miércoles, 2 de enero de 2008

La impaciencia en la modernidad

No es la primera vez que lo escribo ni que lo digo: la principal característica de la modernidad, a mi juicio, no es la tecnología ni la superpoblación ni el cambio climático, sino la impaciencia. Hemos perdido una de las virtudes más importantes de la antigua cosmovisión en todas las culturas. En Occidente, al menos, que es como decir el mundo que cuenta para nosotros, la gente ha acabado tan infantilizada que ha recuperado el vicio de la impaciencia. No podemos esperar porque nos enseñan a no hacerlo. El tiempo y sus medidas se nos han relativizado tanto que lo que antes podía ser esperado durante ciertas horas o días actualmente no soportamos hacerlo durante minutos. Y no me refiero sólo a la velocidad de la red (aunque también) o la comunicación veloz e insulsa de los sms (aunque también), sino prácticamente a todo: la comida basura, el tráfico inaguantable para conductores sin espera o la moda. Este último ejemplo creo que es el más interesante.
Cuando yo era chico, mi madre me hacía dos mudas por año: una para el domingo de Ramos y otra para la feria de mi pueblo, en agosto. Las cosía ella en su máquina Singer y yo estrenaba mis zapatos como un principito pueblerino. Luego la cosa se puso tan fina que ya ni mi madre me hacía la ropa ni mi padre me pelaba en el patio con el peine y las tijeras de coser. No recuerdo en qué día cambió todo, pero si tuviera una memoria más portentosa seguramente localizaría el instante en que la modernidad sembró su semilla en mi casa. Yo, que no soy un adalid de las modas ni un chico presumido, empecé a elegir mi ropa de vez en cuando en las tiendas de la capital. Luego, esta costumbre fue creciendo. Y repito que yo no soy el ejemplo óptimo precisamente. El caso es que las máquinas de coser dejaron de funcionar en los hogares.
Casi 20 años después, aunque 20 años no sean nada, como dice el tango, mi generación y las que vienen detrás no sólo no conciben la ropa casera, sino que un modelito de hace un mes les parece antiquísimo y cateto. No exagero: las firmas de la moda que dominan el espectro occidental lo saben como nadie y una empresa como Zara (de Inditex, propiedad del gallego Amancio Ortega) coloca novedades en sus tiendas dos veces por semana. La gente se empuja en los centros comerciales por adquirir a precios bajos las creaciones de diseñadores que prefieren abaratar sus descubrimientos con tal de vender más. Es la contrapartida de esta modernidad textil: más, aunque de peor calidad; así se vuelve a comprar antes. Y esta falta de calidad en la ropa se traduce, cómo no, en la falta de calidad en el tiempo, en nuestra duración (de la que hablaba en su poema el austríaco Peter Handke) y por ende en nuestra vida. Cada vez tenemos menos paciencia para esperar la siguiente partida de moda y las pasarelas ofrecen en diciembre los bañadores del verano siguiente mientras que en primavera enseñan los abrigos que habrán de comprar los sumisos con-sumidores seis meses después. Por otra parte, se cuidan mucho de que nos lo creamos, pues son especialistas en mí porque yo lo valgo. Por supuesto.

2 comentarios:

José D. Mora dijo...

Que esto suceda también es síntoma de una hipocresía creciente: si los precios suben y los sueldos se congelan, cómo es que hay tanta renovación textil en las familias. Algo no concuerda. O es que será que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Tal vez sea esto. ¿No crees, Álvaro, que es una actitud hipócrita invertir tanto dinero en ropa mientras nos quejamos del poco salario que recibimos?

Álvaro Romero Bernal dijo...

Precisamente es una idea que me ha faltado argumentar porque escribí la entrada corriendo (como casi siempre). En efecto, es una contradicción. Otra contradicción más del hombre moderno que ha aprendido a quejarse y no a buscar soluciones. Al menos no las soluciones que pasen por el sacrificio personal.