viernes, 5 de abril de 2013

El chiquito piconero contra el machismo

Dicen que en Córdoba, antigua capital en la máxima inspiración de Al-Ándalus, se ha montado cierta marimorena con el cartel que protagoniza un morenazo de la tierra para anunciar su feria, de las más largas de Andalucía. Es obra de la pintora de Montilla María José Ruiz, a la que le están lloviendo las críticas por haber innovado sacrificando uno los tópicos más inviolables si quieres que los rancios te sigan tocando las palmas en el corazoncito chico del chovinismo ramplón: el del machismo de toda la vida. En vez de una flamenca jamona y de ojos verdes, con mucho faralá y toda la tragedia crepuscular que encumbró al Romero de Torres que remataba a sus chicas con el rizo en la frente, Ruiz se ha atrevido a pintar a un chico que se pone todo eso por sombrero, es decir, que se toca con el mismísimo sombrero del gran pintor cordobés, cedido por la directora de los museos municipales, Mercedes Valverde, para que el modelo del cartel, un entrenador personal de gimnasio de 32 años, posara con él. Por lo que se lee por allí, el gesto ha sido una afrenta en toda regla, lo cual nos hace preguntarnos si esta crisis que empezó por la Bolsa y ha terminado por sacar las vergüenzas del sistema educativo se ha tragado también todas aquellas pretensiones civilizadoras que nuestro país soñó hace sólo un rato, cuando incluso tuvimos la visionaria osadía de contar con un Ministerio de la Igualdad. Desde luego fue el primero que se cargaron cuando Zapatero hablaba todavía de recesión económica, hace tan sólo un lustro, y ahora, tan sólo un lustro después, se entienden muchas cosas, no por la supresión de aquella innovación ministerial, que tal vez pudo ser una golosina política que ni siquiera impidiera la tragedia de género -lo más decisivo-, sino porque antes, durante y después de aquellos sueños de la razón igualitaria este país nuestro siguió siendo tan cazurro que siempre es demasiado pronto para que entienda que las innovaciones de quienes miran distinto, los artistas, vaticinan en símbolos o alegorías lo que ya, contemporáneamente, supone un tiempo nuevo.

    También le pasó a Julio Romero de Torres, cuando aspiraba en 1912 a la medalla de honor en la Exposición Nacional y no le dieron ni los buenos días. Al año siguiente -curioso que haga ahora un siglo, ¿verdad?- recibió el primer premio en la Exposición Internacional de Múnich (Alemania). Y no sería hasta 1922, el año en que Lorca y Falla sacaban el Flamenco de las cuevas y la marginalidad para catapultarlo al orbe del Arte con mayúsculas con el primer Concurso Nacional, cuando Romero de Torres no empezó a triunfar, no aquí, claro, sino en Buenos Aires (Argentina). Y me estaba acordando de esta paradoja del aplauso afuera de nuestros artistas porque María José Ruiz ya ha expuesto con éxito en el Vaticano, por donde ha recalado ahora otro innovador sin quitarse la sotana.


    En el cartel de la polémica aparece un chico guapo, tan racial como actual, con vaqueros y camisa blanca, que coquetea en su mano izquierda con una copa de vino de la tierra de la pintora, Montilla-Moriles, y un par de claveles. Detrás, un muro judío y encalado que lleva embutida en una esquina una columna con un fuste romano y un capitel árabe califal. Al fondo, una callejuela del barrio de las flores. O sea, pura concesión al tópico. Se trata, al fin y al cabo, de un cartel de feria. Y de la feria de una ciudad que se enorgullece, claro, de la declaración por parte de la Unesco de que sus Patios -que merecen la mayúscula, sí- sean ya Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Por lo tanto, ¿qué es lo que molesta? Tan sólo que la figura humana no sea hembra sino macho. Así de claro y primitivo.

    En pleno siglo XXI, no se trata de que el cartel les guste a las mujeres y no a los hombres, sino de que como anuncio de unas fiestas en una ciudad del siglo XXI, conjugue sin complejos tradición y vanguardia, o lo que es lo mismo: tópico e innovación; clasicismo y valentía. La elección de un chico para el motivo principal, a estas alturas, debería pasar desapercibida, pero no deja de ser sintomático que en vez de alcanzar la pintura en sí la condición de símbolo de algo, sea la chata polémica suscitada la que se erija en símbolo de estos tiempos regresivos que vivimos. Sintomático y preocupante. Tal vez algunos hombres que confunden el feminismo sigan pensando que, como en la pragmática publicidad, donde llegue el reclamo de una fémina no llegará nunca el de un varón. Y tal vez algunas mujeres que confunden hasta el machismo piensen ahora que si el último grito intelectual es esa literatura barata que descubre a buena hora el erotismo para reprimidas de la lectura no está mal esta concesión de un chulazo de cartel marcando paquete.

    Miopes extremismos aparte, la triste conclusión es que hoy, en una ciudad cualquiera -mañana podría ser Sevilla-, el concepto de Patrimonio Inmaterial sigue sin entenderse; ser hombre o ser mujer ni es igual ni es lo mismo; y el arte aún no es por el arte sino para las habladurías que genera la anécdota más ruín. Menos mal que en mayo no faltará ni una flor, y menos en Córdoba. Tópico del consenso y viceversa.

  • Este artículo se publica asimismo en el nº 2.149 del semanario Cambio16.

martes, 2 de abril de 2013

No somos pardillos, pero como si lo fuéramos

A diario, y conforme cumplo meses -no digo años por pura cuestión de vértigo-, constato cómo los poderes fácticos de este mundo nuestro que se nos antoja cada día más pequeño -y no sólo por cuestión de aviones, sino de simplismo del malo- toman al pueblo -al llano, por no decir plano- por una panda de pardillos que, en el fondo -aunque en la forma se note cada vez menos-, no somos para nada. No lo somos, pardillos, quiero decir, pero como si lo fuéramos. Y en un debate personal que a mí me quita el sueño muy a menudo, el de la verosimilitud, es algo que admiro profundamente. Me explico: literariamente, estoy siempre preocupado por que lo que escribo sea verosímil para que el lector se reconozca en el mundo posible que yo pueda concebir. Es, con mucho, mi mayor preocupación cuando me pongo a escribir. Pues bien, cada vez más compruebo cómo ese pudor que yo siento por la verosimilitud, o porque se me note la inverosimilitud, es un pudor cada vez más mío, más personal o tal vez debiera decir más del pueblo y menos de esos poderes fácticos a los que me venía refiriendo. Por no salirnos del tiesto, veo series de televisión que en un solo anuncio prometen diecisite tramas imposibles para el siguiente capítulo, y tan panchos. Luego salen los índices de audiencia y millones de gente la siguen, y encantados además. Lo mismo con esa literatura barata de cuarentonas reprimidas que ahora descubren el erotismo o el porno ramplón. Yo alucino, pero comprendo que si funciona, funciona. 

Y aunque alucine, por eso comprendo el ecosistema de las televisiones, de los responsables públicos, de los políticos y del resto de mandamases que mandan aunque sea en la cofradía de su barrio. Con comprender quiero decir que me hago cargo de que si la gente traga, pues traga y punto. Y como todo en la vida, supongo que será cosa de costumbre, de práctica, de mucho ensayo y poco error. Era Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, quien patentó aquello de "repite una mentira mil veces y terminará por convertirse en verdad", ¿no? Pues más o menos. No es cuestión de verdad o de talento, sino de insistencia y cabezonería. El cansino es el que vence. Al menos a corto plazo. Pero es que la gente, con tanto recorte, tiende ya a entender la vida a corto plazo. Y ahí radica, creo yo, el problema fundamental.

¿Cómo se entiende, si no, que personajes públicos de todo signo e índole se agarren al hierro ardiendo de la ficción que imaginan sin preocuparse tanto, como un servidor, de la verosimilitud? Estoy por suponer que soy yo el que tengo un complejo de la verosimilitud que acaso quedara pasado de moda. Sin entrar en el fondo de los asuntos, pongamos ejemplos recientes: ¿Cómo es posible que el presidente gallego, Feijóo, con ese nombre de ilustradísimo de los que ya ni se estudian en el cole, diga con cara de persona decente que en el año 1996 aún no sabía a qué se dedicaba el pirata Marcial Dorado cuando la prensa -especialmente la gallega, claro- venía informando de sus detenciones y trapicheos desde el año 90? ¿Cómo es posible que el presidente andaluz no supiera nada de los ERE fraudulentos que no le han costado ni siquiera el puesto cuando por la Junta hasta el gato del último despacho había oído algo de sobrecitos y repartos, dentro y fuera de las tabernas? Y hablando de sobres -ahora que la epístola cayó tanto con el triunfo del whatsapp-, ¿cómo es posible que Rajoy tampoco supiera nada de los de Bárcenas cuando el tipo llevaba más de una década dirigiendo la orquesta financiera del partido que gobernaba y que estaba llamado a volver a gobernar? ¿Cómo es posible que tampoco los sindicalistas andaluces supieran nada de los ERE de mentira cuando uno ellos de verdad, de nombre Juan Lanzas, dirigía tanto con tan espléndida generosidad que allí nadie se quejaba, como Lázaro cuando lo de las uvas del ciego, que callaba, claro, porque él comía de tres en tres?

Ya no son horas de seguir estrujándose el cerebro, pero como la inspiración me llama a seguir novelando y vuelve a afectarme mi complejo de verosimilitud, llego a la siguiente impúdica conclusión disyuntiva: o aquí los mandamases son ases de la ficción convincente o aquí el resto del pueblo, y me incluyo, somos todos gilipollas.








viernes, 29 de marzo de 2013

Un Papa nuevo

Mi última reflexión sobre el Papa Francisco, la más esperanzadora, en tribuna de El Correo de Andalucía:

http://blogs.elcorreoweb.es/tribunas/2013/03/26/francisco-una-esperanza-para-el-mundo/


miércoles, 13 de marzo de 2013

Intriga internacional en latín

Hasta los ateos más recalcitrantes tendrán que reconocer que ningún gobierno del mundo, ni siquiera el de EEUU, crea tantas expectativas a base de intriga como el del Vaticano, con toda esa liturgia de la que es experta la Iglesia de señorones lentos entrando por una puerta y desapareciendo por la otra, campanadas significantes y fumatas negras al cielo de Roma. Hasta el Habemus Papam definitivo -cuya deliberación previa ha tardado históricamente entre tres horas y tres años-, los telediarios del mundo entero tienen sus focos puestos en la Plaza de San Pedro y en la Capilla Sixtina, donde siguen reunidos los 115 hombres más poderosos de la Iglesia Católica Universal, dilucidando no sólo quién de ellos sería el hombre más oportuno para portar en su dedo el anillo del Pescador que ha devuelto Benedicto XVI para volver a llamarse Ratzinger, sino tal vez consultando con el Espíritu Santo qué han de hacer para revigorizar a una institución que podrá presumir de dos milenios de historia pero que no puede hacerlo de un presente abúlico en el que las nuevas generaciones -a menos que sean rebaño pastoreado por el Opus Dei o similares- no se interesan en absoluto por ella. 

Por estos lares, las iglesias están llenas de viejas, y donde acaso se oye algo el jolgorio de cierta juventud es porque resuena también la golosina de un paso semanasantero que cuenta con su propio circo, ajeno a los designios de Cristo y el compromiso con los más pobres y volcadísimo con su propio repertorio de florecillas, trabajaderas y cornetas. Pero la Iglesia en sí, que tampoco se ocupó en su momento de reconvertir a aquellos capillitas en cristianos de fe sino que se conformó con que hicieran bulto en sus templos, como los papás en las primeras comuniones o el gentío en los pésames de los entierros, está de capa caída, con escaso ímpetu y nula capacidad conmovedora si no es allí donde los cristianos representan el 75% del total y donde sus pastores tienen, precisa y paradójicamente, menos cuota de poder. Cuántos cristianos de base, a ras de calle, hay en Latinoamérica y en África y, sin embargo, qué pocos cardenales con posibilidades por allí... He oído por la Iglesia que el mundo no está preparado para un Papa negro. Y me ha irritado la hipocresía insufrible de la afirmación. Después de un presidente norteamericano negro que ya va por su segunda legislatura, ¿quién no está preparado para un Papa negro: el mundo o la propia Iglesia? ¡Qué le importó a la Iglesia nunca la preparación del mundo!

Desde los preparativos del cónclave, se están escuchando nombres continuistas que no arreglarían en absoluto el caos de esta Iglesia que, en palabras del propio ex Papa, ahora emérito, es una "barca que hace aguas por todas partes". Y en este proceso desdogmatizador que inicia justamente el Papa más severo con el relativismo moderno sale nuestro cardenal sevillano, Amigo Vallejo, también emérito, y dice que él ya ha acordado con el Espíritu Santo no salir de Papa. Y por aquí se le ríe la gracia.

Toda la potencia intrigante del proceso elector del nuevo Papa es directamente proporcional a la potencia defraudadora si el nuevo Papa sale con más de lo mismo, más incienso y más enroque sobre sí mismo y nulo aperturismo hacia un mundo que, profundamente defraudado con todos los predicadores, está pidiendo a gritos gestos de buena voluntad, amagos directos para la Salvación de los Pobres que prometió Jesucristo. Sólo si lo consiguiera, y empezaran a recuperar la voz tantos intelectuales lúcidos reprimidos por la Santa Madre, la Iglesia empezaría a tener posbilidades de resucitarse a sí misma. Si no, el desgaste o la reconversión en otra cosa es cuestión de tiempo. Al latín le pasó. Que le pregunten al español, o al italiano.

lunes, 4 de marzo de 2013

Rey de baja

Hay noticias que uno asume de refilón, sin querer leer a fondo para no cabrearse más. Y una de ellas, entrevista en la baraja hiriente de esta actualidad sangrante que nos atosiga cada día, es que el Rey, mientras millones de españolitos a los que una de las dos Españas siempre tienen que helarles el corazón no se dan de baja por miedo a perder el curro, se da de baja no sé exactamente por qué; qué más da, por alguna avería de su real cuerpazo al que ya le hemos pagado tantas operaciones... Se habrá caído cazando o se le habrá corrido la cadera hacia acá o hacia allá. Realmente, el trabajo es el trabajo. Y a los 75 tacos se jubilan ya hasta los obispos. En el Vaticano todo se andará, como se está viendo. Pero nuestro monarca, como se ve, tiene bien puesta su corina, quiero decir su corona... que a estas horas puede uno permitirse un traspiés, como él allá donde lo pongan. Desde que vino de Botswana, sus asesores le pidieron la agenda y se sentaron frente a él, carraspeando, sopesando lo difícil que sería recolocarlo en ese limbo lindo por el que todos, incluso los republicanos convencidos, éramos juancarlistas sin ser monárquicos, que es en este país como nadar y guardar la ropa, como ser progre y hacer la pelota, o mejor, la corte al establishment que nunca falla. No fallaba, hasta que llegó el yernazo, demasiado confiado. La confianza ya se sabe. Los asesores, como iba diciendo, lo tenían difícil. Y encima se complicó lo de Urdangarín, se supo el enfado crónico de la Reina, lo de la amante y el alba del alhelí... en fin. Pero como los asesores son pertinaces, insisto, no desesperaron, y lo pusieron a trabajar como nunca: y pidió perdón por la tele, y viajó con los empresarios, y le echó locuacidad a la cosa, y ni se sentó para soltar su emblemático discurso de Nochebuena a tres cámaras lentas... que los herederos aumentan, le diría Felipe, un suponer. Pero nada ha sido suficiente. Los asesores, que no son tontos -ellos, no-, se lo han jugado todo a la última carta. A este tío hay que retirarlo una temporadita. Y se lo han dicho. Entre dos y seis meses, miarma, a ver si así... Hoy, por lo que se ve, había orden de anunciarlo en los telediarios. Los asesores piensan que no ha sido el mejor día, con el aumento del paro en febrero. Menos mal que nuestro gobierno siempre tiene la explicación: febrero es siempre un mal mes. Lo es.

sábado, 2 de marzo de 2013

Las culpas al gorrión

Con la sinvergonzonería cotidiana que nos va cubriendo desde que comenzamos a no hablar de otra cosa que de la Crisis, así con mayúsculas, uno va comprendiendo mejor aquel refrán que oímos de chico que empezaba por admitir que todos los pájaros comían trigo. Ahora sabemos que no es que todos los pájaros comiesen trigo, sino que la mayoría comía mucho trigo, demasiado, aunque la culpa se la llevase siempre el pajarito más doméstico, más cercano y familiar del que sabíamos hasta el nombre. La confianza da asco era otro de esos refranes que uno empieza a comprender más tarde. Y viene esta reflexión de culpas siniestras e injustas al hilo de cierta melancolía que he empezado a sentir esta mañana cuando leí que una nueva ordenanza contra el ruido del Ayuntamiento sevillano está planeando prohibir que las campanas de las iglesias y los relojes de los edificios públicos den las horas. Es decir, que sacan una norma para luchar contra el ruido y se fijan en las campanas de las iglesias, cagoendiez, y perdonen el exabrupto, pero es que la melancolía se me agrió en malaleche cuando supuse a las campanadas de por quién doblan las campanas y de las iglesias pueblerinas de Juan Ramón y hasta del reloj de bolero al que Moncho le pedía en clave de amor que no marcase las horas como culpables del ruido que nos está volviendo a todos locos. Y eso, perdonen el juego fácil, suena fatal, a cacofonía del peor metal... como todo en este loco mundo en el que nos quieren hacer lo blanco negro y convertir en tonto al que tonto no es.

La cosa puede parecer anecdótica, pues hasta un servidor reconoce el alivio que ha sentido mi pueblo desde que echaron a cierto cura al que llamaban el campanero -aunque el  motivo de que lo quitaran de en medio no fue que tirara de la soga demasiado; por el campanario ya había pasado la segunda modernización de la que él adolecía-, pero una cosa son los casos puntuales y otra la conceptualización general. No es anécdota que culpen de hacer ruido a las campanas de las iglesias en un contexto burlón como el nuestro en el que los ruidos vienen de todas partes y en el que el ruido psicológico -mucho peor- es mucho más ruidoso que el de los decibelios. Hace ruido el tráfico, y la gente maleducada que grita hasta por el móvil; hacen ruido los niñatos de la música ratonera y los vecinos sin consideración; hacen ruido las botellonas tristes y las emergencias falsas de tantos conductores sin porvenir... Pero las campanas de las iglesias y algunos relojes viejos daban el son de cierta vida latente en el corazón de los pueblos y los barrios que todavía representan la vida de verdad, la de las gentes que aún se rigen por un tiempo honesto y no por los minutos falseados de la red de redes, la conversión en kilómetros/hora y la prisa de las urbes sin alma. 

Esta culpa del ruido que pesa sobre las campanas me sabe de la misma forma que la culpa que pesa sobre todos nosotros, gente don nadie, por haber provocado la crisis, a base de antenas parabólicas, 3.000 euros al mes durante tres meses y algún viajecito de más placer del permitido. Hasta que la cosa no ha reventado por sus propias costuras, nadie se iba a figurar que también los banqueros sin escrúpulos, los urdangarines sin límites, los empresarios corruptos, los políticos de cuello blanco y sus amigos de estómago negrucio iban a tener alguna culpa en este saqueo del copón internacional. 

Pero es que todas las acusaciones comienzan por lo más cercano: la de comer trigo, ya se sabía; la de la crisis, se sabe ahora; la del ruido, se está investigando.

  • Este artículo también aparece como Tribuna en la edición del 18 de marzo de 2013 de El Correo de Andalucía

miércoles, 27 de febrero de 2013

Huelga de basura

Me pierdo dos telediarios y cuando vuelvo a mirar la tele ha crecido el esperpento de este mundo, y no sólo por el sinvergüenza Bárcenas que ahora pide su cartilla del paro e incluso tendrá derecho a los 400 euros de pena que les dan a muchos de los que sueñan con recuperar al menos la esperanza si no el trabajo, sino por todos los profesionales de la política de este país, que se juntaban hoy en el Congreso para votar una moción que, ignorante de mí, siempre creí que era consustancial a la Democracia misma y que por tanto no precisaba de votación alguna, es decir, que, tontaina de mí, pensé ingenuamente que esto de estar en contra de la corrupción era de perogrullo. Me equivoqué, como la paloma. Me equivocaba. Resulta que los partidos que nos representan decidían hoy si votar a favor o en contra de la corrupción, porque, claro, para gustos, colores. Como digo, igual que la paloma, yo me equivocaba, por ir al Norte fui al Sur, y creí que había cosas claras como el agua. Me equivocaba. 

Hay tanta basura acumulada en este país, y no sólo en El Coronil, que conforme uno cumple años descubre que sabe menos, que se equivoca más. No en vano vivimos de sorpresa en sorpresa. Hasta el Papa que tanto luchó contra el relativismo, este Papa nuestro que dimitió por cansancio y ahora descubrimos que también por otras cosillas, como dijo Lázaro de Tormes cuando abandonó a aquel fraile de la Merced -en fin, qué Historia más larga-, dice ahora que no habría que esperar tanto tiempo para buscarle sustituto, o sea, que no hace falta esperar tanto para tapar las vergüenzas de un Vaticano que, como Adán y Eva, se da cuenta de que el mundo sabe que va desnudo. Mientras tanto, también hay tiempo para pensar en crear otro carguito, el de Papa Emérito en vida. No nos vamos a extrañar aquí, donde para conocer a Pepito siempre hubo que darle un carguito. Cargada realidad. Cargante. Un día de estos, con razón, los basureros volverán a decir que no pueden más.

martes, 12 de febrero de 2013

El reto de la Iglesia tras el adiós del Papa

Que un Papa diga adiós para quedarse en este mundo todavía nos sorprende muchísimo a la primera porque la Iglesia, a lo largo de dos milenios, nos tenía acostumbrados a despedidas más solemnes con la muerte de por medio. Y el último Papa, el anterior a este Benedicto XVI que dimite en el fragor de un mundo donde nadie parece conocer el significado de ese verbo, Juan Pablo II, era un experto en el uso actoral de la dramaturgia, un especialista de la puesta en escena y del control lacrimógeno de las masas hasta para morir con las botas puestas, cinematográficamente. De modo que el contraste entre estos dos pontífices posteriores al Concilio Vaticano II, uno absolutamente pasional y el otro absolutamente racional, nos descoloca a quienes, tal vez ingenuamente, pensábamos que todos los trajes de papa se cortaban con las mismas tijeras. No es así exactamente, como nos demuestra la noticia del día. Aunque sólo haya un lejano precedente en el Medioevo, un Papa puede irse. Basta con que lo diga y se dé la vuelta, que es lo que ha hecho Josep Ratzinger con sus 85 años a cuestas; confesar que no puede más y dejarle el sillón a otro. Lo trascendente no es que los motivos puedan ser los casos de pederastia, el conflicto con el maryordomo o el fracaso de una limpieza de la curia, sino su confesión de impotencia -física, mental, etc.- para cumplir con sus obligaciones. Esa confesión le imprime al inminente expapa un aura de sinceridad y honestidad difícilmente criticable. Porque la opción más fácil, la que hubiera elegido cualquier otro en su lugar, hubiera sido dejarse consumir por la edad devoradora y morir con los hábitos de sucesor de Pedro, como hacían todos. Pues bien, este Papa intelectual, racionalista y tímido ha optado por la vía más lógica y aunque, al contrario de su predecesor, huyera del espectáculo mediático, lo está dando precisamente con su retirada, el que no hubiera dado -al menos en la dimensión que está consiguiendo- si llega a esperar la muerte, pasiva y despersonalizadamente.

Su dimisión abre dos interesantes derivadas que a un servidor, conocedor desde pequeño de estos mundos púrpuras, lo tiene intrigado desde esta mañana. Una se refiere a la pura teología y la otra, al puro pragmatismo de una institución divina inserta en este prosaico mundo. Me explico por partes, y empezando por las alturas.

Un compañero se sorprendía hoy de que el Papa renunciara y me argumentaba, medio en broma medio en serio, que no podía dimitir porque era una decisión divina. Yo, medio en broma medio en serio, le recordé que si la decisión de hacerlo Papa, en 2005, había sido divina, también la de dejar de serlo había podido provenir de Dios, y que él tenía exactamente las mismas pruebas de uno como de lo otro. Son dictados o llamadas a las que no tenemos acceso. Por lo tanto, la misma sorpresa debería haberle causado su renuncia de hoy como su nombramiento hace ocho años. Mi compañero se limitó a sonreír, pero la conversación me empujó a mí hacia este artículo que necesito para explicarme misterios a mí mismo. 

Cuando yo no era más que un crío y hacía de monaguillo en la misma parroquia de mi pueblo de donde ha salido disparado hacia Roma el último párroco por motivos que nunca hubieran ensombrecido al párroco de entonces, Paco el Cura -qué diferencia, por Dios-, la gente se empeñó en que yo me hiciese sacerdote. Yo siempre sentí aquella premonición o aquel deseo colectivo como una amenaza o como un peso insoportable frente a mi deseo personal y lógico de ser otra cosa en la vida que no me privara de mujeres. Era casi un adolescente, lo digo para que me entiendan. El caso es que se me quedó grabada, porque la repetían mucho las viejas feligresas, la consigna de que yo tenía que recibir una llamada, la llamada de la vocación. Por mi parte, más que esperar la llamada, esperaba no recibirla, de modo que cuando mi conciencia bullía sola y se hacía y deshacía preguntas a sí misma, una parte de mí se hacía el despistado a propósito, como para no escuchar a Dios si se dignaba llamarme para lo que yo me temía. Así que durante un tiempo la gente me preguntaba si había sentido la llamada, y yo, además de contestar que no y de temer defraudarla, me ponía nervioso por si aquella llamada llegaba inesperadamente y al final resultaba que tenía que ir al seminario. Todavía no sé con certeza si la llamada no llegó o si yo me hice a mí mismo el suficiente ruido para no escucharla. Pero sí recuerdo con perfecta lucidez mi miedo a la llamada de aquella época y el asombro que me produjo el que el propio cura, don Francisco, como yo lo llamaba, me hablara en efecto de su llamada e incluso de su deseo más íntimo de hacerse misionero en el África profunda y abandonar aquella parroquia pueblerina. Nunca lo hizo, sin embargo, por motivos de salud quebradiza. Primero le dieron dos infartos que lo convencieron para dejar el tabaco y luego enfermó gravemente cuando yo tomé otro camino, seguramente tan inescrutable como todos los del Señor. Pero aquellas experiencias religiosas me abrieron la curiosidad por asuntos teológicos de más calado, empezando por mi miedo a la llamada y por el miedo de Paco el Cura a morirse de verdad. 

Tantos años después, cuando un Papa se va por voluntad propia, a un servidor, que ya no es un niño, se le ocurre que esta decisión pone en solfa muchos dogmas, quizás demasiados. Y, por lo tanto, supone un gesto contemporaneizador y humanizante que puede llevar a la Iglesia a despojarse de magias que no le convienen, lo cual puede ser positivo. Si todos dábamos por supuesto que un Papa tenía que serlo hasta morir porque así lo había establecido el Espíritu Santo, aunque no lo comprendiéramos, y ahora resulta que el Papa es un hombre, un viejecito que confiesa no tener ánimos para seguir ejerciendo tan distinguida función y que, en el uso de su inteligencia humana, decide dejar vacante su plaza para que un compañero con más ímpetu lo sustituya, estamos ante una práctica absolutamente lógica desde el punto de vista humano, ante una práctica natural del mundo empresarial, del mundo de aquí abajo en definitiva; una práctica que desconfía del poder de ultratumba o de los poderes del Cielo, y que se basa en el sentido común, a saber, que un viejo de 85 años no es la persona más óptima para liderar una organización tan global e importante. De este lógico reconocimiento al reconocimiento de que la Virgen María no pudo o no tuvo por qué ser concebida sin pecado original o no tuvo por qué ser virgen toda su vida o no tuvo por qué subir al Cielo en alma y también en cuerpo, hay solo un paso. Y no quiere continuar con otros dogmas porque podrían ser ejemplos demasiado molestos o insoportables. Pero está claro que la renuncia del Papa abre la veda hacia una apuesta desdogmatizadora de la Iglesia en el contexto de nuestro mundo.

Y, al hilo de todo esto, viene la segunda derivada que también me parece interesante desde un punto de vista meramente mundano, y que es el encaje o reencaje de una Iglesia anacrónica en el mundo actual. Si con este reconocimiento de debilidad humana y, por ende, de debilidad para el cargo -que ahora se antoja también un cargo mundano-, el Papado y el Vaticano y la Iglesia se acercan más al mundo y a sus lógicas, es posible que la distancia entre Iglesia y mundo se acorte. Y que, por lo tanto, la Iglesia tenga ahora más posibilidades de ser sal de la tierra o luz del mundo, que era lo que Cristo quería. Pero para ello no es suficiente, ni mucho menos, un gesto papal, sino un quiebro total de la Iglesia con todos sus mandamases. Aquí ya hablamos de cosas muchísimo más difíciles, y no porque nos atengamos a asuntos inciertos del Otro Mundo, sino precisamente porque necesitamos cambios estructurales en los asuntos eclesiásticos de este mundo, donde la Iglesia es, de facto, una poderosísima y acomodada institución que tiene en Jesús de Nazaret su preciosa teoría y en los mecanismos mundanos su tangible práctica, con lo cual se hace difícil vislumbrar un cambio verdadero. Pero lo necesitan; la Iglesia y el propio mundo. Se necesitan mutuamente porque ambos sufren una crisis descomunal que amenza con destruirlos tal y como han sido hasta ahora. A la Iglesia le conviene el mundo porque es su único campo de batalla. Y al mundo le conviene la Iglesia porque guarda un mensaje de esperanza y amor que heredó de un indiscutible revolucionario como fue Jesús de Nazaret, aunque su voz haya estado crecientemente silenciada en estos años de creciente locura que nos han conducido a esta situación de obligatorio cambio de paradigma, tanto dentro como fuera de la Iglesia. 

Como el mundo no necesita más predicadores -con los que ha tenido en el último siglo le sobran-, sino líderes de acción, esta Iglesia mundana absolutamente necesaria debería aprovechar la oportunidad sobrevenida de elegir un nuevo líder para reflexionar seriamente sobre el líder que necesita, que es un revolucionario capaz de talar dogmas en el gran árbol de la Iglesia mistificada y sembrar acciones de esperanza para un nuevo mundo en la sencillez de que todos los hombres son hermanos y han de comportarse como tales. Nada más y nada menos. Eso que dicen todos los políticos aunque no se lo crean está en el ADN de una Iglesia que, con sus prácticas, ha demostrado no creérselo tampoco. Quién sabe si ante la siguiente fumata blanca estamos ante la posibilidad de mejorar la Iglesia y de mejorar el mundo. Es posible que siga siendo un ingenuo, pero ni la Iglesia ni el mundo actuales, tan perversos, me van a privar de ser un hombre esperanzado. Amén.

martes, 5 de febrero de 2013

Malpensados

Nos obligan a ser malpensados, a no considerar una exageración aquel axioma de "piensa mal y acertarás", a ceder ante la leve conclusión callejera de que "todos son iguales", y punto; a entender ahora aquel "ellos" que utilizaba mi madre, hace ya tantos años, cuando ensartaba la aguja y en esa tercera del plural englobaba a los mandamases, a los líderes, a los poderosos de todos los ámbitos, sin utilizar la palabra "élites" porque no la conocía, y yo me quedaba entre perplejo y sarcástico, desconfiando de aquella sabiduría doméstica que no podía ser tan sabia. Ahora, tantos años después, con una bonanza y una burbuja y una crisis de por medio, salen los bárcenas y los urdangarines y los sabiondos de los eres y los bigotes y hasta los reyes y sus secretillos y una lista inacabable de listillos que crecieron como la espuma mientras millones de trabajadores en este país no salieron de la tarde de domingo sabinera y a uno se le queda cara de lelo, de bobo, de memo, de gilipollas o mamaostia al cuadrado, que dirían en mi pueblo para entendernos del todo. 

Lo más triste y preocupante de todos estos listados y todas estas negaciones compulsivas que se están publicando es la dificultad para cercar tanta mierda. Por dónde ponemos la valla; hasta dónde llegar con el largo dedo acusador... Porque han salido unos papeles que algún traidor nos ha facilitado a todos, una documentación chapucera que ha abierto una espita por el lugar menos pensado, pero no sabemos lo que nos encontraremos si hurgásemos a conciencia con el dedo. Al menos no lo sabemos aún los ciudadanos que cada mañana nos desayunamos con lo que quieren contarnos. Y es que llevo dos días siendo malpensado. Me sale solo.

Veo una lista con los empresarios más importantes de este país donando dinero a espuertas al PP, como para el domund pero distinto. Todos se rasgan las vestiduras. Los presuntos donantes y los presuntos beneficiados. Pero los papeles están ahí, y datan de los años 90, de cuando yo no era más que un crío, de cuando aún no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo y me contaban mentiras, como a todo el mundo. Supongo que eran mentiras piadosas. Las mismas que yo tendré que contarles a mis hijos. Es duro empezar con un puñado de verdades malolientes. La vida es muy hermosa, al fin y al cabo. 

En la lista están todos los peces gordos de esta España nuestra, como buceando ocultos por las corrientes calientes del poder verdadero, de ese poder del que nada nos contaron porque siempre nos hablaron de la teoría y jamás de la práctica. Y, de momento, la película es que estos donantes quisieron, presuntamente, donar dinero al PP. Pero hay detalles y silencios que me inquietan mucho más, verbigracia:

En los años 2004 y 2008, años de elecciones generales que ganó Zapatero, se acumulan las donaciones. La primera vez puede jugar a favor de lo que El País parece querer vender, porque casi nadie esperaba una victoria socialista. Pero en 2008 el presidente socialista terminaba una legislatura en alza, y no era para nada descabellado apostar a que volvería a ganar. De hecho, ganó.

Los susodichos empresarios no son tontos. Ni lo eran entonces. Pero sí muy generosos, al parecer y a la luz de los papeles que se han filtrado. Sólo se han filtrado esos papeles. 

En esos cuatro años, los susodichos empresarios, presuntamente, obtuvieron beneficios 6.000 veces mayores que su solidaridad con el PP. Por la obra pública. Pero la obra pública la adjudicaba un gobierno del PSOE. Si fueron tan solidarios, presuntamente, con el PP, ¿por qué no lo iban a ser también, presuntamente, con el partido que venía gobernando? No estoy afirmando nada, sino interrogándome sin querer perder el norte de la lógica.

Desde hace unos días, pese al teatro general, me sorprende la prudencia de los socialistas y de algunos más. Es admirable la templanza y la preocupación por la democracia que están demostrando muchos, sin lanzarse a la yugular de los populares. 

Si el goteo de papeles no cesa, y si surgen más traidores, no sólo puede acabar explotándonos a todos en plena cara el mayor escándalo de la democracia, sino que pueden caérsenos de los ojos unas extrañas escamas, para empezar a ver. 

Si ello llega a ocurrir, tendremos que explicarles a nuestros hijos todo, absolutamente todo, de otra manera. Ardua tarea para, encima, seguir conservando la esperanza.

sábado, 2 de febrero de 2013

Pacotilla

Hoy me he acordado de esa palabra en desuso en mi vocabulario habitual. Que algo o alguien sea de pacotilla me escuece bastante, porque con la edad voy soportando peor las falsedades, las poses y las vulgares hipocresías. No sé qué me ha evocado esa palabra, si la época de los carnavales o este carnaval perpetuo en que se ha convertido la política nacional con un presidente al frente que, estando como están los medios de comunicación de medio mundo pendientes de su comparecencia para decir a las claras si lo que publican sobre el dinero negro y los sinvergüenzas satélites de Bárcenas es cierto, tiene visos de veracidad o, por el contrario, es todo un montaje, se niega a salir en persona, como un hombre, dando la cara y mirando a los ojos a quien se atreva. Seguramente la palabrita me ha sobrevenido un poco por todo, incluso por esas decenas de periodistas en torno a la pantalla del presidente escondido, convertido en frame, licuado en LCD, agazapado tras la caja tonta con que nos entontecen a diario, protegido en la memez del monitor, como un ridículo malo del inspector Gadget o similar. Lo honesto, lo coherente, lo correcto hubiera sido que todos los informadores, al no poder preguntar -que es a lo que deben dedicarse-, se hubieran marchado por donde entraron y hubieran dejado al de la pantalla hablando solo, regustándose a sí mismo en la fácil negación sin más de todo lo que se le acusa. Pero no. Allí estaban todos, a lo que le echen, autómatas impertérritos ante el escándalo de que esto se llame democracia y aquí no pase nada. 

Personajes de pacotilla nos parecían los muñecotes del guiñol. Pero ya desaparecieron por estos lares. La cosa se ha puesto tan seria, tan fea, tan dramática, grave y sonrojante que no hay espacio para la parodia. 

La gran parodia de la realidad lo inunda todo. Para qué más.