jueves, 6 de diciembre de 2007

Antonio Ramos Espejo, hijo predilecto de Andalucía en 2006

Antonio Ramos Espejo es mi maestro de Periodismo. De él he aprendido muchas cosas esenciales. Me han pedido una colaboración para un libro-homenaje dedicado a su figura tras habérsele concedido el año pasado las distinciones de Hijo Predilecto de Andalucía y la Medalla de Oro. Lo que puedo decir de él, en resumidas cuentas, es lo siguiente:

La profesión de periodista se ha inflado en las últimas décadas de denominaciones tan variadas como idiotas (comunicador, polemista, presentador estrella, etc.) y de contenidos frívolos que no hacen de la ciencia periodística sino un batiburrillo sin esencia verdadera y en el que caben las más soeces reflexiones y los más ridículos personajes con derecho a voz y también a voto. En este panorama de la comunicación como espacio público en sociedades avanzadas, quedan muy lejos las figuras que representaron el compromiso con la realidad, el altavoz que los más oprimidos necesitaban, el testigo que precisa la historia que no escriben los vencedores. Queda muy lejos la figura del reportero que ve y oye pero no calla, sino que cuenta y cuenta bien. Nos parece remota ya la figura del reportero que es, además de un periodista sin descanso, un excelente narrador. Un ejemplo de este vivísimo reporterismo es Antonio Ramos Espejo, tal vez el último mohicano del periodismo cara a cara en Andalucía. Dejó dicho Kapuscinski que los cínicos no sirven para este oficio. Hoy, está claro que, por desgracia, se equivocó; sirvan o no, lo ejercen muchos de ellos.
Antonio Ramos Espejo, nacido en Alhama de Granada y hecho periodista en las mil y una noches de la aventura andaluza hacia su modernización, tiene historias para escribir muchísimos libros, pero, como impaciente reportero, ha desgranado la mayoría en las páginas volanderas de los diarios, aunque también le haya dado tiempo encuadernar muchas de ellas. Sé que hay recopilaciones caseras de sus primeros trabajos y de algunas crónicas que sustentan la Historia del pasado siglo que empieza a perfilarse. Su nombre crecerá en estima cuando se calibre la verdadera contribución del periodismo a la historia andaluza durante el último cuarto del siglo XX. Entonces podrá asumirse la importancia de haber contado con un reportero a pie de calle, a pie de mar, a pie de campo, que contase las fatigas, las maravillas, las anécdotas y los razones de hombres y mujeres que han luchado desde su trozo de tierra para cambiar el modo de vivirla de quienes venieran luego. La suerte es que en la época de Antonio no habían proliferado aún los gabinetes de prensa que tanta verdad están restando a las páginas de los periódicos, hinchadas hoy de parrafadas propagandísticas, declarativas e institucionales y cada vez más deudoras de historias callejeras y humanamente verdaderas.
La predicada e inalcanzable objetividad no se encuentra con una fórmula que enseñen en las facultades de Periodismo, sino en la honestidad del relato de cada pluma. El reportero es o no objetivo si narra o no con honradez la realidad de que es testigo. Para ello ha de beber de cuantas más fuentes, mejor. Y para beber de fuentes hay que bajar a la calle. No valen los teletipos ni las notas oficiales, pues entonces el periódico se convierte en otro papelajo oficialista más.
Cuando conocimos a Antonio Ramos Espejo, allá por el año 1999, percibimos de inmediato que cualquier tema del periódico que antes nos había parecido ajeno podíamos tocarlo con la mano. Nos explicó el periodismo económico como lo hubiese hecho un tío nuestro hablándonos de la subida del pan. Y entonces descubrimos que el periodismo que habla de economía ha de hacerlo del bolsillo del ciudadano y de la inversión de los empresarios con nombre y apellidos. Trabajamos en las denominaciones de origen de los productos andaluces que degustábamos luego (el jamón de Jabugo, los vinos de Jerez, las frutas del trópico grandino...), en las posibilidades de crecimiento de factorías nacidas al amparo inteligente de algún osado comerciante e incluso en las presiones publicitarias o empresariales que sufría el periódico en el que escribíamos a diario merced a su voluntad: El Correo de Andalucía.
Su trayectoria periodística lo ha llevado por el camino de las rotativas que ofrecen la información nuestra de cada día, desde aquel Diario de Granada, tan de transición como la época en la que respiró y en el que escribieron algunos portentos tímidos y jóvenes como Muñoz Molina, al Diaro Córdoba, que dirigió con mano firme y tinta prolífica durante 13 años. Más tarde dirigió el periódico decano de Andalucía y que hubo de comprar el grupo Prisa con arrogante empeño para demostrar públicamente después que el negocio del periodismo no se gana a golpe de talonario. Por aquel entonces daba ya clases en la Facultad de Ciencias de la Información de la sevillana Puerta Osario. Y ahí fue donde lo conocimos, como un profesor consciente de que las teorías quedaban para otros y de que lo que los alumnos buscaban en él era un referente que viniera del campo de batalla.
Lo encontramos, sin duda, pues Antonio demostró estar en el mundo al llamarnos por nuestros nombres, al bucear en la historia reciente subido en nuestros apellidos para llegar al pueblo de cada uno: tú eres de Écija, tú de Los Palacios, tú de Córdoba, tú de Vélez-Málaga, tú de Pozoblanco, tú de Roquetas, tú de El Andévalo, tú de Linares... Andalucía entera en un aula, representada por nuestras ganas de conocerlo todo. Él nos enseñó y nos ha seguido enseñando hasta hoy mismo la historia reciente del pueblo andaluz, más allá de los reyes que lloraron o de los caciques que nos hicieron llorar. Nos condujo por los cortijos remotos, las huelgas de la desesperación, el terrón del campesinado, los líderes silenciados y hasta por los descubrimientos viajeros de un tal Gerald Brenan que se hizo andaluz de fina cepa.
Tal vez por todo ello no hay intelectual en Andalucía mejor capacitado para contar su tierra como él lo ha hecho en la galardonada serie audiovisual Andalucía es su nombre o para dejar constancia enciclopédica de su riqueza milenaria.
Antonio Ramos Espejo es hijo de Andalucía por haber nacido y vivido aquí. Y es predilecto porque la ha contado como nadie.

1 comentario:

José D. Mora dijo...

Chapeau, Álvaro. En pocas líneas redactas una apología de Antonio Ramos que ciertamente merece. Me siento muy representado en todo lo que cuentas, porque como ya sabes, yo también estuve ahí, en el aula, frente al profesor Ramos Espejo. Yo, de El Andévalo, agradezco también a este enorme y a la vez humilde prócer de la comunicación periodística en Andalucía de finales del siglo XX.