pensión del 100%, que empieza a ser la bicha para el Estado: eso del 100%, qué mal les debe sonar, qué miedo debe de darles a los mandamases a los que nunca les sale el 100%... qué yuyu. Por eso van alargando la edad de jubilación, porque si un español medio empieza a trabajar -a trabajar de verdad, quiero decir- a los 50 tacos, después de todas las prácticas y de toda la formación continua continuamente, a los 70 sólo lleva 20 años trabajando, y ya lo dice el tango, aunque suene a tongo: que veinte años no es nada. El vuelva usted mañana de Larra, tan administrativo, y tan español, es hoy un ideal laboral: trabaje usted mañana.

Por eso los viejos tienen la culpa de todo: hasta de quitarle el empleo a la juventud. No me extrañaría que la próxima propuesta de los entendidos fuera que se murieran los viejos. Tal vez así trabajaríamos poquito, no nos quedaría apenas pensión y el dinero seguiría donde siempre, en los mismos bolsillos que nunca tienen dinero porque siempre les quedará la Visa, plástico eterno.

domingo, 13 de octubre de 2013

Etimología apresurada y heteredoxa de 'mamaostias'

El adjetivo mamaostias (o mamahostias, he ahí la cuestión) no aparece en el DRAE porque la RAE es un organismo descriptivo de la lengua que necesita el consenso de la mayoría de los hablantes para incluir cualquier palabra en el diccionario, o lo que es lo mismo, precisa que se extienda de Madrid hacia arriba o que se diga mucho por la tele. Así que como mamaostias se dice casi exclusivamente en mi pueblo, pues se quedará varios siglos sin integrar el diccionario de los demás españoles. No pasa nada, porque aquí -por mi pueblo- no se ha extendido ningún cáncer nacionalista todavía y a nadie le preocupa que una palabra venga o deje de venir en el diccionario con tal de que sea una palabra útil, es decir, que exprese un pensamiento complejo difícil de resumir. Y mamaostias (o mamahostias, he ahí la cuestión) lo es; quiero decir que es una palabra útil. No en vano está en boca de muchos de nosotros para poder expresar el malestar que nos producen determinados paisanos, para lo que precisaríamos de demasiados adjetivos y al final no daríamos con la tecla. Menos mal que existe 'mamaostias'.

El mamaostias no es exactamente un gilipollas ni un capullo, aunque algo de ambas condiciones encierra. El mamaostias es algo más; digamos que es un grado superior, más completo, más elevado. Tampoco es un alelado, un atontado, un vaina, aunque también algo de ello conserva. Está claro que, para el de fuera, mamaostias es complicado de definir. Es más fácil verlo, quiero decir, comprobarlo in situ, en persona, sufrirlo en carne propia, aguantarlo cara a cara, ya me entienden. 

Después de muchos años con la idea como un moscardón tras la oreja, hoy, un día cualquiera, llego a la conclusión de que la prueba irrefutable de que alguien es mamaostias, en la acepción oriunda que se le da en mi pueblo, o sea, la acepción verdadera, es que no tiene memoria. El mamaostia típico típico es el que no se acuerda de ti, ni de las mamaostieces que hacíamos todos, él incluido, el que parece un reencarnado, el que se ha caído de un guindo, el que aparece repentino sin advertir, al contrario de todo el que lo conoce de siempre, que sigue siendo el mismo mamaostias.

Depende de con quien se discuta la definición, un mamaostias puede ser un vanidoso, un presumido, un pamplinas, un calzonazos. Yo no niego ninguna de tales acepciones, pero insisto en que el rasgo más definitorio de todos es su forzada falta de memoria. El verdadero mamaostias, el auténtico, el novamás, es el espécimen que no se acuerda de nada, especialmente de sí mismo, de cuando se le caían las velas de mocos, el que ahora -por alguna extraña o ridícula razón; una nueva posición, un matrimonio, un trabajito, un viajecito de ida y vuelta, nada del otro mundo...- no conoce ni recuerda a nadie, y si le preguntas o le das pistas pone una cara entre asqueada y asquerosa, entre preocupada y blanquecina, entre molesta y perezosa, para seguir sin acordarse, como si ya no estuviera para esas cosas, como si recordar o conocer le rebajara su nuevo estatus de fino olvidadizo, su nueva categoría desde la que no le es posible recordar nimiedades, como tú, que eres un memorioso empedernido porque la vida no te da para más, sino para empecinarte en lo de antes, en el pasado, en la gente que formó parte de un período concreto y olvidable de tu vida... El mamostias de pura cepa no cae en la tentación de acordarse de ninguna anécdota, de ninguna frase, de ninguna metedura de pata propia o ajena, de ninguna amistad ya poco recomendable, de ninguna vergüenza hilarante... Y no es que sea un estirado, que tampoco es eso, sino que simplemente no es como tú, ya no, ya anda en otra dimensión. Y por eso, los demás, uno incluido, piensa que el tío es mamaostias. Él no piensa nada. No sé si me estaré explicando.

En cualquier caso, estando más o menos de acuerdo en el fondo, he debatido recientemente su ortografía con un paisano, Antonio Rodríguez Sierra, que defendía la h intercalada en el vocablo mientras yo la había escrito sin h. La razón de Antonio, compartida por un servidor, es que la palabra se compone del verbo mamar, ampliamente conocido, y el sustantivo hostias, es decir, de hostia consagrada o por consagrar, de forma, de especie eucarística que encierra el cuerpo de Cristo, o tal vez, como apuntaba Antonio, gracias a cierta sinécdoque, del guantazo o cachete que el cura acostumbraba a dar tras entregarla, que por aquí también llamamos hostia. El que toma o mama hostias, por tanto, es un mamahostias, así, con h intercalada. Yo defendía la omisión de la h porque el adjetivo, en cualquier caso, es de uso exclusivamente oral, y como decía al principio, muy localizado en el entorno de mi pueblo, donde nadie recuerda ya la etimología o la ortografía, con lo que, tras perder la h, muda al fin y al cabo, incluso se reduce a "mamostias", aunque bien es cierto que cuando alguien quiere recrearse de verdad en decir el adjetivo lo pronuncia con todas las letras -incluida la h, puede ser- y hasta pasa de adjetivo a sustantivo anteponiéndosele un adjetivo delante: "¡Valiente ma-ma-hos-tias!", suele decir quien lo dice con conocimiento de causa, con ganas, con garbo y con la boca llena. Decir "¡¡Valiente ma-ma-hos-tias!!", así, sin prisa y estirando los labios hacia los lados, es la fórmula más ventajosa y eficiente que hemos conocido por aquí de desahogo cuando hemos sufrido las impertinencias de algún mamaostias de los que tanto abundan. Y la mayoría de las veces los localizamos por ese motivo principal de la falta de memoria que yo apuntaba.

Puede ser que el mamahostias proceda de esa conceptualización de quien no hace otra cosa que mamar, tomar, recibir hostias, como cachetes -porque es tonto- o directamente como formas consagradas, que es también una forma de no hacer ni el huevo, de dejar que todo lo hagan los demás mientras el susodicho se conforma y se alegra con recibir las hostias donde las dan. Puede ser que el mamaostias hubiera procedido de ahí pero que con el tiempo haya olvidado su h y fuera comparable con el mamabrevas en un sentido parecido, el del tonto que no es tan tonto porque las brevas, al fin y al cabo, las trae otro y el sólo conserva la función de mamarlas, de tomarlas, con lo cual estaríamos rozando la acepción de aprovechado o fresco. Puede ser que las ostias procedan de las ostras, como manjar exquisito en el que se recrea quien está dispuesto a mamar lo que sea, con tal de que sea mamado o por la cara. Un tío mío solía decir despectivamente de algunos, en este sentido: "No necesita ese tío tarvinas...", tras lo cual yo pensaba que era un mamatarvinas, que es lo mismo que un mamabrevas, mamaostras o mamahostias, o sea, un tipo al que le da igual lo que digan los demás que mama con tal de mamarlo de veras. 

Se aceptan, claro está, pensamientos o elucubraciones en torno a tan extraña etimología, aunque yo sostengo que el verdadero mamaostias, el auténtico, al que nadie le podrá echar la pata jamás, es el desmemoriado, porque es invencible e inaguantable en el cara a cara. Tal vez hacer un ejercicio etimológico del mamaotias, como acabo de hacer, sea en el fondo otra mamaostiez, no lo niego, pero de vez en cuando hay que hacer mamaostieces como esta para desahogarse de tanto mamahostia suelto, con h o sin ella.

viernes, 11 de octubre de 2013

Sin ánimo y sin lucro

No hay más que salir a la calle, asomarse a las instituciones, interesarse por ciertas tareas, decirle sí a quien te propone algo. Se va extendiendo como una peste el virus de lo voluntario, lo desprendido, el amor al arte, pero no porque lo propugnen artistas ni solidarios, sino porque lo inculcan, interesada y malévolamente, quienes tienen la responsabilidad de velar, sufragar, financiar... y no lo hacen, porque es muchísimo más barato contar con la entrega de las buenas personas, que siguen abundando. 

Con el trote emprendido por esta estafa disfrazada de crisis, tardaremos relativamente poco en mantener un Estado con el mismo coste, unas instituciones con el mismo presupuesto, un aparato político y técnico con los mismos sueldazos y sin apenas gastos, con lo que lo mismo no estamos tan lejos de alcanzar ese déficit cero que les gusta tanto a los administradores de lo público o incluso superávit nunca pensados, no del 2 o el 3%, miseria pura, sino del 70 o el 80%, total, si todo lo harán las oenegés, las asociaciones, los voluntarios, los entregados, los solidarios, los generosos, los volcados con las mil causas que dejaron de lado los que tenían que tomarlas de frente...

Un programa titulado Entre todos emigró hace unos meses del gracioso Canal Sur a la institucional TVE. Se llevaba presentadora y la misma carga de falso sentimentalismo y buenismo que ahora, desde la capital del reino, ha molestado a muchos, por utilizar las desgracias ajenas para ganar audiencia y, encima, descargar a los responsables públicos de la responsabilidad que les compete. Es producto de una época, qué queremos.

Ahora se vuelven a poner de moda las cadenas de favores, los bancos de tiempo, los mercadillos de barrio, los trueques y esa engañosa impresión de que esto lo arreglamos entre todos. Es precisamente lo que los poderosos soñaron desde siempre, o sea, nosotros -dicen ellos- integramos las poderosas instituciones, esa olla grande soñada por tantos, presupuestamos lo que costamos nosotros y nuestras circunstancias, con vuestros impuestos -que suben y suben-, y luego los problemas, los afanes, las abominaciones es cosa vuestra, pueblo llano. No confiéis en el dinero, ni en el capitalismo, ni en las instituciones, no; gestionad vuestros propios recursos para no depender del sistema. Así seréis independientes, autosuficientes... Esa es la lección. El Estado, con toda su parentela de organismos reduplicados, ya tiene sus propios problemas; atiendan al telediario. A este paso, no querrán ni que los molestemos cada cuatro años con la inútil cantinela del voto, ya se encargarán ellos de eso también.

Lo peor de esta nueva moda es que a demasiada gente entusiasta nos está dejando sin ánimo y sin lucro. Normal. No hay alegrías ni billetes para todos.

viernes, 4 de octubre de 2013

No hay dinero para pan pero sí para circo

De nuestra joven democracia se esperaba mucho, no sólo porque en los difíciles años de la Transición demostró una madurez precoz tan prometedora que sirvió de referente a otras naciones que seguían nuestros pasos hacia el Estado del Bienestar, sino porque en muy pocos años quedó demostrado que nuestros grandes logros como pueblo no se lo debíamos a la gracia divina ni a la chispa de ningún iluminado, sino a la sensatez y coraje de unos hombres que se llamaban políticos, y que esos políticos podíamos ser cualquiera, incluso los hijos de los pobres. El peligro vino después, cuando los políticos dejaron de ser ciudadanos que daban un paso valiente para convertirse en profesionales de por vida y empezó a abrirse una incomprensible brecha entre los privilegiados de la élite política y la gente de a pie. En cualquier caso, nadie lo advirtió demasiado mientras hubo para todo, mientras se despilfarraba el dinero de todos, mientras todos éramos conscientes de que nos daban pan y circo pero había mucho pan y sobraba mucho circo. Ahora, en plena caída libre por la crisis, es cuando la figura del político está menos valorada, lo cual debería darnos mucho miedo porque, en la lógica pendular que nos enseñó la Historia, cuando faltan los políticos reaparecen la Providencia y los iluminados, cuyas decisiones son muchísimo más rápidas e indiscutibles. 

    El problema primordial no es el desapego que siente la gente hacia la clase política, sino justo al revés, porque si son los políticos los que olvidan su razón de ser como servidores de la sociedad democrática serán ellos mismos quienes estén socavando el noble sentido de la misma. Y en los últimos tiempos, cuando la miseria aprieta por el subsuelo de la ética y la estética, se dan unanimidades políticas que deberían enrojecer al país entero. 


    Si nuestra clase política está tocando fondo es para que nos echemos a temblar. ¿Cómo es posible que no haya dinero para medicamentos que salvan vidas humanas y haya crecido un 28% la financiación de los partidos políticos? No es que se congele -como les ocurre a los sueldos de los maltrechos funcionarios- esa financiación, que ya rondaba la escalofiante cifra de 70 millones de euros, no, sino que para el próximo año se aumenta casi en un tercio, dicen que por las elecciones europeas, o sea, porque hace falta mucho dinero para convencer a la gente de a pie de la importancia de votar, aunque esos votos empiecen a considerarse la raquítica prueba de que seguimos en democracia, pues las grandes decisiones no las toman ya los gobiernos resultantes de las elecciones sino otros poderes fácticos a los que nadie votó. Pues aun así, los partidos políticos necesitan más financiación. No los estudiantes ni los trabajadores ni los parados ni los científicos ni los pensionistas ni los hospitales ni los enfermos y dependientes. No, para ellos todo son recortes. Son los partidos políticos los que necesitan mucha más financiación, mucha más ayuda, como los bancos, y se les da, como a los bancos, se les regala dinero público para que mejoren sus estrategias de impacto y el circo de las campañas electorales sea mucho más divertido y jugoso. Con más dinero, se garantiza mejor la salsa electoral de los partidos, por supuesto.

    ¿Cómo es posible que se rebaje exagerada y vergonzosamente el presupuesto de Sanidad o el sueldo de los funcionarios mientras suben los salarios extratosféricos de los cargos de confianza? ¿Por qué todos los partidos callan y sonríen por lo bajini? ¿Cómo puede entenderse que la disputa entre izquierda, centro y derecha se difumine siempre cuando se abre el debate sobre sueldos, pagas, dietas y privilegios de la clase política, fuere cual fuere el color?

    Yo no soy ni un enfermo grave ni un político, pero vivo en un país y una época en los que podría convertirme en cualquiera de las dos cosas. Si me convirtiera en lo primero no me cabría en la cabeza que el político aprobase descarados incrementos financieros mientras en el hospital escatiman en medicamentos para salvarme la vida. Si me convirtiera en lo segundo, no me cabría en el corazón que el enfermo perdiera la vida a costa de las mejoras en mi partido. Porque no nos engañemos, el dinero -sobre todo el público- es como el agua; si sobra aquí es porque falta allí, y viceversa. Y las personas -todas- deberíamos ser más importantes que el dinero, el agua y los cargos políticos, aunque el FMI crea ahora que llegar a viejos sea un "riesgo financiero". Lo será para quienes esperaban que el dinero de pensiones tan largas fueran a parar a otras partidas; para quienes sería conveniente retirar las monedas de uno y dos céntimos, porque al fin y al cabo ellos siempre andan con billetes de los grandes, que ensucian menos las manos porque no parecen tan vil metal, pero no para quienes trabajaron toda su vida, aun a riesgo de perderla, con la ilusión de llegar a viejos manoseando monedas para la hucha de los nietos.

domingo, 22 de septiembre de 2013

La felicidad y sus vísperas

Hoy es mi cumpleaños, pero apenas tiene ya importancia, no sólo porque cuando uno cumple más de 20 años, la sucesión del tiempo deja de medirse tan radicalmente, y yo ya voy por 34, sino porque ayer, y el ayer siempre viene antes que el hoy, lo precede, lo intuye, lo pare, nació mi hija. Le hemos puesto el mismo nombre de su madre: Marina. Así que, decía yo ayer, viendo sus ojitos rasgados, sus mofletes rosáceos, sus uñas tan perfectas de señorita precoz, ya tengo a mis dos Marinas en mi mundo. ¡Para qué quiero más! El nombre de ambas, de la mujer que me cambió la vida y de la niña que empezó a cambiármela más aún desde ayer, remite al mar, que es ese concepto infinito que nos sobrecoge porque la vida empezó en él. Ayer, mientras nacía saliendo de ese mundo acuático que es el vientre, y luego, cuando intuía la vida con sus ojitos cerrados, y más tarde, cuando lo descubría todo con sus ojitos abiertos de niña despistada y guapa, yo pensaba que llamarse Marina tiene algo de pleonasmo, algo así como decir "se nace naciendo" o "me llamo Marina y todo empezó en el mar"... Supongo que todo esto serán chocheos prematuros de un papá que ha perdido el norte..., pero repito que mirándola, porque uno la mira y el tiempo no pasa o pasa y uno se queda -qué sé yo-, no me importan lo más mínimo ni el norte ni el sur, porque uno encuentra en sus miradas, la de la madre enamorada y la de la niña estrenando la vida, la brújula ineluctable para seguir viviendo y no parar de vivir jamás, sólo en sus ojos...

Hoy es mi cumpleaños, y lo será cada 22 de septiembre hasta no sé cuándo, pero insisto en que eso ya no tiene importancia: es simplemente el día después del cumpleaños de mi niña, y es cierto, certísimo, que la felicidad se vive mucho más intensamente en las vísperas. La vida feliz es siempre la víspera de la felicidad auténtica, siempre al alcance de la mano. Así que cuando todos le digan a mi niña Marina "Felicidades" el 21 de septiembre, yo sentiré en su carne, que es carne de mi carne, que me felicitan en la víspera, que es una felicidad más real.

Y es en la felicidad real, no en la que cuentan por ahí, donde uno descubre los auténticos milagros, como por ejemplo el de tener una niña y seguir derrochando todo el amor que siempre pensamos haber gastado ya con Jaime. Con dos hijos, y amándolos igual, es cuando descubrimos que es verdad, que el amor no se acaba nunca... Debe de ser por eso que sigue la vida. Brindo por ella. Felicitadme.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Camino de rosas

La mayor injusticia en esta vida consiste en aplicarles tan dispares varas de medir a seres que nacieron del mismo modo pero que el tiempo y las circunstancias se han encargado de que vivan y mueran de formas muy diferentes. Por ejemplificar, imagínense qué oportunidades de mierda les dio la vida a esos cientos de niños sirios que murieron en el acto, o peor, que tardaron horas o días en morir por las heridas espantosas de cualquier bomba de tres al cuarto. Y fíjense en cuántas oportunidades lleva ya arrojadas a la papelera porque se sabe con muchas más Bachar el Asad, al que ahora le exigen los amos del mundo que entregue las armas en cierto plazo pero nadie le habla de un juicio por genocidio y mucho menos de un tiro definitivo por donde usted está pensando. No, con toda probabilidad los veremos a todos con las manos juntas y mirando a cámara, degustando unos canapés a continuación, mientras otros gusanos se estarán dando un festín con la carne tierna y muerta de aquellos cementerios. 

Imagínense qué oportunidades de mierda les ha dado la vida a los miles de chavales de clase media y baja que alguna vez soñaron no ya con triunfar, sino con vivir de algún deporte al que le entregaron seriamente su vida a costa de los sacrificios de sus padres, que no se fueron jamás de vacaciones con tal de que el niño o la niña tuviera para el autobús y el bocadillo tras el entrenamiento. Y fíjense cuántas oportunidades ha tenido esa entelequia del Madrid Olímpico cuyos millones de euros nadie sabrá nunca quién se llevó de verdad, aunque desde luego no fue Ronaldo, la estrella del nuevo pan y circo que al convertirse en el mejor futbolista (y por tanto deportista) pagado de la historia del mundo aún le sobra cinismo para decir que el dinero no es lo más importante. Claro que no.

Imagínense cuántos males remediarían en nuestra Andalucía miserable de hoy los millones y millones de euros que se llevó hace un rato el desagüe insaciable de los falsos ERE, mientras la nueva presidenta que nos han anunciado, a la que con toda la lógica del mundo apellidan la ere-dera -así sin hache, como les gusta provocar a la nueva camada de pseudopedagogos que encontraron el filón perfecto por el espontáneo Sur-, dice ahora que el caso de los ERE le causa dolor y vergüenza. Claro que sí. 

Ya sé que imaginando casos concretos y relacionándolos con casos específicos corro el riesgo de hacer demagogia. Por eso no sigo; porque la vida es un camino de rosas para algunos porque otros cargaron con todas las espinas. Y me encomiendo al consejo paternal con el que comienza la novela de El Gran Gatsby: "Cuando sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú". Lo más doloroso es que quienes consiguieron todas las oportunidades del mundo se olvidaron de criticar a nadie. Están en otra onda, por favor.