sábado, 26 de abril de 2008

Política pueblerina


Uno apaga el google earth, el ordenador, el despacho, y vuelve a su pueblo.


Y entonces uno se entera de cosas extravagantes y que hieren la sensibilidad. Resulta que en mi pueblo, cuyo nombre para cosas de este tipo no viene al caso -todavía tengo pudor ajeno-, el Ayuntamiento concede cada año el título de "Joven del Año", una versión, imagino, de las reinas de la belleza caribeñas pero sin belleza, sin realeza y en plan más cutre aún. Qué se le va a hacer. Pero el caso es que, de entre todo el personal válido y valioso que uno conoce por aquí cerca, el Ayuntamiento siempre rebusca entre la chusma para vender su distinción. Y de entre los jóvenes que pintan y exponen en galerías lejanas; que componen música o la interpretan y cosechan éxitos más allá de la comarca; que dirigen cortos y largos y proyectan sus películas en salas de toda España; que escriben y publican en editoriales desconocidas para mis queridos concejales; que montan empresas en la Conchichina y abren nuevas rutas de mercado; que diseñan moda y son reconocidos de la capital para allá; que se hacen actores o cocineros o científicos de probada virtud, etcétera, etcétera... de entre todos ellos, que son muchedumbre desconocida, decía, va mi Ayuntamiento y enfoca a un novillero. Como lo leen: un novillero, en la segunda acepción del diccionario, o sea, persona que lidia novillos, esto es, que se encierra en el redondel de las plazas portátiles de la España oscura que aún pervive o en los corrales que sólo un grupúsculo social de puros apagados conoce bien para divertirse dando capotazos a un torito chico, hasta que, mareado y ultrajado el animal, es atravesado por hierros que le dan definitiva muerte. Y olé. Este muchacho, o uno de ellos, de sonrisa extraviada y patético heroísmo dubitativo, es el Joven del Año de mi querido pueblo. Ejemplo de juventud por estas lides.


Ya lo fueron -ejemplo, digo- hace unos meses dos gemelas de segunda fila que quedaron en segundo puesto en un monumental ejercicio de casi cuatro meses en la telebasura de primera. Tras una temporadita en el sofá de dentro de la tele, el Ayuntamiento las recibió con todos los honores. Los mandamases de mi pueblo pensaron, tal vez, que aquella muchedumbre enfervorizada que se agolpaba en la plaza del consistorio sabría, cuatro años después, reconocer, en las urnas, la justa labor de promoción que había hecho el señor alcalde con aquellas muchachas, mucho más guapas cuando estaban calladitas. Olvidaron quizá que el vulgo es olvidadizo, pero tuvieron la precaución de grabarlo todo, para su uso conveniente cuando fuese preciso.


En aquella ocasión, los que formularon el eslogan de "juventud de mi pueblo" no fueron los mandamases, sino los aspirantes a mandamases, es decir, un grupo de la oposición, lo que viene a confirmar que los políticos están hechos de otra pasta. No de Pastas Gallo, sino de otra, más vil y metálica quizás.


Con tanta loa al aspirante a torero y al par de féminas aspirantes a reinas del estercolero televisivo, a uno se le ocurre ahora que podrían emparejarse. Claro que sobraría una. O no. Porque podrían representar el trío pasional de la españolada profunda: el torero, su amor del tomate y la Otra. Yo soy la Otra, diría una de las dos a los paparazzis. Y entonces podría salir algún mandamás a confirmar ante los micrófonos que mi pueblo es el elegido, la villa visionaria que profetizó la grandeza de sus más nobles hijos.


El Surrealismo no ha muerto. Menos mal que uno, para su consuelo, puede hacer un zoom de retirada en el google earth y reflexionar sobre lo ancho del mundo.




2 comentarios:

Fae dijo...

Mira que tiene cosas buenas tu pueblo, un poquito también ya el mío, amigo Álvaro.Pero conforme leía tus primeros párrafos una sensación de no sé qué me hizo recordar a las gemelitas de la tele. Y, toma, las mencionas al final. Sinceramente, la suerte de este gobierno local que te ha tocado me suena mucho al populismo con el que trabaja el mío. Si el trío del que hablas fuera nazareno, poco menos que una calle ya le hubieran puesto. Paciencia.

Emebe dijo...

No te falta razón, claro que la política y su corte de asesores y tragabollos se guarda esas cosas. Debe ser que los misterios del alma del poder son insondables. A la gente que trabaja y bien día a día casi nunca les toca nada. Votar de cuando en cuando, y parece ser que desde la inconsciencia, y a lo mejor un día -con mucha suerte- los cupones, que son tan populares en nuestro pueblo. Pensándolo bien a lo mejor la decisión tiene su intríngulis: Rafael Alberti fue novillero antes que poeta, Pablo Picasso también lo intentó, hasta Salvador Távora lo pretendio antes de tirarse a las arenas del teatro... A lo mejor nuestros políticos ven cosas que los mortales no vemos.
En fin, qué quieres que te diga... Un abrazo desde el exilio, Manuel Bernal.